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ENNIO
MORRICONE Y SERGIO LEONE
Por Juan Francisco
Álvarez
Hablar de
la colaboración entre Sergio Leone y Ennio Morricone apenas resulta
complicado, pues estamos hablando de dos personajes que toman su
trabajo con el mismo método, la misma dedicación, pulcritud y perfeccionismo
que la de un concienzudo artesano del Barroco flamígero.
Como artículos,
estudios, incluso libros sobre este portentoso binomio que nos ha
dado la historia del cine y su trabajo, hay muchos, el presente
estudio está enfocado desde un plano más personal, incluso podríamos
llamarlo social, que muchas veces ha sido menospreciado en dichos
trabajos, sin darle la vital relevancia que este aspecto aportó
al trabajo de ambos. Y lo haremos sin dejar de lado este trabajo,
para que así pueda servir de visión general, sin entrar excesivamente
en las cuestiones técnicas, a aquellas personas que busquen conocer
la gran labor que ejerció el maestro Morricone en la obra del gran
Leone.
Barrio del
Trastevere, Roma, Italia. Finales de los 30. Ennio Morricone, el
hijo mayor del trompetista de jazz Mario Morricone y Lobera Ridolfi,
juega en la calle con su amigo y compañero de clase Sergio Leone,
hijo
de Vincenzo Leone (director del cine mudo que utiliza el seudónimo
de Roberto Roberti) y de Bice Valerian. Ambos nacidos en Roma con
pocos días de diferencia, uno el 10 de noviembre de 1928 y el otro
el 3 de enero de 1929, y marcados por la profesión de sus padres
en lo que será sus vidas profesionales. Entre sus juegos de niños,
tal vez, estaba el de representar a forajidos del salvaje oeste
que asaltaban una diligencia, aunque esto tal vez fue más posible
en sus mentes años después con la llegada de las películas de Joh
Ford a las pantallas de cine italianas. Pero para entonces, Ennio
seguía sus estudios en el Conservatorio de Santa Cecilia y Sergio
ejercía todos los oficios posibles dentro del mundo del cine (auxiliar
de dirección, extra, etc.).
Posteriormente, Ennio, ya con su carrera de músico
a cuestas, empieza a componer música pop, realiza numerosos arreglos
para la canción ligera y empieza a ser conocido en el mundillo musical.
En sus arreglos introduce ruidos de la vida cotidiana, así en ellos
no era extraño encontrar sonidos de teléfono, máquinas de escribir,
etc., a pesar de estar hablando de canciones. Algunas se hicieron
muy populares en la época, como es el caso de Se telefoneando.
A pesar de que trató de mantener en secreto su trabajo como arreglista,
pronto se hace famoso y sus trabajos se multiplican, no solo en
la canción, sino también en Radio, Televisión y Teatro.
En 1961 ya compone su primera banda sonora para el
cine, Il federale, y en 1962 además de componer cuatro nuevas
bandas sonoras, también realiza los arreglos para un cantante californiano,
afincado en Roma, llamado Peter Tevis, trabajo que le marcaría para
siempre, ya que en el repertorio de este cantante (género Country-Western)
figuraba el tema Pastures of plenty (Los pastos de la
abundacia) de Woody Guthrie, cuyos arreglos sirven para que
Sergio Leone se decida por Morricone. Pero antes que con Leone,
Morricone trabaja componiendo la música de sus dos primeros western,
con Peter Tevis cantando los temas principales en Duelo en Texas
de Ricardo Blasco y Las pistolas no discuten de Mike Perkins.
Leone, por su parte, ha estado ocupado dirigiendo
segundas unidades de películas italianas y americanas rodadas en
Roma, o incluso como ayudante de dirección en otras. Codirige junto
con Mario Bonnard Los últimos días de Pompeya, de la que
también es autor del guión y en la que conoce a Angelo Francesco
Lavagnino, con el que contará en su primera película, El coloso
de Rodas. Lavagnino hace un trabajo pulcro, perfecto y clásico,
muy a tono con el film de Leone. Ambos quedan contentos con la experiencia.
Sin embargo, cuando Leone está preparando su próxima película, en
la productora le hablan de su antiguo compañero de clase Morricone.
