Lolita
en la lejanía
Una película extraña, curiosa y (por momentos) interesante. Se
parte de una novela de Lorenzo Silva, más conocido por sus novelas
policíacas sobre una pareja (él y ella) de la guardia civil. Una
de ellas, El alquimista impaciente, ya se llevó al
cine.
El problema de este (su) primer largometraje
de ficción es que resulta insuficiente para explicar convenientemente
la idea que se intenta transmitir. Se opta por insinuar y evitar
discursear sobre lo que vemos. Algo que está muy bien, pero no
tan bien cuando las insuficiencias explicativas (o la bisoñez
del realizador) impiden superar la elemental, y por momentos absurda,
anécdota de partida.
No se ve la necesidad de que las primeras imágenes se acompañen
con una voz en off orientativa
del protagonista, un ejecutivo interpretado por el ascendente
Luis Tosar. Un hecho, ese relato en primera persona, que se va
incumpliendo a lo largo del relato. Un claro error de concepción.
Insisto que innecesario, porque maldita la falta que hace la conducción
por alguien de un relato que siempre debió emitirse en tercera
persona.
Se trata de contar el cansancio, aburrimiento y desesperación del
tal joven ejecutivo con escaso aliciente en la vida. Por no tenerlo,
ni siquiera deja de entrever que el tal personaje es como es porque
le gusta el dinero. Ahora bien, nuestro ejecutivo (uno, qué le
vamos a hacer, se interesa más con su homólogo cinematográfico
de American Psycho)
se escapa a unas leyes de la lógica. Es imposible comprender cuál
es su forma de trabajo, ya que durante la mayor parte del relato
se dedica a andar por las calles, sin que nadie le afee su falta
de entusiasmo. Se sospecha que aquello que hace no le gusta, que
sueña (se le ve mirando fotos de Trotski) con hacer (la pendiente)
revolución o soñar con el rostro angelical de una de las hijas
del zar asesinado (¿la soñada Anastasia?), y que le fastidia lo
que hace, aunque lo haga, y nadie sufra por ello. Pienso en el
personaje de su eventual ayudante-secretaria que, sin saber la
razón, se pasa llorando media película, siendo después expulsada
de la empresa. Pablo debe comunicarle el despido. Momento sobre
el que se corre un tupido velo, aunque una escena posterior nos
muestra a ambos personajes (sin ninguna tensión) salir juntos
del trabajo y tomar un taxi. Se supone que para ir a ejecutar
alguna de sus tareas. Pero ese personaje, y sus motivaciones,
como el de la ejecutiva auditor, quedan demasiado vaporosos. Sí,
claro, no se debe explicar, o mejor volver sobre lo ya dicho,
pero de ahí a plantearse la película desde un extremo de incomprensión
hay un gran abismo.
Me quedo con la idea de ese ejecutivo aplastado y su búsqueda de
la pureza (forzadita) original con la vuelta a su antiguo barrio
que, como se dice, “parece un pueblo”. Lo discutible es la forma
de enfrentarse a tal propuesta: el enamorarse de una cría (nada
mocosa) de calcetín y colegio que le hace volver sobre, o replantearse,
la necesidad de volver a encontrar la “pureza” perdida. Ahí es
nada, máxime cuando no se sabe muchas veces lo que la chiquita
trata de hacer. La dificultad de trascender al tema principal
desde tamaña propuesta es lo que deja al filme un tanto indeciso.
De esa forma, el espectador cree por momentos asistir a una resurrección
de una (tan inteligente como ingenua) Lolita: el adulto cegado
por una bella niña algo insinuadora. Aunque realmente ese no es
el sentido de un filme que habla del despertar a la vida (la resurrección)
de un ser pululante.
Sobran demasiadas cosas, se dan por sabidas otras veces, y muchas
se elevan como volutas de humo sin saber asentarnos en la historia.
Se deja demasiado suelto, por ejemplo, al personaje de la mujer
“culpable” del relato (aparte de los ya citados de las ejecutivas).
Faltan datos para saber qué y cómo es. Su relación con la hermana-hija
o con el policía amigo (suyo o de la familia), enamorado de ella
o amante ocasional. Incluso si ella (y la chiquita) son veraces
o mentirosas, ingenuas o aprovechadas. Demasiados cabos sueltos
para un(os) personaje(s) importantes de precipitado dibujo acrecentado
por esa vivencia en una casa bastante aseadita con criada inmigrante
(¿sin papeles?) y con un extraño padre con cara de sorpresa.
