EL TIEMPO DEL LOBO  
 
Título orginal: Le temps du loup
País, Año:

Alemania, Francia, Austria, 2003

Dirección: Michael Haneke
Intérpretes: Isabelle Huppert, Patrice Chéreau. Lucas Biscombe. Béatrice Dalle. Anaïs Demoustier. Rona Hartner. Olivier Gourmet. Brigitte Roüan. Serge Riaboukine.
Guión: Michael Haneke
Producción: Margaret Menegoz. Veit Heiduschka. Alain Sarde
Fotografía: Jürgen Jürges
Montaje: Nadine Muse. Monika Willi
Distribuidora: Desconocida
Duración: 110 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Apocalipsis según Haneke

Michael Haneke nos ha ofrecido algunas de las películas mas estimulantes (y de una violencia no vista pero si sentida) del último cine. Alguna, como la excelente Código desconocido, “hablando” del hoy desde la más elocuente metáfora. Algo que hasta cierto punto, en un sentido hiper-realista, también “tintaba” El vídeo de Benny o Funny Games. No es algo que él, como artista reflexivo, haya inventado. La literatura, el teatro, el mismo cine (y no digamos la pintura), han hablado de la realidad desde una apoyatura metafórica. Sólo tenemos que asomarnos a los relatos de Kafka o algunas obras de Coetzee para comprobarlo. Y si queremos navegar por el cine, basta con asomarse a varias de las películas de Bergman (Como en un espejo, El silencio, Persona...) o a algunas títulos como Farenheit 451 de Truffaut, El desierto de los tártaros de Zurlini basadas a su vez en novelas de Ray Bradbury y Dino Buzati.

El tiempo del lobo suena ya de entrada a Ingmar Bergman y concretamente a La hora de lobo. Si allí se hablaba de esa hora que separa al día de la noche (a la luz de la oscuridad) en esta se hace alusión al ángel de la muerte que anuncia el apocalipsis. A Haneke lo que le interesa no son las causas que han llevado al fin (supone que conocidas por los espectadores) sino lo que supone ese periodo trágico. Para el director, según proclaman las imágenes, el tiempo del lobo ya está aquí.

La cuestión para el director austriaco es demasiado clara: el mundo camina hacia su final, no existe salvación alguna porque el hombre (el de aquí y el de allá) es un lobo para el hombre. Estamos pues claramente en el pensamiento sartriano de que el “infierno” es el mundo en el que vivimos. La película trata pues de ser fiel a la tesis. No importa la “lógica” narrativa, no ya la “realidad” de lo mostrado, ya que todo tiende a explicar la tremebunda lección que el director nos imparte. Dejemos a un lado el carácter más o menos retrogrado que estos relatos pueden encerrar y centrémonos en el valor y entidad del filme.

Si Código secreto mostraba desde la sin historia de un relato, “mostrado” por las múltiples anécdotas de variados personajes, la incapacidad de entender, El tiempo del lobo incide en esa misma negatividad. La cuestión es no entender, ya que los personajes siguen (sin saber la razón) aceptando viejos esquemas que repiten sin cesar hasta el aniquilamiento. Lo que ocurre es que tanto la idea como el deambular de los seres (múltiples) que pueblan la historia se muestra demasiado amañado y escasamente matizado. Es el fin en sí mismo y no una progresión que matice ese fin. O sea que los personajes que pueblan en el mundo sin sentido destinado a ser sacrificado por sus “pecados” carecen de vivencia al ser meras ideas repetidas hasta la extenuación.

El tiempo del lobo no es un ensayo matizado, reflexivo, adulto al quedarse en una serie de tópicos caricaturescos y precipitados de alguien que cree vivir no sólo en el peor de los mundos posibles sino también en el tiempo más terrorífico y peligroso vivido por la Humanidad en toda su existencia. Un claro alegato apocalíptico que el ser humano (parece) debe pagar por sus múltiples pecados. Y uno de ellos es haber olvidado al otro ser. Haneke está en su derecho de opinar como le parezca, lo que ya no veo tan claro es que lo haga como lo hace aquí.

Sin duda el filme quiere (en su tono, en su estructura) tomar como modelo algunas obras de Ingmar Bergman. La diferencia obtenida por uno y otro director es abismal. Lo que en el realizador sueco es una reflexión adulta sobre los seres y el mundo en el que viven, en Haneke se convierte en una mera denuncia, bastante ingenua, de los males que padecemos: algo, insiste el realizador en ello, que sin duda nos merecemos. Si en Bergman sus metáforas generalizan y se abren a un todo, en Haneke todo es demasiado anecdótico y escasamente convincente. El director de La vergüenza trataba de llegar a un punto desde un inicio mientras que Haneke parte ya desde ese punto. O sea que la película consiste en dar vueltas y más vueltas a algo que desde el inicio ya ha sido planteado. No hay pues demostración de nada. Ese es uno de los graves errores de una película de buenas intenciones y en la que, así parece, lo que menos importa es lo que sucede a unos personajes que, para remate, no existen.

