El Apocalipsis
según Haneke
Michael Haneke
nos ha ofrecido algunas de las películas mas estimulantes (y de
una violencia no vista pero si sentida) del último cine. Alguna,
como la excelente Código desconocido,
“hablando” del hoy desde la más elocuente metáfora. Algo que
hasta cierto punto, en un sentido hiper-realista, también “tintaba”
El vídeo de Benny o Funny Games.
No es algo que él, como artista reflexivo, haya inventado. La
literatura, el teatro, el mismo cine (y no digamos la pintura),
han hablado de la realidad desde una apoyatura metafórica. Sólo
tenemos que asomarnos a los relatos de Kafka o algunas obras de
Coetzee para comprobarlo. Y si queremos navegar por el cine, basta
con asomarse a varias de las películas de Bergman (Como en un espejo, El silencio, Persona...)
o a algunas títulos como Farenheit
451 de Truffaut, El
desierto de los tártaros de Zurlini basadas a su vez en novelas
de Ray Bradbury y Dino Buzati.
El tiempo del lobo suena ya de
entrada a Ingmar Bergman y concretamente a La
hora de lobo. Si allí se hablaba de esa hora que separa al
día de la noche (a la luz de la oscuridad) en esta se hace alusión
al ángel de la muerte que anuncia el apocalipsis. A Haneke lo
que le interesa no son las causas que han llevado al fin (supone
que conocidas por los espectadores) sino lo que supone ese periodo
trágico. Para el director, según proclaman las imágenes, el tiempo
del lobo ya está aquí.
La cuestión
para el director austriaco es demasiado clara: el mundo camina
hacia su final, no existe salvación alguna porque el hombre (el
de aquí y el de allá) es un lobo para el hombre. Estamos pues
claramente en el pensamiento sartriano de que el “infierno” es
el mundo en el que vivimos. La película trata pues de ser fiel
a la tesis. No importa la “lógica” narrativa, no ya la “realidad”
de lo mostrado, ya que todo tiende a explicar la tremebunda lección
que el director nos imparte. Dejemos a un lado el carácter más
o menos retrogrado que estos relatos pueden encerrar y centrémonos
en el valor y entidad del filme.
Si Código secreto mostraba desde la sin historia
de un relato, “mostrado” por las múltiples anécdotas de variados
personajes, la incapacidad de entender, El
tiempo del lobo incide en esa misma negatividad. La cuestión
es no entender, ya que los personajes siguen (sin saber la razón)
aceptando viejos esquemas que repiten sin cesar hasta el aniquilamiento.
Lo que ocurre es que tanto la idea como el deambular de los seres
(múltiples) que pueblan la historia se muestra demasiado amañado
y escasamente matizado. Es el fin en sí mismo y no una progresión
que matice ese fin. O sea que los personajes que pueblan en el
mundo sin sentido destinado a ser sacrificado por sus “pecados”
carecen de vivencia al ser meras ideas repetidas hasta la extenuación.
El tiempo del lobo no es un ensayo
matizado, reflexivo, adulto al quedarse en una serie de tópicos
caricaturescos y precipitados de alguien que cree vivir no sólo
en el peor de los mundos posibles sino también en el tiempo más
terrorífico y peligroso vivido por la Humanidad en toda su existencia.
Un claro alegato apocalíptico que el ser humano (parece) debe
pagar por sus múltiples pecados. Y uno de ellos es haber olvidado
al otro ser. Haneke está en su derecho de opinar como le parezca,
lo que ya no veo tan claro es que lo haga como lo hace aquí.
Sin duda el
filme quiere (en su tono, en su estructura) tomar como modelo
algunas obras de Ingmar Bergman. La diferencia obtenida por uno
y otro director es abismal. Lo que en el realizador sueco es una
reflexión adulta sobre los seres y el mundo en el que viven, en
Haneke se convierte en una mera denuncia, bastante ingenua, de
los males que padecemos: algo, insiste el realizador en ello,
que sin duda nos merecemos. Si en Bergman sus metáforas generalizan
y se abren a un todo, en Haneke todo es demasiado anecdótico y
escasamente convincente. El director de La vergüenza trataba de llegar a un punto
desde un inicio mientras que Haneke parte ya desde ese punto.
O sea que la película consiste en dar vueltas y más vueltas a
algo que desde el inicio ya ha sido planteado. No hay pues demostración
de nada. Ese es uno de los graves errores de una película de buenas
intenciones y en la que, así parece, lo que menos importa es lo
que sucede a unos personajes que, para remate, no existen.
Cabría buscar
las razones de una familia protagonista que huyendo del caos es
engullida, sin llegar a entenderlo ni a comprender las razones
del mismo, por el caos. Pero lo mismo da, ya que esa familia es
un pretexto para conducir el relato. La familia poco a poco será
absorbida por el grupo que aumenta o disminuye aleatoriamente.
