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FARENHEIT 451

La película de Truffaut fue todo un aviso... pero treinta años después la realidad ha superado claramente a su ciencia-ficciónEl mundo soñado por Ray Bradbury y convertido en imágenes por François Truffaut en Fahrenheit 451 no “es”, o representa, hoy el mundo del futuro. No, la imagen dominante, muchas veces inútil, está desde hace tiempo entre nosotros. Su presencia, su supremacía, impide a veces el pensar. Lo que no existen son bomberos, como en la obra y película citada, que nos obliguen a quemar todo aquello que sirva para llevar cultura. No hace falta ya que existen otras formas indirectas por las que se obliga a los “visionarios” a cumplir determinadas leyes o formas de conducta. Lo económico, por ejemplo, venga de donde venga, “ordena” lo que debemos hacer. Truffaut en el comienzo de su importante filme dejaba las cosas claras. Allí, los títulos de crédito eran sustituidos por una voz que enumeraba a los principales técnicos e intérpretes de la película. La imagen que se mostraba, en esos momentos, era la de unos tejados repletos de antenas de televisión: ansia, o necesidad apremiante, de mirar.

Pero no deseo aquí hablar de la película del director francés como reflejo-crítico de un mundo cercano, ni siquiera deseo ahora discursear sobre la desinformación a la que estamos sometidos ante la avalancha de imágenes (contradictorias) que nos bombardean sin piedad. Algo aparentemente ilógico, pues deberíamos ser capaces de acceder con mayor facilidad a la información. No es así. Basta con “mirar” lo que recibimos para darnos cuenta de esa enigmática y oscura realidad.

Lo que me interesa destacar, en este momento, del mundo de Fahrenheit es el impresionante despliegue visual que señalizan las imágenes de aquella obra. Un mundo, aquel, que está en el hoy: en cualquier ambiente aparece la “dominación” de las imágenes atrayentes, envolventes. Las paredes, en la película y en la novela, eran una gran pantalla. Los sistemas más sofisticados de imagen y sonido eran utilizados por los habitantes de aquel futuro imperfecto. Un mundo que se identifica con el de aquí. Para bien o para mal las casas, los cines, los sitios de ocio son invadidos por impresionantes imágenes audiovisuales. Y eso que estamos aún en los comienzos de la gran revolución del audiovisual.

Durante el último año el sistema rey del momento (¿definitivo?) ha conseguido extenderse ampliamente. Es el mundo del DVD, que se ha impuesto con el acompañamiento de las grandes pantallas televisivas de formato panorámico. Todo ello se genera como resultado del apogeo de lo digital. El número de títulos editados en DVD en este año ha aumentado en un 92% con respecto al año anterior mientras que las ventas durante el primer semestre del año subieron en un 236%. Al mismo tiempo las ventas de películas en VHS descendió en un 32 %. Muchas películas se lanzan antes en DVD que en VHS, y en caso de editarse al mismo tiempo la cantidad de copias de ambos sistemas es parejo.

Los días del VHS están contados. Pasará igual que cuando el sistema Beta fue prácticamente barrido por el VHS. Un DVD no se queda exclusivamente, además, en un sistema reproductor de películas. Da mucho más juego, como por ejemplo (en varios casos) el poder  coordinarse con el ordenador, la consola de juegos o simplemente convertirse en un reproductor de música. Un aparato, pues, con muchísimas prestaciones.

Por lo que se refiere a la lectura de películas, el DVD tiene muchísimas ventajas con respecto al VHS. Estamos en el campo de lo digital tanto en lo que se refiere a la imagen como al sonido. Bien es verdad que en muchos casos no se saca ni a una, ni a otro la mitad de sus verdaderas prestaciones. Un televisor diminuto, rectangular, un sonido defectuoso no dejan apreciar todo lo que el sistema DVD puede dar de sí. Con cuatro o cinco altavoces, con la obtención de un sonido Dolby (en las “casas” más selectas, podría ponerse en los letreros del CD igual que aparece en los letreros de las películas al proyectarse en sala) tendremos casi, casi el cine en casa.

De todas las maneras, nosotros seguimos prefiriendo ver el cine en una sala. Quizá somos de otra época y, por eso, nos cuesta adaptarnos al concepto de individualidad que se genera con el nuevo sistema casero. Preferimos lo colectivo, lo social, a lo individual, a lo particular. Pero los locales de proyección dejarán de ser, también, lo que hoy son. Y no a muy largo plazo. La película en “celuloide” real, tal como pasa por el proyector en la sala, será muy pronto sustituida por una especie de ordenadores, el cual recibirá, simplemente, la señal que se le envía desde un estudio central y que se puede corresponder con la propia productora. De esa forma miles de salas distribuidas a lo largo y ancho del mundo podrán dar a conocer al mismo tiempo un filme (o como se quiera llamar entonces). Cuando eso ocurra no habrá ningún obstáculo para “saltar” a la proyección casera: el salón de estar o una habitación cualquiera convertidas en una sala de exhibición.

El DVD ha triunfado a escala mundial. Incluso uno de sus “peros” ha sido subsanado: ya existen aparatos grabadores. ¿Qué más se puede pedir? Los DVDs se someten también a la ley de la demanda más inmediata ofreciendo, además de la película, múltiples extras. El precio de venta es aún caro. Un CD no tendría que serlo más que una cinta de VHS. De hecho hay países donde son muy parecidos los precios entre ambos formatos. Hoy, también, va aumentando progresivamente el espacio de alquiler de los CD en las tiendas de vídeo. El mayor obstáculo, siguen siendo, como en el VHS, los diversos sistemas de reproducción: las llamadas zonas. Los lectores con mayor número de prestaciones, y por tanto los más caros, pueden leer los DVDs de cualquier país. De no ser así los CD de Zona 1 (América) no podrán ser leídos en la Zona 2 (Europa) y viceversa.

Lo que no nos gusta de algunos DVD es su discutible sentido del humor. Y es que no podemos entender la razón por la cuál algunos extras se encuentran “escondidos”. Sólo descubriendo la “llave” (el código, el enigmático enigma...) se puede acceder a esa información. Algo que nos suena a tomadura de pelo a formar de perder un tiempo precioso. Quizá lo agradezcan gente ociosa, aficionado a los juegos tipo ordenadores, a los “enganchados” a estos artilugios.... Nosotros nos apeamos de ese tren. No nos interesa. El cine y su mundo es algo muy distinto al que se pretende vender con ese, poco gracioso, jueguecito.

El mundo de la imagen sigue en expansión. El cine con toda su grandeza está invadiendo, para bien y para mal, nuestras casas. No es una historia de ciencia ficción. Sí es, por el contrario, una historia de este tiempo que nos ha tocado vivir.

 

Adolfo Bellido López

(director de EN CADENA DOS).

 

 
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