Cabría buscar las razones de una familia protagonista que huyendo del caos es engullida, sin llegar a entenderlo ni a comprender las razones del mismo, por el caos. Pero lo mismo da, ya que esa familia es un pretexto para conducir el relato. La familia poco a poco será absorbida por el grupo que aumenta o disminuye aleatoriamente. Los sucesos ocurren, y se concentran, de acuerdo al sentir del realizador, no en función de la propia conducción de los mismos. Así, al comienzo, la familia llega a su casa de “recreo” (un espejo quizá de Funny games) que ha sido invadida por unos extraños que, además, son emigrantes. Absurdamente (y desde el propio miedo) matan al padre de familia y son obligados (como ellos lo han sido en su existencia) a caminar sin rumbo y sin pertenencia alguna por el mundo hostil que les rodea. Por necesidades de guión los emigrantes vuelven a aparecer al entrar a formar parte del “nuevo” (y viejo) grupo humano que se está formando. La razón es enfrentar a seres y discutir (nuevamente) sobre la justicia y la injusticia, sobre el ser humano como  lobo para el resto (por enésima vez).

Pero, como ejemplo de la incapacidad, o los defectos, del filme fijémonos en dos momentos en los que se une lo incomprensible con lo elemental. El primero se refiere a la pérdida del niño y el segundo al encerramiento del pájaro en el improvisado refugio. Ambos desde perspectivas diferentes inciden en lo metafórico como dominante de la acción, pero en uno (el del niño) la sorpresa de algo ilógico trata de borrar la inutilidad del momento, mientras que la ingenuidad del segundo instante carece de fuerza narrativa. No se entiende, pues, cómo el niño ha podido abandonar (en una noche “oscura”) el refugio, aunque se estructure la escena dentro de la altinosante negrura del relato. Un hecho que da pie a la más que simple búsqueda (y llamada) del infante en el espacio oscuro.

En el segundo momento citado trata de reflejarse, a través del pájaro encerrado en el lugar, revoloteando sin encontrar la salida, la propia prisión de los tres seres aprisionados e incapacitados para encontrar una salida a su situación.

Lo peor que le puede pasar a esta historia cíclica y cerrada hasta la exasperación es que en su sonsonete claustrofóbico no consigue progresar, permanece estancada desde prácticamente el primer momento. De esa forma lo cerrado deviene en un bombardeo al espectador de una única situación cuya monotonía nos martillea sin piedad hasta la extenuación. Todo ello lleva a pensar que más que un largometraje El tiempo del lobo es un cortometraje alargado que se mira en sí mismo, complacido ante la rotundidad de lo que desea expresar y que explica sin medida, con un tono además de sermón eclesiástico o como una llamada penitencia y redentora ante el mal que nos atenaza y nos hunde inexorablemente hacia la destrucción. De ahí que alguien haya tratado de vislumbrar cierto tono reaccionario en la propuesta. Algo que siempre ronda a productos tan visionariamente apocalípticos como éste de un Heneke en horas, claramente, bajas.

Queda, en lo positivo, la originalidad de la propuesta, su narrativa contra corriente del cine actual o la belleza de algunos momentos donde el hermetismo acaba por condicionar sus logros. Es el caso del final, donde el fuego y la noche se unen en la mente y en la actuación del niño como muestra de sacrificio o de encuentro con los ángeles de la muerte. Aunque quizá sería mejor hablar de aquellos que desde sus propios males o tocados por sus propias debilidades son la esperanza de un futuro que parece negarse en el propio presente.

Haneke no parece esforzarse demasiado por mostrar (desde hechos, elementos o situaciones reconocibles) el sentido de una historia que por momento resulta, como menos, incoherente: ¿qué sentido posee en un mundo en destrucción el paso de un tren de mercancías que carece incluso de un sentido fantasmal? La idea, en este caso, como en otros es muy superior a la forma en que ha sido trasladada a la imagen. Un hecho que también se vislumbra en el lugar donde transcurre toda la segunda mitad del relato: la estación, destino varado de uno seres que han decidido esperar, sin furia ni probablemente lucha, la llegada de un tren que nunca llegará a no ser para transportarles desde las sombrars al reino de las tinieblas.

Sin duda la estructura de este filme de Michael Haneke es deudora de Ingmar Bergman, pero hoy por hoy uno y otro autor se encuentran separados por un abismo. La grandeza del sueco no es sino un vulgar charloteo en las imágenes del realizador austriaco, que en este filme se muestra demasiado engreído de sí mismo y carente, por ello, de sus debilidades.

La falsa genialidad termina pagándose. Haneke, en su cansino sermón demagógico de tintes apocalípticos y denunciatorios, ha escrito una de sus películas menos logradas. Otra vez será.

Adolfo Bellido