COLD MOUNTAIN  
 
Título orginal: Cold Mountain
País, Año:

EEUU, 2003

Género: Drama
Dirección: Anthony Minghella
Intérpretes: Nicole Kidman. Jude Law. Renée Zellweger. Jena Malone. Jack White. Philip Seymour Hoffman. Giovanni Ribisi. Brendan Gleeson. Donald Sutherland. Taryn Manning. Natalie Portman. Kathy Baker. James Gammon. Charlie Hunnam. Ethan Suplee. Lucas Black. Cillian Murphy. Jay Tavare. James Rebhorn. Ray Winstone. Melora Walters. Eileen Atkins.
Guión: Anthony Minghella
Producción: Sydney Pollack
Música: Gabriel Yared
Montaje: Walter Murch
Distribuidora: Buena Vista Internacional
Duración: 155 minutos
 
 

 

 

 

 

 
 

El largo regreso a casa

Con la guerra civil cada vez más próxima, Inman (Jude Law), un hombre de pocas palabras de una pequeña aldea perdida en las montañas de Carolina del Norte, conoce brevemente a Ada (Nicole Kidman), la recién llegada hija del reverendo Monroe (Donald Sutherland). Cuando Inman está a punto de unirse a los confederados, Ada le promete esperarle.

Los años pasan. Ada escribe a Inman, esperando su retorno, sin saber si está vivo o muerto. Testigo de los horrores de la guerra y herido en la terrible batalla de Petersburg, a Inman le es leída una carta de Ada en la que ésta le pide que vuelva a Cold Mountain. Inman decide desertar y comienza así una odisea en la que se encontrará con esclavos, rebeldes, soldados, cazarrecompensas, amigos y enemigos: un pastor mujeriego (Philip Seymour Hoffman), un hombre (Giovanni Ribisi) que vive en una casa con seis mujeres hambrientas de sexo, una joven viuda (Natalie Portman) con su bebé enfermo y una extraña ermitaña (Eileen Atkins) que le salva la vida.

Mientras tanto, las comodidades de las que Ada ha disfrutado toda su vida han desaparecido. Su padre fallece y su esmerada educación se revela inútil a la hora de valerse por sí misma. Por suerte, su vecina Sally (Kathy Baker) le envía a Ruby (Renée Zellweger), una joven curtida que la ayudará a llevar la granja.

La película va intercalando de modo no lineal las historias de tres personajes, Inman, Ada y Ruby, que dependen entre sí para su supervivencia física y espiritual.

Anthony Minghella, como ya hiciera en El paciente inglés, aborda con éxito la difícil adaptación de una compleja novela. En este caso, el material de base es el best-seller de Charles Frazier Cold Mountain, ganador del National Book Award en 1997. Algún crítico ha comentado que la película de Minghella, pese a lo que suele ocurrir, es mejor que la novela. No puedo opinar al respecto porque no he leído Cold Mountain, pero sí le puedo conceder cierto crédito en tanto en cuanto me gustó más la adaptación de Anthony Minghella de El paciente inglés que la novela de Michael Ondaatje.

Cold Mountain, aunque ambientada en la Guerra de Secesión Norteamericana, propone una reflexión sobre cuestiones intemporales: amor, amistad, supervivencia, el modo en que reaccionamos a la violencia a nivel personal y cómo nos alejamos de esa violencia para encontrar la paz y regresar al hogar.

El filme de Minghella retrata convincentemente el horror de la guerra y el modo en que afecta al cuerpo, la mente y el espíritu. Exhibe unas imágenes poderosas para hablarnos, más que de la historia de amor entre dos personajes, de las pérdidas de la guerra y de la lucha por salvar la humanidad en medio del conflicto.

La interpretación de todos los actores, incluidos los secundarios y episódicos, es sobresaliente. La aparición del personaje de Renée Zellweger introduce una buena dosis de energía en la historia. La actriz y su personaje llegan a eclipsar a Nicole Kidman. La interpretación de Kidman es impecable, pero a su personaje le falta la fuerza que le sobra al de Zellweger.

No deja de resultar curioso que esta película sobre la guerra civil americana de dos horas y media de duración haya sido adaptada y dirigida por un inglés de padres italianos, interpretada por actores ingleses, americanos y australianos, y filmada en Rumania.

