Cuerpo y espíritu
He aquí una película tan curiosa como interesante. Su director
(nacido en la India) luchó durante años por dar a la luz su proyecto.
Se trata de una historia que enfrenta lo carnal y lo espiritual.
Dos mundos al parecer opuestos que libran una tan singular y sorprendente
lucha. Se narra la historia de un joven lama que se plantea el
dilema de si lo suyo es quedarse en el monasterio por vida o es
preciso “bajar” al mundo. Resulta sorprendente que nuestro monje
protagonista se plantee tal cuestión después de haber alimentado
exclusivamente el espíritu (en meditación continua) durante tres
años, tres meses y tres días. Una friolera de días encerrado y
en pos de un intento de asentamiento en el mundo que ha vivido
desde pequeño. Pero una cosa es lo que se quiere y otra lo que
realmente acontece. De ahí que el cuerpo empiece a reclamar esa
parte que le ha sido quitada, que nunca debe haber sido considerada
desde que entrara, casi un niño, en el monasterio. Siguiendo la
tradición que marca el lugar el joven monje fue incorporado, en
su más tierna infancia, al mundo de la meditación, del ayuno,
y de la separación de lo terrenal.
La película muestra, en la primera parte, la
vida de renuncia del mundo de unos seres, que fueron trasladados
desde muy pequeños a un monasterio. ¿Por qué no pueden ser ellos
los que decidan sus futuro? La llegada de un niño al lugar lleva
al personaje principal a preguntarse sobre esa costumbre. En el
pequeño se siente reflejado él mismo. ¿Es la infancia el momento
en que se debe aislar a los seres? ¿Se puede añorar lo que no
se ha vivido?
En el monasterio se refleja una determinada forma de vida. La ciudad
santa es como una especie de muralla que sirve para aislar a sus
habitantes de los peligros mundanos. Pero la habitabilidad humana
lleva explicita el doble sentido de la carnalidad y del espíritu.
Por eso nuestro personaje se rebela y baja al mundo en busca de
lo que desconoce. Antes, en la escena inicial, hemos acudido a
una parábola no muy clara: un águila deja caer una enorme piedra
sobre un cordero, A pesar de todo lo que hacen (sobre todo los
sacerdotes lamas que, como en procesión, van en busca del hermano
meditativo) no pueden hacer nada por el cordero. Parece metaforizarse
así una narración de lo malo (el águila-mundo) enfrentado a lo
bueno (el cordero-el místico). Pero, a poco que se vea, se puede
intuir con exactitud que la historia es mucho más compleja al
mostrar, desde la distancia, la correlación, enfoque y necesidad
entre ambas entidades (mundo-deseo, espíritu-elevación).
La llamada del mundo a los acordes del conocimiento de la mujer
como esposa, madre y amante va a ocupar la segunda parte del filme.
Un mundo repleto de intereses, pero donde aún hay posibilidad
de ser. Nuestro personaje va a vivir en ese mundo exterior (“Samsara”
significa mundo exterior) tratando de comprenderlo y de hacer
que sea distinto. Pero las cosas se complican en su vida y también
en su relación con las mujeres.
El final es un epílogo que presenta al hombre en la encrucijada
de un camino sin saber si volver a la casa de la que (vergonzantemente)
ha huido o ascender hasta el monasterio que dejó hace años. La
cinta termina sin que el personaje haya tomado una decisión. Pero
antes, en ese epílogo, hemos asistido a una nueva metáfora-cierre
dada por un acertijo budista (“¿Cómo evitar que una gota de
agua se seque?”) ya presente en una de las primeras escenas
y cuya solución (su búsqueda supone el caminar del protagonista
en su paso de uno a otro mundo) se descubre en la trasera de la
piedra en la que aparece escrita la adivinanza. La solución era:
arrojándola al mar. Resumen ambiguo de una búsqueda que concuerda
con otro momento excelente: la mujer del protagonista, después
de tirar una rama a un río pregunta a unos niños que le digan
qué le ocurrirá a ese palo. Se le contestan varias cosas pero
ella da su versión: el palo terminará por llegar al mar.
