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EL RELOJ DE MI TÍO (Sobre el tiempo en Érase una vez en América)
Por Israel L. Pérez

Sergio Leone tenía un reloj como pocos lo han tenido. Su reloj no le marcaba el ritmo de vida, sino que él ordenaba al reloj la cadencia a seguir. Sabía perfectamente la duración de las cosas. Si al dialoguista le pedía que le rellenara un diálogo con diez palabras, no era porque necesitara una explicación, sino porque las requería para que uno de sus personajes hablara durante un trayecto determinado. Por dominar el tiempo, dominaba, con ayuda de la fortuna, hasta el climatológico; y si era necesario que lloviera a mitad de plano, esperaba un instante y el milagro sucedía.

Érase una vez en América, supuso para Leone un más difícil todavía, yendo un paso mas allá de sus dominios del tempo. Ralentizar las acciones para prolongar el suspense, omitir lo innecesario con precisas elipsis, o marcar el compás con unos ruidosos silencios a través de los objetos en la escena y magnificas músicas, era poco para maese Cronos. Hizo lo que tanto sabía pero por triplicado, plasmando tres épocas diferentes de la ciudad de Nueva York. Parece sencillo, pero cuando en los Estados Unidos vieron un montaje lineal de los materiales de Leone, realizado por los dirigentes del estudio, supuso un rotundo fracaso de critica y público.

La historia de unos personajes en tres etapas de sus vidas. El tiempo que pasa ante sus ojos, que se deja sentir y les marca la piel con el paso de los años. De niños demasiado adultos, a adultos anclados a su niñez, han crecido en su era intermedia de juventud en un modelo social de amargura, violencia, y crepúsculo. El sobrio fondo negro del genérico hace resaltar una tipografía en blanco que roza a la propia del western. Porque de eso se trata este filme, de un western moderno de ambiente gansgteril, que cuenta un viaje alucinante de unos cincuenta años a través de ese modelo en su nacimiento, crecimiento y, rápido apogeo con una prolongada muerte agonica.

El tiempo de la representación no es cronológico, Leone reordena los acontecimientos barajando a su antojo las tres épocas de la historia. Demuestra cómo cine es selección y en función de esta tiene un sentido u otro. De eso tratan estas líneas, de cómo articula los tres tiempos, de la sucesión de los acontecimientos en el relato y su ordenación, centrando la atención en como se producen los sutiles y sugerentes engranajes de tiempo y espacio para la construcción de una magnifica estructura narrativa.

0:01:53 Érase una vez.

Érase una vez, para empezar, y la película lo ha hechos con los créditos. Después del rotulo del director entra en la ficción de la forma mas educada, abriendo una puerta, para que entre la luz –materia prima del cine- y se pueda ver. Este momento inicial de la historia, su espacio y su tiempo, deberían tomarse como punto cero, sobre el que aplicar y entender las evocaciones y proyecciones.

Eve (Darlanne Fluegel) entra en la habitación buscando a Noodles (Robert De Niro), pero lo que encuentra es su propia muerte. Todos le buscan, pero el perseguido se encuentra en un fumadero de opio, un lugar donde se recluye física y mentalmente en los malos momentos. La foto de tres personas muertas en la portada del periódico, disparan su memoria a modo de timbrazo.

0:07:07 Cojan el maldito teléfono.

Suena un teléfono incesantemente, nadie lo coge porque nadie sabe dónde está. Noodles se sobresalta, el maldito timbre se encuentra en su cabeza. Necesita ser masajeado y seguir fumando para evadirse, pero el teléfono machaca su conciencia. Una fuerte calada y la luz de un candil le trasladan a un pasado cercano, en el que yacen en la calle sus amigos muertos, los de la portada del periódico. El teléfono sigue sonando, el viaje en el tiempo no cesará hasta que ese teléfono no sea descolgado. Esa llamada es la que le ha llevado hasta allí maltratando su alma. El timbre se solapa a todos los sonidos, y genera el deseo de que lo descuelguen tanto como aquel que lo sufre en su mente. Sin duda esa llamada le ha marcado.

Tres breves flashbacks dan una idea de la situación actual de Noodles. Desde el fumadero con el periódico, la foto de los cadáveres, el lugar y el tiempo donde eso sucedió, y lo que pasó la ultima vez que los vio vivos. Todo hilvanado mediante el impertinente sonido del teléfono, su peor pesadilla, el desencadenante de los acontecimientos.

