El dragón rojo
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El canibalismo cinematográfico

Vuelve Hannibal... el caníbal.La virtud de Hannibal (Ridley Scott) consistía en tratar su aproximación a una historia ya elaborada (pues los mimbres de la misma ya habían sido enhebrados por Jonathan Demme en la primera, prima y punto álgido de esta irregular trilogía) de un modo opuesto a su obra pretérita. Construyó, después de su retórico peplum Gladiator, una aria a la negrura para más gloria de Sir Anthony Hopkins. En definitiva, hizo otra cosa. Es ese otro hacer, la creación de nuevos ambientes, el emplazamiento de los personajes en otros lugares, con otros retos, enfrentados a sí mismos, y el tratamiento propio que Scott les da a todas esas novedades es lo que nos permite estudiar (si fuese el caso) a Hannibal como pieza independiente, aún estando atada al nudo argumental engendrado en El silencio de los corderos, no tanto ya como historia sino como retazo de cine autosuficiente (y en ocasiones autocomplaciente), capaz de avanzar por sí mismo.

No ocurre lo mismo con esta tercera primera parte, sustentada en un armazón de millones de dólares traducidos en un elenco de actores que, en ocasiones, esconden la verdad a los ojos de un espectador, que, tristemente, acaba entreviendo que la habilidad volvió a ganarle la partida al talento.

No es una obra mal fabricada, su error no radica en el ensamblaje visual ni de planificación; su gangrena aparece en su misma génesis: en su escritura. Si bien es verdad que el director no insufla al relato las dosis de derroche retiniano que Scott es capaz de dar a la más nimia de sus obras, no es en este punto donde el filme más flaquea (sin dejar de exceder una corrección mínima) sino en la estructura argumental. La habilidad, que en realidad no acaba siendo tal, consiste en reiterar la estructura elaborada en el filme de Demme y hacerla pasar por algo nuevo: excepto el prólogo inicial que nos presenta a los dos personajes principales (Will Graham –Edward Norton– y Hannibal Lecter –sir Anthony Hopkins–) el resto no es más que copia (plagio hábil, pues tiene la virtud, como no podía ser de otra manera de mantener la tensión). Una mezcolanza del famoso quid pro quo (con planos idénticos de Graham –o Clarice Starling– atravesando el corredor), con la presentación del asesino al que se persigue, Lecter, o sea Hopkins, es el principal aliciente de esta nueva peli de la saga. aderezada con un tour de force final, más efectista y de menor enjundia que aquel montaje paralelo con que Demme nos deleitó.

Pero en su apropiación de elementos de las dos anteriores partes de la saga, Ratner no acaba asumiendo, sólo, los cimientos del filme, sino que, en momentos puntuales, engulle y reitera aquel monumento a la inverosimilitud que Ridley Scott alzó, a modo de pirueta final, en el último tramo de su Hannibal. Es curioso que, en este caso, se opte por repetir un zafio truco de prestidigitación en lugar de absorber lo que de bueno tenía la pieza última de la serie. El ejercicio de pirotecnia al que me refiero, por si alguien no lo recuerda, es aquel en que Clarice Starling (Julianne Moore) esconde unas esposas en no se sabe qué recoveco de un mínimo vestido regalo del propio Lecter. Manillas que le servirán para “atrapar” al soberbio antropófago.

Seguramente, el director de las dos partes de Hora punta, entendió que aquello era un alto grado de savoir faire y lo vuelve a hacer en el prólogo del filme, durante el enfrentamiento Graham-Lecter (recuerdan las flechas, ¿verdad?). Incluso, en la parte final podríamos hablar de un nuevo empleo de esta treta de tahúr, cuando Fiennes elimina al pretendiente de su amada (Emily Watson) que luego le servirá de cebo para preparar el espectáculo final.

Así pues, lo peor que podemos decir de éste filme es que es una simple precuela [1], y es justamente ese adjetivo el que lapida a una obra que antecede en el tiempo fílmico a dos piezas de mucha mayor altura que la preceden en el tiempo real. La copia de una estructura, que en realidad favorece al filme por que le otorga ritmo pero le impide llegar a la cúspide que los otros alcanzaron [2] por ser mera fotocopia formal, más la inclusión Habría que revisar la anterior versión de esta novela, "Hunter", para ver cuánto ha plagiado Rattner. de números de prestidigitación; acaban por convencernos de que ha visto la luz una obra innecesaria (aún sin ser una mala película).

Para finalizar, y siendo ecuánimes, se hace necesario decir que los actores elaboran composiciones encomiables: de sir Anthony Hopkins es mejor no decir nada porque nada hay que añadir a lo que siempre se dice de él; las sorpresas se descubren al otro lado de la cárcel de vidrio. Edward Norton ofrece una réplica masculina harto meritoria, que no hace sino multiplicarse y cobrar altura con la interpretación de Hopkins (que logra el milagro de hacerse presente aún cuando esta ausente), y es que el actor británico jamás ha tenido, en los últimos años, un partenaire varón que le devuelva el gesto con un mínimo de dignidad (no hubo mayor ejercicio de canibalismo que el de ‘Lecter’ frente a Banderas en La máscara del Zorro). Aparece, de nuevo soberbia, una Emily Watson que consigue, incluso, aportar matices a la interpretación de un Ralph Fiennes (el más débil del elenco) sobreactuado y lleno de tics excesivos y farragosos, además de ofrecer un registro muy semejante al de Spider. Es Emily Watson la que permite al espectador llegar a atisbar el lado menos oscuro del otro personaje, lo que magnífica su trabajo, y hace parecer que Fiennes sea lo que en este caso no es.

P.D.: Posiblemente en números posteriores podáis leer una nueva crítica del filme, pues uno necesita ver la primera precuela de Michael Mann llamada Manhunter para ver si el ejercicio de pintar y colorear de Brett Ratner es aún mucho menos digno de lo que logra parecer.

(1) El final demuestra que el filme tiene voluntad de ser una precuela, pues se acaba diciendo que la agente Starling va a visitarlo nada más termina el caso del Dragón Rojo. Recordemos que en los libros de Harris transcurren años antes de que esto suceda.

(2) Que conste que Hannibal me parece una obra mucho menor en comparación a El silencio de los corderos, pero, aún así, se eleva por encima de esta última.

Enric Albero

EL DRAGÓN ROJO

 

 

 

 

 

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