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EL VALOR DEL CINE (ráfagas reflexivas sobre temas relacionados con la actualidad fílmica)

Las tortas que da la vida

por Juan de Pablos Pons

 

El cine es un maravilloso tinglado que nos cuenta historias sin cesar. En muchas ocasiones se sirve de recursos costosos y de procedimientos fáciles e incluso tramposos, basados en hacer espectáculo de lo insólito, lo morboso o lo violento. Sin embargo, en algunas ocasiones, los mimbres utilizados provienen de la propia realidad. Pero de la más cercana, de la que tenemos a nuestro alrededor. En ese caso normalmente son las emociones las que hablan. Esa realidad cotidiana que comparada con la del cine, nos parece tan anodina o insignificante, pues nunca ocurre nada, es tan importante sólo para nosotros porque es la nuestra. Pero sí que ocurren cosas. Así nos lo hace ver Solas, la película de Benito Zambrano, que tan buena acogida ha tenido en el último festival de Berlín.

 

Se trata de una propuesta narrativa elaborada con pocos elementos (pocos personajes, pocos espacios, poca acción), porque lo que trata de presentarnos son los mecanismos por los que esos pocos personajes reaccionan y se desencuentran. Film de matices, contado desde los sentimientos de los personajes, sin alardes técnicos. Historia intimista en la que la vida parece entrar a borbotones. Y ante la que el espectador necesariamente debe hacerse preguntas.

 

La trama es muy sencilla. Una mujer aún joven, María, sin formación, trata de sobrevivir en el sentido integral del término en lo suburbios de una ciudad, digamos Sevilla, amargada por los sucesivos choques a lo largo de su vida, con el padre, con sus amantes, consigo misma. Todo lo cual, vamos conociendo a través de una sabia dosificación por parte de este interesante director nacido en Lebrija (Sevilla) y formado en la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños (Cuba). Esta mujer recibe en su casa durante unos días a su madre, debido a la hospitalización del padre. La difícil relación entre estas dos mujeres durante cuatro días, tan distintas en la forma de entender la vida, pero solidarias en la desdicha que toma forma a través del alcohol o de un embarazo no deseado, sirve de hilo conductor a una historia en la que los matices, los silencios de los personajes y sus miradas hablan por si solos. El papel de la madre interpretado por María Galiana, una profesora de instituto en su vida real, resulta conmovedora, en la creación de una mujer ya mayor, sin formación, que afronta la vida, una terrible vida la suya, con la estoicidad que da la sabiduría de haber vivido a pesar de su falta de referencias para encontrar explicaciones a lo que la vida parece traer de forma inexorable. Personaje que habla con sus silencios, con su mirada de miedo, con sus pequeños gestos. Una España rural, casi animal por su dureza, que divisamos a través del personaje de su marido (interpretado por Paco de Osca). Un ser que resulta casi insoportable, a pesar de tener una presencia mínima en el desarrollo de la historia, por su machismo y su brutalidad verbal; reflejo de lo que nunca debió ser modelo de nada. El contrapunto a esta situación viene dado por la amistad necesariamente sin futuro entre la madre y un vecino de la casa, Carlos Álvarez-Novoa, que compone un personaje entrañable, donde el respecto y el afecto brillan con una luz limpísima. La esperanza que siempre termina haciendo posible la batalla por sobrevivir.

 

En definitiva, una maravillosa película rodada con poco más de cien millones de pesetas y que, a pesar de que ha sido bien recibida por los críticos, me temo que no vaya a ser vista por demasiados espectadores, dado el escaso trabajo de promoción que la apoya.

 

Todo lo contrario de lo que le ocurre a otro film español recientemente estrenado con el título de Muertos de risa, que como todo el mundo sabe ya a estas alturas está dirigido por Alex de la Iglesia. Película de generoso presupuesto, del que una parte significativa ha sido empleado en su promoción. Film diseñado para ser un gran éxito comercial, para lo cual se han utilizado todos los elementos habituales, fundamentalmente el reclamo de unos interpretes de gran popularidad. Tal es el caso de Santiago Segura y el Gran Wyoming. Propuesta bien recibida por público y crítica, que en clave de comedia negra (muy negra) intenta con trazos grueso hablarnos de la España de hace 25 años.

 

A la hora de sacar conclusiones después de ver la proyección de esta película, la verdad es que desde el punto de vista de los mensajes poco queda. Si el director pretende hacernos reflexionar sobre la España que estamos dejando atrás, utilizando los estereotipos que en nuestro imaginario han quedado de lo que la televisión de entonces nos transmitía, parece que debemos hacer dicha reflexión con pocos matices. En todo caso se trata de presentar una realidad que efectivamente era tremenda, burda, cruel -tan cruel como parece hacer reír a base de tortazos- extrapolación válida utilizada por el guión, pero insuficiente en si misma. El trabajo de los actores resulta limitado, Santiago Segura hace el papel de Santiago Segura -el que conocemos en televisión- y el Gran Wyoming hace de tal. Es lo que espera el público, pero no la historia que se nos cuenta. Tan lineal que ni siquiera hay tramas secundarias y por tanto posibilidad de dar perspectiva a la historia que se nos cuenta. De hecho, no hay lugar prácticamente para un desarrollo mínimamente válido de personajes secundarios. En este sentido sólo podemos hablar de "cameos" de algunos actores conocidos. Film en definitiva fallido como transmisor de ideas, análisis de una sociedad, o de puesta en cuestión de valores. Si de lo que se trata es de pasar el rato, los tortazos parece que hacen reír, pero no se trataba de eso


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