El largo
regreso a casa
Con la guerra civil cada vez más próxima, Inman (Jude Law), un
hombre de pocas palabras de una pequeña aldea perdida en las montañas
de Carolina del Norte, conoce brevemente a Ada (Nicole Kidman),
la recién llegada hija del reverendo Monroe (Donald Sutherland).
Cuando Inman está a punto de unirse a los confederados, Ada le
promete esperarle.
Los años pasan. Ada escribe a Inman, esperando su retorno, sin
saber si está vivo o muerto. Testigo de los horrores de la guerra
y herido en la terrible batalla de Petersburg, a Inman le es leída
una carta de Ada en la que ésta le pide que vuelva a Cold Mountain.
Inman decide desertar y comienza así una odisea en la que se encontrará
con esclavos, rebeldes, soldados, cazarrecompensas, amigos y enemigos:
un pastor mujeriego (Philip Seymour Hoffman), un hombre (Giovanni
Ribisi) que vive en una casa con seis mujeres hambrientas de sexo,
una joven viuda (Natalie Portman) con su bebé enfermo y una extraña
ermitaña (Eileen Atkins) que le salva la vida.
Mientras tanto, las comodidades de las que Ada ha disfrutado toda
su vida han desaparecido. Su padre fallece y su esmerada educación
se revela inútil a la hora de valerse por sí misma. Por suerte,
su vecina Sally (Kathy Baker) le envía a Ruby (Renée Zellweger),
una joven curtida que la ayudará a llevar la granja.
La película va intercalando de modo no lineal las historias de
tres personajes, Inman, Ada y Ruby, que dependen entre sí para
su supervivencia física y espiritual.
Anthony Minghella, como ya hiciera en El paciente inglés,
aborda con éxito la difícil adaptación de una compleja novela.
En este caso, el material de base es el best-seller de Charles
Frazier Cold Mountain, ganador del National Book Award
en 1997. Algún crítico ha comentado que la película de Minghella,
pese a lo que suele ocurrir, es mejor que la novela. No puedo
opinar al respecto porque no he leído Cold Mountain, pero
sí le puedo conceder cierto crédito en tanto en cuanto me gustó
más la adaptación de Anthony Minghella de El paciente inglés
que la novela de Michael Ondaatje.
Cold Mountain, aunque ambientada en la Guerra de Secesión
Norteamericana, propone una reflexión sobre cuestiones intemporales:
amor, amistad, supervivencia, el modo en que reaccionamos a la
violencia a nivel personal y cómo nos alejamos de esa violencia
para encontrar la paz y regresar al hogar.
El filme de Minghella retrata convincentemente el horror de la
guerra y el modo en que afecta al cuerpo, la mente y el espíritu.
Exhibe unas imágenes poderosas para hablarnos, más que de la historia
de amor entre dos personajes, de las pérdidas de la guerra y de
la lucha por salvar la humanidad en medio del conflicto.
La interpretación de todos los actores, incluidos los secundarios
y episódicos, es sobresaliente. La aparición del personaje de
Renée Zellweger introduce una buena dosis de energía en la historia.
La actriz y su personaje llegan a eclipsar a Nicole Kidman. La
interpretación de Kidman es impecable, pero a su personaje le
falta la fuerza que le sobra al de Zellweger.
No deja de resultar curioso que esta película sobre la guerra civil
americana de dos horas y media de duración haya sido adaptada
y dirigida por un inglés de padres italianos, interpretada por
actores ingleses, americanos y australianos, y filmada en Rumania.
Por otra parte, Minghella vuelve a contar con excelentes colaboradores
como el director de fotografía australiano John Seale, el músico
libanés Gabriel Yared y la diseñadora de vestuario Ann Roth, con
los que ya había trabajado en El paciente inglés y El
talento de Mr. Ripley. El diseño de producción corre a cargo
de un no menos estupendo Dante Ferreti. La banda sonora contiene
además varias canciones populares tradicionales, así como algunas
compuestas por T-Bone Burnett.
