Historia de historias
“Todas las
películas parecen hablar de nosotros”
(Homar a Gael en el filme al salir de ver Perdición)
¿Quién es quién?
Alguien
puede sentirse engañado al no encontrar en el filme una historia
(dominante) sobre la perversión sexual en un colegio de curas.
Un hecho que, como buen “vendedor” que es, Almodóvar se encargó
de publicitar como base esencial de la película. Algo sabe una
persona tan lista como él de lo que vende en un país tan “bien”
educado como éste en el que vivimos. Poco más (el travestismo
de Gael, por ejemplo) se supo durante el rodaje de lo que contaba
la película. El director de Hable
con ella es de aquellos que imponen una ley de silencio al
equipo del filme que se rueda y del que muy pocos saben con exactitud
de qué va en su conjunto. Su única verdad, y existencia, se encuentra,
una vez acabada y montada, en su proyección.
Pues
bien La mala educación no
es sólo, por fortuna, una historia sobre las vejaciones (o amores)
a los que es sometido un niño “angelical” por el profesor-director
de un colegio-internado o de un seminario, lugar que el filme
(con buen sentido) no aclara. Lo que acontece en el centro ¿educativo?
es un hecho más (el comienzo o el final de una historia ) que
va mucho más allá en tiempo e idea. En realidad esa historia es
una más de otras muchas historias que se cruzan y entrecruzan
en el filme, hasta terminar por ser, en su multiplicidad, una
única historia que habla, aunque suene muy profundo, sobre la
Historia de éste de país que a pesar de sus avances sigue siendo
en muchos aspectos tétrico y oscuro.
En
la enorme complejidad del filme, asistimos a la representación-existencia
de la realidad-irrealidad de varios personajes que nunca son lo
que aparentan. ¿Cuál es la verdad? ¿De quién es el rostro verdadero
que asoma a la pantalla? ¿De quién se esta hablando? Es complejo
porque en este laberinto de personajes perdidos que es la película,
y que alguno muy acertadamente ha definido de cajas chinas, nada
es verdad o todo viene oculto por una verdad desorganizada. Asistimos,
sin ninguna distracción, a la representación de un mundo de engaños
y mentiras donde únicamente los personajes actúan en pos de intereses
personales sin preocuparse el aplastamiento del otro. Podemos
hablar, y esas palabras serían idénticas, de víctimas y verdugos,
ángeles y demonios, culpables e inocentes. Eso si, todos perdedores
y solitarios. Como ese inmenso final en que Enrique “llora” su
soledad y, también, el engaño a que ha sido sometido, cerrando
la puerta del chalet, escondiendo su dolor. ¿Acaso cierra para
siempre su intimidad personal sustituyéndola para siempre por
una exposición escondida que reflejarán sus película?
En
el juego de espejos que es el filme los personajes se transmutan
como forma de vampirizar a otros y alcanzar así al mismo tiempo
sus “mefistofélicos” designios. Así, el Padre Manolo será años
después el señor Berenguer. Ha pasado de cura a ejecutivo “cultural”.
Para proceder a ese cambio (y al mismo tiempo al identificar una
ficción –la historia que se rueda– con una realidad –lo que acontece
de “verdad”– aunque, en definitiva, esa “veracidad” se “cuente”
en una película) el personaje es interpretado por dos actores
diferentes. Al igual que ocurre con el personaje del director
de cine (interpretado por tres actores) o el de Ignacio, que da
pie a una múltiple duplicidad (rizando el rizo) al referenciar
tanto a un personaje real como a uno integrado dentro de una ficción
más a otro que lo suplanta en la pretendida realidad.
Cabría
preguntarse sobre cuál es la verdadera realidad existente en este
juego de espejos sin espejos. Difícil saberlo ya que cada peldaño
lleva a otro situado más arriba para desde ahí proceder a lanzar
a los seres al vacío o, tanto da, a conminarlos a continuar por
otra escalera que les precipita al abismo.
¿Ficción o realidad?
Existe
una ficción dada por el “idealizado” rodaje de una película imposible
y por una suplantación de personalidad que a su vez se “reproduce”
dentro del rodaje de la película que vemos. Para distinguir ambas
verdades o mentiras se hace que la película rodada limite su pantalla,
se haga algo más pequeña que la otra: la que muestra a los personajes
viviendo en un “presente” cercano (a ellos) los hechos.
