LA FLAQUEZA DEL BOLCHEVIQUE  
 
Título orginal: La flaqueza del bolchevique
País, Año:

España, 2003

Género: Drama
Dirección: Manuel Martín Cuenca
Intérpretes: Luis Tosar. María Valverde. Mar Regueras. Nathalie Poza. Manolo Solo. Jordi Dauder. Yolanda Serrano.
Guión: Manuel Martín Cuenca. Lorenzo Silva.
Producción: José Antonio Romero.
Música: Roque Baños
Montaje: Ángel Hernández Zoido
Distribuidora: United International Pictures
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lolita en la lejanía

Una película extraña, curiosa y (por momentos) interesante. Se parte de una novela de Lorenzo Silva, más conocido por sus novelas policíacas sobre una pareja (él y ella) de la guardia civil. Una de ellas, El alquimista impaciente, ya se llevó al cine.

El problema de este (su) primer largometraje de ficción es que resulta insuficiente para explicar convenientemente la idea que se intenta transmitir. Se opta por insinuar y evitar discursear sobre lo que vemos. Algo que está muy bien, pero no tan bien cuando las insuficiencias explicativas (o la bisoñez del realizador) impiden superar la elemental, y por momentos absurda, anécdota de partida.

No se ve la necesidad de que las primeras imágenes se acompañen con una voz en off orientativa del protagonista, un ejecutivo interpretado por el ascendente Luis Tosar. Un hecho, ese relato en primera persona, que se va incumpliendo a lo largo del relato. Un claro error de concepción. Insisto que innecesario, porque maldita la falta que hace la conducción por alguien de un relato que siempre debió emitirse en tercera persona.

Se trata de contar el cansancio, aburrimiento y desesperación del tal joven ejecutivo con escaso aliciente en la vida. Por no tenerlo, ni siquiera deja de entrever que el tal personaje es como es porque le gusta el dinero. Ahora bien, nuestro ejecutivo (uno, qué le vamos a hacer, se interesa más con su homólogo cinematográfico de American Psycho) se escapa a unas leyes de la lógica. Es imposible comprender cuál es su forma de trabajo, ya que durante la mayor parte del relato se dedica a andar por las calles, sin que nadie le afee su falta de entusiasmo. Se sospecha que aquello que hace no le gusta, que sueña (se le ve mirando fotos de Trotski) con hacer (la pendiente) revolución o soñar con el rostro angelical de una de las hijas del zar asesinado (¿la soñada Anastasia?), y que le fastidia lo que hace, aunque lo haga, y nadie sufra por ello. Pienso en el personaje de su eventual ayudante-secretaria que, sin saber la razón, se pasa llorando media película, siendo después expulsada de la empresa. Pablo debe comunicarle el despido. Momento sobre el que se corre un tupido velo, aunque una escena posterior nos muestra a ambos personajes (sin ninguna tensión) salir juntos del trabajo y tomar un taxi. Se supone que para ir a ejecutar alguna de sus tareas. Pero ese personaje, y sus motivaciones, como el de la ejecutiva auditor, quedan demasiado vaporosos. Sí, claro, no se debe explicar, o mejor volver sobre lo ya dicho, pero de ahí a plantearse la película desde un extremo de incomprensión hay un gran abismo.

Me quedo con la idea de ese ejecutivo aplastado y su búsqueda de la pureza (forzadita) original con la vuelta a su antiguo barrio que, como se dice, “parece un pueblo”. Lo discutible es la forma de enfrentarse a tal propuesta: el enamorarse de una cría (nada mocosa) de calcetín y colegio que le hace volver sobre, o replantearse, la necesidad de volver a encontrar la “pureza” perdida. Ahí es nada, máxime cuando no se sabe muchas veces lo que la chiquita trata de hacer. La dificultad de trascender al tema principal desde tamaña propuesta es lo que deja al filme un tanto indeciso. De esa forma, el espectador cree por momentos asistir a una resurrección de una (tan inteligente como ingenua) Lolita: el adulto cegado por una bella niña algo insinuadora. Aunque realmente ese no es el sentido de un filme que habla del despertar a la vida (la resurrección) de un ser pululante.

