Basilio Martín Patino: Doctor Honoris Causa

  24 Enero 2008

PALIMPSESTO SALMANTINO 

(Crónica del día de gracia 28 de noviembre de 2007, en el que Basilio Martín Patino, de profesión cineasta, fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Salamanca)

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  Patino: cada imagen suya está llena de significados ocultos.

1.- Encuentro con Basilio Martín Patino
Escribe Daniela T. Montoya

En una fría mañana de noviembre, la ciudad del saber y el arte abrió las puertas de su universidad para nombrar Doctor Honoris Causa al cineasta Basilio Martín Patino. Con esta distinción, por fin su tierra rindió un orgulloso homenaje a uno de sus ciudadanos más representativos. Personalidad rebelde e insobornable, su inmersión en la realización cinematográfica, con Nueve cartas a Berta (1965), supuso el pistoletazo de salida a la  renovación estética que impulsaría el llamado nuevo cine español.

patino-1.jpgSalamanca, ciudad pequeña en que todos se conocen, los amigos, compañeros y familiares del homenajeado no faltan a la cita. Rápidamente se forman corrillos en el reducido espacio del Paraninfo de la Universidad. Entre las pieles y los chaquetones rezuma un aire de satisfacción y cierto regusto de venganza. El público recuerda la férrea oposición que ha sufrido este cineasta en su ciudad. Muy especialmente, el linchamiento social que, ante el estreno en el 2002 de su última película, Octavia (2002), promovió el aún hoy alcalde de Salamanca, mentor del proyecto, y gran parte de la prensa salmantina, que hoy se verá obligada a rendir sus armas al día exultante que vivirá el realizador salmantino. La inquietud que destila el ambiente evita que el público tome asiento. Finalmente, las campanas de la catedral, tocando las 12 horas, marcan la entrada, al Paraninfo, de los doctores.

Los chirimías, acompañados de los heraldos y maceros, precedieron el cortejo hasta ubicarse al fondo de la sala, tras el público. Sobre el estrado, se iban situando, a la derecha, los doctores revestidos con el traje académico; tras la mesa central, el rector y los vicerrectores; y a la izquierda, luciendo sus mejores galas, las autoridades civiles, militares y religiosas de la ciudad y la comunidad. Todos dispuestos de forma tal que sus miradas confluían en el punto central de la palestra, donde se hallaba el maestro de ceremonias. Éste, dando dos golpes con su cetro en el suelo, indicó el inicio de la presentación. Las chirimías cesaron y el público se sentó. Aún faltaba por llegar el homenajeado.

Los periodistas y fotógrafos se agolparon frente a la puerta lateral. A trompicones, abrieron paso a la madrina Begoña Gutiérrez San Miguel, quien entraba acompañando al graduado. Éste quedó sentado junto a la grada más baja de acceso al estrado. Entonces, fue el momento para que discurrieran las justificaciones y los elogios.

patino-2.jpgEl Rector, José Ramón Alonso, quiso agradecer la inestimable aportación de Basilio para los salmantinos responsabilizándole de ser quien “ha abierto una enorme ventana, la de la gran pantalla. Y hemos mirado hacia fuera. Y nos hemos mirado hacia dentro. Nos hemos conocido mejor”. Por su parte, la madrina incidió en la significación de la figura del cineasta para la cinematografía española. Inconformista y autodidacta, Basilio, dijo, tuvo el valor de “comenzar a hacer cine en un momento en el que estaba proscrito y congelado en España y en el que, además, no llegaba nada del exterior”. Justo es, pues, que se le conceda ahora el grado de Doctor.

Madrina y graduado, de pie en medio del estrado, proceden al acto de investidura. Los flashes, desde la distancia, se abalanzan sobre el ceremonioso ritual. Finalizada la imposición de insignias, el coro celebra la acogida del nuevo Doctor mientas éste recibe los cálidos abrazos del Rector y demás doctores. En este momento la ceremonia dejó a un lado el estricto protocolo para permitir que el homenajeado articulara su discurso de agradecimiento con su propio lenguaje, el audiovisual. Para ello, Basilio concentró escenas de sus películas más vinculadas a su ciudad para reformular una nueva composición audiovisual denominada Palimpsesto salmantino.