¿Pero
es que acaso no es todo el filme un rodaje, una representación
de una historia convertida en mil historias? ¿Acaso no se refleja
una en otra hasta volverse a encerrar todas ellas, participando
del el mismo “juego”, en el comienzo? En realidad son círculos
de eternas vueltas en busca de una salida inexistente. De ahí,
de este soberbio juego repleto de ironía y mala uva que es La mala educación, nace su riqueza expositiva,
sus ansias reivindicativas, su toma de conciencia y también sus
variados errores. Una película enormemente compleja, tan “difícil”
y “arriesgada”, permítaseme tan exagerada, afirmación, como las
más que discutibles 21 gramos
y Dogville La gratuidad o pretenciosidad
de cada uno de los filmes citados se erige aquí en la razón de
ser y existencia de La mala
educación.
El
juego del filme queda planteado desde su mismo comienzo. En el
último letrero de crédito que abre La
mala educación se puede leer guión y dirección de Pedro Almodóvar.
Un cártel que de forma directa es sustituido por otro en el que,
manteniendo las palabras guión y dirección, se cambia por el nombre
de otro director, el que corresponde a Enrique (Fele Martínez),
la persona que se presenta como director en el filme que contemplamos.
Al final se cierra el juego de forma parecida. Unos carteles tratan
(como en las películas “reales”) de convencernos de la realidad
“vivida” por los personajes principales después de concluida la
historia que acabamos de ver. Sobre el personaje del director
se nos dice, más o menos, que después de aquella película se centró
exclusivamente en hacer películas y que en ellas puso toda su
pasión. Palabra esta, centro del cine de Almodóvar, que se engrandecerá
hasta llenar toda la pantalla antes de que comiencen a pasar los
letreros de crédito finales. Es también el sentido último de Enrique,
desengañado de todo y todos.
En
la visión del rodaje de la película (la película de la película)
se explícita el doble, o triple, o váyase a saber cual de ellos,
sentido de la representación. La visión del rodaje muestra las
cosas no son como fueron sino bien como son recordadas o bien
como son “adornadas”. Por eso es absurdo que un crítico con cierta
aureola de “grandeza” se haya permitido evidenciar la “realidad”
(oiga, ¿qué realidad?) del filme por el hecho de que los niños
acudan a ver una película de Sarita Montiel Esa
mujer realizada en 1968, estrenada (se supone) con posterioridad
al comienzo de los años sesenta. El filme de Almodóvar puede ser
criticado por otras cosas pero nunca por esa nimiedad. Eso es
lo mismo que el hecho de atacar una película, como hacen ciertos
cinéfilos listillos y algunos gacetilleros cinematográficos, por
ridículos fallos de continuidad. Más seriedad, por favor. Tal
como está rodado el filme queda claro que Almodóvar no quiere
reflejar la realidad de esa visión y sí lo que eso implicaba:
la tal asistencia al cine (podía haberse llegado a comentar también
que cómo era posible que a unos niños se les permitiera, en aquellos
tiempos, entrar a ver una película no tolerada) refiere una película
de la pecaminosa Sarita Montiel, que interpreta la historia (muy
acorde con lo narrado) de una monja violada convertida luego en
afamada tonadillera y que además, entre otras lindezas, será luego
engañada por sus sucesivos amantes. La “cita” es mucho más elocuente
que la de propiciada por una “realidad” centrada en una irrealidad
¿o será la revés?
Y
para aclarar, si es posible aún más, esa innecesaria búsqueda
de la “realidad” frente a la necesaria “verdad” narrativa deberé
indicar como persona de Valencia que mientras existió el cine
Tyris (siempre de estreno) jamás hubo ninguna semana de cine negro.
Ese cine, el Tyris, es el lugar al que asisten el falso Ignacio
y el Sr. Berenguer para ver Perdición.
¿Y eso qué importa? Pues nada, exactamente lo mismo que tratar
de saber si el día del rodaje de esa escena llovía (como se muestra)
o la lluvia era artificial. ¿No les parece que eso es un rizo
más que para nada tiene que ver con los múltiples que se entrelazan
en el filme?
El mundo de fuera
En
el juego a varias bandas al que nos invita la película asistimos
a una serie de engaños continuos de los que son víctimas y verdugos
cada uno de los personajes. Así, el Padre Manolo seduce a Enrique
mientras que el hermano de Ignacio suplanta a su hermano, seduce
a Enrique y a su vez (volviendo a convertir en víctima a Ignacio,
pero al mismo tiempo vengándole) al Padre Manolo, ahora convertido
en gerente de una editorial. Pero ahí más el hermano de Ignacio
no sólo seduce al gran amor de su hermano (Enrique) sino que quiere
triunfar en el cine, o dónde sea: lo suyo es subir para llegar
a ser un imposible-vencedor. Para ello pasará por suyo tanto un
escrito de su hermano como se convertirá en el depositario del
(imposible) chantaje que Ignacio propone.
