Principal
Arriba

Cuando ruge la marabunta
Aquí un amigo
Con la muerte en los talones
Rashomon-Wilder
Cinema Paradiso
Sin perdón
El último de la lista
Ópera prima
La muerte viaja demasiado
El valor del cine
Malalts de tele
Network
El bazar de las sorpresas
Gremlins 2
Ábrete de orejas
Farenheit 451
Retorno al pasado


En esta sección comentaremos los filmes proyectados en la Filmoteca de la Generalitat Valenciana que difícilmente podríamos contemplar fuera de su ámbito. Son las joyas de la programación, películas raras o inencontrables,  que van siendo recuperadas por los restauradores y que perviven gracias a los esfuerzos de las cinematecas, que sólo con esos rescates justificarían más que sobradamente su existencia.

EL PRIMER JOHN FORD

Por Antonia del Rey Reguillo

George Stevens, John Ford y Billy Wilder en una de las habituales comidas que realizaban, a comienzos de los setenta, en casa del primero.De las ciento treinta y cinco películas que realizó este hombre hosco y taciturno, buena parte engrosa el bagaje de la memoria cinematográfica de varias generaciones de espectadores. Porque tan amplia filmografía va renovando su interés a lo largo de los años. Hoy pocos osarían negar a John Ford su carácter de clásico: desde los temas a las formas, todo en su obra parece llamado a perdurar en el tiempo y a enriquecer su significado en proporción directa a las miradas de cinéfilos que la contemplan. Y eso que no es fácil para el gran público acercarse actualmente a buena parte de ella, al estar, como todo el cine clásico, fuera de los planes de programación de las empresas exhibidoras.

Por eso tiene tanto valor el trabajo de conservación y difusión de las filmotecas, que nunca nos cansaremos de aplaudir. Es el caso de la Filmoteca de la Generalitat Valenciana, que nos está ofreciendo en dos entregas la retrospectiva JOHN FORD, UN IRLANDÉS EN EL OESTE. Esta primera parte del ciclo, ha contado con más de cuarenta títulos, todos ellos trabajos de la primera etapa del cineasta, que algún crítico cierra en 1947 con El fugitivo (The fugitive). En esta fase de su carrera se va cuajando como realizador y apuntando claramente hacia las que van a ser las directrices temáticas y formales de su filmografía.

Ford, que había nacido con el cine, en 1985, se inició como director en el periodo mudo (su primera película, Straight shooting, es de 1917) y en ese ámbito aprendió a narrar desde la más pura expresión visual. Por eso, ya en el sonoro, suele reducir a esqueleto los diálogos de sus historias. Aunque cultivó con especial predilección el western, su trabajo recaló en muchos otros géneros (bélico, melodrama, aventuras, histórico, etc.) ya desde esta etapa.

Una de las películas que mejor resumen la ideología de este "irlandés" en el oeste: "El hombre tranquilo".Sobre tal abanico genérico fue esculpiendo los valores que caracterizan su cine, donde los personajes principales destacan por su fortaleza frente a las dificultades, su espíritu de lucha, su camaradería, su defensa del grupo en el que se cobijan, que se vuelve un todo solidario frente a la adversidad. Donde, como en la vida misma, los momentos de tristeza y alegría se van alternando irremediablemente en unas historias en las que la galería de personajes secundarios brilla con luz propia. Con su pintoresquismo y variedad, ellos son la marca de fábrica de un cineasta que los utiliza para dibujar el fondo de sus relatos corales y perfilar una realidad llena de matices, con la que nos habla de las aristas y contradicciones de la vida misma, mostrándolos como unos seres de carne y hueso, nunca reducidos a arquetipos o modelos más o menos maniqueos. De ellos se sirve también para introducir las frecuentes notas de humor que frenan cualquier exceso de tensión o sentimentalismo en el flujo dramático.

Por citar sólo algunos ejemplos, recordemos el drama familiar que se plantea en Cuatro hijos (Four Sons, 1928), cuando los hermanos viven la guerra en bandos enemigos; la denuncia de la hipocresía social que supone Doctor Bull (1933); la fortaleza moral de quien debe administrar la justicia, en El juez Priest (Judge Priest, 1934); o la tragedia personal que se plantea en El delator (The Informer, 1935).

En cualquier caso, ninguna de esas historias habría alcanzado la fuerza expresiva que las caracteriza, sin el aliento poético con el que está concebida cada una de sus imágenes. A pesar de la voluntad fordiana para hacer de su estética la quintaesencia de la transparencia narrativa; a pesar de la aparente sencillez de su cine, en el que la cámara parece luchar por pasar inadvertida, es evidente el trabajo exquisito de la fotografía, el estudio riguroso de los encuadres y de las puestas en escena, así como la hábil selección de actores para configurar los prototipos dramáticos. De resultas de ese laborioso proceso de preproducción se obtienen las espléndidas imágenes, por momentos tan potentes, que parecen talladas en el mármol invisible de la pantalla.

Estas características, entre otras muchas, convierten este cine en oro puro del que no se puede prescindir. Muy a pesar de sus detractores, John Ford sigue concitando el interés de todo tipo de público, incluso de aquel que dice no compartir buena parte de los valores que rezuma toda su filmografía. Porque, para contrarrestar tanto entusiasmo, no faltan los que han acusado a Ford de ultraconservador, patriotero y antifeminista. Ante esto último habría que recordar que algunos de sus personajes femeninos están entre los más interesantes de la historia del cine. Sin ir más lejos, ahí está el tratamiento que se da a la mujer en películas de esta primera etapa como La diligencia (Stagecoach, 1939) y Corazones indomables (Drums along the Mohawk, 1939). En cualquier caso, esa es otra historia que merece ser analizada con mayor detenimiento.    

         

 
Volver al SUMARIO Página ANTERIOR Página SIGUIENTE Ir a la ÚLTIMA PÁGINA