patino-3.jpgRevisionando fragmentos de Caudillo (1974), Nueve cartas a Berta, Los paraísos perdidos (1985) y Octavia (2002), Basilio nos imbuyó en un viaje temporal. Entrelazados los momentos históricos con las vivencias personales, a través del Palimpsesto salmantino revivimos la llegada de la Guerra Civil a Salamanca, que coincidió con la niñez de Basilio; la represión que caracterizó el franquismo marcó su adolescencia, hasta impulsarle a probar suerte fuera de la provincia; y finalmente el retorno, donde un sabor agridulce de recogimiento y desarraigo hacen referencia al conflicto que despertó su retorno a su tierra. Tres instantes de gran significado histórico correlacionados con momentos determinantes de sus experiencias vitales. Entre medias, ácidos interludios orales desde el púlpito comentaban la mirada al pasado que hacíamos a través de las imágenes.

La proyección de este palimpsesto histórico, sobre las paredes del paraninfo, provocaba que algunas autoridades se removiesen con hastío. A la vez, embargaba de emoción a quienes reconocían su pasado. Y es que el público, como ya dijimos compuesto en su mayoría por amigos y compañeros, permaneció emocionado a las casi dos horas que duró el acto. Las palabras y las imágenes que articulaba el enjuto director aplacaron las gélidas temperaturas y la rudeza de los bancos. Incluso el propio Basilio, presa del nerviosismo, trastabillaba en su lectura al olvidarse ponerse las gafas. Y es que para él, este acto público transcendía el mero nombramiento de honoris causa. Era una ocasión para agradecer todo lo que la ciudad le ha aportado, como también el momento para aguijonear las conciencias provincianas, reacias a abrirse a la libertad y la comprensión.

patino-4.jpgEl realizador salmantino inició su discurso recordando aquellos años de su juventud en que constituyó el cine-club universitario, un espacio abierto a la reflexión.

Aquí, en la Universidad, se celebraron las Primeras (y únicas) Conversaciones Cinematográficas Nacionales y en el Paraninfo donde estamos se realizaron, en aquel marco, por primera vez proyecciones cinematográficas (Muerte de un ciclista de Bardem, por ejemplo). Y hoy aquí, muchos años después, vuelve a tener lugar (y otra vez de manos de Patino) una proyección. Pero a diferencia de la de hace años, hoy ya no hay que quitar el busto de Franco que impedían en aquel lejano 1955, las proyecciones. “Hoy vuelvo aquí, algo más experimentado, pero igualmente libre”, afirmó el cineasta. “De nuevo he regresado, si es que de verdad me he marchado alguna vez. Estoy aquí como siempre, con películas incluso propias, con aquella misma pasión de amor-odio que nos une con lo que más se quiere. Querer es tratar de comprender sinceramente y comprender implica también la libertad de poder disentir”.

2.- Confesiones salmanticenses
Escribe Adolfo Bellido López

Patino ha vuelto a hablar públicamente en Salamanca. Se ha cumplido el sueño del protagonista de Octavia: utilizar como púlpito el aula magna (el Paraninfo) de su Universidad. Hoy se ha vuelto a recordar el momento en que tuvo lugar la inicial “toma” cinematográfica del lugar por “orden” de Patino: año 1955 con motivo de la celebración de las Conversaciones Cinematográficas Nacionales. Unas conversaciones que “bendijo” el Rector de entonces, Antonio Tovar, y cuya celebración tantos quebraderos de cabeza le supuso, debido a los ataques de los hombres fuertes del régimen, que las etiquetaron como “rojas”.

adolfo-2.jpgPero aquellos tiempos han pasado. Ahora ha muerto el dictador y algo parecido a una democracia monárquica parece alentar a este país sufridor de su Historia. No obstante, aún hoy el horizonte parece nublarse: los nubarrones de poder de una derecha prepotente desean aplastar como una apisonadora todo lo que suena a progre. De ello sabe mucho Basilio y esta Salamanca, que en estos días se alza en voces contra su alcalde pepero, vocinero mayor de las manifestaciones contra el Gobierno Central y psoeista, organizadas como quien dice anteayer, por asuntos de tan escaso interés para la ciudadanía como el que se refiere a la entrega a sus “dueños” (al menos a unos pocos) de los “papeles” existentes (y requisados en tiempos tristes) en el  Archivo General. Para remate, apropiándose de unas palabras de Unamuno, quien preso de rabia e indignación se removerá en su tumba. Pero en el ahora parece que la Historia se ha adelantado a hacer justicia de las injusticias. Igual que ocurre en esta vuelta de Patino a la Universidad.