En esa reflexión final del ayer monje se incluye una escena excelente:
la reflexión de la mujer sobre la forma de actuar que tiene su
marido. Es cobarde, desagradecida e interesada, parecen sentenciar
sus palabras, que terminan (ante la forma que tuvo de condenar
a su mujer a los mismos castigos que a ella le inflinge la huida
de su marido) por poner en evidencia al propio mundo. Un instante,
además, en el que se incluye una crítica hacia la actitud de Buda
en su escapada del mundo. Sin duda alguna el personaje de la esposa
es uno de los más interesantes de la película. Unas posiciones,
las suyas, que suponen toda una forma de educar (excelente las
pinceladas en las que nos muestra su actitud tanto frente a sus
hijos como frente a los amigos de éstos) como de estar en la vida
(en el trabajo, en el amor, en la casa).
Muy interesante es la forma en que se utilizan las elipsis. En
una película tan larga como esta se procura dejar (de forma muy
coherente) lo esencial y saltar en tiempo en busca de otro instante
significativo. Como ejemplo de ello sirva la secuencia (excelente)
del nacimiento del hijo.
El filme es hermoso de ver. Quizá su preciosista adorno no se erija
en el exacto soporte del filme. La belleza del filme parecen esconder
un mundo más o menos trágico, oscuro o por lo menos duro. O probablemente
por enfrentarse a esa dureza puede convertirse en bello.
Costumbres ignoradas y extrañas a nuestros ojos, personajes que
por encima de sus intereses personales no se muestran ni vengativos,
ni rencorosos. De acuerdo a ello está muy bien el enfrentamiento
entre el protagonista y el comprador que tiene lugar después del
incendio. Una manera muy distinta de mostrar, sin folklore, unas
formas de obrar sorprendentes para nuestra mentalidad. Apuntes
y forma de hacer caminar el relato estupendamente medidas y convincentes
como ese, por ejemplo, paso doble entre los dos mundos, matizado
por la doble inmersión en el río.
Muy interesantes y conseguidos los apuntes sobre la educación de
los niños y su presencia en la familia, así como el tratamiento
(libre y sin complejos) de la sexualidad. Lo menos convincente
es la historia de la seducción del protagonista por la (imposible)
segadora. Tal historia roza el sentido, y estilo, del peor de
los culebrones. Como también es exagerada la manera en que se
nos muestra cómo el suegro de nuestro protagonista ha quedado
“atrapado” por el dinero: compra una ropas horteras (y
occidentalizadas) en el pueblo después de vender los productos
del campo que allí ha llevado.
Hay que agradecer al realizador que nos deje ver reposadamente
todo cuanto ocurra (lógico en cuanto los personajes viven en un
mundo sereno, meditativo). Se miran las cosas sin prisa. Podemos
recrearnos en los lugares y en las actitudes y reflexiones internas
(y exteriorizadas) de los personajes sin que una cámara inquieta
nos lleve (como en ciertas películas de ahora mismo) de un sitio
a otro sin razón alguna (narrativa, ni expresiva). No hay prisa
en contar. El director se lleva su tiempo. Y no nos cansa a pesar
de las dos horas y pico que dura esa bella y singular película.
Y un apunte final como muestra de que en todas partes cuecen habas.
Antes de “desembarcar” en el mundo nuestro joven monje es invitado
a recibir los consejos de una especie de monje ermitaño. Se trata,
claro, de convencer al personaje de lo erróneo de su actitud.
Pues bien, la manera “original” que desarrolla el anciano personaje
para convencer a los jóvenes que se van a perder es llevarles
a comprender (a partir de unos grabados) lo efímero de la belleza,
lo monstruoso del amor carnal y la proximidad de la muerte. ¡Y
nosotros que creíamos que estos métodos eran únicamente explotados
por algunos sacerdotes en la España de la postguerra en la línea
(en aquel entonces) utilizada por los jesuitas (siguiendo a su
fundador) en los truculentos ejercicios espirituales! Así que...
nada hay nuevo bajo el sol...
Un filme, pues, tan extraño como intenso. Una grata sorpresa destinada,
por desgracia, a ser “devorada” rápidamente por la necesidad de
estrenos tan comerciales como anodinos. Una lastima.
Mister Arkadin