Por otra parte, Minghella vuelve a contar con excelentes colaboradores como el director de fotografía australiano John Seale, el músico libanés Gabriel Yared y la diseñadora de vestuario Ann Roth, con los que ya había trabajado en El paciente inglés y El talento de Mr. Ripley. El diseño de producción corre a cargo de un no menos estupendo Dante Ferreti. La banda sonora contiene además varias canciones populares tradicionales, así como algunas compuestas por T-Bone Burnett.

Resulta imposible no recordar El paciente inglés, película con la que comparte un generoso metraje, una estructura no lineal, un contexto histórico bélico y el carácter de romance épico. Esta comparación se puede establecer ya desde los hermosos títulos de crédito, en los que las cálidas dunas del desierto son sustituidas por la ondulante superficie del agua y los tonos azules del cielo y las montañas.

Espléndida y conmovedora en casi la totalidad de su metraje, es una verdadera lástima que en el tramo final se convierta en un producto típicamente hollywoodense.

Lucía Solaz

 

Gato por liebre

En cine, como en todas las artes, el feliz resultado final de la obra creada depende de dos elementos imprescindibles: tener una historia que contar y saber cómo contarla. A pesar de que a veces esa historia sea la más sabida y conocida del mundo, la inspiración y el genio del artista suplen lo manido de la narración o los escaso medios que se tienen para contar la historia. De modo que a veces, pese a tener todos los medios del mundo para crear y contar un relato, la obra creada no llega a su objetivo de la consecución de una obra artística.

Con Cold Mountain este final resultado no sucede: la megalomanía de este cineasta convierte el filme en un obra fallida. Y no es de extrañar porque Anthony Minghella se cree el nuevo autor de las epopeyas cinematográficas, al estilo del gran David Lean (Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago... ) al que sin embargo no le llega a la altura de los zapatos. Toda la película es un ejercicio de la exageración: salvo en algunos momentos de buen cine, el resto es un filme demasiado largo que por sus hipérboles y torpezas narrativas deja bastante indiferente al espectador.

El argumento recuerda el de la Odisea, su protagonista (Inman, como un nuevo Ulises) escapa de la Guerra de Secesión, con su corazón cargado de culpabilidad y horror, por las cosas terribles que ha tenido que hacer, recorre medio estado de Carolina del Norte para encontrarse con la bella Penélope (Ada Monroe, hija de un predicador) que en medio de grandes dificultades lo anda esperando con el calor de su amoroso corazón en medio de las frías montañas. Por el camino tendrá que afrontar tremendos peligros y vencer burdas y sutiles tentaciones hasta llegar a la Itaca deseada.

No estaría mal este relato tan conocido si éste se contara con ponderación, congruencia y mesura. Pero todo esto falta en al película. El director se empeña en narrarlo todo con una puesta escena abigarrada, exagerada y confusa. La planificación embarullada por un montaje atropellado (¿se ve algo en las épicas primeras secuencias que intentan horrorizarnos por las barbaridades de la guerra?), se ve aún más confusa con los travellings aéreos y panorámicas mareantes donde la cámara se mueve sin ton ni son a la captura de hermosos paisajes dignos de tarjeta postal.

Lo peor de todo es ese discurso antibelicista que pone en boca de sus personajes que ellos nunca pronunciarían y los mensajes de fácil ecologismo tan de moda que se siembran en el transcurso de este demasiado largo largometraje. Todo un truco y un guiño para intentar ganar la espectador y algún premio oscar si ello es posible.

Dentro de esta megalomanía de la que adolece esta película, está también la interpretación de sus actores, muchos de ellos de primera fila. Si Jude Law está correcto en su papel de soldado errante y la bella Nicole Kidman actúa discretamente, eso sí, siempre muy bien maquillada y repeinada (en ningún momento se nota el hambre, el frío y la miseria que en principio tendría que pasar), otros actores sobreactúan y hacen de su papel una verdadera caricatura: me refiero a Renée Zellwegger en la peor de sus interpretaciones, pese a que le hayan concedido un Oscar o al gran Philip Seymour Hoffman, que exagera constantemente en el papel del pastor lujurioso. Mucho mejor están Natalie Portman o el veterano Donald Sutherland, cuya aparición nos sabe a poco.

José Luis Barrera