Las amistades
peligrosas
Estamos asistiendo recientemente a una serie de películas que exponen,
con mayor o menor fortuna, actuaciones y sucesos que tiene que
ver la situación actual en que se encuentra la juventud y la familia
en la sociedad norteamericana, desde el análisis de fenómenos
como el culto a la violencia, la moda, el sexo, las drogas...
a la descomposición de las relaciones familiares, tal y como podemos
ver en los últimos trabajos de realizadores como Larry Clark (Bully,
Ken Park) o Van Sant (Elephant).
Ahora nos llega Thirteen (2003), la opera prima de Catherine
Hardwicke, que aúna la combinación perfecta de una pequeña dosis
de escándalo -falso, como veremos más adelante- con aquello de
"una historia basado en hechos reales" que tanto gusta a los americanos;
el guión está compartido entre la directora y una de las actrices,
Nikki Reed, que aportó el testimonio de sus propias experiencias,
para contar la historia típica de una familia de clase baja en
la que la adolescente entra en contacto a través de una amiga
del instituto con el mundo de las drogas, la violencia y el sexo
mientras su madre se muestra incapaz de controlar la situación.
La película se plantea, a través de la estructura de la narración,
explicar la causa que ha llevado a la protagonista (Evan Rachel
Word) a la situación actual (las primeras imágenes muestran a
las dos compañeras tomando drogas y golpeándose) para a continuación
realizar un flash-back que nos retrotrae cuatro meses antes;
todo ello a través de un lenguaje cercano al videoclip, donde
el zoom, los desenfoques, las imágenes ralentizadas o la fotografía
dura intentan configurar una propuesta de cine independiente
(de hecho la película venía avalada por el premio a la mejor dirección
en el festival de Sundance).
Ahora bien, bajo esta supuesta mirada arriesgada (lenguaje, drogas,
sexo), el filme de Hardwicke se dedica a mostrar más que a analizar,
de esta forma vamos asistiendo a un catálogo de tópicos (chica
que conoce a otra, que la introduce en malos ambientes, que la
madre no puede controlar, que estalla la tensión…) y donde los
personajes de las jóvenes protagonistas no tienen ninguna oportunidad
de expresar o justificar el porqué de sus acciones, así vemos
que la influencia negativa aparece y desaparece de golpe.
Así, al final de la película, cuando parece que no hay salida,
la chica mala traiciona a la amiga y la deja libre de su
influencia sin mediar ninguna explicación, de esa forma madre
e hija quedan libres (última escena donde la chica gira junto
con la cámara y grita liberándose) por lo que la conclusión es
que la imagen del adolescente no pasa de ser un mero objeto que
no tiene capacidad de decisión ni posibilidad de discernir lo
bueno de lo malo, y aquí es donde la película se acerca -bajo
esa imagen de cine moderno- al telefilme conservador americano
(cuidado con permitir la libertad, que luego viene lo que viene).
Queda fuera de esta quema la descripción de la madre, el único
personaje que sobre el papel muestra las dudas y vacilaciones
de lo que significa enfrentarse con la educación de la adolescente
bajo condiciones sociales adversas, y que Holly Hunter encarna
con habilidad moviéndose entre el amor a la hija y la incomprensión
de lo que le está sucediendo.
En definitiva, después de revisar este Thirteen, si el espectador
busca lo que significa el compromiso de la educación entre padres
e hijos más vale que vea Buscando a Nemo y para una reflexión
real sobre la adolescencia y su entorno social, sumen tres años
más, y recuperen Sweet Sixteen de Loach.
Luis Tormo