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La
extraordinaria película de Piñeyro fue seleccionada por Argentina para
optar a los Oscars de este año. Lógicamente no entró en la lista de las
nominaciones. No pintan oros (más bien bastos) hoy para las películas
como ésta, que hablan sobre los horrores de la represión. Mucho menos si
los emisarios de esos horrores tienen también a los niños entre sus
destinatarios. Es mejor nominar (por mantener algún título de habla
hispana) una película que critique (sin llegar a ser desgraciadamente Buñuel)
a la Iglesia Católica. Una forma de ironizar sobre la postura de la
Iglesia contra la guerra que las tropas de Custer quieren imponer al
mundo. Para ellos es más fácil quedarse en el burdo sentimentalismo de La
lista de Schindler, de
Spielberg, o de (la lamentable) La
vida es bella, de Benigni que entrar en los oscuros mundos represivos
que explica (y denuncia) Kamchatka.
Acabo
de citar la película celebrada hace unos años (y ensalzada con una serie
de Oscars) de Benigni. Hoy casi ha sido olvidada. Demasiado pueril en sus
planteamientos era una prueba que daba toda la valía de un realizador (y
actor) nefasto. Su gracia, su sentido del cine es parejo a su ingenuo (e
inútil) pensamiento sobre la existencia. Uno de esos “artistas” que
es un auténtico peligro público.
La
vida es bella exenta
de calidad cinematográfica poseía unas tesis inadmisibles. Era la
instauración de la mentira como forma de vida. El intento de ocultación
por parte de un padre de lo que pasaba alrededor, de la Verdad Histórica.
Era la necesidad de asumir como bueno el esconder la cabeza bajo el ala o
el cerrar los ojos para no ver la desgracia propia, y menos la ajena. Una
forma de evitar la confrontación, de admitir la necesidad de luchar por
una libertad individual y colectiva. Para conseguirlo se procedía a
eliminar todo un necesario proceso educativo con el que se pudiera
explicar, y por tanto entender, la verdad de una realidad pasada: única
forma de lograr que el mundo esté poblado por seres libres, preparados,
informados. El filme de Benigni proponía otras dos inadmisibles cosas: sólo
debemos luchar por los nuestros, lo que ocurra a los demás nos tiene sin
cuidado; al final de los falsos juegos se reciben los correspondientes
premios, algo que en el filme se “otorgado” por los entrenados y atléticos
soldados norteamericanos. Ellos sí que saben. Como le ocurre al niño
protagonista de La vida es bella
(nada que ver con el protagonista de Cinema
Paradiso) lo suyo consiste en convertir todo en un divertido juego con
regalo final incluido (el regalo concedido será, además de “ver” y
tocar un “tanque”, “auparse” encima gracias al “salvador” Joe
de turno), al tiempo que se glorifica la simpatía y el saber de los
norteamericanos (regalan chicles, sonríen, fraternizan -a veces lo
llegaron a hacer en demasía- con la población liberada (?), y como Reyes
Magos venidos de allá lejos traen presentes para los seres buenos (los
que están con ellos) del mundo. Dejo a un lado la inexactitud histórica
sobre la liberación de los campos de concentración (da la sensación de
que todos) a manos de las tropas norteamericanas, porque eso entraba
dentro de la babeante actitud de Benigni para que pudiera ser recompensado
con otro juguete: el Oscar.
Alguno
de los que estén leyendo esta crítica puede ser que se pregunten por la
razón de todo este largo preámbulo que al parecer nada tiene que ver con
la película criticada. Pero la realidad es muy otra: Kamchatka
es el reverso de La
vida es bella.
