A contracorriente
Ante la extendida defunción genérica,
he aquí una excepción que confirma la regla: el thriller
no desaparecerá nunca, tal vez porque la(s) sociedad(es) jamás
acabara(n) funcionando como debiera(n). No obstante, y hablando
de normas y perversiones, las proposiciones contenidas en este
insidioso filme no hacen sino convertirlo en un antithriller,
tanto por su errónea construcción fílmica como por su abominable
posicionamiento moral.
El thriller, entendido como cajón
de sastre que incorpora multiplicidad de variantes, tenía como
propósito establecer el mal funcionamiento de una comunidad a
partir de la aparición de un crimen (entendido como violación
de la ley establecida y no sólo como asesinato). Así pues, independientemente
de su final; en el cual se podía replantear la futura regeneración
del ser humano, o por el contrario, afirmar su irremisible condena
al fracaso; los filmes de género hacían desfilar ante nuestros
ojos a una serie de personajes supuestamente honrados pero, en
realidad, inconfesos practicantes de artes tan miserables como
la extorsión, la estafa, el soborno, la corrupción, la violación
o el asesinato. Sirvan como ejemplos dos filmes fracturados tanto
en el tiempo como en el espacio: Los sobornados (The
Big Heat, Fritz Lang) y La caja 507 (Enrique Urbizu).
Ambos quedan definidos por sus opuestos planteamientos finales,
sin embargo, en los dos aparecen animales del mismo pelaje: policías
corruptos, mafiosos reconvertidos, funcionarios ladinos... Señales
inequívocas de que algo huele a podrido en cualquier parte (y
en cualquier época).
Ahora bien, el despistado Carl Franklin
y su guionista Dave Collard nos proponen un juego aparentemente
interesante, manejando con soltura, al menos en la primera media
hora, las claves que rigen los destinos del género.
En primer lugar, proponen un espacio
interesante: el pequeño pueblo costero de Banyo Key (Florida),
en pleno verano, con la población acuciada por el calor (al final,
lógicamente, la ambientación nos la sudará). En segundo lugar,
consiguen un planteamiento no por trillado menos bien configurado:
Mathias Whitlock (Denzel Washington) es un buen policía (acaba
de decomisar un importante alijo y una gran suma de dinero) que
está tramitando el divorcio con su esposa Alex (Eva Mendes) y
que, al tiempo, mantiene una relación con Ann Merai Harrison (Sanaa
Lathan), mujer casada con un violento ex-jugador de fútbol americano
(Dean Cain) reconvertido en guardia de seguridad de una morgue.
La detección de un cáncer terminal en la amante le llevara a robar
el dinero requisado para pagarle un tratamiento de improbable
éxito en Suiza: el problema aparecerá cuando ella y su marido
aparezcan calcinados, esa misma noche, en su casa, poco después
de que él rondara por los alrededores. Para colmo de males, la
investigación la llevará Alex y los de la DEA reclamarán el dinero
para verificar los números de serie e investigar a un famoso narco.
A partir de aquí comienza la cuenta atrás: el jefe de policía
Whitlock se convierte en el hombre atrapado, el inocente al que
todas las pruebas apuntan.
Y entonces todo se desmorona: para descubrir
el embrollo final, por otro lado previsible diez minutos después
de observado el planteamiento, las pruebas encontradas por este
hombre enfrentado al mundo serán de lo más peregrinas: a uno de
los malos se le cae su tarjeta de identificación detrás del fregadero
(¡cachis!), encuentran un recibo de la gasolinera debajo de un
asiento (otra excepción a la regla: aquí los policías no son los
tontos), el amigo Denzel, acosado por todos, se escabullirá con
éxito de cualquier situación tensa que se le plantee (la del fax,
la huída del hotel: situaciones mucho más elaboradas que la trama
en general), etc., etc.
Siendo deleznable, es decir, estando
mal fabricada la construcción de la trama, la de los personajes
no resulta menos convincente. Para ser una detective de homicidios
encargada de un caso, Eva Mendes posee la inteligencia de un topo
sordo y sin nariz, y tan sólo es capaz de descubrir que su ex
puede ser el culpable al encontrar un trozo de cristal acomodado,
mira tú por donde, entre sus rizos de ébano. Cristal que se ha
depositado en tan bendito lugar después de que el mazas de Denzel
se haya peleado con uno de los malos y haya estado a punto de
caer desde un piso dieciocho. Hubiera sido más práctico, digo
yo, sospechar de su repentina aparición en las escenas de los
crímenes cuando ni siquiera se le había informado de que estaban
sucediendo. Mención aparte merece ésta, llamémosla así, escena
del cristal: en mitad del filme, cuando el pobre jefe, acuciado
por el estrés de su falsa culpabilidad ya no sabe qué hacer, aparece
su sacrosanta ex para que se pongan a hablar de que, en fin, tampoco
era tan malo aquello de vivir juntos aunque tú fueras un poli
de pueblucho y yo toda una inspectora... ¿pero qué es eso de ponerse
tiernos en mitad de un thriller cuando a uno lo tienen
pillado por sus partes y quien lo debe pillar está al otro extremo
de la mesa? Esto sólo puede suceder si: a) la perseguidora y los
espectadores ya sabemos que el perseguido es culpable y lo que
hay es una mutua atracción (Un romance muy peligroso de
Steven Soderbergh); o b) si el perseguido inicia una relación
con una mujer, que bien lo puede traicionar, una vez iniciada
la persecución (Con la muerte en los talones de Alfred
Hitchcock). Si no, no viene a cuento esta escena increíble, que
insulta la inteligencia de un espectador que, señores, no es como
la inspectora de su filme.
Dos notas para finalizar: Eva Mendes
luce bien en pelis neumáticas como A todo gas 2, pero no
la pongan a lucir palmito como agente federal: primero, porque
nadie se la cree; segundo, porque aunque sea mala actriz, no tiene
la culpa de que la pongan a perseguir a un criminal por las escaleras
de un hotel con una falda ajustada, un bolso de noche colgando
de una mano y una pistola de la otra; tercero, porque aunque fueran
pareja en Training Day, Denzel podría ser su padre y esto
no es, ni de lejos, Charada.
Así que ya ven, ni polis malos, ni alcaldes
malversadores... el único error cometido por el protagonista para
cargar con semejante martirio es que: ‘nunca hay que dejar
a tu mujer’ (Denzel dixit). Pues nada, lección aprendida,
aunque su mujer o usted sean unos engreídos y no se soporten,
háganme el favor, no se abandonen o acabaran muertos, o lo que
es peor, condenados a ver A contrarreloj.
Enric Albero Moltó
PD.: Referido a la construcción de los
personajes: la amante del inspector jefe Whitlock lo hace todo
(sólo) por la pasta, endeble argumento a tenor del amor exudado
por ambos durante la primera media hora (y por los continuos engaños
filmados por Franklin). Vuelvan a ver Un paso en falso
y todavía entenderán menos cómo se puede llegar hasta estos extremos.