Los cadáveres de sus amigos dan paso a la fiesta entierro de la ley seca. Con la muerte de la prohibición, muchos de los que se aprovechaban de esto sufrieron el mismo final. Están juntos, Noodles se aparta a una habitación, en la que al  fin aparece un teléfono, pero no es el que está sonando. Al descolgarlo y realizar una llamada, se ve definitivamente la fuente de origen, situada en la mesa del Sargento Halloran (Bruce Bahrenburg), y cuando lo coge, un pitido estalla en la mente drogada de Noodles, devolviéndolo al presente. La llamada anticipa algo doloroso.

El retorno a su obnubilada situación es brusco por partida doble, el mal sueño y la advertencia de que vienen a buscarle. Ha de huir rápidamente del fumadero que le nubla la vista con recuerdos más o menos agradables; como lo hacen para los que están despiertos las sombras chinesca representadas en la pantalla. 

0:20:38 Tiempo al tiempo.

El primer cambio de temporalidad en el filme, supone una proyección hacia delante que muestra la situación años después. Un viaje en el tiempo sobre un tren que nunca vemos. En la estación, Noodles, después de sentirse engañado al encontrar el maletín lleno de papeles de periódico y no algo mas valioso, compra un billete, solo de ida hacia donde sea. No importa el lugar, quiere hacer un viaje sin regreso. Sin embargo el resultado es bien distinto, lo que realiza no es un viaje físico, pues nunca llega a salir de la estación, sus ilusiones se quedan clavadas allí durante muchos años hasta que algo le motiva a volver, a salir de la estación ese lugar que siempre es de paso. Noddles se paraliza frente al gran mural circense de predica la visita a Conney Island donde inmóvil, viaja a ninguna parte, solamente a un futuro que le envejece en ese mismo espacio.

El tema de Morricone ha dejado paso al Yesterday de los Beatles, un recuerdo del ayer, y en el mural, como toda fachada en el tiempo ha cambiado, y representa a la gran manzana –la tentación de no dejarla escapar–, ahora convertida en una gran urbe. El espejo de la puerta del mural –que nunca cruzó– refleja una mirada nostálgica de un envejecido y triste Noodles, que intenta reconocerse.

Leone establece una nueva época para diseccionar, y lo hace a través de los ojos de un atónito Noodles, que parece haber estado aislado todos esos años de la civilización. Observa pausadamente la mutación de sus lugares comunes como si no hubiera asistido a toda esa evolución, contemplando la erosión y el desgaste sus recuerdos.

Una llamada al viejo amigo que le queda. El recuerdo de los tiempos mejores, de la peligrosa juventud vivida al limite y de la perdida de la inocencia. Todo despierta en él un retorno al pasado. A esa época en la que nunca se acostaba pronto.

0:35:46 Echando la vista atrás.

Las fotografías de una niña, la belleza y el dolor del primer amor, son la gota que colma el vaso para precipitar la memoria. Un lento paseo premeditado y temeroso hacia el lugar perfecto que canalice el recuerdo. Noodles vaga hacia el cuarto de baño, como hacía entonces, para mirar y recordar. Se sube a la taza del baño y quita la tapadera secreta; mientras la cámara se aproxima a la fascinación del gesto. Le sigue una mirada rota en lagrimas por el recuerdo de la hermosura del momento y de la pena por la no perdurabilidad. La cámara se aproxima lentamente a sus ojos llorosos –penetrando en su cabeza– para viajar con él a su memoria, y así poder ver ese contracampo imposible de su ilusión. Una vez en su retrospectiva, el movimiento aproximativo de la cámara es para perder el marco que muestra toda una representación. La joven Deborah (Jennifer Connelly) vestida de bailarina se mueve al son del tema Amapola –que ha devorado a la música extradiegética de la época anterior– que sale de un gramófono en el almacén del bar, consciente de ser espiada a través de la mirilla, por el joven Noodles (Scott Tiler).

Ese almacén es como todo ese tiempo: de color sepia,  añejo, lleno de polvo pero muy especial. Es la época de las primeras veces, los amigos que se hermanan con la melodía de una harmónica, los amores de juventud, los trabajos y las primeras fechorías. Y de las miserias y circunstancias propias de un contexto muy concreto.

1:25:28 Tiempo para reflexionar.

Estos niños maduraron demasiado pronto con la muerte de un amigo y viendo como Noodles, en un ataque de ira, arremete contra Bugsy y un policía; hecho que le lleva a prisión. Los pequeños se despiden desde la puerta, mientras el detenido les saluda desde el furgón que entra en prisión y se cierran las puertas a sus espaldas..

