BUSCANDO A NEMO  
 
Título orginal: Finding Nemo
País, Año:

EE.UU., 2003

Género: Animación
Dirección: Andrew Stanton. Lee Unkrich
Voces: Andrew Stanton. Geoffrey Rush. Willem Dafoe. Albert Brooks. Ellen DeGeneres. Allison Janney. Austin Pendleton. Stephen Root. Vicki Lewis. Elizabeth Perkins. Eric Bana. Alexander Gould. Bob Peterson. Bruce Spence.
Guión: Andrew Stanton. Bob Peterson.
Producción: Graham Walters. John Lasseter
Música: Thomas Newman
Montaje: David Ian Salter
Distribuidora: Buena Vista Internacional
Duración: 100 minutos
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Centauros del mar (mío, mío, mío,…)

La recreación escénica de la última producción de Pixar estrenada en España es impecable y sigue los pasos ascendentes que nos han ido mostrando en anteriores películas (Toy Story, Bichos, Toy Story 2, Monstruos SA) convirtiendo la recreación del océano (el agua, los movimientos de los peces, el colorido) en una excusa perfecta para desplegar un mundo de fantasía. Pero lo novedoso de Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003) es que muestra la posibilidad de realizar un producto que a pesar de estar dirigido al público infantil (ahí están las cifras de recaudación tanto en su estreno americano como ahora en todo el mundo) no impide que el resultado final tenga una consideración más adulta, alejándose de la blandenguería habitual.

Así, Buscando a Nemo comienza con una presentación del entorno y de los personajes, una pareja de peces payasos que contemplan los huevos de donde nacerán sus futuras crías, para dar paso inmediatamente a la escena en que la presencia de la muerte (el tiburón) marca el desarrollo de la posterior historia. La muerte ya está presente en muchos productos Disney (desde Bambi a El rey león) pero la diferencia está en que ahora se muestra de una manera amenazadora, el tiburón aparece de pronto y se visualiza la angustia de la madre que intenta salvar a las futuras crías. No hay, sin embargo, sentimentalismo alguno pues la historia se corta bruscamente tras ver cómo Marlin cae en la anémona desvanecido y encuentra que sólo queda un huevo, tenemos una elipsis que nos muestra a Marlin jugando con su hijo Nemo, el único que se ha salvado del ataque del tiburón.

En la parte final cuando se produce el encuentro entre padre e hijo la escena tampoco apela a la lágrima fácil pues vuelve a ser interrumpida para pasar a la siguiente acción (el rescate de Dory y los peces que han sido atrapados por los pescadores). La presencia de la muerte o la amenaza se repite también a lo largo del filme en diferentes ocasiones (la primera aparición de los buceadores, los tiburones o la ballena) confiriendo un tono más sombrío del que habitualmente encontramos en este tipo de productos.

Buscando a Nemo muestra también cómo la estructura del filme gana en dinamismo debido fundamentalmente a la disposición en paralelo de la historia, por un lado Marlin y Dory emprenden la búsqueda de Nemo a través del océano y por otro lado Nemo intenta huir del acuario en que ha quedado atrapado tras ser capturado por el hombre. Asistiendo a los hechos en paralelo observamos el continuo cambio de los acontecimientos y se equipara la dificultad de los personajes de Marlin/Nemo pues ambos se mueven en mundos que desconocen, pero tienen en común las mismas dificultades al enfrentarse a sistemas con sus propias reglas. El paralelismo se complementa con la dualidad que está presente en toda la película: Marlin es un pesimista (un pez payaso que no hace ni gracia) y su acompañante Dory es todo lo contrario (optimista, inocente), la figura del depredador aparece en los dos mundos (el tiburón en el agua, el hombre en la tierra) o Marlin que representa la opción conservadora frente a la rebeldía de la juventud (Nemo).

Este viaje, quizá de 20.000 leguas submarinas, al igual que todos los viajes cinematográficos, va transformando a Marlin que poco a poco toma conciencia de sus errores (la sobreprotección de su hijo Nemo le ha llevado a perderlo) y le hace enfrentarse a la realidad planteando la revisión de la figura del padre, fomentando su espíritu de superación y descubriendo otros valores (el riesgo, la lucha, la amistad o la solidaridad) junto a una serie de personajes encabezados por Dory (una de las creaciones más hermosas de las que pueblan la factoría Pixar y que encarna la solidaridad absoluta, desinteresada e inocente provocada por esa falta de memoria inmediata) y que componen un elenco que va completando esa visión más adulta de la que hablábamos al principio: los tiburones que quieren quitarse la necesidad de comer peces, la sabiduría de la vejez (las tortugas), la esquizofrenia de los peces que viven en el acuario (uno ve el doble en su reflejo en el cristal, otro intenta atrapar las burbujas del cofre) que componen un friso que sustituye el recurso a lo sentimental por una mezcla de ironía y melancolía.

Junto a todo esto, varios hallazgos visuales como son el banco de peces que orienta a Marlin y a Dory o el bosque de medusas (muy bello visualmente y que esconde en esa belleza la amenaza), alguna idea genial como el mío, mío de las gaviotas, y los consabidos homenajes a diferentes escenas y películas: el tiburón atravesando la puerta y gritando el nombre de Dory (como Jack Nicholson en El resplandor), el ataque de las gaviotas (Los pajaros de Hitchcock), la presentación de la sobrina del dentista con los violines del Herrmann de Psicosis.

Luis Tormo