Ejercicio
de estilo
En la ciudad es una película cinematográficamente
correcta. Pero esa corrección, como ya se habrá adivinado, implica
poco más que eso, de manera que acaba convirtiéndose en el valor
fundamental de una obra que requeriría mucho más. Veamos. El guión,
una historia de regusto a Woody Allen sobre parejas treintañeras
en plena crisis sentimental –aparte del elemento, más genérico,
de las relaciones de pareja, el filme nos puede recordar al director
neoyorkino, y más concretamente a Manhattan (1979), por
la relación entre un profesor cercano a los cuarenta años y su
alumna de dieciséis; la música jazzística de los títulos de crédito
finales también es bastante significativa–, está construido a
través de la (ya clásica) fórmula de los relatos cruzados e interrelacionados.
Lo mejor en este sentido sea tal vez la pretensión narrativa de
huir de la obviedad, centrándose sólo en aquello que se considera
fundamental para la trama. Así, muchos sucesos a los que se hace
referencia (en clave de futuro) terminan no mostrándose, quedando
incluso olvidados muchas veces, como la excursión/escapada furtiva
de Tomás y su alumna Ana a una casa de campo. Con ello, el tiempo
dentro de la historia avanza sin que nos demos cuenta a base de
pequeños retazos de vida de los protagonistas (eso sí, retazos
clave, ideales para un desarrollo de acción clásica, por lo que
la capacidad de sugerencia que parece querer buscar esa estructura
de guión queda en buena medida velada).
La realización también
quiere huir de los efectismos y apoyarse en la capacidad comunicativa
de unas imágenes reposadas, de pretensiones antropológicas para
con sus personajes. Estos pasean sus penas por una serie de cuadros
(concepto apropiado por el estatismo de los planos que, a veces,
conforman un plano secuencia), tanto exteriores como interiores,
de la Barcelona actual, intentando de algún modo fusionarse con
estos paisajes. Objetivo este último también fallido porque, y
volvemos al referente anterior, mientras Allen construía (últimamente
ya no, por cierto) con sus historias de parejas en crisis, retratos
de una sociedad, una clase social, e incluso una ciudad, Cesc
Gay no va más allá de los circunstanciales conflictos de sus protagonistas.
Por la cual cosa, las visiones de la Barcelona moderna (super-fashion)
parecen responder más a un capricho estético que a una necesidad
del relato (véase el encuentro en un restaurante de Eduard Fernández
y Leonor Watling).
De todos modos,
tanto el guión como la puesta en escena resultan lo suficientemente
atractivos (formalmente hablando) como para hacernos valorar la
película positivamente e interesarnos por ella. Seguramente, el
mayor problema radica en la construcción de los personajes y sus
historias. La corrección de la que hablábamos, entendida aquí
como la aplicada utilización de unos determinados parámetros al
uso, una vez se emplea para crear personajes, convierte a estos
en tópicos andantes. Los protagonistas y sus circunstancias nos
recuerdan a otros/as que ya hemos visto, sin sorpresas, y sin
tener la sensación de que viven de verdad dentro de ese mundo
de imágenes calculadas.
La escena ya citada
del encuentro entre Mario (Fernández) y Cristina (Watling), me
sirve para indicar la falta de coherencia del relato en este sentido.
Y es que este encuentro parece salido más bien de las fantasías
de Mario que de su negra realidad circundante: un día coincide
en un restaurante con una guapísima camarera de un bar a la que
había conocido unos días antes, y ella le propondrá ir al cine,
después a su casa y a la cama. La oscuridad de una escena en que
Mario, despechado por la infidelidad de su mujer, decide tener
un rollo con otra, se pierde ante la idealidad de una escena en
la que cabe la posibilidad de pensar: “¡Pero como le va a decir
que no a una oportunidad como ésta!” El artificio surge de
un planteamiento basado en el star system (teníamos a la
Watling y había que aprovecharlo) y no en la preocupación por
contar algo importante.
Tal vez el proyecto
se centró demasiado en hacer un bonito ejercicio de estilo, desatendiendo
lo más fundamental, el interés de aquello que se cuenta, y que
debe de justificar el resto de elementos.
Jordi Codó