EN LA CIUDAD  
 
Título orginal: En la ciudad
País, Año:

España, 2003

Género: Drama
Dirección: Cesc Gay
Intérpretes: Eduard Fernández. Vicenta Ndongo. María Pujalte. Mónica López. Chisco Amado. Áurea Márquez. Alex Brendemühl. Leonor Watling. Carme Pla. Jordi Sánchez. Miranda Makaroff.
Guión: Tomás Aragay. Cesc Gay
Producción: Gerardo Herrero. Marta Esteban.
Fotografía: Andreu Rebes
Montaje: Frank Gutiérrez
Distribuidora: Alta Films
 
 

 

Ejercicio de estilo

En la ciudad es una película cinematográficamente correcta. Pero esa corrección, como ya se habrá adivinado, implica poco más que eso, de manera que acaba convirtiéndose en el valor fundamental de una obra que requeriría mucho más. Veamos. El guión, una historia de regusto a Woody Allen sobre parejas treintañeras en plena crisis sentimental –aparte del elemento, más genérico, de las relaciones de pareja, el filme nos puede recordar al director neoyorkino, y más concretamente a Manhattan (1979), por la relación entre un profesor cercano a los cuarenta años y su alumna de dieciséis; la música jazzística de los títulos de crédito finales también es bastante significativa–, está construido a través de la (ya clásica) fórmula de los relatos cruzados e interrelacionados. Lo mejor en este sentido sea tal vez la pretensión narrativa de huir de la obviedad, centrándose sólo en aquello que se considera fundamental para la trama. Así, muchos sucesos a los que se hace referencia (en clave de futuro) terminan no mostrándose, quedando incluso olvidados muchas veces, como la excursión/escapada furtiva de Tomás y su alumna Ana a una casa de campo. Con ello, el tiempo dentro de la historia avanza sin que nos demos cuenta a base de pequeños retazos de vida de los protagonistas (eso sí, retazos clave, ideales para un desarrollo de acción clásica, por lo que la capacidad de sugerencia que parece querer buscar esa estructura de guión queda en buena medida velada).

La realización también quiere huir de los efectismos y apoyarse en la capacidad comunicativa de unas imágenes reposadas, de pretensiones antropológicas para con sus personajes. Estos pasean sus penas por una serie de cuadros (concepto apropiado por el estatismo de los planos que, a veces, conforman un plano secuencia), tanto exteriores como interiores, de la Barcelona actual, intentando de algún modo fusionarse con estos paisajes. Objetivo este último también fallido porque, y volvemos al referente anterior, mientras Allen construía (últimamente ya no, por cierto) con sus historias de parejas en crisis, retratos de una sociedad, una clase social, e incluso una ciudad, Cesc Gay no va más allá de los circunstanciales conflictos de sus protagonistas. Por la cual cosa, las visiones de la Barcelona moderna (super-fashion) parecen responder más a un capricho estético que a una necesidad del relato (véase el encuentro en un restaurante de Eduard Fernández y Leonor Watling).

De todos modos, tanto el guión como la puesta en escena resultan lo suficientemente atractivos (formalmente hablando) como para hacernos valorar la película positivamente e interesarnos por ella. Seguramente, el mayor problema radica en la construcción de los personajes y sus historias. La corrección de la que hablábamos, entendida aquí como la aplicada utilización de unos determinados parámetros al uso, una vez se emplea para crear personajes, convierte a estos en tópicos andantes. Los protagonistas y sus circunstancias nos recuerdan a otros/as que ya hemos visto, sin sorpresas, y sin tener la sensación de que viven de verdad dentro de ese mundo de imágenes calculadas.

La escena ya citada del encuentro entre Mario (Fernández) y Cristina (Watling), me sirve para indicar la falta de coherencia del relato en este sentido. Y es que este encuentro parece salido más bien de las fantasías de Mario que de su negra realidad circundante: un día coincide en un restaurante con una guapísima camarera de un bar a la que había conocido unos días antes, y ella le propondrá ir al cine, después a su casa y a la cama. La oscuridad de una escena en que Mario, despechado por la infidelidad de su mujer, decide tener un rollo con otra, se pierde ante la idealidad de una escena en la que cabe la posibilidad de pensar: “¡Pero como le va a decir que no a una oportunidad como ésta!” El artificio surge de un planteamiento basado en el star system (teníamos a la Watling y había que aprovecharlo) y no en la preocupación por contar algo importante.

Tal vez el proyecto se centró demasiado en hacer un bonito ejercicio de estilo, desatendiendo lo más fundamental, el interés de aquello que se cuenta, y que debe de justificar el resto de elementos.

Jordi Codó