GIRO INESPERADO  
 
Título orginal: Twisted
País, Año:

Alemania, EE.UU., 2004

Dirección: Philip Kaufman
Intérpretes: Andy García. Ashley Judd. Samuel L. Jackson. Leland Orser. Richard T. Jones. D.W. Moffett. Camryn Manheim. David Strathairn. Russell Wong. Mark Pellegrino.
Guión: Sarah Thorp
Producción: Arnold Kopelson
Música: Mark Isham
Montaje: Peter Boyle (II).
Distribuidora: Filmax
Duración: 97 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Volantazo desesperado

Ante semejante título, tan sólo huérfano de otro calificativo tal como letal o fatal, no resultaría nada extraño que muchos espectadores enfiláramos el camino hacia otra sala que mostrará en su entrada cualquier otra nomenclatura un tanto más apetecible; efecto, por otra parte, nada complicado de conseguir ante la tosquedad de tan repelente rótulo. Tampoco es que los rostros de Samuel L. Jackson (que parece haber olvidado su profesión para dedicarse a contar dinero haciendo papeles de mafiosete gracioso), Ashley Judd (caso paradigmático de buena actriz aspirante a papel digno) y Andy García (metido ahora a productor de sus propias películas) nos inviten a esperar nada bueno, sobre todo si observamos el último trecho de la carrera de los tres actores. Aún así, el hecho de que Phillip Kaufman (Quills) se hiciera cargo del proyecto podía hacer pensar que, definitivamente, un buen thriller desfilaría ante nuestros asombrados ojos. Pues no.

Giro inesperado, con el afán de justificar su afirmación de partida, se sustenta en un guión irregular, en unas ocasiones original, en otras descaradamente efectista, pero siempre dejando demasiadas cuestiones en el aire. Resulta gratificante, por ejemplo, la construcción del personaje de Ashley Judd, reverso femenino de un arquetipo cinematográfico harto estigmatizado que consigue, con un simple cambio de género, aportar una lectura interesante que se ve desmerecida por el resto del conjunto. Así, es una policía dura, violenta, pendenciera, borracha y promiscua... aunque, eso sí, parece que cuando este tipo de pautas conductuales las asume una mujer deban de estar justificadas por una serie axiomas psicologistas que, en este caso, aluden al supuesto suicidio de su padre y a la muerte, a manos de éste, de su madre (de ahí que todas las apariciones del doctor –David Sthratharian- parezcan impostas, apariciones necesarias que diluyan la burda actitud de la protagonista y, ulteriormente, intenten redimirla).  Más allá de ésta necesidad de purga, el dibujo de un personaje a priori interesante, se demuestra traicionado por la propia necesidad del guión de toparse con el tan deseado giro. Así, en una escena en la que la protagonista queda descrita a la perfección vemos que ésta es capaz de reconocer a un tipo que está tras ella en un bar sólo habiéndolo visto una vez y tras engullir varias copas; no obstante, ni siquiera intuirá que las botellas de vino que bebe cada noche están envenenadas con un somnífero... ¿o acaso el alcohol sólo la domina para lo que nos interesa?

Dudas como la anterior se nos plantean a medida que el metraje avanza: todas las pruebas hacen creer que ella es la asesina, aún cuando ella investiga el caso, las víctimas se habían acostado con ella, había tenido la oportunidad y no tenía coartada, incluso podemos aceptar el comportamiento violento heredado como móvil criminal...

¿Cómo librarse de semejante enredo? Dudando de si misma, va a hacerse un análisis de sangre para cotejarlo con una gota que se encontró en uno de los cadáveres. La respuesta a obtener será una pista clave, sin embargo, con ella ya encerrada, el inspector de policía aparecerá y nos dirá que en su sangre se halló un somnífero, pero entonces ¿coincidía la sangre? ¿El hecho de haber consumido substancias para conciliar el sueño la exime del cumplimiento de los asesinatos? ¿No podía haberlas tomado en un horario distinto al de las muertes?

Hay otro detalle que demuestra cierto grado de impericia a la hora de filtrar un guión, es decir de depurarlo a medida que se revisa; mancha molesta en tanto trampa premeditada e innecesaria. El asesino marca a sus victimas quemándoles el dorso de la mano con un cigarrillo, así que ante la necesidad de que el público crea que nuestra protagonista puede formar parte del elenco de sospechosos (aunque las propias imágenes nos digan que eso es bastante improbable: ella siempre despierta en el mismo lugar y en la misma postura después de sus sueños de farmacia) ofrecemos dos bellas escenas en las que aparece jugueteando con un cigarrillo: ¿por qué a nadie se le ocurrió que podía fumar? Y en el caso contrario ¿no podía manipular, qué se yo, un trombón de varas?

Aunque, seguramente, lo más irritante sea que, continuando la cruzada por sorprender al espectador y dar la razón al hiriente título, se nos ofrezca un malo de postín que desconoce, en demasiadas ocasiones, el paradero de sus víctimas o los futuros encuentros con la protagonista. Así que, más que un giro inesperado, todo conduzca a un volantazo desesperado, tratando de alcanzar el grial de la sorpresa menospreciando, casi siempre, a los personajes y no dando opciones al espectador para que juegue a adivinar quien puede ser, finalmente, el esperado verdugo. Jugar al póquer con las cartas boca arriba es más arriesgado; también es más gratificante.

Enric Albero

PD.: La labor de Kaufman apenas se percibe, no se corre ningún riesgo, nada sobrepasa lo funcional, todo deviene anodino, masticado, ciertamente poco estimulante, y tal vez por ello digerible, ligero, en resumen, olvidable tras el encendido de las luces.