Resulta imposible no recordar El paciente inglés, película
con la que comparte un generoso metraje, una estructura no lineal,
un contexto histórico bélico y el carácter de romance épico. Esta
comparación se puede establecer ya desde los hermosos títulos
de crédito, en los que las cálidas dunas del desierto son sustituidas
por la ondulante superficie del agua y los tonos azules del cielo
y las montañas.
Espléndida y conmovedora en casi la totalidad de su metraje, es
una verdadera lástima que en el tramo final se convierta en un
producto típicamente hollywoodense.
Lucía Solaz
Gato por
liebre
En cine, como en todas las artes, el feliz resultado final de la
obra creada depende de dos elementos imprescindibles: tener una
historia que contar y saber cómo contarla. A pesar de que a veces
esa historia sea la más sabida y conocida del mundo, la inspiración
y el genio del artista suplen lo manido de la narración o los
escaso medios que se tienen para contar la historia. De modo que
a veces, pese a tener todos los medios del mundo para crear y
contar un relato, la obra creada no llega a su objetivo de la
consecución de una obra artística.
Con Cold Mountain este final resultado no sucede: la megalomanía
de este cineasta convierte el filme en un obra fallida. Y no es
de extrañar porque Anthony Minghella se cree el nuevo autor de
las epopeyas cinematográficas, al estilo del gran David Lean (Lawrence
de Arabia, Doctor Zhivago... ) al que sin embargo no le llega
a la altura de los zapatos. Toda la película es un ejercicio de
la exageración: salvo en algunos momentos de buen cine, el resto
es un filme demasiado largo que por sus hipérboles y torpezas
narrativas deja bastante indiferente al espectador.
El argumento recuerda el de la Odisea, su protagonista (Inman,
como un nuevo Ulises) escapa de la Guerra de Secesión, con su
corazón cargado de culpabilidad y horror, por las cosas terribles
que ha tenido que hacer, recorre medio estado de Carolina del
Norte para encontrarse con la bella Penélope (Ada Monroe, hija
de un predicador) que en medio de grandes dificultades lo anda
esperando con el calor de su amoroso corazón en medio de las frías
montañas. Por el camino tendrá que afrontar tremendos peligros
y vencer burdas y sutiles tentaciones hasta llegar a la Itaca
deseada.
No estaría mal este relato tan conocido si éste se contara con
ponderación, congruencia y mesura. Pero todo esto falta en al
película. El director se empeña en narrarlo todo con una puesta
escena abigarrada, exagerada y confusa. La planificación embarullada
por un montaje atropellado (¿se ve algo en las épicas primeras
secuencias que intentan horrorizarnos por las barbaridades de
la guerra?), se ve aún más confusa con los travellings
aéreos y panorámicas mareantes donde la cámara se mueve sin ton
ni son a la captura de hermosos paisajes dignos de tarjeta postal.
Lo peor de todo es ese discurso antibelicista que pone en boca
de sus personajes que ellos nunca pronunciarían y los mensajes
de fácil ecologismo tan de moda que se siembran en el transcurso
de este demasiado largo largometraje. Todo un truco y un guiño
para intentar ganar la espectador y algún premio oscar si ello
es posible.
Dentro de esta megalomanía de la que adolece esta película, está
también la interpretación de sus actores, muchos de ellos de primera
fila. Si Jude Law está correcto en su papel de soldado errante
y la bella Nicole Kidman actúa discretamente, eso sí, siempre
muy bien maquillada y repeinada (en ningún momento se nota el
hambre, el frío y la miseria que en principio tendría que pasar),
otros actores sobreactúan y hacen de su papel una verdadera caricatura:
me refiero a Renée Zellwegger en la peor de sus interpretaciones,
pese a que le hayan concedido un Oscar o al gran Philip Seymour
Hoffman, que exagera constantemente en el papel del pastor lujurioso.
Mucho mejor están Natalie Portman o el veterano Donald Sutherland,
cuya aparición nos sabe a poco.
José Luis Barrera