El joven Max (Rusty Jacobs), una vez se han cerrado las puertas debe suspender su amistad hasta dentro de unos años, alza la vista para leer el cartel que sobre el portón sentencia: "Los mas jóvenes y fuertes caerán bajo la espada". Un cartel con el que Leone enlaza con Noodles anciano; es el mismo que corona la puerta sobre el mausoleo frente el que se detiene. Dos espacios que, ensamblados de esta forma, dan para pensar que aquél que no tiene libertad está muerto, y que el que sobrevive al encierro tiene tiempo para pensar. El cambio se produce una vez mas por corte y asociación, Leone no abusa de los recursos explotados para fundir diferentes tiempos: no hay una voz en off para empezar a visualizar, ni se repiten las miradas al vacío a modo de ensoñación.

El mausoleo fue su homenaje a sus amigos muertos en 1933, y llevaba tiempo sin visitarlo. Al abrirse la puerta, los nexos con los muertos se refuerzan. De la cárcel a la muerte, de la juventud a la vejez, obviando todo el paso intermedio, o bien anticipando qué será lo siguiente en narrarse.

Se encierra, pero debe abrir inmediatamente, para que la luz cerciore al espectador de lo que él ya sabe: que los nombres de las tumbas son los de sus tres amigos, Max, Cockeye y Patsy. Noodles descubre una nueva llave con un mensaje, para su nuevo trabajo.

1:31:50 Todo pasa rápido

Noodles vaga asustado y nervioso bajo los puentes, por la cuantiosa valía que contiene su nuevo maletín. Es una carga excesiva para la vida tranquila que ahora lleva. Los fantasmas de su pasado parecen volver, el maletín que esperaba ver tantos años atrás reaparece de la nada. Un frisbee le pasa cerca de la cabeza y temeroso, se agacha para esquivarlo. El disco vuela con la misma velocidad con la que puede esfumarse o ir de mano en mano el dinero. Tan rápido como Max (James Woods) cogiendo sorpresivamente la maleta a Noodles cuando salió de la cárcel. Reaparece la época mostrada al comienzo del filme y establecida como presente.

Max vuelve a estar, o mejor, todavía está, para llevarle, o robarle, la maleta, como si nada hubiera cambiado. Un reencuentro entre dos amigos, no exento de ironía al ser recibido con un coche fúnebre, anticipando el precipitado destino que se le viene a sus amigos. Al igual que en la proyección inicial de Noodles hacia su vejez, la sensación de aislamiento durante una largo periodo de tiempo en este caso existe, Noodles lleva varios años encerrados, y todo cuanto se le avecina es nuevo para él. Pero no hay redención, no puede elegir, ya esta inmerso en la espiral de violencia. El cambio sustancial radica en que ahora ya no son juegos de niños.

1:57:48 Las propiedades del agua

Un pequeño baño de purificación de la amistad, actualiza los vínculos para la nueva situación. Noodles, por un instante no ha estado de acuerdo con los actuales métodos de trabajo. La masacre le ha pillado desprevenido, pero no tarda en comprender que la ultima vez que los tiempos han cambiado. Tras la discusión, una broma, una gamberrada de las de antes, justo después de matar a tres personas, limpiará de sangre su amistad.

Lanza el coche al agua con sus amigos dentro, depurando esa maldad con una acción de juego infantil, recobrando momentáneamente la inocencia perdida, o mas bien, mostrando los restos que todavía no le han sido arrebatados. Las bromas de los jóvenes hundiéndose en el coche dan paso de nuevo al retorno a la vejez de Noodles, colisionando con las imágenes en un televisor de un coche calcinado que esta siendo sofocado por agua y espuma. El raccord de sonido une, el chapoteo del primer coche con el ruido de las espuma que sofoca el fuego; otra vez es la muerte la que fusiona dos tiempos

Un vehículo calcinado que también se han esmerado en limpiar y purificar, pero de forma distinta. Acaban de asesinar al fiscal del distrito, relacionado con un caso (iba a declarar en contra) del secretario de comercio Christopher Bayley. Noodles ve la noticia a través de la televisión, con la distancia suficiente como para pensar que nada tiene que ver, pero una asociación de ideas lo suficientemente inquietante como para sospechar que existe alguna relación con el motivo que le hizo volver a la ciudad.

2:00:20 Con combustible arde mejor.

La televisión evoca, sus imágenes llevan a otras, y una cara familiar da para pensar en la primera vez que se la vio. En pantalla, el director del sindicato de transportes James Conway (Treat Williams), antes jefe de obreros de un sindicato social, continua con el mismo discurso. Haciendo memoria, cuando lo conoció, irónicamente, lo estaban rociando con gasolina para ser quemado. Desde la televisión, un medio en el que se atisba la mentira de forma inherente, defiende sus intereses mirando a cámara, y como está el marco de la televisión, apela directamente al espectador, exculpándose de todo tipo de corrupción. Un acto, que con el recuerdo de Noodles se convierte en una completa falsedad. Cada viaje en el tiempo parece como si Leone buscara los orígenes de la corrupción legalizada que hoy conocemos y la absoluta degradación de la sociedad.

