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CERCA DEL CIELO (películas estrenadas que son buenas aunque no llegan a la categoría de obras maestras)

 

Abril (Abril) de Nanni Moretti. (Consultar SIN PERDÓN del nº 4 de EN CADENA DOS)

 

Celebrity. Nacionalidad: Norteamericana: 1998. Argumento, guión y dirección: Woody Allen. Intérpretes: Kenneth Branagh, Hank Azaria, Judy Davis, Melanie Griffith, Joe Mategna, Winona Ryder, Leonardo DiCaprio.

 

Vuelve el mejor Woody Allen para mostrarnos las miserias de la sociedad norteamericana con una mirada aún más ácida y pesimista que en films anteriores. Allen disecciona los comportamientos de determinados grupos sociales para mostrarnos su vacío. Esta vez el "leit-motiv" es el culto a la fama de una sociedad que encumbra a los mediocres y posterga a los que realmente serían dignos de ello (premios Nobel, incluidos). Y al mismo tiempo nos muestra la soledad del hombre de su tiempo (seguramente él mismo) que es incapaz de comprender a sus contemporáneos y que cuando intenta comportarse como ellos acaba pidiendo que alguien le ayude (brillante metáfora visual que abre y cierra el film).

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Pero Celebrity también es una reflexión sobre el cine actual norteamericano (después de ver este film es difícil volver a comer palomitas de maíz viendo una película) y sobre sus estereotipos. Pues también desde el punto de vista formal esta película constituye una autentica lección para Hollywood: Allen huye del socorrido plano-contraplano para reflexionar, como el cine clásico americano ya lo hizo en su momento, sobre lo que se muestra y lo que sugiere, utilizando de una forma magistral el campo y el fuera de campo. Parece, pues, que el hecho de no ponerse delante de la cámara le ha servido para centrarse más en la dirección y confirmar así que sigue siendo uno de los pocos cineastas norteamericanos que es capaz de desarrollar y llevar al límite el gran cine de otros tiempos. CINE. TV. SOCIEDAD ACTUAL. Ángel Esparcia

 

 

Dioses y monstruos (Gods and monsters). Nacionalidad: USA, 1998. Guión y dirección: Bill Condon. Argumento: la novela de Chistopher Bram. Intérpretes: Ian McKellen, Brendan Fraser, Lynn Redgrave

 

En un tiempo en el que el cine que nos llega es cada vez más previsible, las tramas más monótonas y los personajes mas arquetípicos, en un tiempo como el nuestro, en el que lo artístico se confunde con la amanerado y lo sensible con lo lacrimógeno, en el que la calidad se malbarata en la compra de cuatro despreciables galardones, en una época en la que la cultura es de saldo y la inteligencia se ignora, en tiempos como éste, sorprende y reconforta encontrar películas en las que un puñado de supervivientes nos recuerdan la brillantez de otros tiempos, de otras ilusiones, de otras esperanzas.

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Dioses y monstruos es la narración de los últimos días de la vida de James Whale, el creador cinematográfico de Frankenstein o El hombre invisible entre otros inolvidables títulos. Recluido en su mansión, enfermo, al cuidado de su vieja criada, Whale establecerá una última e intensa relación con su joven jardinero, a través del cual revisará su vida, sus esperanzas frustradas, hasta el momento en que acaba suicidándose en la piscina de su casa.

 

Bajo esta estructura argumental se esconde la historia de un fracaso, el fracaso de la creación: siguiendo en muchos momentos el esquema de Frankenstein (el creador loco, la tormenta), asistimos al último intento de Whale por construir una obra propia, una obra de la que enorgullecerse. Al final, como en tantas otras ocasiones, fracasará, como fracasó en la que creyó podría ser su obra maestra y le destrozaron, como fracasa en su pintura, mera copia de grandes obras, o como fracasa en su intento de dibujar al jardinero. El suicidio se convierte en la única salida tras el reconocimiento de su incapacidad. Sin embargo este fracaso enmascara un triunfo más profundo, el que le convierte en el creador de uno de los iconos del siglo XX, el monstruo del que tantas veces reniega a favor de otras obras suyas (Magnolia, El hombre invisible). Y triunfa, en fin, en la construcción de una persona, ese jardinero tosco y elemental, inservible para casarse, quien en una bella escena final, ya acomodado padre y esposo, rinde testimonio de gratitud a su creador.

 

Podríamos hablar de muchas cosas más: del espléndido trabajo de los actores, con un soberbio Ian McKellen y unos dignísimos Brendan Fraser y Lynn Redgrave, del magnífico ritmo de la película, donde todas y cada una de las escenas tienen su funcionalidad y contribuyen a que la acción avance; de la complejidad de unos personajes que se construyen y evolucionan a lo largo del relato, sin que ello altere en ningún momento la coherencia del conjunto, o podríamos hablar del dominio que posee el director de los elementos narrativos, sea el cuadro de Cézanne, sea la presencia del jardinero al inicio de la película, con esos breves primerísimos planos en los que nos indica el desarrollo posterior de la trama.

