Individuo contra institución
Nos encontramos ante una película correcta, una película
que sin duda puede agradar a un buen número de espectadores
por los muchos alicientes que ésta tiene, incluso aún
cuando la historia que se cuenta es algo manida: la del profesor
de ideas liberales que, una vez ganados sus alumnos rebeldes a
su causa, se enfrenta a la dirección del colegio que defiende
el más feroz conservadurismo.
La historia que se cuenta es la siguiente: la profesora Catherine
Watson se ha formado allá por los años cincuenta
en la universidad de Berkeley y es contratada como docente en
el colegio para señoritas de alto standing. Allí
se encontrará con un panorama desolador para ella: una
institución de élite donde estudian las jóvenes
de la alta burguesía. A estas chicas lo que menos les importa
es la carrera universitaria: están a la caza de un buen
partido matrimonial, para después sumergirse íntegramente
en los aburridos deberes familiares. La profesora intentará,
a través de la asignatura de arte que ella explica, que
las alumnas, vencidas sus resistencias, piensen por sí
mismas, tomen iniciativas, cojan el rumbo de sus vidas y sean
capaces de hacer compatible su vida profesional y laboral sin
renunciar por ello a la familia. Todo esto lógicamente
le acarreará la oposición frontal de la dirección
del colegio.
Estamos pues ante un filme que continúa esa especie
de subgénero del cine de profesores liberales en colegio
conservador: Adiós Mr Chips, Rebelión en las
aulas, El club de los poetas muertos. En el fondo, La sonrisa
de Mona Lisa es una versión feminista de esta última:
es casi la misma época, el profesor Keating es sustituido
por la profesora, e incluso el final de ambos, en su puesta en
escena, es muy, muy similar: en vez de subirse en el pupitre,
las chicas acompañan a la profesora expulsada en bicicleta.
Pero creo que poco importa que el argumento sea bastante conocido
y previsible. La película está bastante bien construida
y sus otros elementos artísticos, muy bien seleccionados,
lo que hace que se vea con agrado. Lo más interesante de
La sonrisa de Mona Lisa es la acertada descripción
de los ambientas de la sociedad americana en los años 50.
Cómo esa época, rebasada la Segunda Guerra Mundial
y como reacción a la escalada comunista y la ascensión
a la situación de Rusia como potencia internacional, la
sociedad americana se fue encerrando en la intolerancia ideológica
(la caza de brujas del senador McCarthy, el conservadurismo a
ultranza, auge de las llamadas Ligas de la Decencia, la prepotencia
de la censura etc.) y en una especie de autoconformismo cultural.
Los colegios y universidades se dedicaron a impartir una educación
muy tradicional y conservadora anclada sólo en valores
que incentivaban la mirada hacia el pasado. La mujer aparecía
sojuzgada por un rol establecido que la condenaba a no salir prácticamente
de las cuatro paredes de su hogar. Recuérdese lo que en
aquellos mismos años Douglas Sirk, el gran cineasta de
los melodramas (Invitación a la vida), plasmó
allá por los años 50 en las pantallas.
La película está producida e interpretada por
la carismática Julia Roberts y es un auténtico recital
de esta actriz. Su sonrisa, tan encantadora y enigmática
como la de la Gioconda, ilumina muchas veces la pantalla. Se ha
rodeado además de un grupo de actrices jóvenes que
en nada desdicen el carisma de la veterana actriz.
José Luis Barrera