2:34:17 Hora de un descanso.

La detención en este punto no se debe a la existencia de la modificación de la época, pero ha de tenerse en cuenta el momento elegido para la pausa. Un final triste, una relación amorosa rota por completo. Noodles, envuelto por el humo de la maquina del tren ve marchar a Deborah (Elizabeth McGovern) para siempre que, al verle allí le baja la cortina de su ventanilla, cerrándole el telón de su vida.

En contra de lo que cabría esperar, Leone no aprovecha la pausa para cambiar de época, lo que hubiera sido demasiado fácil, simple y sin sentido. La situación en la que se encuentra Noodles es demasiado interesante como para no dejarle solo.

2:34:37 Bajando a los infiernos.

El estado del protagonista se representa con su vuelta del breve descanso, una bajada a los infiernos, en forma de llegada al local bajando en el ascensor. Con sus amigos, le esperan los silencios y la tensión del movimiento de una cucharilla de café.

Han realizado un trabajo y no han contado con él, ya que al marcharse Deborah –en la elipsis del descanso–, se fue al fumadero de opio Chink's y se puso ciego. El mismo lugar, y el mismo estado en que se encontraba al comienzo, en el descanso y como se verá, también al final, como si se tratara de un ser inmóvil.

Mediante este bloque se llega hasta el punto de enlace con el flash-back de la llamada de teléfono, en busca de la comprensión de los acontecimientos. Finaliza la ley seca, Max sueña con un robo casi imposible, la Reserva Federal, y Carol (Tuesday Weld), la pareja de Max, le pide que les delate en un golpe previo para que ese momento de muerte posible no se dé.

Defraudar, delatar, mandar a la cárcel a sus amigos. No puede ver como sus compañeros se dirigen a un suicidio seguro. La palabra traición se incrusta en su cabeza, en el instante en que se acaba la prohibición y sus amigos brindan por diez años de vida (y de muerte), mientras él les acompaña en la distancia. Debe hacer la llamada, mejor verlos encerrados que muertos.

3:04:03 Una vida de locos.

Max y Noodles están en el despacho, el segundo acaba de dar el soplo a la policía. Le vuelve a decir que estaba loco y cuando eso sucede pierde el control, pareciendo verdadera tal afirmación. Max piensa que su amigo puede tener una mala noche, pero realmente esta descompuesto por traicionarles. En ese instante no parece haber futuro para ninguno de los dos. Max dirige la vista al suelo, donde acaba de dejar inconsciente a Noodles, el contraplano en lugar de ser el del agredido, por un simple corte hay un nuevo el salto temporal. El suelo de parqué de la Bayley fundation, un centro psiquiátrico donde Noodles anciano habla con Carol. Donde debería estar ingresado Max, o donde tuvo que estar ingresado su padre, de ahí su enajenación, que al decirle loco se daba por aludido.

El reencuentro con otros personajes del pasado descubren que toda su desconocida vida, ha supuesto una mascarada, y que incluso lo único verdadero, aquellos momentos en los que la delincuencia estaba en las calles, se fueron degenerando hasta que toda corrupción se instaló en las  instituciones rozando la legalidad.

Apenas se sorprende al reencontrarse con Deborah y verla sin que haya cambiado, casi no ha envejecido. Se conserva como en su memoria –quizás estemos dentro de ella–, con lo que demuestra que los amores platónicos no cambian. Finalmente se ha convertido en actriz, máximo exponente de la mentira, de las mil caras, y con un maquillaje que oculta la verdad. Además interpreta a Cleopatra, aquella que el tiempo no marchitaba. El pasado no perece en la memoria o el futuro es como uno desea en su  imaginación.

Solo las pasiones son capaces de borrar el maquillaje con una lagrima por el tiempo perdido. Ambos personajes frente al espejo ven lo que fueron y lo que son, lo que son y lo que serán. Los dos, envejecidos en su interior, solo les quedan los viejos recuerdos, y si están más tiempo pueden sufrir una actualización que los borraría.

3:23:27 No tengo nada que perder.

Noodles acude por curiosidad a la fiesta del Senador Bayley (James Woods). Hace como si no lo conociera, mientras que su viejo amigo le habla como siempre. A cambio del dinero que le metió en la taquilla le pide que le mate. Pero no se puede matar a un muerto. Para Noodles ese hombre nada tiene que ver con Max. Éste insiste, le da un arma, le facilita una salida, pero Noodles no tiene motivos. Bailey, se los da: le robó su vida, el dinero y a la mujer que amaba. Y de fondo suena Yesterday, otra vez.

