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En esta sección comentaremos los filmes proyectados en la Filmoteca de la Generalitat Valenciana que difícilmente podríamos contemplar fuera de su ámbito. Son las joyas de la programación, películas raras o inencontrables,  que van siendo recuperadas por los restauradores y que perviven gracias a los esfuerzos de las cinematecas, que sólo con esos rescates justificarían más que sobradamente su existencia.

A PROPÓSITO DE GODARD

Por Antonia del Rey Reguillo

"Pierrot le fou", un filme que cierra un ciclo en Godard caracterizado por su visión pesimista e individualista de la vida.Desde el mes de marzo la programación de la Filmoteca de la Generalitat Valenciana viene dando cancha a dos de los directores que han desarrollado sus escrituras fílmicas en los márgenes de la industria y de lo convencional. Ambos geniales, ambos opuestos en sus parámetros estilísticos y, por lo mismo, complementarios. Se trata de Orson Welles, cuya filmografía, proyectada completa hasta el mes de junio, examinaremos en el próximo número, y de Jean-Luc Godard, perteneciente a una generación de cineastas que descubrió al maestro americano mientras se iniciaba en la profesión, declarándose admiradora entusiasta de su obra. Del realizador francés sólo se van a proyectar ocho de sus filmes, pero todos dignos de atención. 

Ellos componen un muestrario de lo que podemos considerar estilemas propios de su filmografía y de algunos de los temas que más le preocupan. Ya desde À bout de souffle (Al final de la escapada, 1959), su ópera prima, el director propuso una ruptura de las reglas de la gramática cinematográfica, abogando por una estética antinaturalista que, si por una parte le permitió trabajar con total libertad, por otra, impuso a los espectadores nuevas formas de lectura. De ese modo, su osadía estética lo llevó a pasar por alto leyes cinematográficas que hasta él resultaban prescriptivas -la del raccord correcto o el tabú del salto de eje, por ejemplo-, y a permitirse libertades que tuvieron que ver con los insertos de rótulos similares a los del cine mudo, collages ópticos y sonoros, insertos de película negativa, planos-flash, asincronías, etc.

Así mismo, desde sus primeras obras, Godard, de forma más o menos intensa, pero siempre peculiar, se centró en temas sociales y morales de especial relevancia, tal y como reflejan las películas que nos ofrece la muestra. Si con su primer filme sentó las bases de su radical pesimismo y su desenvuelta escritura, con Le petit soldat (El soldadito, 1960) nos habló de la guerra secreta que se da entre bastidores y paralela a la lucha armada propia de cualquier conflicto bélico, en este caso, la guerra de Argelia. Su tercer trabajo, Une femme est une femme (Una mujer es una mujer, 1961), supuso un homenaje a su musa y esposa la actriz Anna Karina. Con él, en clave de comedia trató el tema de la paternidad y, aunque resultó un sonoro fracaso comercial, el cineasta la definió como una de sus obras predilectas. Vista en el conjunto de su filmografía, refleja una progresión en la estilización de su lenguaje, cada vez más antinaturalista y personal. Por su parte, Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution (Lemmy contra Alphaville, 1965) fue la incursión ambiciosa de Godard en un tema que no dominaba: el futuro de la sociedad tecnológica. Para abordar el tema se sirvió de la mitología proporcionada por el propio cine y la historieta gráfica, con un resultado fallido en el que sus maniqueas divagaciones no pasan de la superficialidad.

De ese mismo año es Pierrot le fou (Pierrot el loco) con el que cierra un ciclo caracterizado por su visión individualista y pesimista de la realidad. Sin embargo, la película supone una suerte de retorno a su primer filme, con el que tiene un paralelismo manifiesto. Las dos hablan de la dificultad de “ser” y su protagonista es el mismo tipo de personaje -no es casual que ambos estén interpretados por el mismo actor, Jean Paul Belmondo-, aunque en Pierrot suponga una trasposición burguesa del Michel de À bout de Soufflé. Con todo, entre ambos filmes sí se da una evolución formal sustancial, con lo que el segundo aporta desde el uso del color, cuyas tonalidades suaves fraguan en un lenguaje densamente poético.

Con La Chinoise (1967) el cine de Godard deriva decididamente hacia los problemas políticos. En su momento se convirtió en un filme fuertemente polémico, al tocar uno de los temas calientes del movimiento comunista mundial: su conducta ambigua frente al imperialismo norteamericano.

Por lo que respecta a los últimos trabajos, todos suponen una serie de incursiones en temas tan variados como dispersos. De ellos, nos llegan dos, Histoire(s) du cinéma (Historia(s) del cine, 1989/98), una película compuesta por ocho episodios con los que el director elabora su personal reflexión sobre el cine, y Éloge de l’amour (Elogio del amor, 2001) con el que tendremos ocasión de disfrutar de su película más reciente, que con toda probabilidad volverá a sorprendernos a la espera de lograr nuestra reflexión más o menos cómplice.             

 

 

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