La
filmografía de Piñeyro bascula entre películas buenas, conseguidas y
otras artificiosas y discutibles. Ante la visión de su obra, de todas
formas, nadie podrá sentirse indiferente o decir que en ella (aunque en
ocasiones de manera equivocada) no existen ganas de hacer bien las cosas o
de presentar, como mínimo, temas de sobrado interés. Es cierto, pero
ocurre que en sus imágenes frecuentemente se encuentra un rebuscamiento
formal inapropiado o unas elementales y repetidas imágenes (recuerdo los
más que discutibles “ralentis” de Caballos
salvajes) que terminan por afear el resultado final. En el caso de Kamchatka
se evita cualquier exceso formal: la narración es clara y, en
apariencia, simple. Bien es verdad que sigue estando muy presente en la
película esa predisposición de Piñeyro hacia lo simbólico. Realmente
este filme en su conjunto, título incluido, se aposenta en el reino de la
metáfora. Pero aquí se integra perfectamente dentro de la historia que
narra.
La
situación que planteaba La vida es bella no dista mucho de la que ofrece Kamchatka.
Me refiero, claro está, al tema para el cual la película existe. Es
decir ambos títulos cuentan historias bastante parecidas: uno (en Benigni)
o dos (en Piñeyro) niños viven una experiencia extrema ante unas
condiciones de terror impuestas desde fuera a una población. El
exterminio de los judíos en La vida es bella, la dictadura militar argentina en Kamchatka.
Los niños viven en ese clima pavoroso sin entender nada de lo que
ocurre a su alrededor, ni de las razones que han llevado a ello. La
identidad entre ambos títulos se reduce a esa situación límite ya que
el posterior desarrollo es diametralmente opuesto. En el filme italiano se
oculta al niño la verdad invitándole a entrar en el juego que los
mayores proponen (el padre del niño en realidad). Como resultado el niño
protagonista se siente feliz al pensar que todo es un juego, aunque
probablemente cuando años mas tarde despierte y analice lo ocurrido se
enfrentará a una situación traumática. El recibir el premio (?) en el
falso juego no implica que el personaje haya salido triunfante. Es también
otra aparente verdad.
Los
niños de Kamchatka,
al contrario del de La vida es
bella, no reciben más que vagas explicaciones de sus padres sobre lo
que está ocurriendo (la represión ejercida por la cúpula militar). No
son adoctrinados en ningún sentido, pero en ellos (ante los silencios,
los paseos nerviosos, el cambio en sus costumbres, el no poder ir al
colegio, el cambio de residencia...) va naciendo un profundo sentimiento
de miedo, de terror. No es extraño que un amigo (guionista de cine y
televisión) me dijera que ésta es la mejor película de miedo que había
visto en mucho tiempo. Realmente tiene razón, porque es el miedo el que
aletea sobre esa gran mansión donde se refugia la familia protagonista
(el matrimonio y dos niños). Los datos son elocuentes: huida de la casa
en la que habitan; llamadas telefónicas a ningún sitio; viajes en la
oscuridad en busca de remansos de paz; cambios de identidades; la
necesidad de escuchar una voz amiga; las habitaciones de las casas
revueltas; las mentiras -conocidas- de la madre del amigo del protagonista
mintiendo para evitar a los “apestados” (y preservar a su hijo del
“contagio”); el niño pequeño que después de años vuelve a mearse
en la cama: estar siempre preparados para huir...
Lo
realmente original e importante de esta espléndida película es que el
miedo se palpa, está en el ambiente, rodea a los personajes. Un miedo que
se hace presente por su forma de actuar nunca de manera directa. Por ello
los militares que ahogan al pueblo sólo son vistos, al comienzo, en un
control policial en una calle de la ciudad. Eso sí, la televisión lanzará
constantemente consignas políticas, transmitirá órdenes, tomas de
posesión de los nuevos ministros afines al golpe vistos con simpatía por
el medio... que ellos controlan. Junto a las imágenes “reales”
aparecen las series programadas como aquella ya lejana de Los
invasores.