Los sucesos ocurren, y se concentran, de acuerdo al sentir del
realizador, no en función de la propia conducción de los mismos.
Así, al comienzo, la familia llega a su casa de “recreo” (un espejo
quizá de Funny games) que ha sido invadida por unos
extraños que, además, son emigrantes. Absurdamente (y desde el
propio miedo) matan al padre de familia y son obligados (como
ellos lo han sido en su existencia) a caminar sin rumbo y sin
pertenencia alguna por el mundo hostil que les rodea. Por necesidades
de guión los emigrantes vuelven a aparecer al entrar a formar
parte del “nuevo” (y viejo) grupo humano que se está formando.
La razón es enfrentar a seres y discutir (nuevamente) sobre la
justicia y la injusticia, sobre el ser humano como
lobo para el resto (por enésima vez).
Pero, como
ejemplo de la incapacidad, o los defectos, del filme fijémonos
en dos momentos en los que se une lo incomprensible con lo elemental.
El primero se refiere a la pérdida del niño y el segundo al encerramiento
del pájaro en el improvisado refugio. Ambos desde perspectivas
diferentes inciden en lo metafórico como dominante de la acción,
pero en uno (el del niño) la sorpresa de algo ilógico trata de
borrar la inutilidad del momento, mientras que la ingenuidad del
segundo instante carece de fuerza narrativa. No se entiende, pues,
cómo el niño ha podido abandonar (en una noche “oscura”) el refugio,
aunque se estructure la escena dentro de la altinosante negrura
del relato. Un hecho que da pie a la más que simple búsqueda (y
llamada) del infante en el espacio oscuro.
En el segundo
momento citado trata de reflejarse, a través del pájaro encerrado
en el lugar, revoloteando sin encontrar la salida, la propia prisión
de los tres seres aprisionados e incapacitados para encontrar
una salida a su situación.
Lo peor que
le puede pasar a esta historia cíclica y cerrada hasta la exasperación
es que en su sonsonete claustrofóbico no consigue progresar, permanece
estancada desde prácticamente el primer momento. De esa forma
lo cerrado deviene en un bombardeo al espectador de una única
situación cuya monotonía nos martillea sin piedad hasta la extenuación.
Todo ello lleva a pensar que más que un largometraje El
tiempo del lobo es un cortometraje alargado que se mira en
sí mismo, complacido ante la rotundidad de lo que desea expresar
y que explica sin medida, con un tono además de sermón eclesiástico
o como una llamada penitencia y redentora ante el mal que nos
atenaza y nos hunde inexorablemente hacia la destrucción. De ahí
que alguien haya tratado de vislumbrar cierto tono reaccionario
en la propuesta. Algo que siempre ronda a productos tan visionariamente
apocalípticos como éste de un Heneke en horas, claramente, bajas.
Queda, en
lo positivo, la originalidad de la propuesta, su narrativa contra
corriente del cine actual o la belleza de algunos momentos donde
el hermetismo acaba por condicionar sus logros. Es el caso del
final, donde el fuego y la noche se unen en la mente y en la actuación
del niño como muestra de sacrificio o de encuentro con los ángeles
de la muerte. Aunque quizá sería mejor hablar de aquellos que
desde sus propios males o tocados por sus propias debilidades
son la esperanza de un futuro que parece negarse en el propio
presente.
Haneke no
parece esforzarse demasiado por mostrar (desde hechos, elementos
o situaciones reconocibles) el sentido de una historia que por
momento resulta, como menos, incoherente: ¿qué sentido posee en
un mundo en destrucción el paso de un tren de mercancías que carece
incluso de un sentido fantasmal? La idea, en este caso, como en
otros es muy superior a la forma en que ha sido trasladada a la
imagen. Un hecho que también se vislumbra en el lugar donde transcurre
toda la segunda mitad del relato: la estación, destino varado
de uno seres que han decidido esperar, sin furia ni probablemente
lucha, la llegada de un tren que nunca llegará a no ser para transportarles
desde las sombrars al reino de las tinieblas.
Sin duda la estructura de este filme
de Michael Haneke es deudora de Ingmar Bergman, pero hoy por hoy
uno y otro autor se encuentran separados por un abismo. La grandeza
del sueco no es sino un vulgar charloteo en las imágenes del realizador
austriaco, que en este filme se muestra demasiado engreído de
sí mismo y carente, por ello, de sus debilidades.
La falsa genialidad termina pagándose.
Haneke, en su cansino sermón demagógico de tintes apocalípticos
y denunciatorios, ha escrito una de sus películas menos logradas.
Otra vez será.
Adolfo Bellido