Dead or alive final
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Mix Takashi

Llega Takashi, aqui sí que vle todo.Provocador ante todo, pero añadámosle, a éste que parece ser un nuevo director de esos llamados “de culto”, los adjetivos que nos apetezca. Desvergonzado. Sorprendente. Reventador de géneros. Violento. Un canalla del todo vale en la misma cinta. Un posmoderno capaz de entremezclar cualquier cosa que se le ocurra. Se le puede odiar o venerar, pero no deja a nadie indiferente. Se llama Takashi Miike y le conocemos porque se estrenó hace unos meses Audition (1999), un filme que del drama pasa a la comedia romántica y acaba en sadismo, y gracias a festivales como el de Sitges, que ha presentado este año tres películas suyas: Ichi the killer (2001), un violento manga, Agitator (2001), un goodfellas nipón, y Dead or alive: final, objeto de este comentario.

Acerquémonos a este maestro de lo inesperado, y esclarezcamos, en la medida de  lo posible, algunas de sus manías. Nació en 1960, creció en un barrio de yakuzas de Osaka, mientras maltrataba sus neuronas a partir de filmes de artes marciales, cómics manga y cine de acción de Hollywood. Con motivo de retrasar su penetración en el mundo laboral, entró en la escuela de cine de Yokohama que dirige Shoei Imamura, del que acabó siendo ayudante de dirección. Ha filmado cincuenta y un títulos como director desde que comenzó su andadura en solitario en 1991, muchos de ellos para el mercado del video-dvd y de la televisión (deuda pendiente que tenemos en la cinematografía española, con la que sacaríamos parte de la industria a flote). No ha firmado ningún guión y trabaja a menudo por encargo, por lo que se considera un adaptador y no un autor que juega con el aguante del espectador. “No soy capaz de crear algo que todo el mundo pueda disfrutar. Por eso no dudes en abandonar la sala cuando mi película te dé asco”. El filtraje que esta personalidad puede realizar alcanza cotas insospechables, como que una películas de zombis devenga en un musical, o proponer una historia como la de Pese a ser la tercera parte de una trilogía, lo cierto es que los tres títulos funcionan independientemente entre sí.Fudoh (1996), con la que llamó la atención y, cuyos protagonistas son asesinos a sueldo adolescentes y maléficas estudiantes que lanzan dardos envenenados desde sus entrepiernas.

Acercándonos al filme que nos concierne, demos un repaso por sus dos predecesoras. Dead or alive (DOA) se trata de una trilogía en cierto modo independiente, no existe continuidad entre sus partes, el nexo de unión es su director y los dos actores principales. Estos, encarnan en las tres ocasiones a dos antagonistas de igual protagonismo cuyas posturas van acercándose con la peculiaridad que lo hacen para confluir en un devastador duelo final. “El hecho de que siempre termine destruyendo lo que hago, destruyendo mi propia narración, no es algo que elija hacer o tenga analizado con mucha profundidad. Simplemente es algo que, por lo visto, termino haciendo de un modo inconsciente” comenta el director. DOA, la primera parte, terminaba con los dos protagonistas, interpretados por Riki Takeuchi y Sho Aikawa, destruyendo el planeta Tierra por el bestial duelo que mantienen, más cercano del manga Bola de dragón que de los del lejano oeste, ya que en éste no había bazucas con sus correspondientes mutilaciones o bolas de energía. En DOA: birds (2000), vista el año pasado en Sitges, Riki y Sho son dos Robin Hoods de ciudad asesinando a mafiosos para entregar lo recaudado al hoy empobrecido orfanato en el que se criaron; una de las sorpresas, les salen alas.