En una entrevista concedida por Leone en 1984 publicada en Oreste
De Fornari, Leone nos lo cuenta así: “para la música quería a
Lavagnino, que había hecho El coloso de Rodas. En la Jolly-Films
(productora) me hablaron de Ennio Morricone y me hicieron ver Duelo
en Texas, que me pareció horrible, la música parecía de un Tiomkin
miserable. Sin embargo,
el productor insistió en que me encontrase con Morricone. Fui a
su casa. Me hizo escuchar un tema que los productores habían desechado
y que yo hubiera usado en la parte final de la película, y después
un disco que había hecho para un barítono americano y que me llamó
la atención inmediatamente (se trataba del tema Pastures of
Plenty). Le pedí que recuperase la base. Teníamos el tema principal,
sólo faltaba el cantante. Le propuse usar un silbido (chiflido)
humano y así nació la firma Alessandroni & Company, destinada
a trabajar tantas películas”.
De esa manera es como Morricone trabaja a las órdenes
de Leone en una producción en la que tal vez por la poca fe que
inicialmente muestran en ella, tanto productores como equipo técnico,
hace que éste ultimo trabaje con una mayor libertad, lo que les
permite realizar uno de los spaguetti-western más logrados
de toda la historia. El proyecto, inicialmente considerado como película de serie C, hace
que Leone lo firme con el pseudónimo de Bob Robertson, a modo de
juego con las palabras: Roberto hijo de Roberto, y Morricone firma
a su vez como Dan Savio, que ya había utilizado en algunos de sus
arreglos. Sin embargo no son los únicos, pues más de la mitad del
equipo técnico firma con pseudónimo.
En este primer proyecto ya se hacen patentes las coincidencias
entre ambos, por un lado una atención maniática a su trabajo y por
el otro, el hecho de que Leone posea una inusual visión de sus películas
antes de rodarlas y unas exigencias musicales muy precisas, pero
sin una estructura y forma concretas, permiten a Morricone crear
con total libertad y lucimiento en su trabajo. A este respecto,
Morricone comentó en cierta entrevista: “Sergio no sólo era desentonado,
sino que ni siquiera era capaz de cantar una melodía de manera,
por así decir, desafinada. Por eso mismo me parece extraordinaria
la inspiración musical de su cine y la intensidad de nuestra relación
creativa y me produce además, una cierta ternura: cuando quería
indicar un tema mío, se limitaba a decirme: ése que hace tititi,
canturreando muy vagamente. Toda mi música podía resolverse para
él en un titití, y para mi era siempre una empresa fatigosa identificar
a qué tema se refería exactamente.”
Morricone, en su composición para Por un puñado
de dólares, va más allá de las exigencias funcionales del film
y no duda en introducir los elementos sonoros que tan buen resultado
le habían dado en sus arreglos en la canción ligera.
La película y su música son un total éxito y ello
permite que, años después, en los títulos de crédito se puedan leer
sus nombres sin pseudónimos. Son muchas las personas que se han
aficionado a la música del cine por esta melodía proveniente de
Pastures of plenty, son muchas las personas que alguna vez
en su vida la han tarareado, y sólo Morricone sabrá la cantidad
de dólares, liras y ahora euros que habrá recaudado y sigue recaudando
por derechos de autor de este célebre tema. Morricone pasó a ser
conocido como “el hombre del silbido” y empezaron desde entonces
a lloverle cantidad de ofertas como compositor cinematográfico.
Este gran éxito cosechado permitió que ambos se adentrasen
en un nuevo proyecto que a modo de continuación se llamó La muerte
tenía un precio. Junto con El bueno, el feo y el malo
formarían parte de la primera trilogía de Leone, la trilogía de
los dólares. En esta segunda colaboración ya se puso en marcha la
forma de trabajar que tantos comentarios ha creado al respecto y
que consiste en que el maestro Morricone componía antes de que se
empezase a rodar la película, más de dos tercios de la música que
se iba a utilizar en el montaje de la misma. Ello permitía a Leone
trabajar en el rodaje con la música que luego acompañaría a las
imágenes, de fondo. Algo muy discutido durante mucho tiempo, pero
que los resultados son bien visibles y productivos. Sin duda, el
mayor mérito de esta forma de trabajar es del propio Morricone,
quien desde entonces elabora unos temas segmentados que permiten
así ser recortados o empalmados en función de la duración de las
escenas y que encajan con tal precisión milimétrica que también
le han valido a Morricone el apodo de “el hombre de la sincronización
y el cronómetro”. En las sesiones de grabación Morricone cuida hasta
la décima de segundo sus temas y su exigencia es tal que provoca
las iras de los instrumentistas al verse obligados más de una vez
a repetir los temas hasta cuadrarlos con las imágenes.
El guitarrista Bruno Battisti sufrió de forma muy
directa las exigencias del maestro cuando fue llamado a interpretar
el tema principal de esta segunda película de Leone. Morricone le
insistió una y otra vez en como debía ser el sonido que saliese
de su guitarra. Le exigió una sonoridad extremadamente dramática
y fuerte, muy fuerte.