De todas formas, de lo que se trata es de inflar un poco la pequeña
historia que se cuenta. Algo que podría haber dado para un cortometraje
pero que aquí se alarga sin aumentar su información. Un filme
puede durar lo que el director quiera, aunque aparentemente no
cuente nada importante o novedoso y todo se cierre en una vuelta
constante al tema central. Hace unos días vi esa maravillosa película
turca llamada Lejano dirigida (entre otros muchos cometidos) por Ceylan, que en
su mezcla de Ozu, Antonioni, Kiarostami y, entre otros, Tarkovski
(¡vaya póquer de ases!) supone toda una muy inteligente reflexión
sobre la no-historia, asumiendo con grandeza el sentido del tiempo
muerto. Bueno, pues ahí es donde Martín Cuenca no termina de cuajar.
Para remate se permite (ahora sí, se dedica a reforzar la idea
para que el espectador entienda) un final demasiado torpe: la
secuencia de la cárcel con el muro de la celda abriéndose a la
figura de la niña muerta es patética.
Pero quedan ideas, momentos sugerentes, que hacen pensar que estamos
ante algo más que ante un vulgar realizador. Es el intento de
introspección en un Pablo que nunca acabamos de entender demasiado
bien (como tampoco sabremos nunca a qué se debe el que la mujer
haya denunciado que ha padecido graves lesiones en el accidente
circulatorio que da pie a la historia) pero que refleja, en instantes,
la actitud de hundimiento de un ser sin futuro. Un hecho, en su
vida, que convertirá al caído ser en un posible revolucionario:
de la apariencia o de los sueños a la realidad. Realmente, un
revolucionario de pacotilla y cuyo único sentido se plantea desde
su cambio (más bien intento) de actitud frente a la vida. De ser
él y único pasa a tratar de mirar y admitir y conocer a los demás:
escena en la que vemos, casi al final, cómo mira desde el coche
el movimiento de los seres en la ciudad. Por primera vez parece
ser consciente la existencia de los otros.
El centro de su toma de conciencia, inútil y abortada por la sociedad,
es, como ha quedado dicho (o insinuado) el casual encuentro con
una ninfa que aún no ha sido cambiada por la vida, un ser puro,
ingenuo y suficientemente (casi nada) inteligente. Difícil entender
que tal personaje sea capaz de seguir, o dejar que sea seguida,
por alguien que le dobla en edad y que puede suponer un peligro
en su existencia. Algo que sería, esa relación, más clarificador
si Rosana (tal es el nombre de la niña) fuera una chica que intentara
seducir a tal elemento o pretender, simplemente, jugar con él,
algo que no es el caso.
Toda la historia de la película se pone en marcha por un hecho
(bendito o maldito) casual. La casualidad, o si se quiere, el
destino, que parece querer jugar con los antihéroes de este relato.
También probablemente el director achacará a ese caprichoso destino
uno de los planos más feos del último cine (que ya es decir) que
nos está llegando. De feo y mal compuesto llega a resultar molesto:
el ejecutivo y la citada empleada-secretaria, tomados en un plano
frontal, asisten a una conversación en el despacho del jefe. Da
la sensación de que ambos, llenando el encuadre, forman parte
de dos pantallas diferentes, de que sus figuras están cortadas.
O sea, que se tiene la sensación de una pantalla partida. Detalles
como este (otra vez hablando de Lejano hay que referirse, por contraposición,
a ese plano, en la muy cuidada composición de todos los planos)
afean la película.
Existen, en resumen, elementos, cuestiones, ideas, en el filme,
pocas y simples, pero suficientes para hacerlo salir de la mediocridad
que poseen muchos títulos primerizos de nuestro cine. Y, entre
las cosas positivas, hay que señalar, y aplaudir, la existencia
de un gran descubrimiento, la presencia de la jovencísima María
Valverde en el papel de Rosana. Luis Tosar también bien, gracias,
en el papel del vencido bolchevique soñando con salvar del pelotón
de ejecución a su querida Anastasia.
Mister Arkadin