Dead or alive: final (2002) cierra la trilogía. Lamentablemente no se trata de un estreno en toda regla ya que no lo ha hecho comercialmente y no estaría mal que se le fuera dando oportunidades a otro tipo de cine; el privilegio ha sido para los que se pasaron por la sección Orient Express del Festival internacional de cinema de Catalunya. Estamos en el 2346, humanos y androides conviven en Yokohama. La tiránica dictadura del alcalde Woo, obliga a sus ciudadanos a ingerir una droga para controlar la natalidad. Paralelamente existe un grupo de resistencia que lucha por un mundo donde se pueda tener hijos sin restricciones. Se trata de un futuro desencantado y violento, que se mueve entre el amor y la ira. Resulta mucho más cercano que lo que semeja a primera vista. Los rebeldes marginados de la ciudad, residen en la periferia negándose a consumir la droga proporcionada por el gobierno centralista, el cual les considera unos salvajes frente a la supuesta civilización. Que la corrupción no haya desaparecido; que la cultura, si entendemos por cultura a un saxofonista (no suena muy a oriental), sea propiedad privada de los altos cargos; o que el cine exista en la medida en que un niño tenga una tira de fotogramas y haya que entrar a hurtadillas en una sala abandonada para disfrutarlos; y que la implantación del ingles en varios personajes sea tan natural en la periferia “Ah so” (ya veo), dice uno de ellos o que demuestre sus virtudes el androide al Ojo a la sorpresa final: i-ne-na-rra-ble. jugar con una lata de San Miguel, son muchos detalles mas cercanos al presente que a ese mismo futuro. Se acercan demasiado a un hoy homogeneizado por una globalización extendida.

Honda (Takeuchi) es el hombre de confianza de Woo que con la inversión de su gabardina reversible, del blanco al negro, pasa del ámbito privado al profesional, un gesto de chulería que le marca también el paso de la rudeza a la ternura. Es efectivo y muy serio en su trabajo, aunque el alcalde le achaca en ocasiones que piensa demasiado. Descubre la falsedad de su jefe, con la toma de conciencia de que su vida no existe, es un androide, programado para sus funciones humanas creyéndose tal. La otra cara de la moneda es Ryo (Aikawa), un androide consciente de ello, bastante independiente pero que, por ayudar a un niño (con el que mantienen una relación que recuerda a la de El verano de Kikujiro), acaba del lado de la resistencia, enamorándose de una rebelde. Ellos dos son quienes exponen mayores rasgos de humanidad; la lealtad o la fidelidad son lecciones de vida (de)mostradas por estos no-humanos, pero su sino está escrito, fueron creados para la guerra. Buscan su sitio, son dos solitarios en busca de su identidad, su paralelismo es tan cercano que acaba confluyendo resultando ser uno solo. Pero hasta llegar a comprenderlo nos deleitan con secuencias de acción memorables.

 Por fortuna no tengo nada que ver con los protagonistas de mis películas. Para mí, la violencia es solamente un truco cinematográfico. La utilizo para llamar la atención del público, como una opción estética más” dice Miike. Esta salvaje violencia, y su modo de ponerla en escena, chocan demasiado con los momentos mas minimalistas, dejando insatisfechos a los que se decantan por uno de los dos extremos. La misma heterogeneidad que le ha hecho destacar le puede pasar factura, ha de encontrar un equilibrio y acotar las hibridaciones. Puesto que empezar con un homenaje al fantástico Miike Takeshi, un individuo con curiosa filmografía que en nuestro país no ha conocido el estreno comercial... de momento. japonés de los inicios de su cine, y concluir con los excesos del manga, seccionando el trayecto con humor, sangre, reflexión e intimismos, sólo es apto para veneradores.

Llegados a este punto, dada la dificultad de ver la película, me siento incapaz de cerrar el comentario sin desvelar el apoteósico final. Después de asistir a él, a uno le da la risa al presenciar cualquiera de las sorpresitas finales tan comunes del cine actual. Hasta los mismos protagonistas se sorprenden (después de recordar con un breve flash-back, solo posible para el espectador, las peripecias sufridas en las anteriores entregas) de su propio desenlace: “¿a esto hemos llegado?” se preguntan con resignación. Mediante la implosión producida por la energía de ambos cuerpos, atraen diversos materiales hacia si mismos convirtiéndose en una esfera compacta de materia; que tras una breve pausa acaba explotando y surgiendo de ella un coloso robot, digno bisnieto de Mazinger Z. ¿Surreal? Nada comparado con el momento en que despliega su cuello (para ir en busca del corrupto alcalde) demostrando que su verdadero parentesco es aquello tan grande como una olla. Para verlo.

Israel L. Pérez

DEAD OR ALIVE: FINAL

 

 

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