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MALDAD E IGNORANCIA

Por Marcial Moreno

La crueldad de los jóvenes protagonistas de "Funny games" no tenía ninguna justificación, era un terror ciego, absolutoEn Funny Games unos individuos se dedicaban a torturar a felices y acomodadas familias. Cuando acababan con una comenzaban con la siguiente. Nada sabíamos de las causas de esa perversión; la crueldad suprema derivaba de que semejante comportamiento no obedecía a motivo alguno, se construía un terror ciego, absoluto.

Este mismo tema se repite en las siguientes películas de Haneke, pero el autor da un giro en el planteamiento y ofrece un discurso sobre los orígenes del terror. En Código desconocido se apuntan razones sociales, étnicas, xenófobas, las cuales, en última instancia hacen asomar la incomunicación y aislamiento de los personajes, y que acabarán estallando como una bomba que alcanza a todo aquello que encuentra en su camino. La magnífica escena del metro con Isabelle Huppert es una prueba de lo que decimos.

¿Qué ocurre con La pianista? No cabe aquí apelar a oscuros recovecos sociales. La locura del padre y la maternidad posesiva parecen una concesión de guión que no agota la complejidad del personaje de Erika. Ésta se mueve en la alta sociedad, tiene una formación exquisita, es capaz de valorar la belleza como nadie, y, sin embargo, puede perpetrar las mayores atrocidades. ¿Es la pianista un ser perverso con lo eran los de Funny Games?

Quizá la escena cumbre de la película sea aquella en la que Erika escucha la actuación de su alumna y huye hacia el guardarropa. El motivo de su huida es doble: por una parte Anna ha sido capaz de superar su miedo merced a la ayuda de Walter, es decir, la calidez humana ha sido capaz de sacar lo mejor de sí. Por otra parte, la interpretación consigue emocionar a la profesora. Esto es algo que ella no sólo no será capaz nunca de reconocer a su alumna, sino que ni siquiera se puede permitir a sí misma. Erika vive exigiendo una belleza en las interpretaciones de sus alumnos que en realidad, teme. Ni la calidez humana ni la capacidad de crear belleza por parte de aquellos que la rodean forman parte de su vida. Es por ello que huye. Pero su huida no es premeditada, es una escapatoria súbita, visceral. Cuando llega a la soledad momificada del guardarropa se siente perdida, pero no por el lugar, sino por su desazón interior. Erika no sabe habitar en el país de los sentimientos, y cuando se ve abocada a entrar en él, renuncia a través de la violencia, los reprime con lo único que los puede aniquilar.

Erika, la profesora de piano, no atenta contra los demás, sino contra sí mismaSu reacción de poner los cristales en el bolsillo de Anna surge casi espontáneamente, la propicia la casualidad del lugar y las circunstancias, y es la manera de recuperar el equilibrio perdido. Erika, en realidad, no atenta contra Anna, sino que está atentando contra sí misma, está castrando la posibilidad del sentimiento, de la amistad, del reconocimiento del otro, de la relación humana. Erika más que maquiavélica es torpe. Su maldad no es otra cosa que ignorancia, incapacidad de bondad. El personaje de Erika ejemplifica muy adecuadamente el intelectualismo moral socrático. La bondad sólo es posible desde la sabiduría, pero tomada ésta desde el punto de vista práctico; bondadoso sólo puede ser aquél que sabe serlo, que se ha ejercitado en ello, que sabe llevar la bondad a la práctica, que posee experiencia, casi artesanal, en este cometido. Y justo eso es lo que falta a Erika. En lo más recóndito de sí ella desearía ser como los demás, añora la palabra de aliento, la aceptación gozosa de la belleza, la relación sincera, y cuando tiene la posibilidad de encontrarlos los afronta desde la soledad y la violencia que pueblan su vida. La pianista, más que perversa, es lastimosa, inútil, incapaz. Su maldad no suscita odio, sino piedad.


 

 

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