Enseñar y aprender en la escuela unitaria
Hay una aspecto muy hermoso y creo que muy conseguido en este
filme que, por otro lado, nos sabe muy francés: es la sensación
suave y creíble que nos transmite del transcurso del tiempo,
expuesto a través de la denotación de los trabajos
de los campesinos, del cambio de paisajes a través de las
estaciones. Quizá sea la extrema sencillez con que se desarrolla
la historia documental de esta película la causa de la
sensación última que deja en el espectador: no haber
visto nada nuevo en la pantalla, sino el espectáculo de
ver desfilar ante sus ojos un variado mosaico de situaciones diferentes
de unos niños de escuela primaria en el proceso escolar
de aprendizaje, junto a un maestro abnegado, paciente y vocacional.
Al lado de ellos, las humildes familias de los niños, que
los ayudan en sus casas a hacer los deberes escolares. Estamos
en el corazón de la Auvernia francesa, en la Francia profunda,
en una escuela unitaria cuyo maestro es monsieur Georges López,
hijo de un inmigrante andaluz y una francesa, que desde hace más
de treinta años se dedica a la enseñanza y le falta
año y medio para jubilarse.
A lo largo de la película vemos a los niños,
asistidos continuamente por su maestro, aprender a escribir, pintar
láminas, aprender la regla de tres, corregir su francés,
escribir al dictado, etc. Después viene el recreo con sus
conversaciones graciosas e ingenuas, sus peleas, sus travesuras,
etc. Cuando viene el buen tiempo, salen de excursión o
dan la clase al aire libre. Somos también testigos de las
conversaciones personales con su maestro, o de los dilemas que
crean a sus padres cuando éstos intentan ayudarles a hacer
los deberes. También contemplamos cómo estos niños
ayudan a sus padres en las tareas del campo o de las granjas como
si fueran ellos casi adultos. Se nos sugiere que la escuela no
va a cambiar cuantitativamente la vida de estos niños:
ellos seguirán ejerciendo el mismo oficio que sus padres
y antepasados -recoger el heno, estar al cuidado de las vacas,
trabajar con el tractor-, pero sí cualitativamente; junto
al conocimiento de las cosas más elementales, escribir,
sumar y restar, etc., el educador les enseña los valores
humanos más fundamentales. Es muy significativa y hermosa,
por ejemplo, la secuencia en la que le maestro conversa con los
dos chicos que se pelean constantemente en el recreo.
Ser y tener tiene un acento melancólico en el
sentido que nos está apuntando a un modelo de educación
personalizado y cálido que parece ya perderse en los modelos
educativos masivos, despersonalizados de nuestra sociedad. Las
mismas palabras del maestro, que él dirige a los espectadores,
nos lo dan a entender. El verdadero maestro con vocación
educadora parece ya una rara avis y ha dado paso al profesor
funcionario que sólo sabe de su asignatura y la imparte
fría y despersonalizadamente. Es por ello que este filme
es más que recomendable para todas las personas que se
dedican a las tareas educativas, sean escolares o de otra índole.
El film es un documental (en su versión doblada, oímos,
por ejemplo, las voces originales) y la misma cámara realiza
muy pocos acercamientos -sobre todo en los momentos más
íntimos- para guardar una cierta neutralidad en el documento
que se nos quiere mostrar, lo cual provoca una cierta insatisfacción
en el espectador. Momentos emotivos como el de la niña
que se emociona cuando sabe que va a dejar la escuela o lemas
dramáticos de la conversación de un chico que le
cuenta entre sollozos al maestro la grave enfermedad de su padre
están maravillosamente expuestos, sobre todo por la contención
de la cámara que, alejada, asiste con pudor a un momento
tan personal.
En su parte negativa, a Ser y tener se le puede achacar
de una cierta idealización de la escuela: no se nos muestran
carencias ni conflictos serios y la figura del maestro parece
la de un santo laico; y más: no sabemos prácticamente
cómo es él, qué hace fuera de la escuela,
se soslaya incluso su estado civil. Sólo al final se sabe
que tiene un coche de la marca Audi.
José Luis Barrrera