LA VIDA QUE TE ESPERA  
 
Título orginal: La vida que te espera
País, Año:

España, 2003

Dirección: Manuel Gutiérrez Aragón
Intérpretes: Juan Diego, Celso Bugallo. Luis Tosar. Marta Etura. Clara Lago. Víctor Clavijo.
Guión: Manuel Gutiérrez Aragón. Ángeles González-Sinde
Producción: Gerardo Herrero. Pancho Casal
Fotografía: Gonzalo F. Berridi
Música: Xavier Capellas
Montaje: José Salcedo
Distribuidora: Alta Films
Duración: 100 minutos
 
 

 

 

 

 

 
 

Confuso drama (?) rural

Ángeles González Sinde es una de esas (o de esos) guionistas españoles a cuyos guiones se les ha concedido un alto valor. En virtud de sus logros (al decir de algunos o algunas) han podido además dirigir alguna que otra película. En su caso firmó la mediocre La suerte dormida, mientras que otras alabadas guionistas vieron recompensada su (discutible) bondad realizando la insoportable A mi madre le gustan las mujeres. De todas maneras, los defensores de tamaños despropósitos, con marca de origen referida a buenas intenciones, afirman que se trata de obras muy interesantes e, incluso, afirman, con "incidencia" social. Buena vista, sí señor. Confunden unas cosas con otros, pero es igual. Su caso se une a la (más que discutible) calidad de los León de Aranoa o Julio Medem.

El gran triunfo de la guionista del último y fallido filme de Manuel Gutiérrez Aragón se llamó La buena estrella. Personalmente no soy de los vitoreadores de tal título de Ricardo Franco, que más bien me parece rebuscado, cuyo éxito se asienta más en su (mayor o menor) originalidad temática y en la realización del malogrado director. Aquí, por eso de su facilidad en escribir guiones, ha arribado al mundo del realizador de Maravillas tratando de adaptarse a su difícil mundo fílmico. Si el cine del director santanderino siempre se centra en unas historias semi-realistas aureoladas de planteamientos irreales cercanos al cuento infantil (Maravillas, por ejemplo, es una revisión de La bella durmiente), la presencia de la guionista hace posible que su última obra no sea (desde el realismo) fantástica sino casi lindante con la ciencia-ficción, tal es su desajuste entre la realidad y el ensueño mítico.

Está claro que toda la narración está repleta de símbolos, comenzando por ese túnel que une dos mundos tan idénticos pero diferentes, como también puede serlo la idea del pasaje "idealizado" (y sereno) en el que transcurre el drama. Algo válido y defendible lo que ocurre es que a partir de esa pretensión simbólica inicial entre el paisaje, la realidad, el ayer y el hoy, la bondad y la maldad, la cordura y la locura, el odio y el amor, se produce un total divorcio entre lo que se pretende y se consigue, o mejor entre aquello que (sin saber muy bien hacia dónde va) se quiere comunicar y aquello otro (muy poco) que se percibe.

Por un lado asistimos a la historia de una comunidad aislada, la de los pasiegos, sin que sepamos muy bien si se ensalza o critica tal forma de vida, mientras por otro se plantean unas reivindicaciones, o realidades, sociales: la vida de una comunidad sobre la que penden los intereses políticos. Puede ser que todo ello se resuma también en un enfrentamiento de generaciones, de visión de lo que es y nos espera, de lo que se vive y desea. Sin olvidar, claro está, que detrás de todo ello (y como eje de la acción) se nos ofrece un demencial dramón rural difícil de sostener con reminiscencias de tragedia griega. Demasiado para un proyecto aquejado de falta de vigor, de ausencia total de verdad en unos personajes literarios pero no reales.

