Confuso
drama (?) rural
Ángeles González Sinde es una de esas (o de esos) guionistas españoles
a cuyos guiones se les ha concedido un alto valor. En virtud de
sus logros (al decir de algunos o algunas) han podido además dirigir
alguna que otra película. En su caso firmó la mediocre La suerte
dormida, mientras que otras alabadas guionistas vieron recompensada
su (discutible) bondad realizando la insoportable A mi madre
le gustan las mujeres. De todas maneras, los defensores de
tamaños despropósitos, con marca de origen referida a buenas intenciones,
afirman que se trata de obras muy interesantes e, incluso, afirman,
con "incidencia" social. Buena vista, sí señor. Confunden unas
cosas con otros, pero es igual. Su caso se une a la (más que discutible)
calidad de los León de Aranoa o Julio Medem.
El gran triunfo de la guionista del último y fallido filme de Manuel
Gutiérrez Aragón se llamó La buena estrella. Personalmente
no soy de los vitoreadores de tal título de Ricardo Franco, que
más bien me parece rebuscado, cuyo éxito se asienta más en su
(mayor o menor) originalidad temática y en la realización del
malogrado director. Aquí, por eso de su facilidad en escribir
guiones, ha arribado al mundo del realizador de Maravillas
tratando de adaptarse a su difícil mundo fílmico. Si el cine del
director santanderino siempre se centra en unas historias semi-realistas
aureoladas de planteamientos irreales cercanos al cuento infantil
(Maravillas, por ejemplo, es una revisión de La bella
durmiente), la presencia de la guionista hace posible que
su última obra no sea (desde el realismo) fantástica sino casi
lindante con la ciencia-ficción, tal es su desajuste entre la
realidad y el ensueño mítico.
Está claro que toda la narración está repleta de símbolos, comenzando
por ese túnel que une dos mundos tan idénticos pero diferentes,
como también puede serlo la idea del pasaje "idealizado" (y sereno)
en el que transcurre el drama. Algo válido y defendible lo que
ocurre es que a partir de esa pretensión simbólica inicial entre
el paisaje, la realidad, el ayer y el hoy, la bondad y la maldad,
la cordura y la locura, el odio y el amor, se produce un total
divorcio entre lo que se pretende y se consigue, o mejor entre
aquello que (sin saber muy bien hacia dónde va) se quiere comunicar
y aquello otro (muy poco) que se percibe.
Por un lado asistimos a la historia de una comunidad aislada, la
de los pasiegos, sin que sepamos muy bien si se ensalza o critica
tal forma de vida, mientras por otro se plantean unas reivindicaciones,
o realidades, sociales: la vida de una comunidad sobre la que
penden los intereses políticos. Puede ser que todo ello se resuma
también en un enfrentamiento de generaciones, de visión de lo
que es y nos espera, de lo que se vive y desea. Sin olvidar, claro
está, que detrás de todo ello (y como eje de la acción) se nos
ofrece un demencial dramón rural difícil de sostener con reminiscencias
de tragedia griega. Demasiado para un proyecto aquejado de falta
de vigor, de ausencia total de verdad en unos personajes literarios
pero no reales.
Grave que tal mirada sobre el mundo rural haya sido firmada por
el autor de títulos tales como Habla mudita o El corazón
del bosque. Por no citar El rey del río, para mí una
de sus últimas, por no decir última, obras mayores. Y es que los
seres de esta película no viven, son marionetas que se mueven
a impulso de sus guionistas. Lo peor es que Gutiérrez Aragón no
hace nada para disimular ese error. Nadie puede creerse, por ejemplo,
secuencias como la de la vuelta de las hijas a la casa de su padre
para "darle" una fiesta de despedida o la "falsa" huida del padre
de la guardia civil (¿cómo es posible que pueda escapar de tanta
guardia?) o la absurda e incongruente historia de amor con dos
personajes como la hija y el hijo que parecen, en sus reacciones,
auténticos muñecos de guiñol dirigidos por los guionistas.
He hablado de una escena demencial como es la de la fiesta en casa
del padre, pero malas las hay en gran número, como esa otra del
baile en la plaza del pueblo o la (forzada) visita del padre a
ver a su hijo peluquero, la (tópica) escena de amor en el pajar
o el colmo de todas ellas, la más forzada todavía huida de Tosar
a las montañas para reflexionar con el ladino objetivo de hacer
creer a los personajes (y al espectador) que ha sido asesinado
por el protagonista para horror de sus hijas.
Poca seriedad en una película donde, además, el espacio y el tiempos
se utilizan de una manera gratuita, como por ejemplo la "vuelta"
que Luis Tosar ofrece a Marta Etura (por cierto, una chica sorprendente
y mostrada con un cierto "furor uterino") para terminar ("aquí
al lado") en la cama suponemos de la casa de él. Pero ¿dónde está
la casa a la que se ha trasladado la familia y dónde se encuentra
la de Tosar? Da lo mismo, todo da la mismo en un filme insípido
y que parece importante sin serlo. Un ejemplo estaría en ese despistante
título que es una incógnita más. ¿A quién y cómo se refiere?
Imposible entender casi nada de lo que se ve y barrunta, y menos
ese final abierto y falso donde los haya, y no sólo por el engaño
manifiesto cara al espectador que supone la sorpresa de la historia.
Quizá sea más interesante ese futuro, esa vida de después, entre
él y ella ante la realidad que ambos conocen que la padecida a
lo largo del relato. Quedan apuntes entre nieblas (esa historia,
o historias, incestuosas insinuadas) y bellos paisajes donde incluso
ronda el poder (toque sin duda político) en la figura de los guardias
civiles.
Para remate de tamaño despropósito, Gutiérrez Aragón sigue estampando
su firma en estos entornos rurales al dotarlos de "halos" mágicos.
A veces logrados (La mitad del cielo, El rey del río),
otros risibles como en este caso. Ocurre, por ejemplo, en la inusitada
presencia de la hija menor bailando (en pleno Valle del Pas, suponemos
que por eso de la modernidad), o entrenándose para hacerse experta
en tal baile, la danza del vientre o, aún más grave, el hecho
que la vaca súper lechera necesite un "mambo" para serenarse y
dar leche. Tal (o tales) detalles no estarían mal en una película
cómica pero esta quiere ser seria o, al menos, esa parece ser
su pretensión.
Al final, y al estilo de las películas americanas, todo parece
haberse planteado como un duelo entre dos personajes, un enfrentamiento
del que saldrá un vencedor y un vencido. O, como aquí, un curioso,
y falso, hermanamiento. El duelo aquí, y en la línea de lo foráneo,
será el concurso de vacas lecheras donde sólo cuentan las de los
"protagonistas", las demás, como los demás pistoleritos en los
westerns, son un (necesario o innecesario) relleno.
Buenos actores, bonito paisaje, algún momento muy bien dialogado
(pero casi a la manera de una película "americana" no realista)
como la conversación en la montaña entre Luis Tosar y el Guardia
Civil.
Algo es algo entre tanta torpeza adornada con el signo autoral
del gran realizador y de la buena guionista. Desde luego, mal
nos va si éste es el cine que nos espera. Así que ya sabes. Ojalá
Gutiérrez Aragón, al que suponemos inteligente, no se haya quedado
levitando ante los cánticos (interesados y amigos) de tanto corifeo
sordo vertido ante este filme y reflexione sobre el gran error
que ha supuesto su realización. Algo que sí ha visto y explicado
la crítica internacional (y el público) en el festival de Berlín,
donde se ha presentado tamaño despropósito.
Mister Arkadin