La ciudad está tranquila
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La ciudad está tranquila

De nuevo Guédiguian, Marsella y el barrio de L’Estaque, pero esta vez el Guédiguian más duro y sombrío haciendo el análisis más lúcido de los problemas que tiene planteados en la sociedad actual la clase obrera: ¿qué se puede hacer en la sociedad actual? ¿Qué esperanzas hay ante el descrédito de los sindicatos, ante la nueva ofensiva de la globalización y el capitalismo dialogante, ante le desplome económico y la reconversión?. Desde luego en esta película no se ven salidas; se trata de un análisis lúcido sin paños calientes. El realizador pone ante nuestros ojos la degradación moral, la violencia, las drogas, la desintegración del empleo, la desactivación ideológica de los trabajadores, la aproximación a la extrema derecha ante el miedo a una sociedad multiracial. Pero también vemos la solidaridad, la compasión, el amor y el esfuerzo humano por salir adelante. Aunque ese salir adelante apenas tenga horizonte porque el entramado social y laboral ha sido barrido por un capitalismo salvaje y silencioso. En esta película está el análisis lúcido y las claves de lo que está sucediendo y apenas si hay margen a la esperanza a que las cosas mejoren; pero tal vez desde el conocimiento lúcido de lo que sucede, de la denuncia, es de donde puede salir la toma de conciencia, la solución. La película anteriormente estrenada: ¡Al ataque! Era su visión más esperanzada, risueña e irónica de una sociedad que puede tener futuro, un futuro basado en la solidaridad de los trabajadores entre ellos mismos.

La película se abre con una panorámica de Marsella; un barrido de 360º con el plano abierto donde la ciudad está tranquila, pero basta con cerrar el plano y aproximarlo a los personajes para que nos demos cuentas de los problemas que acucian a las personas: La película termina con un plano cerrado con toda la fuerza de la frustración de una vida que no pudo ser lo que se soñó ser y con la imposibilidad de huida del espectador, que no puede escapar del plano al que la película lo ha ido introduciendo. La realidad es lo que se cuenta en estos planos cortos, no lo que se ve desde la terraza de la casa de la profesora de música. Frente al voyeurismo de medio pelo de Gran Hermano que potencia la estupidez de una sociedad complacida en sí misma, frente al horror de fuegos de artificio y de grupos que actúan como comparsas en la película Las florres de Harrison, la realidad inapelable de unos personajes a los que conocemos más allá de lo que dicen y con los que sufrimos el día a día. Así, cuando se disparan los tres tiros que hacen blanco en la película, nos quedamos sobrecogidos porque en cierto modo han impactado en nosotros, no podemos quedarnos al margen. Detrás de la aparente casualidad de uno de los disparos hay una provocación y un programa político; otro es una forma mercenaria de actuar y reconducir la toma del poder; el último cierra sobre el personaje todo el peso del mundo.

Asistimos al desarrollo de vidas que se cruzan para confluir al final creando un vasto friso cuyo vórtice es el personaje magistralmente interpretado por Ariane Ascaride. Estas vidas humanas y auténticas de los perdedores encierran en sí mismas todo el dolor, toda la violencia y todo el amor de que es capaz el ser humano. La indignidad que se puede llegar a cometer por amor o porque la vida te ha cortado todas las salidas. El resto de dignidad y de fracaso que anidan en el corazón de un asesino a sueldo, lo salvan del estereotipo. La mirada siempre compleja  y nunca reducionista sobre los personajes, los convierte en personas.

Actuando siempre con su equipo de actores y de técnicos, parece increíble que, aunque conozcamos sus caras, se mimeticen con los nuevos personajes que les toca interpretar y nos hagan olvidar a los anteriores. Guédiguian está creando un mundo en torno a sus relatos de Marsella que podemos percibir como el mundo, porque la sociedad de la que habla reúne todos las características necesarias para que se den en ellas los tipos de personas y los conflictos que tiene planteados la sociedad contemporánea.

Daniel Arenas             

La vie est tranquille

Nacionalidad: Francia 2000. 

Director: Robert Guédiguian. 

Intérpretes: Ariane Ascaride, Veronique Balne, Pierre Bauderet, Frédérique Bonnal, Patrick Bonnel, Jacque Boudet. 

Género: Drama.

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