 

Y al acabar, con un sabor agridulce, no sabemos si nos ha emocionado más el recuerdo de aquel cine que tanto amamos o la brillante reconstrucción de nuestra nostalgia. Quizás ambas cosas sean una sola. CREACIÓN. HOMOXESUALISMO. CINE. Marcial Moreno.

 

 

En el corazón de la mentira (Au coeur du mensonge). Nacionalidad: Francesa, 1998. Dirección: Claude Chabrol. Argumento y guión: Claude Chabrol y Odile Barski. Intérpretes: Sandrine Bonnaire, Jacques Gamblin, Valeria Bruni Tedeschi.

 

Un Chabrol en estado puro. Frente a la decepción de su anterior obra, No va más, evidentemente menor, nos encontramos ahora, frente a una lúcida y penetrante disección de la sociedad, con una de sus grandes películas. Sin discursos, simplemente a través de unas imágenes donde las miradas, las palabras, los gestos adquieren todo el significado, nos comunica todo un universo complejo, en el que la sugerencia está presente a lo largo y ancho de este viaje hacia el interior de la mentira humana.

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Vivimos en época de desorientación en todos los sentidos. Por eso no sería extraño que el Chabrol de esta extraordinaria película sea negado por muchos espectadores y críticos. Simplemente, por eso, porque el film sugiere y no discursea. Observa minuciosamente con una cámara inquisitiva a unos personajes, tratando de adentrarnos en ellos, de entenderles. Seres que son parte integrante de un entorno, de este en el que vivimos. Su dualidad, su lucha y su entrega, la esperanza y desesperanza de sus vidas se muestran al desnudo, sin coartadas que puedan servir de agarradero a los cómodos espectadores. Un peligro para el triunfo, en el momento actual, en un cine dominado por las palabras huecas pero "sonoras", por alargamientos en el metraje con el único fin de insistir en lo ya dicho, por una sensiblería tan infantil como precisa. Es la manera de conectar con un público capaz de ser engañado con la manipulación más ostentosa.

 

Quizás lo último se debe a lo que ha pasado con otros films tan escasamente pontificales pero tan claramente sugerentes como el Chabrol. Es, por ejemplo, el caso de La hija de un soldado nunca llora de Ivory, uno de los mejores films (con mucho el mejor de los últimos) del director británico y quizás el más sensible rodado por él. Estuvo una semana en un cine de estreno. Algunos que se consideran "progres" (y que para remate prodigan elogios a la blandengue e inútil La vida es bella) la atacaron probablemente en función de su aparente defensa de la familia, olvidando que se narraba una historia en función de un determinado (y apenas perceptible) punto de vista... ¡Cuantas veces se olvida ese punto tan esencial dentro del relato filmico! En el último Chabrol y en el último Ivory (aunque sean diametralmente opuestas, tanto temáticamente como en la forma de aproximarse a sus personajes) late la vida, el ser humano, con su amor y su odio, sus contracciones, sus alegrías y tristezas.

 

Al igual que en los mejores títulos de Chabrol (y muy en la línea de Hitchcock, incluso aquí en la utilización de un falso MacGuffin) asistimos a una sucesión de mentiras, que hacen posible, al tiempo que la inutilizan, la vida de todos cuantos pueblan el film. Una vida y una localidad en la que aparentemente todo funciona dentro de la normalidad y en la que los seres también aparentemente se respetan, se sienten cómodos, ayudan a sus vecinos. Pero incluso la propia naturaleza, no parece sino esconder una cruda realidad donde cada ser se siente encerrado, dentro de su más desconsoladora desazón, o del egoísmo más absoluto. Ilusiones transitorias, o ni siquiera eso, de personas condenadas al fracaso, donde el triunfo o la momentánea alegría no es más que una ilusión u otra mentira más tras la que se esconde la mediocridad, el vacío, la negación total. Un matrimonio gris desde sus propios inicios, un ser "engreído", aparentemente brillante realmente más que vacío que la peor de las existencias siempre vendiéndose al (o siendo comprado por él) mejor postor son los centros sobre los que se sustenta el film. Un personaje, ese último, que no es sino la mentirosa gloria nacional de una sociedad que necesita reflejarse en alguien que tiene riqueza, poder o que es "soberano" y digno -alguién, en una palabra- simplemente por salir en televisión. La televisión, su importancia, es capital en el film. Sólo parece ser verdad lo que ella muestra. He ahí la importancia, el casi protagonismo, del aparato a lo largo de todo el film, incluso como "provocadora" de algunas reacciones o (des) conocimientos.

 

La angustia del hombre-pintor, la callada resignación desesperado de su mujer no son condenadas por Chabrol. Sus peores andanadas van contra el "payaso" (así es denominado por el forense en la sala donde yace muerto) y engreído falso intelectual. Un ser sin piedad capaz de las mayores felonías (encerrado en su falsa felicidad, tan fracasado y angustiado como el resto) por alcanzar la "fama". El director le define, como a todos y todo, simplemente por una serie de detalles, dados como de pasada: su impotencia, su falta de honradez profesional (un charlatán escribiendo para cualquiera que se lo proponga independiente de las siglas políticas que pueda haber detrás), su fácil e inútil verborrea poniendo en su boca (como propias) citas de gente famosa.

