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“El
hombre que no tiene miedo es un hombre sin porvenir” Mark Steven Johnson
da la sensación de ser un valiente y, además de no tener miedo, por lo
visto no tiene vergüenza. Ha cogido al superhéroe menos súper de la
Marvel, y lo ha convertido en una caricatura.
En
1964 fue creado Daredevil y su alter ego Matt Murdock, un personaje cuyas
dos caras alcanzan elevadas cotas de bipolaridad: abogado de día,
ejecutor de noche limpiando las calles de la cocina del infierno como
Daredevil. Se mueve entre la búsqueda de venganza por la muerte de su
padre –a su madre ni la conoce-, y el cumplimiento de la ley y el orden;
su disfraz es de diablo, su consejero un sacerdote. Apoyado en las gárgolas de la gótica iglesia de su barrio
permanece reflexionando entre quedarse petrificado y esperar a que le
llegue el momento de vengarse o mientras tanto actuar y ayudar a las
personas. Su baza, el especial desarrollo de sus otros sentidos cuando
perdió la vista por un accidente con unos residuos nucleares que le
cayeron de joven. Es más humano que otros héroes, muere si se le
dispara, necesita de un bastón para desplazarse y sus sentidos apenas le
dejan dormir, si no es en un tanque de agua que lo aísle. Como todo ser
humano, no es perfecto. La película se limita a mostrar al héroe sin más.
Decepcionante tratamiento de tan interesante personaje, que sólo
sobrevive gracias a la memoria del lector de cómics.
Ben
Affleck (al que primero le ofrecieron el papel de Bullseye y a Edward
Norton el del protagonista) no ayuda mucho, aunque el verdadero problema
es de guión. Su gesticulación facial es semejante con máscara o sin
ella, puede que su modelo haya sido el estatismo de la viñeta. Elektra
Natchios (Jennifer Garner alias “Alias”) es el reflejo de las dudas de
DD: quiere matarle, pero está enamorada de Matt Murdock. Los fáciles diálogos
son la nota dominante, sólo Bullseye (Collin Farell), aunque un tanto
macarra en sus excesos, los aprovecha. Kimpin (Michael Clarke Duncan),
verdadero enemigo –también lo es de Spiderman-, en versión cinematográfica
de raza negra, es como si no existiera, ha perdido toda relevancia.
Los
guiños, que alivian la violencia provocada por la nefasta dirección,
vienen dados de dos formas: como breves apariciones como la de Stan Lee
(creador de la Marvel y más de la mitad de su Universo), Frank Miller
(escritor y dibujante que en los 80 grande hizo a este superhéroe); o con
la mención de ciertos nombres: John Romita (dibujante) sale en un cartel
como contrincante padre de Matt Murdock, o el primer delincuente llamado
Joe Quesada (también dibujante). Para plasmar las dos maneras al mismo
tiempo: Kevin Smith (el director de cine y escritor de los primeros doce números
de la colección de este heroe en Marvel Nights) haciendo de un tal Jack
Kirby (el creador gráfico de Marvel). Kevin Smith estuvo al principio en
las labores de escritura de este guión y varias son las coincidencias
entre su incursión en el cómic y el filme: la pelea del parque, el
personaje de Electra no se parece tanto a su homónimo como a la fémina
que propone Smith, el hincapié en los temas religiosos y morales, o la
pelea con Bullseye entre los tubos del órgano de la iglesia. Así que a
Steven Jonson deberíamos quitarle la autoría del guión o, al revés,
culpémosle de destrozarlo: elíjase lo que se crea le hace más daño, se
lo merece.
No
todo es fatídico en Daredevil, hay algunos detalles que lamentablemente quedan
absolutamente eclipsados por el resto del filme. El hecho de que no se
trate de un filme tan infantil como pueda ser Spiderman
se agradece, claro que no alcanza el nivel casi adulto del tebeo.
Siguiendo con la comparación, el flashback,
obligatorio para primeras partes de películas de superhéroes, que cuenta
cómo se convirtió en héroe, está mejor enmarcado, naciendo a partir de
cómo pasa la vida ante los ojos de uno cuando está moribundo. Acertado
también el ambiente gótico sin llegar al Batman de Burton, ni a
los de Schumacher. O la interesante representación de cómo DD puede ver
cuando llueve, por la percepción de los impactos de las gotas de agua en
las superficies. Y aunque los vuelos de cámara sobre la ciudad marcan
certeramente los “En otro lugar de
la ciudad” de los cómics, hay un gravísimo problema: y es que Mark
Steven Jonson no es Raimi, ni
Burton, ni Singer, moviendo la cámara. Y mucho menos a la hora de montar.
La
justicia es ciega, como DD (como el director y como nosotros si la vemos más
de una vez). No le daremos una lectura política, podríamos asustarnos.
Eso de juzgar por el día y ejecutar por la noche, suena como a operación
libertad duradera.
Para
terminar de desperdiciar un superhéroe de un magnífico potencial, el
recurso de la voz en off del protagonista,
que enriquecería la construcción de su psique, se le olvida después de
recurrir a ella un par de veces. Resultado: un desarrollo de personajes
inexistente (salvo conocerlos de antemano, y así el cabreo casi es
mayor). Y es más ¿Para qué se hacen las secuencias de acción con unos
especialistas coordinados por Cheng-yan Yuen (Matrix
Reloaded y Los ángeles de
Charlie), si su director hace con ellas que Moulin Rouge sea un
plano secuencia de Angelopoulos? Condensa de tal forma la historia que al
torcer la esquina está el personaje que le interesa. Esta es la forma de
cargarse un proyecto por el que estuvo seis años insistiendo para hacerse
cargo. Por mí, todavía estaría insistiendo.
Israel L. Pérez
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