En esta película la música asume un papel narrativo
y simbólico. Morricone asocia el sonido de diferentes instrumentos
a los personajes del film. Así la flauta se asocia al Manco, el
birimbao a Mortimer, el carillón de un reloj de bolsillo al Indio.
También aparece en esta banda sonora la introducción de voces masculinas
al unísono, además del birimbao ya comentado y de la guitarra clásica
y la eléctrica. La música juega un papel muy importante en el film
y está presente en casi todas las escenas. Cuenta con dos temas
principales, Per qualche dollaro in piu y El ajuste de
cuentas, así como de otros que merece destacar: El vicio
de matar y Adiós coronel.
Con El bueno, el feo y el malo, Leone-Morricone
cierran la trilogía de los dólares y lo hacen por todo lo alto.
La cantidad de música compuesta para esta ocasión sigue siendo muy
copiosa y ello hace que los temas sean de larga duración e incluso
la música funcional de la película también es esta vez más abundante.
El tema principal, del mismo título que el filme, de dos minutos
y treinta y nueve segundos de duración, presenta una estructura
segmentada que permite al compositor insertarlo en otras escenas
con duraciones más cortas y otras veces con duraciones más largas.
Los instrumentos utilizados en esta tercera colaboración
son más pobres: flauta dulce, ocarina, un instrumento de terracota
que imita el sonido de una tórtola, voces masculinas, aullidos y
nuevamente el silbido humano. Repite silbido humano como también
repite la introducción de sonidos de la realidad que se ha filmado,
así los disparos, sonidos de percusión metálica, etc. están presentes.
Además del tema principal, el tema Il forte (más bien atmosférico)
y el tema de El trielo, sobresale por encima de estos, L’extasi
dell’oro con una inspiradísima Edda Dell’Orso que conduce al
tema hacía una explosión musical apoteósica que incluso llega a
estar muy por encima de las imágenes de Leone.
En 1968 Morricone y Leone inician lo que a la postre
sería una nueva trilogía, conocida esta vez como la trilogía de
América, pues en las tres películas el denominador común es América
en tres etapas bien distintas de su historia. Se iniciaría esta
con el film Hasta que llegó su hora.
En
este año la cantidad de encargos y trabajos del gran maestro romano
roza una cifra exagerada, hablamos de unas veinte bandas sonoras
en poco menos de un año y tal vez este exceso de trabajo pudiera
presagiar un descenso de calidad en el trabajo del maestro. Pero
nada más lejos de la realidad. Morricone compone un trabajo cuidado
y articulado, que si bien repite moldes, pero sin encasillar en
trabajos anteriores o estilos reconocibles al maestro, sigue un
proceso de maduración realmente brillante, pues éste implica una
maduración y una mayor sofistificación de su lenguaje musical.
En el tema presente en los títulos del filme, Morricone
en sus trabajos leonianos anteriores había resumido los temas presentes
en el comentario musical del filme, pero aquí rompe con esa especie
de tradición y le confiere una nueva característica unitaria a dicho
tema. Edda dell’Orso está nuevamente presente en este trabajo y
junto al lirismo de los violines crean temas de gran belleza. Nuevamente
la música está compuesta en su mayor parte antes de rodar la película
y nuevamente también la cantidad de ésta supera los límites respetados
por aquella época. Prácticamente la música está presente en cada
escena y además con una gran amplitud temática y melódica, pues
tan sólo una muy pequeña parte de la música compuesta para esta
ocasión, desempeña un papel estrictamente funcional, dejando así
mayor protagonismo a la melodía temática. Es por ello que para muchos
es tal vez el mejor trabajo de este gran binomio Morricone-Leone.
Aunque claro está, también hay quienes opinan que
será su siguiente trabajo, ¡Agáchate maldito!, el de mayor
calidad musical. El tema principal en esta ocasión está otra vez
interpretado por Edda dell’Orso, que confiere una sensualidad inusitada.
Este tema presenta de nuevo esa segmentación a la que hemos hecho
referencia anteriormente y que permite al maestro recortar, alargar
y así sincronizar a la perfección música con imágenes. Además del
hermoso tema Giù la testa, también encontramos otros tres
temas principales de gran repercusión el desarrollo del filme: Marcia
degli accatoni, Mesa verde y Dopo l’esplosione.
Se
da aquí una nueva característica en el trabajo de ambos y es la
introducción de la música como elemento interno del filme. Esto
es, que la música juega un papel protagonista en la acción de la
película, y así en determinadas escenas el silbido, también aquí
presente, del tema musical es tomado en consideración por el personaje
de Juan a modo de aviso y no como hasta hora en el que la música
sólo jugaba un papel externo al desarrollo de las imágenes. Esta
percepción superfílmica que aquí se da en unas cuantas ocasiones,
se convertirá en recurrente ampliamente amortizado en el próximo
y a la postre último film de ambos, Érase una vez en América.