Sobran demasiadas cosas, se dan por sabidas otras veces, y muchas se elevan como volutas de humo sin saber asentarnos en la historia. Se deja demasiado suelto, por ejemplo, al personaje de la mujer “culpable” del relato (aparte de los ya citados de las ejecutivas). Faltan datos para saber qué y cómo es. Su relación con la hermana-hija o con el policía amigo (suyo o de la familia), enamorado de ella o amante ocasional. Incluso si ella (y la chiquita) son veraces o mentirosas, ingenuas o aprovechadas. Demasiados cabos sueltos para un(os) personaje(s) importantes de precipitado dibujo acrecentado por esa vivencia en una casa bastante aseadita con criada inmigrante (¿sin papeles?) y con un extraño padre con cara de sorpresa.

De todas formas, de lo que se trata es de inflar un poco la pequeña historia que se cuenta. Algo que podría haber dado para un cortometraje pero que aquí se alarga sin aumentar su información. Un filme puede durar lo que el director quiera, aunque aparentemente no cuente nada importante o novedoso y todo se cierre en una vuelta constante al tema central. Hace unos días vi esa maravillosa película turca llamada Lejano dirigida (entre otros muchos cometidos) por Ceylan, que en su mezcla de Ozu, Antonioni, Kiarostami y, entre otros, Tarkovski (¡vaya póquer de ases!) supone toda una muy inteligente reflexión sobre la no-historia, asumiendo con grandeza el sentido del tiempo muerto. Bueno, pues ahí es donde Martín Cuenca no termina de cuajar. Para remate se permite (ahora sí, se dedica a reforzar la idea para que el espectador entienda) un final demasiado torpe: la secuencia de la cárcel con el muro de la celda abriéndose a la figura de la niña muerta es patética.

Pero quedan ideas, momentos sugerentes, que hacen pensar que estamos ante algo más que ante un vulgar realizador. Es el intento de introspección en un Pablo que nunca acabamos de entender demasiado bien (como tampoco sabremos nunca a qué se debe el que la mujer haya denunciado que ha padecido graves lesiones en el accidente circulatorio que da pie a la historia) pero que refleja, en instantes, la actitud de hundimiento de un ser sin futuro. Un hecho, en su vida, que convertirá al caído ser en un posible revolucionario: de la apariencia o de los sueños a la realidad. Realmente, un revolucionario de pacotilla y cuyo único sentido se plantea desde su cambio (más bien intento) de actitud frente a la vida. De ser él y único pasa a tratar de mirar y admitir y conocer a los demás: escena en la que vemos, casi al final, cómo mira desde el coche el movimiento de los seres en la ciudad. Por primera vez parece ser consciente la existencia de los otros.

El centro de su toma de conciencia, inútil y abortada por la sociedad, es, como ha quedado dicho (o insinuado) el casual encuentro con una ninfa que aún no ha sido cambiada por la vida, un ser puro, ingenuo y suficientemente (casi nada) inteligente. Difícil entender que tal personaje sea capaz de seguir, o dejar que sea seguida, por alguien que le dobla en edad y que puede suponer un peligro en su existencia. Algo que sería, esa relación, más clarificador si Rosana (tal es el nombre de la niña) fuera una chica que intentara seducir a tal elemento o pretender, simplemente, jugar con él, algo que no es el caso.

Toda la historia de la película se pone en marcha por un hecho (bendito o maldito) casual. La casualidad, o si se quiere, el destino, que parece querer jugar con los antihéroes de este relato. También probablemente el director achacará a ese caprichoso destino uno de los planos más feos del último cine (que ya es decir) que nos está llegando. De feo y mal compuesto llega a resultar molesto: el ejecutivo y la citada empleada-secretaria, tomados en un plano frontal, asisten a una conversación en el despacho del jefe. Da la sensación de que ambos, llenando el encuadre, forman parte de dos pantallas diferentes, de que sus figuras están cortadas. O sea, que se tiene la sensación de una pantalla partida. Detalles como este (otra vez hablando de Lejano hay que referirse, por contraposición, a ese plano, en la muy cuidada composición de todos los planos) afean la película.

Existen, en resumen, elementos, cuestiones, ideas, en el filme, pocas y simples, pero suficientes para hacerlo salir de la mediocridad que poseen muchos títulos primerizos de nuestro cine. Y, entre las cosas positivas, hay que señalar, y aplaudir, la existencia de un gran descubrimiento, la presencia de la jovencísima María Valverde en el papel de Rosana. Luis Tosar también bien, gracias, en el papel del vencido bolchevique soñando con salvar del pelotón de ejecución a su querida Anastasia.

Mister Arkadin