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Al hablar
de esta película son pocos los que no emplean el sustantivo bomba para
calificarla. Y es que Fernando Meirelles ha fabricado una artefacto
explosivo de suma precisión (y no me refiero con esto al ámbito
meramente cinematográfico) que una vez detonado, se extiende de un modo
irreversible hasta atrapar la conciencia del más reacio.
La onda
expansiva que sucede a la visión de Ciudad de Dios se adivina
imparable por diversos motivos: en primer lugar porque demuestra que no
todas las obras de pretendida denuncia social (y esta lo es y mucho) han
de entablar una lucha a muerte con el entretenimiento para acabar matándonos
de aburrimiento. En segundo lugar, por un brío narrativo poco usual que
permite a la película empezar con un ritmo frenético (riesgo harto
peligroso), ritmo que increíblemente no sólo se mantiene sino que logra
sobreponerse a los vaivenes argumentales para acabar explotando en un clímax
nada fácil de obtener, en tanto que supone un más difícil todavía en
la construcción de cada secuencia que debe ser tan
potente como la anterior; todo ello sin dejar de ofrecer una
progresión dramática que permita que la historia avance (regla
habitualmente desdeñada por el último cine de acción que en realidad
vive de la pausa de la trama, pues entre tanta explosión y fuego cruzado
el jugo de la historia queda mutilado a dos líneas de –mal- guión). En
último lugar, decir que la voluntad (explícita) del filme de colocarse
del lado de obras mayores del cine de gángsters, sin por ello devenir una
burda copia, le permite, de salida, llegar a un amplio público (he aquí
un tanto que deben apuntarse los encargados de la producción del filme).
CINE
NECESARIO
Ciudad
de Dios se erige como el testimonio de dos décadas de vida en un
barrio marginal del mismo nombre. Modus vivendi que se arrastra
hasta estos días en que Lula da Silva, como Garrincha, trata de sortear
las zancadillas del FMI para erradicar la causa generadora de los
males de 40 millones de brasileiros: el hambre. Y no es extraño,
pues, que el filme de Meirelles sea uno de los estandartes del nuevo
gobierno en Brasil, pues airea verdades ocultas, reabre hondas heridas, y
desata la furia de los que lo ven: la alarma es un modo valido de reclamar
soluciones. Así pues nace una película libre y liberadora, que por su
creación (y promoción) inteligente alcanzará a un amplio público,
consiguiendo de un modo efectivo su objetivo principal: denunciar una
situación (y llegar a cuanta más gente sea posible).
DETALLES
El
hermanamiento del filme con los patrones de un cierto género (el thriller,
en su vertiente gangsteril) atractivo a los ojos de la mayoría no dota, per
se, a la obra de una mínima dosis de calidad. Más bien al contrario,
el thriller, por generador de amplios públicos, padece tiempos de
depauperación y envilecimiento; rasgos que permiten que filmes como este
despierten inusitada atención. Ciudad de Dios ofrece un sinfín de
sabrosos detalles, por desgracia ausentes en la mayoría del obsceno cine
actual: desde la ironía que une al título del filme con los
acontecimientos que uno observa y que seguirá durante todo el metraje,
pasando por la inevitabilidad de un destino que no permite a los
habitantes de ese ghetto del crimen salir de él (todo el que sale o
intenta huir muere, o, como el protagonista, necesita el barrio para vivir
–recuerden que a él le piden fotos de su barrio-), imposibilidad de
escapar de los hados reflejada, también, en la circularidad de filme (que
empieza donde acaba), etc.
FILIACIÓN
(SUB)GENÉRICA
La
voluntad explícita de aparecer unida a títulos como Uno de los
nuestros, Casino, o El padrino no le hace ningún favor
al conjunto de una pieza que, si bien logra emular a éstos filmes mayores
en determinados giros y golpes visuales, sale perdiendo en el computo
global. De todos modos no son las únicas películas a las que nos remite
el filme. Una vez visto uno ha acabado viendo más un híbrido de Amores
Perros (por el tipo de fotografía) y Pulp Fiction que un
boceto de Uno de los nuestros. Vayamos por partes: si bien hay
determinados momentos en los que Meirelles se encomienda al beato San
Martin y logra resultados satisfactorios (como en la secuencia de la
evolución del local), jamás, ni por asomo, logra alcanzar la finura y
clarividencia narrativas propias del director neoyorquino. Opta el
director brasileño por construir la historia desde una voz en off
(recurso que detesto por convertir, como es el caso, un punto de vista
subjetivo en uno ojo que todo lo ve); voz que a su vez se encargará de
narrar las diversas historias que suceden a su alrededor. Conjunto de
relatos que distan de poseer la cohesión formal de los elaborados por
Tarantino (mucho más ducho en tareas de escritura), aunque en ocasiones
consigan hacer pasar gato por liebre. El conjunto de historias desemboca
en cierta arritmia narratológica (enmascarada por un ritmo trepidante)
nacida de cierta incapacidad de síntesis, y productora de digresiones
varias, unas acertadas, otras efectistas e innecesarias. Es decir, que
algunas historias funcionan como episodios que nada aportan a lo que ya
sabemos, se construyen por encabalgamiento de unas sobre otras, y aunque
se ven bien, inciden sobre los mismos temas. En definitiva, todos los capítulos
no se resuelven con la misma brillantez, error de base que el buen pulso
narrativo, la incomodidad de las verdades presentadas y los guiños cinéfilos
permiten pasar (en cierto modo) por alto.
ERRORES
JUSTIFICABLES
Algunos
avezados observadores encuentran fallos en ciertas resoluciones finales:
¿cómo puede Buscape saber dónde la policía ajusticiará a Ze Pequeño?
Cierto es que este final resulta un tanto endeble, pero no es menos cierto
que Buscape demuestra, en varias ocasiones, conocer el barrio al dedillo
(es por ello que inmediatamente sale disparado supone, porque otras
veces debe haberlo visto, dónde se encontrarán los implicados en el
terrible final). En cuanto a su pasión por la fotografía en un barrio en
que una cámara constituye un tesoro, creo que el director deja claro que
obedece a la fascinación del niño por un artefacto que le resulta del
todo nuevo (otra cosa es la casualidad de que el periodista aparezca en
ese lugar justo ese día).
PERO ANTE
TODO, GRACIAS
A pesar
de los errores que uno pueda encontrar, Ciudad de Dios se yergue
como un filme valiente y libre, agitador de adocenadas conciencias y
conductas pavisosas. Bienvenida sea, pues.
Enric
Albero
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CIUDAD DE DIOS
Título
Original:
Cidade da Deus
País y Año:
Brasil, 2002
Género:
Drama
Dirección:
Fernando Meirelles, Katia Lund
Guión:
Bráulio Mantovani
Producción:
Wild Bunch
Fotografía:
César Charlone
Música:
Ed Cortês
Montaje:
Daniel Rezende
Intérpretes:
Matheus Nachtergaele, Seu Jorge, Alexandre Rodrigues
Distribuidora:
Vértigo Films
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