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Sitges 2002
Museo del Cine
Apocalypse Now Redux

 UN MUSEO DE CINE

(Museo del Cinema. Col·lecció Tomàs Mallol)

Por Milagros López Morales

En ese viaje que es la visita al museo, uno puede contemplar infinidad de inventos que permitieron finalmente llegar al cine.Gerona, es una hermosa, lejana (casi para todos) y desconocida (para muchos) ciudad catalana dividida y bañada por el río Oñar. Mientras caminamos por su margen izquierda, el lado más moderno, y antes de cruzar a la otra orilla (donde se levantan los vestigios más evidentes de su pasado: la catedral, reposo de uno de los beatos más hermosos de la cristiandad, la judería, sus edificaciones centenarias...), nos regalan la vista una hilera de casas multicolores que con sus cimientos sumergidos, se yerguen austeras y orgullosas, bordando el margen derecho.

Dejamos el paseo al lado del río y nos adentramos, apenas unas calles, para ir al encuentro de uno de los museos imprescindibles que alberga la ciudad: el Museu del Cinema, Col-lecció Tomàs Mallol, una sorprendente visita que no dejará impasible a nadie.

Gracias a la fascinación que el cine despertó en él desde la infancia, Tomàs Mallol (realizador cinematográfico aficionado, investigador y coleccionista pertinaz) ha dedicado gran parte de su vida a hacer acopio de objetos, máquinas, imágenes y artefactos relacionados con el cine y sus antecedentes. El tesón, la pasión y la constancia indagadora de este gerundense obstinado y perseverante han dotado a la ciudad de Gerona de un museo único en su especie, el museo de cine más importante de España, no sólo por la calidad y profusión de elementos que muestra, sino por la magnífica, didáctica, innovadora... y lúdica puesta en escena de los mismos.

La colección fue adquirida por el Ayuntamiento de Gerona en 1994 y desde hace cuatro años se exhibe de forma permanente para deleite de propios y extraños, en un céntrico edificio de tres plantas de la capital.

Dado el carácter inerte de gran parte de los museos actuales, no es raro asociar su concepto al de grandes aparcamientos de testimonios de la historia, cementerios donde se exhiben, custodian y reposan los restos de un pasado más o menos remoto. Santuarios donde se rinde culto y veneran los tótems que los representan.

El término museo procede del latín “museum” y éste a su vez del griego “museion”  (lugar dedicado a las musas). Los museos eran en la Antigua Grecia lugares dedicados al estudio de las ciencias, las letras y las artes liberales y cada una de las nueve musas representaba una disciplina. A largo de la historia ha evolucionado pasando por diversas concepciones: alejandrina, de carácter universalista; renacentista, de tipo coleccionista; ilustrada, tendente a la enseñanza o revolucionaria, con un enfoque más social. Hasta llegar a la concepción actual que considera al museo como un ente “vivo”.

Este carácter vital hace alusión al montaje de los mismos, sirviéndose de los últimos avances tecnológicos, a la organización de exposiciones temporales (conmemorativas, antológicas), ciclos de El valor más atractivo del museo no es su amplia oferta, sino la perfecta interacción con que se ha planificado la relación del espacio físico con el público. conferencias, talleres, proyecciones, visitas guiadas... con servicios de biblioteca, tienda, círculo de socios... En definitiva una concepción tendente a considerarlos centros de conocimiento, experimentación, investigación y cultura, activos y formativos.

Sin embargo, muchos de estos recintos actuales no han perdido el carácter elitista que los alumbró, sobre todo desde el renacimiento (germen de los museos actuales), cuyo objetivo era reunir antigüedades y obras de arte en los palacios, como símbolo de poder y refinamiento, para goce y disfrute de un grupo de privilegiados. No es este tipo de exclusividad el que preside los museos actuales, desde que en el siglo XVIII se proclamara que la ciencia y el arte son patrimonio de la humanidad, sino esa otra que los sigue haciendo “inaccesibles”, o casi, al gran público, a pesar de su concepción vitalista y abierta, por su escasa, confusa, erudita y exclusiva manera de exponer sus materiales. En ellos, si el visitante no es un versado en la materia, se pierde, distrae y/o aburre, produciéndose así un rechazo incompatible con el “deleite” al que alude el ICOM (International Council of  Museums) y que junto con el estudio y la educación dice, son los fines que debe perseguir toda institución de este tipo.