Los
distintos personajes tratan de olvidar lo que ocurre fuera, pero resulta
imposible. Se juegan dentro de la casa-refugio partidas de estrategia
mientras la madre (Cecilia Roth tan gran actriz como siempre) fuma
convulsivamente ocultando su temor o el niño protagonista intenta ser un
segundo Houdini (un “voyeur” de los acontecimientos al igual que el músico
de El pianista de Polanski, y es
que curiosamente ambos filmes tienen más cosas en común de lo que puede
parecer), por algo le considera como su héroe particular. Pero, ojo, para
ello nos asegura Houdini no era un mago. Para él era un “escapista”.
Las
diferentes etapas de la vida humana forman parte de este territorio
represivo. No es raro que en la narración aparezcan de forma principal,
además de la familia protagonista (adultos y niños), la juventud
encarnada por el joven al que esconden en la casa en la que la familia
permanece escondida y los abuelos (la “tercera” edad). Todos ellos,
desde posiciones distintas, tratan de entender lo que pasa al tiempo que
(incluso desde los enfrentamientos entre padre e hijo sensacionales Héctor
Alterio y Ricardo Darín, respectivamente) se produce entre ellos un
acercamiento y una comprensión de la que antes nunca habían disfrutado:
la lucha frente al “terror” los acaba uniendo. Uno de los bellos
momentos del filme (criticado por algunos como una escena demasiado
blanca: habría que ver cómo habría filmado eso el “listillo” de
Spielberg), es sin duda el viaje que padres e hijos hacen para visitar a
los padres y abuelos respectivamente. Una larga secuencia, esa estancia en
casa de los padres de Darín situada en pleno campo, que supone un remanso
de paz, al tiempo que anuncia la desaparición-eliminación del
matrimonio: hablan sentados en el porche de la casa de campo mientras
asisten a la belleza que les depara la naturaleza en ese instante de
felicidad (prendido con alfileres); el aprendiz de Houdini intenta hacer
una fotografía al padre sin que vea la manera de conseguirlo, ya que el
padre parece “salirse” de los bordes del encuadre. Cuando al fin
consigue hacer la foto, el padre ha salido totalmente de cuadro por lo que
el niño fotografía “el vacío”. Un “vacío” que representa un
claro elemento simbólico: es el presagio de la posterior desaparición de
Darin y su mujer. El “parón” idílico promovido en esa secuencia da
paso (la vuelta de esa visita) a la clara sensación de que todo está
perdido: el joven añadido a la familia se sabe “encontrado” por los
militares y decide marcharse de la casa. Lo que a continuación ocurre es
una lógica conclusión: la familia debe buscar otro sitio en el que
refugiarse, pero ahora no va a encontrar a nadie que les ayude. Sus amigos
o se han refugiado o han caído víctimas de la represión. Una corta
vuelta a la casa que les sirvió de escondite, les indica de forma clara
la terrible realidad de su situación: la luz ha sido cortada en la casa,
la mansión ha sido “agredida” (probablemente ha pasado por allí
alguno de “los invasores” de la serie televisiva que los niños
siguen)...
Kamchatka
apuesta
por lo simbólico sin olvidar que eso es un apoyo para conseguir que el
filme funcione de forma realista. Y claro que lo logra. El niño
protagonista, narrador además de la historia, piensa al principio que lo
importante es la evasión. En realidad con esa propuesta sigue los pasos
de la vida de Houdini que aprende a conocer a través del libro que
alguien ha dejado abandonado en la casa. Pero finalmente llegará a la
conclusión que la huida no es la solución al problema. El juego de
estrategia en el que el hijo siempre pierde junto al padre, le llevará a
una nueva forma de existencia. En una larga secuencia, casi final, tiene
lugar la última partida. El niño protagonista acorrala, en el juego, al
padre. Le tiene casi vencido. A Darín arrinconada le queda un pequeño
trozo de tierra. Pero sigue adelante, no se da por vencido. El último
trozo del mapa que le queda es Kamchatka. Desde ese rincón empezará a
recuperar todos “lugares” perdidos con anterioridad. La evasión da
paso a una nueva palabra recién aprendida: resistencia, aguante. Y desde
ahí, desde la esperanza, y la negación del abandono de la lucha, se
inicia un camino (de esperanza) hacia encontrar nuevamente la libertad
arrebatada. Nuestro protagonista, a las puertas de la pubertad, comprende
la lección: ha encontrado su lugar, y su razón de ser, en el mundo. No
es fácil la posición tomada, pero... Ahora, al final, viendo perderse a
sus padres a lo lejos, intuye que su vida será distinta, pero sabe que ha
tomado un camino correcto, aunque probablemente eso no signifique que sea
el más fácil. Excelente final (que no es tal) de la película: el coche
donde van los padres del narrador desapareciendo en la lejanía como forma
de insinuar su “desaparición” real.
