Volantazo desesperado
Ante semejante título, tan sólo huérfano
de otro calificativo tal como letal o fatal, no resultaría nada
extraño que muchos espectadores enfiláramos el camino hacia otra
sala que mostrará en su entrada cualquier otra nomenclatura un
tanto más apetecible; efecto, por otra parte, nada complicado
de conseguir ante la tosquedad de tan repelente rótulo. Tampoco
es que los rostros de Samuel L. Jackson (que parece haber olvidado
su profesión para dedicarse a contar dinero haciendo papeles de
mafiosete gracioso), Ashley Judd (caso paradigmático de buena
actriz aspirante a papel digno) y Andy García (metido ahora a
productor de sus propias películas) nos inviten a esperar nada
bueno, sobre todo si observamos el último trecho de la carrera
de los tres actores. Aún así, el hecho de que Phillip Kaufman
(Quills) se hiciera cargo del proyecto podía hacer pensar
que, definitivamente, un buen thriller desfilaría ante
nuestros asombrados ojos. Pues no.
Giro inesperado, con el afán de justificar su afirmación
de partida, se sustenta en un guión irregular, en unas ocasiones
original, en otras descaradamente efectista, pero siempre dejando
demasiadas cuestiones en el aire. Resulta gratificante, por ejemplo,
la construcción del personaje de Ashley Judd, reverso femenino
de un arquetipo cinematográfico harto estigmatizado que consigue,
con un simple cambio de género, aportar una lectura interesante
que se ve desmerecida por el resto del conjunto. Así, es una policía
dura, violenta, pendenciera, borracha y promiscua... aunque, eso
sí, parece que cuando este tipo de pautas conductuales las asume
una mujer deban de estar justificadas por una serie axiomas psicologistas
que, en este caso, aluden al supuesto suicidio de su padre y a
la muerte, a manos de éste, de su madre (de ahí que todas las
apariciones del doctor –David Sthratharian- parezcan impostas,
apariciones necesarias que diluyan la burda actitud de la protagonista
y, ulteriormente, intenten redimirla). Más allá de ésta necesidad de purga, el dibujo de un personaje a
priori interesante, se demuestra traicionado por la propia necesidad
del guión de toparse con el tan deseado giro. Así, en una escena
en la que la protagonista queda descrita a la perfección vemos
que ésta es capaz de reconocer a un tipo que está tras ella en
un bar sólo habiéndolo visto una vez y tras engullir varias copas;
no obstante, ni siquiera intuirá que las botellas de vino que
bebe cada noche están envenenadas con un somnífero... ¿o acaso
el alcohol sólo la domina para lo que nos interesa?
Dudas como la anterior se nos plantean
a medida que el metraje avanza: todas las pruebas hacen creer
que ella es la asesina, aún cuando ella investiga el caso, las
víctimas se habían acostado con ella, había tenido la oportunidad
y no tenía coartada, incluso podemos aceptar el comportamiento
violento heredado como móvil criminal...
¿Cómo librarse de semejante enredo?
Dudando de si misma, va a hacerse un análisis de sangre para cotejarlo
con una gota que se encontró en uno de los cadáveres. La respuesta
a obtener será una pista clave, sin embargo, con ella ya encerrada,
el inspector de policía aparecerá y nos dirá que en su sangre
se halló un somnífero, pero entonces ¿coincidía la sangre? ¿El
hecho de haber consumido substancias para conciliar el sueño la
exime del cumplimiento de los asesinatos? ¿No podía haberlas tomado
en un horario distinto al de las muertes?
Hay otro detalle que demuestra cierto
grado de impericia a la hora de filtrar un guión, es decir de
depurarlo a medida que se revisa; mancha molesta en tanto trampa
premeditada e innecesaria. El asesino marca a sus victimas quemándoles
el dorso de la mano con un cigarrillo, así que ante la necesidad
de que el público crea que nuestra protagonista puede formar parte
del elenco de sospechosos (aunque las propias imágenes nos digan
que eso es bastante improbable: ella siempre despierta en el mismo
lugar y en la misma postura después de sus sueños de farmacia)
ofrecemos dos bellas escenas en las que aparece jugueteando con
un cigarrillo: ¿por qué a nadie se le ocurrió que podía fumar?
Y en el caso contrario ¿no podía manipular, qué se yo, un trombón
de varas?
Aunque, seguramente, lo más irritante
sea que, continuando la cruzada por sorprender al espectador y
dar la razón al hiriente título, se nos ofrezca un malo de postín
que desconoce, en demasiadas ocasiones, el paradero de sus víctimas
o los futuros encuentros con la protagonista. Así que, más que
un giro inesperado, todo conduzca a un volantazo desesperado,
tratando de alcanzar el grial de la sorpresa menospreciando, casi
siempre, a los personajes y no dando opciones al espectador para
que juegue a adivinar quien puede ser, finalmente, el esperado
verdugo. Jugar al póquer con las cartas boca arriba es más arriesgado;
también es más gratificante.
Enric Albero
PD.: La labor de Kaufman apenas se percibe,
no se corre ningún riesgo, nada sobrepasa lo funcional, todo deviene
anodino, masticado, ciertamente poco estimulante, y tal vez por
ello digerible, ligero, en resumen, olvidable tras el encendido
de las luces.