A CONTRARRELOJ  
 
Título orginal: Out of time
País, Año:

EE.UU., 2003

Dirección: Carl Franklin
Intérpretes: Denzel Washington. Sanaa Lathan. Dean Cain. Eva Mendes. Alex Carter. John Billingsley. Robert Baker.
Guión: David Collard
Producción: Jesse Beaton. Neal H. Moritz
Música: Graeme Revell
Fotografía: Theo van de Sande
Montaje: Carole Kravetz
Distribuidora: BuenaVista
Duración: 114 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A contracorriente

Ante la extendida defunción genérica, he aquí una excepción que confirma la regla: el thriller no desaparecerá nunca, tal vez porque la(s) sociedad(es) jamás acabara(n) funcionando como debiera(n). No obstante, y hablando de normas y perversiones, las proposiciones contenidas en este insidioso filme no hacen sino convertirlo en un antithriller, tanto por su errónea construcción fílmica como por su abominable posicionamiento moral.

El thriller, entendido como cajón de sastre que incorpora multiplicidad de variantes, tenía como propósito establecer el mal funcionamiento de una comunidad a partir de la aparición de un crimen (entendido como violación de la ley establecida y no sólo como asesinato). Así pues, independientemente de su final; en el cual se podía replantear la futura regeneración del ser humano, o por el contrario, afirmar su irremisible condena al fracaso; los filmes de género hacían desfilar ante nuestros ojos a una serie de personajes supuestamente honrados pero, en realidad, inconfesos practicantes de artes tan miserables como la extorsión, la estafa, el soborno, la corrupción, la violación o el asesinato. Sirvan como ejemplos dos filmes fracturados tanto en el tiempo como en el espacio: Los sobornados (The Big Heat, Fritz Lang) y La caja 507 (Enrique Urbizu). Ambos quedan definidos por sus opuestos planteamientos finales, sin embargo, en los dos aparecen animales del mismo pelaje: policías corruptos, mafiosos reconvertidos, funcionarios ladinos... Señales inequívocas de que algo huele a podrido en cualquier parte (y en cualquier época).

Ahora bien, el despistado Carl Franklin y su guionista Dave Collard nos proponen un juego aparentemente interesante, manejando con soltura, al menos en la primera media hora, las claves que rigen los destinos del género.

En primer lugar, proponen un espacio interesante: el pequeño pueblo costero de Banyo Key (Florida), en pleno verano, con la población acuciada por el calor (al final, lógicamente, la ambientación nos la sudará). En segundo lugar, consiguen un planteamiento no por trillado menos bien configurado: Mathias Whitlock (Denzel Washington) es un buen policía (acaba de decomisar un importante alijo y una gran suma de dinero) que está tramitando el divorcio con su esposa Alex (Eva Mendes) y que, al tiempo, mantiene una relación con Ann Merai Harrison (Sanaa Lathan), mujer casada con un violento ex-jugador de fútbol americano (Dean Cain) reconvertido en guardia de seguridad de una morgue. La detección de un cáncer terminal en la amante le llevara a robar el dinero requisado para pagarle un tratamiento de improbable éxito en Suiza: el problema aparecerá cuando ella y su marido aparezcan calcinados, esa misma noche, en su casa, poco después de que él rondara por los alrededores. Para colmo de males, la investigación la llevará Alex y los de la DEA reclamarán el dinero para verificar los números de serie e investigar a un famoso narco. A partir de aquí comienza la cuenta atrás: el jefe de policía Whitlock se convierte en el hombre atrapado, el inocente al que todas las pruebas apuntan.

Y entonces todo se desmorona: para descubrir el embrollo final, por otro lado previsible diez minutos después de observado el planteamiento, las pruebas encontradas por este hombre enfrentado al mundo serán de lo más peregrinas: a uno de los malos se le cae su tarjeta de identificación detrás del fregadero (¡cachis!), encuentran un recibo de la gasolinera debajo de un asiento (otra excepción a la regla: aquí los policías no son los tontos), el amigo Denzel, acosado por todos, se escabullirá con éxito de cualquier situación tensa que se le plantee (la del fax, la huída del hotel: situaciones mucho más elaboradas que la trama en general), etc., etc.

Siendo deleznable, es decir, estando mal fabricada la construcción de la trama, la de los personajes no resulta menos convincente. Para ser una detective de homicidios encargada de un caso, Eva Mendes posee la inteligencia de un topo sordo y sin nariz, y tan sólo es capaz de descubrir que su ex puede ser el culpable al encontrar un trozo de cristal acomodado, mira tú por donde, entre sus rizos de ébano. Cristal que se ha depositado en tan bendito lugar después de que el mazas de Denzel se haya peleado con uno de los malos y haya estado a punto de caer desde un piso dieciocho. Hubiera sido más práctico, digo yo, sospechar de su repentina aparición en las escenas de los crímenes cuando ni siquiera se le había informado de que estaban sucediendo. Mención aparte merece ésta, llamémosla así, escena del cristal: en mitad del filme, cuando el pobre jefe, acuciado por el estrés de su falsa culpabilidad ya no sabe qué hacer, aparece su sacrosanta ex para que se pongan a hablar de que, en fin, tampoco era tan malo aquello de vivir juntos aunque tú fueras un poli de pueblucho y yo toda una inspectora... ¿pero qué es eso de ponerse tiernos en mitad de un thriller cuando a uno lo tienen pillado por sus partes y quien lo debe pillar está al otro extremo de la mesa? Esto sólo puede suceder si: a) la perseguidora y los espectadores ya sabemos que el perseguido es culpable y lo que hay es una mutua atracción (Un romance muy peligroso de Steven Soderbergh); o b) si el perseguido inicia una relación con una mujer, que bien lo puede traicionar, una vez iniciada la persecución (Con la muerte en los talones de Alfred Hitchcock). Si no, no viene a cuento esta escena increíble, que insulta la inteligencia de un espectador que, señores, no es como la inspectora de su filme.

Dos notas para finalizar: Eva Mendes luce bien en pelis neumáticas como A todo gas 2, pero no la pongan a lucir palmito como agente federal: primero, porque nadie se la cree; segundo, porque aunque sea mala actriz, no tiene la culpa de que la pongan a perseguir a un criminal por las escaleras de un hotel con una falda ajustada, un bolso de noche colgando de una mano y una pistola de la otra; tercero, porque aunque fueran pareja en Training Day, Denzel podría ser su padre y esto no es, ni de lejos, Charada.

Así que ya ven, ni polis malos, ni alcaldes malversadores... el único error cometido por el protagonista para cargar con semejante martirio es que: ‘nunca hay que dejar a tu mujer’ (Denzel dixit). Pues nada, lección aprendida, aunque su mujer o usted sean unos engreídos y no se soporten, háganme el favor, no se abandonen o acabaran muertos, o lo que es peor, condenados a ver A contrarreloj.

Enric Albero Moltó

PD.: Referido a la construcción de los personajes: la amante del inspector jefe Whitlock lo hace todo (sólo) por la pasta, endeble argumento a tenor del amor exudado por ambos durante la primera media hora (y por los continuos engaños filmados por Franklin). Vuelvan a ver Un paso en falso y todavía entenderán menos cómo se puede llegar hasta estos extremos.