La auténtica vitalidad de un museo se manifiesta, no sólo en el despliegue técnico expositivo-constructivo y/o en la plurioferta cultural que ofrezca, sino en la perfecta adecuación e interacción entre el museo y su público. El Museu del Cinema de Gerona está concebido con este criterio simbiótico, en el que contenido y continente crean un armonioso equilibrio que trasciende al visitante, haciéndole cómplice, partícipe y protagonista del espectáculo propuesto. Es un museo actual, conceptual y empíricamente moderno, en todos los sentidos (mesurado y sobrio arquitectónicamente, imaginativo y creativo expositivamente, funcional, solícito...) diseñado para mostrar educando, aprender sin esfuerzo, y dispuesto para el uso y disfrute del público. De todos los públicos “independientemente de su edad, nivel cultural, nacionalidad, cultura, idioma o interés por el cine”, según su propia definición. Su carácter vivo no es sólo teoría es pura realidad tangible y habitable.

La colección Tomàs Mallol, base del museo, se compone, en la actualidad, según sus propias fuentes de aproximadamente “12.000 elementos, entre aparatos, accesorios, fotografías, grabados, pinturas, 2.000 carteles y material publicitario cinematográfico, 800 libros y revistas y 750 películas de todos los formatos”, de los cuales sólo se exhiben unos 1.500 objetos en una exposición permanente de excepcional calidad técnica y artística. Realizada con gran rigor científico, ofrece información clara, concisa y sintética de todo lo mostrado, y está ilustrada con gráficos y dibujos técnicamente precisos y artísticamente hermosos. Recrea ámbitos y lugares con sensibilidad e imaginación y con gran acierto didáctico muestra réplicas de objetos y aparatos, para la experimentación del público.

Esta exposición permanente saluda al visitante con una proyección audiovisual en la que un espectador anónimo y eterno habla, desde la pantalla, de la seducción y el asombro que la imagen y sus progresos le han producido a lo largo de la historia e invita al espectador actual a realizar un viaje en el tiempo e iniciar un recorrido a través de tres plantas y casi cuatro siglos (desde el siglo XVII hasta 1970) de esfuerzos, intentos e inventos del hombre para capturar, interpretar o imaginar la realidad.

Inmersos en esa atmósfera intemporal, se inicia el tránsito al pasado en una cotidiana máquina del tiempo que nos eleva tres pisos a la vez que nos sitúa cuatrocientos años atrás. Allí comienza el recorrido, con las sombras chinescas, un arte-espectáculo ancestral, de origen oriental, que llegó a Europa en el siglo XVII para deleitarnos con sus efímeras imágenes silueteadas sobre una pantalla de La visita al museo propone un imaginario viaje en el tiempo, para desembocar en el mundo (y el cine) de la actualidad. luz. Recreando historias fantásticas, religiosas, populares...  que hicieron las delicias del público hasta finales del siglo XIX, en que quedaron reducidas al ámbito infantil y familiar. Y para que también nosotros lo podamos disfrutar un pequeño teatrillo nos incita a su contemplación.

Cambiamos de ámbito y continuamos el itinerario introduciéndonos en una cámara oscura gigante, como si de repente nos hubiéramos transformado en el increíble hombre menguante, que nos permite ser testigos de la formación de imágenes latentes, de la realidad, en su interior. Más adelante, paseando por un espacio perspectivo recreado apreciaremos cómo la cámara oscura (pilar imprescindible de la fotografía y el cine) fue adoptada por los pintores para atrapar el mundo en sus lienzos fijándolo para la eternidad con sus pigmentos y sus pinceles.

Otro apartado nos muestra cómo el hombre siguió jugando y experimentando también con los espejos, mágicos o no, las esferas perforadas, las imágenes anamórficas, descomponiendo y volviendo a componer la realidad para alumbrar, sin saberlo, algunos logros posteriores (el cinemascope, por ejemplo).

Uno de los antecedentes directos del cine fue la linterna mágica, una lámpara encantada que durante dos siglos y medio (desde mediados del XVII hasta la aparición del cine) encandiló a todos: científicos, pedagogos, eruditos, familias, feriantes.. y público en general. Según Jordi Pons (director del museo) “fue el artilugio más popular, difundido, duradero, creativo y versátil de comunicación audiovisual anterior al cine”, y el museo le dedica el espacio físico y la atención que su relevancia  merece. Como también lo merecen las cajas ópticas (Mondo Nuovo, Peep Show...) y sus múltiples variaciones, cuyas vistas ópticas opacas, traslúcidas, estereoscópicas, singulares o múltiples... hicieron soñar a los ciudadanos de su época, con otras tierras y otros horizontes, en las bulliciosas ferias o en la intimidad del hogar y hacen también las nuestras al poder mirar como ellos el mundo por un agujero.