Kamchatka
es
un gran cuadro expositivo sobre lo que es y significa la persecución de
unos ciudadanos por unas instancias casi “invisibles”, el miedo que
agarrota a los seres de un país cuando ven como se “evaporan” todas
sus libertades. La rabia, el miedo, la sensación de impotencia de quién
se siente perseguido por sus ideas. El horror gravitando sobre “el
mundo”.
Queda
claro que el símbolo, no siempre bien integrado, es esencial en el filme:
Houdini, la casa aislada, la placidez deseada, las series emitidas por
televisión, el juego de estrategia... Algo consecuente con el anterior
cine del realizador pero nunca tan bien integrado como aquí. Excelente la
focalización sobre las miradas y los mínimos detalles como forma de
definir situaciones y personajes. Pequeños gestos, movimientos, que en
realidad se corresponden con las miradas subjetivas del propio narrador.
Recuerdo, entre otros muchos instantes, el nerviosismo de la madre, al
comienzo, cuando va a buscar a sus hijos a la escuela y que se transmite
por su manera de fumar y la búsqueda de
diferentes documentos de identidad para entregar la mas adecuada en
el control policial; la conversación de “miradas” entre el matrimonio
mientras se desarrolla el último juego de estrategia; las manos del niño
del padre y del abuelo juntándose en el bar del camino donde se
encuentran en los instantes finales; la madre, también hacia el final,
escribiendo algo en un papel mientras van en el coche, papel que luego
lanzará como despedida a los pies de su hijo (corazones en ese adiós
entregados como símbolo de amor); el movimiento continuo de la mujer en
la casa en la que se refugian como manera de dar cuenta del nerviosismo y
angustia que la oprime.
No
puedo por menos de señalar la forma excelente con la que el realizador
dibuja a todos sus personajes, ya sean principales como secundarios. Le
basta un pequeño rasgo para definirlos (el cura del colegio que acoge a
los niños, la abuela en su breve aparición, la madre del amigo asustada
ante la presencia del niño, la actitud del amigo del niño viendo la
televisión...), las imprecisas
miradas imprecisas de la gente que viaje en el tren...
Hermosa
y comprometida película demostrativa entre otras cosas de que hoy por hoy
el cine argentino (creo que se debe tomar buena nota de ello) está a años
luz (y muy por encima) del cine español. Películas como esta, otras
cercanas ya estrenadas y otras que se anuncian así lo demuestran.
Adolfo
Bellido
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KAMCHATKA
Título
Original:
Kamchatka
País y Año:
Argentina, 2002
Género:
Drama
Dirección:
Marcelo Piñeyro
Guión:
Marcelo Piñeyro
Producción:
Alquimia Cinema, Patagonik Film Group
Fotografía:
Alfredo Mayo
Música:
Bingen Mendizábal
Montaje:
Juan Carlos Macías
Intérpretes:
Cecilia Roth, Héctor Alterio, Ricardo Darín, Tomás Fonzi, Leticia Brédice
Distribuidora:
Hispano Fox Films
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