Y
el juego prosigue hacia el infinito con otros referentes. Así,
en el guión de Ignacio, Enrique está casado y tiene un hijo pero
en la realidad (?) el actual Padre Manolo es quien está casado
y tiene un hijo, para que, definitivamente, en el cartel explicativo
indicativo del “final” de cada uno de los personajes de la película
se nos diga que el hermano de Ignacio es quien en realidad está
casado y tiene un hijo.
El
gran melodrama que, como todos los anteriores filmes del director,
es La mala educación quiere ser fiel a la
trayectoria del cine de, por ejemplo, Douglas Sirk. Por eso la
película trata de elevarse por encima de la historia que cuenta
para proceder a reflexionar sobre el mundo en el que se mueven
estos personajes. Una sociedad vergonzante en la que nada es verdad.
Un juego de apariencias descrito por una serie de arribistas o
de dictadores-dominantes de unas normas de conducta. Se trata
de vivir por encima de personas y sentimientos. Tanto da el paso
de los tiempos. El carácter tétrico del seminario, los cines decadentes
dan paso a unas luminosas y frías estancias. La vejez del ayer
da paso a un cercano hoy tan detestable como el anterior. Siempre
unos tratarán de explotar, desgraciadamente, a otros. Nadie al
parecer pueda hacer nada para cambiar el (sin) orden de las cosas.
En ese sentido si el personaje del sacerdote aparece como oscuro
y repulsivo mucho, pero será (un reflejo de reflejos) el singular
y desvergonzado manipulador representado por el hermano de Ignacio.
Todos
los personajes, unos y otros, los demonios del ayer y del hoy,
para remate forman parte del gran conjunto de los perdedores capaces
de venderse y vender por una nimiedad. Lo fundamental es llegar
a su designio inmediato aunque eso pase por el mismo asesinato.
En ese sentido, la película de Almodóvar es una brutal disección
de la sociedad anterior (y por tanto de ésta misma) que hemos
padecido y seguimos padeciendo.
Triste(s) historia(s) de amor y
pasión
En
el fondo (o quizá lo fundamental) la película narra una historia
de amor (fracasada, frustrada): la de dos niños a los que el tiempo
separó brutalmente y que nunca más han podido encontrarse. El
mundo se ha encargado de destrozar sus vidas. Uno de los niños,
Enrique, aparentemente, años después habrá triunfado: se
convertirá en un afamado director de cine que al menos ha conseguido
uno de sus sueños infantiles. El otro, Ignacio, ha sido separado
del “edén” en dos tiempos: el Padre Manolo lo expulsó del colegio
para separarle de Enrique (y ser así el único “depositario” de
su amor) mientras que su hermano usurpará su personalidad al tiempo
que le roba tanto su guión como el amor de Enrique. Por si no
fuera suficiente. Una muerte real y claramente simbólica.
Ignacio
nunca será nadie. De ahí la frase de la carta sin terminar (porque
su vida nunca ha sido nada) que su hermano le entrega a Enrique
en el instante final de la película y que, poco más o menos, dice
“Querido Enrique: Tu si
lo has conseguido”. Y es que Enrique, aparentemente al menos,
está al lado de los triunfadores, en la cúspide, mientras que
él es pasto de “fieras”, un juguete destruido... sin haber tenido
jamás ningún valor. Ni siquiera se ve como “grande” en el guión
que escribe y dónde sólo se “ve” capaz de “amar” a su amigo-amor
cuando Enrique éste dormido y sin que, por tanto, pueda ser consciente
tanto de que se han encontrado después de los años como de que
ha sido “poseído” por su viejo niño-amante. ¿Cómo triunfar en
la realidad quién ni siquiera puede hacerlo en la ficción?
La mala educación toma
elementos de anteriores títulos del director y en especial de
La ley del deseo, filme con el que coincide
en personajes e ideas. Si un artista “habla” sobre lo que conoce,
da vueltas siempre sobre lo mismo, Almodóvar no es una excepción
a esa regla. De ahí las semejanzas que se encuentran, las vueltas
y revueltas sobre temas que tratan, en definitiva, de representar
(deformada) la sociedad en la que vive. Unos espejos, sus películas,
que le reflejan personalmente, algo que, irónicamente, se refuerza
aquí con una serie de datos personales fácilmente reconocibles,
como pueden ser la profesión de Enrique, sus estudios de niño
en un seminario, el nombre y el logotipo de la productora del
director en la ficción (e incluso “su” propia oficina). Todo ello
sirve para emparentarle con el propio Almodóvar al igual que ocurre
con el regusto (de él y de Enrique) por un determinado tipo de
cine o por las diferentes fechas utilizadas en el filme y que
se corresponden con fechas concretas de la propia historia personal
del realizador de Todo sobre
mi madre.