Continua el trayecto y los precedentes de la fotografía nos regalan la vista con muestras de litofanías, fisionotrazos, heliografías... y por fin los daguerrotipos, calotipos, imágenes tridimensionales, primeras instantáneas... y las cámaras de todo tipo (de taller, de viaje, de detective, estereoscópicas...) que los hicieron posibles.

A partir de aquí empieza la cuenta atrás que desemboca directamente en el invento del          cinematógrafo. A través de pedagógicos juguetes ópticos y artefactos de carácter científico desechados como tales y reconvertidos (taumátropos, fenaquistiscopios, praxinoscopios, zoótropos...), la imagen empieza a moverse, aunque a empellones y la carrera por estabilizar su cadencia se disparará a finales del XIX con inventos sucesivos (cronofotografía, kinetoscopio, mutoscopio...) e inventores incansables (Muybridge, Marey, Demeny, Edison, Dickson, los hermanos Skladanowsky...) que culminarán, un 28 de diciembre de 1895 en el salon Indien del Boulevard des Capucines de París, en una proyección pública de cine que ha pasado a la historia oficial como la primera del mundo. Y para que también nosotros nos sintamos como aquellos primeros atónitos espectadores, una reducida simulación escenográfica nos recrea la sesión. Nos permite sentarnos y sobrecogernos, no de sorpresa claro, pero sí de cinéfila emoción al ver venir hacía nosotros aquel tren que llegaba a la estación de Marsella en 1895.

Muy cerca, Georges Méliès tiene también su parcela en el museo, por su singular, mágica y estética contribución al cine de los inicios, y por hacer sentir al público de la época que, además de para captar la realidad, el cine servía para inventarla. Como muestra, en la sala que el museo le dedica, podemos contemplar su Voyage dans la Lune con arrobo y emoción.

El final del trayecto nos va acercando al cine actual, y así podemos contemplar los artefactos que unos y otros fueron inventando para mejorar la calidad de aquel espectáculo que, poco a poco, fue convirtiéndose en mitad arte mitad industria (más uno que otro según en manos de quien cayera). También la televisión está representada, así como algunos formatos de proyección -recreados en maquetas-, el cine amateur de los primeros años (Pathé Baby, Kodak Brownie, Paillard Bolex...) y el cine NIC. A éste último, el entrañable proyector infantil de los hermanos Nicolau Griñó, se le dedica una sección especial mostrando gran cantidad de aparatos y cintas de dibujos para su proyección.

El imaginario viaje en el tiempo y la visita real en el espacio terminan restituyéndonos a la dimensión espacio-temporal actual con sendos audiovisuales, uno que descarga a ritmo acelerado una batería de imágenes de los últimos 100 años de cine y otro que muestra cómo se rueda una película en la actualidad.

El espectador-visitante, en su particular recorrido por las salas del museo, se ha ido convirtiendo en protagonista, y al salir siente que todo ese sensacional despliegue visual y de medios está organizado en función de su mirada y su experimentación. Él es el centro, el núcleo, la estrella de la función.

Accionar un kinetoscopio y ver a Isadora Duncan danzando sin parar, asomarse a un diorama panóptico o estremecerse asistiendo a un espectáculo fantasmagórico... además de todo lo relatado son una excusa ineludible para acercarse a este fascinante museo y dejarse seducir por él.

Pero el objetivo principal del museo no es exclusivamente la visita a la exposición permanente. Según su director, “su finalidad es fomentar la difusión, el aprendizaje y la investigación en el ámbito del cine y la imagen en general”. Para lograrlo, el museo cuenta con una rica programación de exposiciones temporales y dispone de una red de servicios adicionales, tales como: biblioteca, videoteca, club de socios (club de actores), tienda... que tratan de integrar al visitante en su proyecto.

La función didáctico-lúdica del museo no se agota aquí. La tarea educativa la culminan una amplia oferta de talleres, rutas y actividades cinematográficas... que ofrecen a alumnos de todas las edades la posibilidad de realizar placas para linterna mágica, dibujar tiras de cine NIC, crear una película de dibujos animados o filmar una secuencia de cortometraje, además de aprender a valorar el papel de la música en el cine, la televisión y demás artes audiovisuales, realizar espectáculos de sombras chinescas, confeccionar bandas para zoótropo, revelar fotografías hechas con cámara oscura, etc.  etc. etc...

Puede visitar el museo a través de la red (www.museudelcinema.org), puede contactar con él por e-mail (museu cinema@ajgirona.org), teléfono (972 41 27 77), o fax (972 41 30 47); puede adquirir su bellísimo catálogo (El cine. Historia de una fascinación) o puede dejar que otros le cuenten... nada parecido a lo que experimentará acudiendo a su encuentro. No se arrepentirá de la cita, el Museu del Cinema y usted quedarán encantados de haberse conocido.

 

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