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En esta sección comentaremos los filmes proyectados en la Filmoteca de la Generalitat Valenciana que difícilmente podríamos contemplar fuera de su ámbito. Son las joyas de la programación, películas raras o inencontrables,  que van siendo recuperadas por los restauradores y que perviven gracias a los esfuerzos de las cinematecas, que sólo con esos rescates justificarían más que sobradamente su existencia.

MR. MARSHALL CABALGA DE NUEVO

Por Antonia del Rey

Con la sala abarrotada de un público en su mayoría muy joven, se ha proyectado en la Filmoteca de la Generalitat Valenciana ¡Bienvenido, Mr. Marshall! (1952) de Luis García Berlanga. Era un buen momento, ahora que se cumplen los cincuenta años de su estreno y se rinde un homenaje a Francisco Canet, el director artístico y productor que tanto tuvo que ver con la buena factura de la película. Al revisarla de nuevo, no deja de sorprendernos la vigencia de muchos de sus planteamientos y la frescura de la historia, que se percibe ingeniosa, rica en sugerencias y enormemente divertida. Por no hablar, claro está, de la acertada resolución formal.

Esta primera película del que luego se convertiría en director emblemático del cine español asombra hoy por lo original y arriesgada, al estar producida en un momento difícil para la libre expresión cinematográfica y en el contexto de un ambiente social tan pacato, en el que sin embargo supo sortear escollos diversos, y aparentemente tan insalvables, como el de la censura.

Pese al tiempo transcurrido, los entrañables habitantes del pueblecito imaginario de Villar del Río siguen pareciéndonos tan cercanos y reales como lo fueron en décadas pasadas. Y, aunque los cambios habidos en la sociedad española desde entonces son obvios, a través de sus actitudes y sus ilusiones reconocemos de inmediato esa parte de nuestro pasado, que no por distanciarse en medio siglo del presente deja de estar latente en nuestro estilo de vida cotidiano. Y es que hay un poso de aquel pintoresco modus vivendi que forma parte irremediablemente de nuestra “sustancia cultural”, de nuestras costumbres y usos más arraigados, y que nos hace reconocible esa forma de picaresca que desconfía siempre de los representantes del poder, por temor a sus abusos. Por no hablar del ingenio para salir airosos de situaciones comprometidas y, cómo no, de esa concepción ambivalente del amigo americano, que nos lleva a admirarlo e imitarlo mientras lo despreciamos íntimamente. En este sentido, ¿no serían nuestros actuales gobernantes un ejemplo oportuno con el que justificar en parte la última afirmación? Aunque cabría preguntarles cuáles son en la actualidad las promesas y las supuestas ventajas que podremos obtener de tan incondicional entrega. Como si no hubiéramos aprendido la lección, parece no existir temor alguno en sus  esferas a que el supuesto amigo pase de largo ante nuestras barbas una vez más, dejándonos con dos palmos de narices.

En cualquier caso, y volviendo a la película, ¡Bienvenido, Mr. Marshall! es un alarde de puesta en escena y una lección de cine, donde, mientras se evidencia la precariedad de la vida rural española del momento, se ponen en cuestión usos institucionales como el patriotismo desmedido, escenificado por el régimen gobernante a la menor oportunidad. Y se logra, precisamente, parodiando el propio cine de género histórico alimentado oficialmente para cantar las glorias imperiales de nuestro pasado. En este sentido, las tres secuencias que remiten respectivamente a las pesadillas del hidalgo –que emula las glorias de sus antepasados como heroico conquistador de tierras americanas–, a las del párroco –atormentado en el juicio que se sigue contra él al más puro estilo thriller– y a las del propio alcalde –convertido en victorioso protagonista del duelo celebrado en un saloon del Oeste– resultan caricaturas ejemplares de estos prototipos genéricos. Todo ello narrado siempre con un tono amable, que nunca raya en lo sensiblero y que mezcla la comicidad con detalles de amargo realismo. O, si no, recordemos la secuencia en la que todo el pueblo desfila ante el alcalde para expresar el deseo que espera le sea concedido por los americanos –percibidos como una suerte de Reyes Magos, capaces de satisfacer las peticiones más dispares, desde un tractor último modelo hasta una humilde barra de chocolate–.

Desde tales presupuestos, resultaría hoy difícil negar la vigencia de la película y su carácter crucial para entender una parte de nuestro pasado y, por lo mismo, de nuestro presente. 

 

 

 

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