Hay
espectadores, y críticos, que parecen haberse enfrentado al filme
de forma demasiado reverencial concediéndole un sentido de excesiva
“seriedad” olvidando el humor que destila toda la película. Algo
que se detecta desde los mismos títulos de película que decoran
la productora de Enrique (“La abuela fantasma” entre ellos) hasta
el propio filme que rueda Enrique (sobre guión de Ignacio) y en
el que se contienen momentos de gran “hilaridad”: el “canto” de
“Moon River” en la orilla del río; el personaje interpretado por
Javier Cámara; todo el intento de chantaje (otro ejemplo de la
realidad reflejada en la ficción: el posterior chantaje que promueve
Ignacio) del “falso” hermano (se hace pasar por su hermano mientras
que en la “falsa” realidad que es la película que vemos es su
hermano el que le suplanta) al Padre Manolo; el asesinato de Ignacio
(premonición y reflejo de la posterior muerte) a mano de los dos
curas.
Humor
o mala uva la del filme que se extiende a otros personajes o situaciones
como en la muy divertida conversación telefónica con la madre
y abuela...
Discutibles obviedades
Lo
que sorprende, y negativamente en el filme, es el desmedido ansia
por reforzar la imagen, por hacer demasiado explícito lo que está
claro. Es el caso del escrito, aunque bien engarzado, que recibe
al final Enrique y con el que parece se trata de explicar lo que
el filme ya ha cerrado. O también la visita al lugar donde aparecen
las monstruosas cabezas de unos gigantes y cabezudos. Queda claro
que esas “cabezas” devuelven la imagen de los dos visitantes (el
hermano de Ignacio y el Sr. Berenguer, antes Padre Manolo) por
eso sobra la frase de Berenguer: “parece
que se ríen de nosotros”. Como también lo es, aunque ese momento
“cante” menos, la frase de Berenguer a la salida de ver Perdición
y con la que se vuelve a reforzar lo que estamos contemplando,
intentando hacernos comprender que cualquier obra se convierte
en un reflejo de la realidad. O, incluso, el nuevo nombre que
dice poseer ahora el falso Ignacio, Ángel y que “oculta” al mismo
Ignacio (el propio Ignacio en el guión rodado ¿o en la verdad?
es Zahara): una imagen de un ángel “refuerza” a Zahara cuando
entra a robar en la Iglesia.
Con
esta insistencia por lo obvio parece que el director intenta anclar
desesperadamente la historia para que la inmensa mayoría de los
espectadores entiendan lo que está contando. Algo demasiado ingenuo,
fácil y pobre.
Una
lastima porque el filme cuenta con excelentes momentos que prueban
la gran calidad del director y, en concreto, de esta película.
Citaré uno porque creo que es altamente significativo: todo el
juego (en principio el espectador es desconocedor del mismo) desplegado
por el falso Ignacio para seducir a Enrique en la secuencia de
la piscina. Si no se redondea la escena es por culpa de unos innecesarios
insertos con los trata de remachar (innecesariamente) el “deseo”
del director.
Ciertos
recursos demasiado forzados resultan también discutibles y, en
cierta medida, molestos. Citaré simplemente dos: el del mechero
que queda olvidado en el chalet de Enrique y la introducción de
Berenguer en el rodaje de la película. Momentos necesarios (más
el primero que el segundo) para que, por supuesto, la película
progrese, pero bien integrados en la narración.
Aunque
resulte obvio es justo indicar que el acabado del filme es excelente.
Todo en él está perfectamente integrado, desde la música hasta
la fotografía de Alcaine, pasando por los diferentes decorados
y sin olvidar a los intérpretes y un espléndido montaje. No hay
duda que Almodóvár sabe rodearse de muy buenos colaboradores.
Les exige y sabe sacar de cada uno de ellos lo mejor. Película
a película el realizador manchego va mostrándose como algo más
que un simple artesano o imitador de grandes géneros o directores.
Una
película, pues, que pudo ser grande y se queda en algo menos.
Temas había aunque quizás demasiados. Personalmente hubiera preferido
que el filme hubiera optado más por la sugerencia que por el “discurso”.
Soy consciente del enorme riesgo que la libertad creadora hubiera
supuesto en una película tan compleja como esta. Por supuesto
era necesario “rebajar” sus propuestas para que el publico la
entendiera y se interesase parcialmente o totalmente por lo narrado.
Una
lastima porque de esta forma La
mala educación se queda simplemente en un muy interesante
esbozo de la gran obra que se intuye y debió ser. Con todo un
filme muy necesario e importante.
Mister
Arkadin