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EL VALOR DEL CINE (ráfagas reflexivas sobre temas relacionados con la actualidad fílmica)

El oficio como pasión

por Juan de Pablos Pons

 

Hace unas semanas todos nos hemos impresionado con la noticia de la muerte de Stanley Kubrick. Un creador cinematográfico extraordinario con aportaciones maravillosas en la historia del cine. Su irrepetible trayectoria ya ha quedado glosada en esta misma revista con un trabajo muy estimable filmado por Sabín. Sin duda su dedicación al cine puede valorarse como apasionada. Su atención a todos los procesos intervinientes en la creación de una película hasta los mínimos detalles, hace tiempo que fascinó a los críticos y estudiosos de la obra. La originalidad de sus trabajos, basada en un trabajo riguroso de documentación, producción, rodajes, extraordinariamente meticulosos, elección de música y montaje, de tal manera que siempre tenía como resultado el control absoluto de la obra. Y esa situación ha generado aspectos muy curiosos. En un mundo como el actual, caracterizado por explotar bajo la formula nefasta del "remake" todo tipo de film, llama la atención que los trabajos de Stanley Kubrick son prácticamente "irrepetibles". De hecho, la producción reciente de una nueva versión de Lolita el texto de Navokov, en nada se parece al film de Kubrick rodado en 1962. Realmente parece inconcebible volver a rodar nuevas versiones de 2001: una odisea del espacio, La naranja mecánica, Barry Lyndon o Atraco perfecto. Pues bien, todas esas joyas cinematográficas son el resultado de un trabajo y un oficio vivido con pasión. Significativamente, la mayoría de los films realizados por este maravilloso artesano han transmitido frialdad y dureza. La pasión que controla sólidamente la estructura de unas historias con un fulgor metálico y casi siempre inquietante.

 

Efectivamente, cuando un cineasta dotado desarrolla su labor creadora con esa virtud, o vicio según lo queramos ver, que es la pasión por su obra, se hace peculiar y como ocurre en el caso de Kubrick, sin duda original y prácticamente "incopiable". En el mundo cinematográfico español, contamos con un director, discutido, si se quiere, pero atrapado por la pasión: Pedro Almodóvar. Sin embargo, con este creador la pasión cobra otras formas. Su última película es un perfecto ejemplo de su concepción cinematográfica. Hablamos de Todo sobre mi madre. Un trabajo cuyas características hacen que necesariamente hay que variar el juicio sobre él, en función de la perspectiva desde el que se contemple. Una película en la que la pasión se refleja de manera impactante para el espectador. Una pasión colorista y subjetiva. En general la crítica española ha valorado este film desde criterios objetivistas. Se ha escrito que se trata de una película con una factura técnica muy estimable. Se ha loado la técnica de narración de Almodóvar, aunque el cineasta no comparta esta loa ("Técnicamente tengo cierta torpeza. Me ha costado mucho trabajo aprender lo poco que sé del lenguaje cinematográfico"). Su último film se ha considerado un paso adelante en el dominio del melodrama por parte del director manchego. Pero también, de forma generalizada, se ha hablado de final insatisfactorio. Es posible que canónicamente sea así. Pero ese final sujetivista, no aceptable desde el punto de vista de la crítica, es el que Almodóvar ha elegido al inclinarse por un desenlace de telenovela y por tanto muy explícito - la aparición del personaje de Lola en las postrimerías del film-, prescindible según los críticos, y además necesariamente optimista. ¿Es esto un error? Creo que desde un punto apasionado no lo es.

 

La pasión que se desborda en las películas almodovarianas siempre toma cuerpo de mujer. Es una pasión femenina. Las seis mujeres que dan forma a Todo sobre mi madre constituyen en si mismas un mundo representativo de muchas vidas, entendibles y justificables, en su caso de diversa manera. Y hay que reconocer que para un punto de vista masculino (parece que todos los críticos lo son, véase "Qué grande es el cine" el programa de televisión de Garci), puede ser algo complicado.

 

El trabajo de las actrices resulta fundamental para que se den en el film las claves maravillosas subjetivas a las que hemos hecho mención. El resultado logrado por Cecilia Roth, Penélope Cruz, Antonia San Juan, Marisa Paredes, Rosa María Sardá y Candela Peña constituye un mosaico colorista para la vista pero áspero al tacto en el que sus rugosidades y desniveles van siendo perceptibles para el espectador gracias a la maestría de Almodóvar. Este transita de manera admirable entre el desgarro y el dolor inmenso al humor sin aparente dificultad. Otra faceta que añade capas sensibles al film es la selección musical, en la que como es habitual en Almodóvar acierta posiblemente de forma intuitiva. Sobre todo en momentos concretos de la película.

 

En definitiva, dos maneras de entender el cine como una pasión personal. Kubrick y Almodóvar, dos cineastas imposibles de relacionar, sin puntos en común, totalmente distintos, sin ningún aspecto compartido. Y sin embargo válidos ambos para reivindicar la dedicación de una vida a crear películas. Entendiendo el desempeño de un oficio como una pasión.


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