Grave que tal mirada sobre el mundo rural haya sido firmada por el autor de títulos tales como Habla mudita o El corazón del bosque. Por no citar El rey del río, para mí una de sus últimas, por no decir última, obras mayores. Y es que los seres de esta película no viven, son marionetas que se mueven a impulso de sus guionistas. Lo peor es que Gutiérrez Aragón no hace nada para disimular ese error. Nadie puede creerse, por ejemplo, secuencias como la de la vuelta de las hijas a la casa de su padre para "darle" una fiesta de despedida o la "falsa" huida del padre de la guardia civil (¿cómo es posible que pueda escapar de tanta guardia?) o la absurda e incongruente historia de amor con dos personajes como la hija y el hijo que parecen, en sus reacciones, auténticos muñecos de guiñol dirigidos por los guionistas.

He hablado de una escena demencial como es la de la fiesta en casa del padre, pero malas las hay en gran número, como esa otra del baile en la plaza del pueblo o la (forzada) visita del padre a ver a su hijo peluquero, la (tópica) escena de amor en el pajar o el colmo de todas ellas, la más forzada todavía huida de Tosar a las montañas para reflexionar con el ladino objetivo de hacer creer a los personajes (y al espectador) que ha sido asesinado por el protagonista para horror de sus hijas.

Poca seriedad en una película donde, además, el espacio y el tiempos se utilizan de una manera gratuita, como por ejemplo la "vuelta" que Luis Tosar ofrece a Marta Etura (por cierto, una chica sorprendente y mostrada con un cierto "furor uterino") para terminar ("aquí al lado") en la cama suponemos de la casa de él. Pero ¿dónde está la casa a la que se ha trasladado la familia y dónde se encuentra la de Tosar? Da lo mismo, todo da la mismo en un filme insípido y que parece importante sin serlo. Un ejemplo estaría en ese despistante título que es una incógnita más. ¿A quién y cómo se refiere?

Imposible entender casi nada de lo que se ve y barrunta, y menos ese final abierto y falso donde los haya, y no sólo por el engaño manifiesto cara al espectador que supone la sorpresa de la historia. Quizá sea más interesante ese futuro, esa vida de después, entre él y ella ante la realidad que ambos conocen que la padecida a lo largo del relato. Quedan apuntes entre nieblas (esa historia, o historias, incestuosas insinuadas) y bellos paisajes donde incluso ronda el poder (toque sin duda político) en la figura de los guardias civiles.

Para remate de tamaño despropósito, Gutiérrez Aragón sigue estampando su firma en estos entornos rurales al dotarlos de "halos" mágicos. A veces logrados (La mitad del cielo, El rey del río), otros risibles como en este caso. Ocurre, por ejemplo, en la inusitada presencia de la hija menor bailando (en pleno Valle del Pas, suponemos que por eso de la modernidad), o entrenándose para hacerse experta en tal baile, la danza del vientre o, aún más grave, el hecho que la vaca súper lechera necesite un "mambo" para serenarse y dar leche. Tal (o tales) detalles no estarían mal en una película cómica pero esta quiere ser seria o, al menos, esa parece ser su pretensión.

Al final, y al estilo de las películas americanas, todo parece haberse planteado como un duelo entre dos personajes, un enfrentamiento del que saldrá un vencedor y un vencido. O, como aquí, un curioso, y falso, hermanamiento. El duelo aquí, y en la línea de lo foráneo, será el concurso de vacas lecheras donde sólo cuentan las de los "protagonistas", las demás, como los demás pistoleritos en los westerns, son un (necesario o innecesario) relleno.

Buenos actores, bonito paisaje, algún momento muy bien dialogado (pero casi a la manera de una película "americana" no realista) como la conversación en la montaña entre Luis Tosar y el Guardia Civil.

Algo es algo entre tanta torpeza adornada con el signo autoral del gran realizador y de la buena guionista. Desde luego, mal nos va si éste es el cine que nos espera. Así que ya sabes. Ojalá Gutiérrez Aragón, al que suponemos inteligente, no se haya quedado levitando ante los cánticos (interesados y amigos) de tanto corifeo sordo vertido ante este filme y reflexione sobre el gran error que ha supuesto su realización. Algo que sí ha visto y explicado la crítica internacional (y el público) en el festival de Berlín, donde se ha presentado tamaño despropósito.

Mister Arkadin