Y como broche final de esta talentosa colaboración
nos encontramos con este gran film de la América de los años 20.
En esta ocasión Morricone utilizó música que compuso para una película
de Zeffirelli y que finalmente se resolvió con otras colaboraciones.
Además también se sirve de la canción Amapola de J. M. Lacalle
y A. Gamse, que estaba de moda en los años 20 y que la introduce
a nivel interno en el comentario musical. Cada vez que suena ésta,
sirve para recordar a Noodles la figura de Deborah (excelente la
escena en la que éste espía el almacén en el bar de Fat Moe, a través
de una rendija que hay en el lavabo).
Reincidiendo en lo visto anteriormente, Morricone
vuelve a dotar esta banda sonora con numerosos temas. Así el tema
principal de nombre igual al film, presenta otra vez la conocida
metodología del compositor por presentar un tema de fácil segmentación
para meticulosa inserción en el film.
Cuenta con un tema fuertemente dramático y evocativo,
Poverty. Coloreado con apropiadas sonoridades de piano, mandolina,
etc.. propias de la época, Morricone trata de evocar con este marcado
y ardiente carácter musical, el giro o vuelco de los muchachos hacia
el crimen.
El tema Cockeye’s song está interpretado con
una pequeña flauta de pan por el reconocido interprete Gheorghe
Zamfir.
Cockeye
es uno de los muchachos de la cuadrilla, al que hemos visto a menudo
interpretando esta melodía. Este tema es crucial y tema central
en algunos de los momentos más intensos y dramáticos de años veinte
descritos en el filme.
Childhood memories es otro tema notable, con la nostalgia de las tiernas
evocaciones y la languidez como sentimientos adosados a esta pieza,
pero que también ilustra el duelo entre pistoleros que desencadena
en el encuentro mortal entre Bussy y los jóvenes de la banda.
El suave
y recurrente Deborah’s theme, cuenta con la voz de Edda dell’Orso,
pero a pesar de todo esto no puede ser considerado el tema de amor
del filme, pues el amor que siente Noodles por ella no es nunca
correspondido.
Todo ello
hace de este trabajo el más maduro y elaborado de todos los de la
colaboración entre ambos. La crítica coincidió a alabar la música
de Morricone, aunque esto se tropezó con unas malas críticas iniciales
hacía el filme de Leone, que originaron un pequeño desconcierto
entre los productores y distribuidores del filme en Estados Unidos
que les hizo olvidarse de registrar la música de Morricone y con
ello privaron a éste de que pudiese competir a los Oscar de aquel
año.
Al respecto
de la música de Érase una vez en América, encontramos unas
declaraciones de Morricone en las que manifiesta: “Sergio me
pide temas sencillos, que sean fáciles para el oído, tonales, temas
populares, sin complicaciones. Cuando la toco al piano se enamora
de la música. Seguramente con la orquesta, si le gusta al piano
al escucharla, le encantará, le entusiasmará”.
Leone también
manifiesta: “No sólo soy yo. Actores como Robert de Niro para
el que el sonido en directo es muy importante, quieren que la música
se toque en el plató, porqué les hace meterse en situación. Dicen
que eso les hace sentirse dentro, que les ayuda de un modo especial
y después de eso se graba el diálogo”.
Morricone
le elogia de esta manera: “Leone quería más de la música que
otros directores. Esa es la gran diferencia. Había otras diferencias.
Él le daba más espacio a la música que otros directores. La mejor
banda sonora de una película es aquella música que se puede escuchar.
La música que no se puede escuchar en una película es mala como
banda sonora. Muchas de mis piezas musicales y de otros compositores
han sido mal juzgadas porque el director no les ha dado un espacio
o un volumen adecuados”.
Tras esta
película, fallecería Sergio Leone, sin poder emprender nuevos proyectos
con su colega y compañero Morricone. Ante esta gran pérdida, Morricone
le recordó con estas palabras que nosotros también queremos hacer
nuestras como conclusión de este trabajo: ”Realizaba sus películas
de una forma muy responsable y creativa. Mi mayor pesar es que no
siga vivo. No sé hasta donde hubiera llegado. Es una gran perdida,
no sólo para el cine italiano, sino para el cine mundial”.
Nuestro
mayor pesar es que no siguieran los dos juntos en nuevos proyectos,
pues a raíz de la progresión que ambos llevaban, no sabremos nunca
más que nos hubiese cabido esperar.
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