 

Algunos "críticos" se han ensañado con la "poca claridad o definición" de algunos personajes, que resultan necesarios para la resolución (lo menos importante del film) de la trama como por ejemplo la mujer policía, el quisquilloso matrimonio, o el joven que descubre tanto el cadáver de la niña violada como... al asesino. Su importancia está en función del entorno de la acción, son personajes que están ahora, o que viven en el lugar, soportando una existencia gris y monótona. Ellos, como el resto, parecen hacer verdad ese dicho que se repite en el film: estar en el sitio equivocado en el momento preciso. Seres que entran y salen de la narración formando parte de ella, siendo un elemento más del análisis de un lugar, una sociedad y un determinado momento.

 

A Chabrol no le interesa (n) el (los) crimen (es) sino el estudio de unos personajes, las relaciones entre ellos, el tratar de adentrarnos en su interior, conocerles, saber de su ayer (y de su mañana) a través de su hoy. Una mano que se mueve por una pared. unas miradas en un teatro (¡que economía de medios!), un ataque de rabia sobre un cuadro que no sale, una policía que observa a su hija, el forense que juega con la muerte, la propia cojera del pintor... son instantes espléndidos de un enorme film. Unos hermosos planos finales hacen olvidar tanto los dos finales "resolutivos" de los casos como el "juego" simbólico de la mujer con el nombre de su marido.

 

Gran lección de cine. Una película casi, casi perfecta, una de las obras más completas de ese gran diseccionador de personajes que es Chabrol. La muerte de la burguesía, su canto de cisne, la mentira como norma de vida. Un gran moralista mostrando todo ello sin sonoros discursos en una gran (y cruel) película. MEDIOS DE COMUNICACIÓN. SOCIEDAD ACTUAL. LA BURGUESÍA. Adolfo Bellido

 

 

Solas. Nacionalidad: Española, 1999. Argumento, guión y dirección: Benito Zambrano. Intérpretes: María Galiana, Ana Fernández, Carlos Álvarez, Antonio Dechent y Paco de Osca.

 

Hacía tiempo que los cinéfilos no recibíamos un regalo como este, y es que son cada vez menos las ocasiones en que productos cinematográficos de esta honestidad llegan a las pantallas. Cuando lo hacen, como es el caso, dejan al espectador con la sonrisa en los labios y el convencimiento añadido de que si hay talento y una buena historia que contar no son imprescindibles los grandes presupuestos para que una película salga a flote.

 

Eso es precisamente lo que sucede con la "opera prima" de Benito Zambrano que, pese a la austeridad de medios de la que hace gala, pone en pie un relato sólido que va adueñándose del espectador según progresa la trama y lo guía subyugado hasta el final, a fuerza de coherencia, compromiso con la realidad de la que habla y buen hacer actoral.

 

La propia historia es tan sencilla y complicada como la vida misma, como el fragmento de realidad que parece querer atrapar entre sus imágenes. Situando a sus personajes en un pequeño universo de miseria y soledad, donde la pobreza es la compañera de viaje con la que hay que contar y aprender a sobrevivir, dibuja el panorama de las pobres gentes, aquellas que viviendo en los márgenes de nuestra opulenta sociedad encuentran pocos huecos por los que asomarse a las pantallas, más preocupadas por exhibir historias complacientes donde, como mucho, la miseria se ofrece como espectáculo, alejada de su callada y real cotidianeidad.

 

El relato se fragua sobre un triángulo de personajes principales admirablemente conjugados. Dos mujeres, madre e hija, y un anciano vecino permitirán al realizador contraponer las diferentes actitudes con las que se puede afrontar la existencia y sus problemas. Por medio de ellos y de otros tantos personajes secundarios se ejercita una reflexión en torno a las relaciones humanas definidas por el egoísmo o la generosidad de los sujetos que las articulan. Al final la historia se cierra con una suerte de epílogo, que casi resulta innecesario, con el que se restituye la armonía que parecía irremediablemente perdida.

 

Con estas bazas la película se sostiene firmemente, sin acusar las limitaciones del presupuesto, que no obstante quedan evidenciadas en la simplicidad del acabado formal donde ningún alarde tiene cabida. Y es que la brillantez del envoltorio es totalmente prescindible cuando la densidad del contenido cubre con holgura los límites que se marca el relato. Una densidad que resultaría inconcebible sin la espesura dramática que le aporta la riqueza de registros interpretativos exhibida por sus actores protagonistas -esencialmente María Galiana y Carlos Álvarez- que haciendo suya la historia la transforman en un arma contundente con la que sacudir la sensibilidad de los espectadores. RELACIONES FAMILIARES. SOCIEDAD ACTUAL. LA MUJER.- Antonia del Rey Reguillo


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