Un flash-back de estilo clásico recuerda los buenos momentos que, como no podía ser de otro modo, se dieron cuando eran niños. Noodles mira la pistola que le ofrece el senador, la cámara se acerca a sus ojos, a sus recuerdos. La pistola se desenfoca y por fundido encadenado, y con el cambio de música pertinente, el plano se traslada a Max, su gran amigo, el día que llegó a la ciudad montado en una carreta.

3:24:15 Demasiado tarde.

El retorno de esos recuerdos que Deborah le advierte sobre su desvanecimiento si hacía esa visita, se produce con el mismo procedimiento: con fundido encadenado, y retomando el tema de los Beatles. Al volver de ese lapsus nostálgico rechaza el trabajo propuesto por Bailey. "¿Es tu forma de vengarte?" le pregunta, "No. Es mi forma de ver las cosas". Es su punto de vista. Y le rechaza de pleno de la forma más elegante “Hace muchos años tuve un amigo que delaté para salvarle la vida, pero murió, porque él lo quiso así”. Y se marcha por la salida secreta como un fantasma que visita a alguien por Navidad, a un Bailey no menos fantasma que desaparece por arte de magia tras un camión de la basura instantes después. El camión se pierde en la oscuridad como los dos ojos del demonio camino del infierno. Ya no era nadie, solo un despojo humano al que ni su mejor amigo traicionado, le deseaba la muerte.

3:32:20 Tengo mucho que hacer.

La mirada perdida, reflexionando sobre lo que acaba de presenciar, le hace volver al presente. No termina de concebirlo, –por corte– lo primero que le viene a la mente, o le devuelve a la realidad, es una representación, vista también al comienzo, las sombras chinas proyectadas en la cinematográfica pantalla blanca del fumadero. La película ha vuelto al principio, a su mismo tiempo y espacio. Después de cometer lo que el cree que es una traición, necesita evadirse, salirse de la realidad que le ha sobrepasado. Evaporar el triste recuerdo de lo que acaba de hacer fumando. Y su relato se desvanece como el humo que emana de lo que para él podría ser la pipa de la paz interior. Para desde ese lugar de descanso, tener una alucinación, un mal cuelgue que le haga ver lo que pasó y lo que pasará a partir de ese momento. Y después de esa pesadilla solo queda lugar para un feliz pensamiento, solo ha sido eso, una pesadilla.

3:35:42 ¿Qué hora es?

No importa que no haya habido movimiento alguno, de la misma forma que el espectador viaja desde su butaca, Noodles lo hace desde su camastro. Puede que sea uno de los viajes mentales mejor contados, sería otra ocasión en la que las drogas disparan la imaginación de un artista. Sólo que no se trata de un artista, tan sólo de una personaje por lo que no le queda más remedio que dar las gracias a aquel que le ha ayudado a visualizar sus pensamientos. Ese es uno de los dos sentidos de la sonrisa cómplice que cierra el filme. Una sonrisa dada a través de una gasa, que ha estado nublando la vista al espectador y ahora se evidencia, y mediante un plano cenital, pues la sonrisa es también el agradecimiento al narrador, ese ser supremo sin el cual el espectáculo no hubiera sido posible. Y con la imagen congelada en ese gesto surgen todos los demás que han hecho posible la representación. Pero sobre todo es el guiño a la cámara, al público, rompiendo con esa desacostumbrada apelación para advertir de que hay algo diferente en todo cuanto ha visto.

Como en la frase de La dama de Shangai “Si hubiera sabido en que terminaba todo esto, no habría empezado”. Es lo que decide Leone para Noodles, quedarse sin empezar volviendo al principio, y seguir drogándole para no recordarlo. Un doping causa y consecuencia al mismo tiempo de sus peores pesadillas.

Tres relojes para tres tiempos. Noodles, devuelve la llave del reloj de pared a Moe, para que le dé cuerda de nuevo. El segundo medidor de la hora es el que tienen a medias Noodles y Max, unos amigos que comparten todo su tiempo y no tienen nada que perder, pero que al final el egoísmo y la ambición hace que sea demasiado tarde. Y el tercer cronometro no es otro que el omnipresente reloj de Sergio Leone que controla a la milésima el paso del tiempo en su obra. Desgraciadamente, su reloj biológico, como el de sus personajes con tan alta tasa de mortalidad, se paró demasiado pronto. Y este artista realizó sus películas con absoluto control, hasta que llegó su hora.

 

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