El realizador de Canciones para después de una guerra, se encuentra feliz recibiendo el merecido Homenaje. Aparece, Basilio, orgulloso en su humilde pose, sereno en su nerviosismo, domesticado en su maravillosa anarquía, veraz en sus juegos engañosos. Tiene sus razones. Celebra hoy el pequeño o gran triunfo del artista, que fue zarandeando, vilipendiado por ciertos salmantinos cuando estrenó, no hace mucho, en su ciudad Octavia. Un filme realizado aparentemente a mayor honor y gloria de la ciudad de las dos catedrales, con motivo del “año de gracia” 2002, en el cual Salamanca pasó a recibir, junto a otras ciudades de “fuera”, el título de Ciudad Europea de la Cultura.

En realidad, Octavia, el último filme realizado por Patino, es un soberbio documento sobre la ciudad salmantina, amansada, encarcelada, sesteante a la sombra de una clase social preponderante en la que el director osa escarbar para encontrar la verdad que esconde: la belleza de Salamanca no se corresponde con la belleza o honestidad de algunos de los que la dominan o habitan. Ahora Patino, enraizado en el púlpito del saber, es capaz de olvidar hasta sus gafas y creerse tan joven como para poder leer sin trabucarse las caóticas páginas impresas, adivinamos, repletas de correcciones.

adolfo-3.jpgSí, hoy, 28 de noviembre de 2007, Patino entra y sale por la puerta grande de la Universidad Salmantina que ha tenido a bien nombrarle Doctor Honoris Causa. Las palabras que pronuncia, hermosas, ponderadas, abiertas a la reflexión, a la duda, y a la búsqueda de sí mismo, quedarán para siempre almacenadas, en susurros, en la Aula Magna, mezclándose con muchas otras que aquí se dijeron, como aquéllas de su querido Unamuno lanzadas en la apertura de curso del trágico y escalofriante 1936, y concluidas proféticamente con el dicho de “venceréis pero no convenceréis”.

Las palabras enunciadas por Patino no son agrias, se dirigen a una nutrida concurrencia en la que no deben faltar algunos sordos (reales, los “malos”, los que prefieren no escuchar verdades como puños, son otros) como demuestra la presencia de una traductora de signos instalada en uno de los laterales del aula. Familiares, amigos, doctores abrigados con sus tocas, algún que otro representante oficial ahogado en sus galas y, por supuesto, el Rector Magnifico y su Junta Rectora, están presentes. Se trata de la actual mandataria de la Universidad, ya que la anterior Junta Rectora, aquélla que votó conceder el rango de Doctor al director salmantino, ha sido barrida por las urnas demócratas no hace mucho tiempo. La Nueva Junta ha decidido con buen criterio hacer honor al honor.

El  Rector actual pronuncia un sentido discurso del que quizá sobra tan sólo una especie de ansia explicativa de tal concesión, que a algunos suena como alegato exculpatorio por la osadía de elevar a tan alto rango a un miembro de la “despreciable” farándula. El Rector está en todo. Y tiene un gesto que le honra: en el banco que ocupará Basilio después de recibir el Grado Honorífico, y a su lado, vestido con sus galas doctorales, sentará al Rector saliente para que sea el primero de los claustrales que abrace al nuevo Doctor.

adolfo-4.jpgPatino, ahora, está impartiendo su clase doctoral. Se ha decidido, así se consensuó con la anterior directiva, que no sea una lección al uso. No, la suya va a ser una lección audiovisual mecida al amparo de sus medidas palabras, que en forma de enlace salpicarán el paso de una parte a otra, “pegando” las tres que posee su Palimpsesto Salmantino. Palimpsesto es lo que siempre ha hecho Basilio y ahora (algo que no es nuevo) nos presenta centrado en su vida y en su Salamanca del alma. Palimpsesto hace referencia a un manuscrito antiguo que conserva huellas de una escritura anterior que ha sido borrada artificialmente. O sea se trata de borrar lo existente para poder poner algo nuevo: recomponer, volver a mirar, unir. Es idéntico a lo que ahora ha hecho De Palma en Redacted y que algunos valoran como la originalidad suprema. Como si De Palma no hubiera borrado siempre lo escrito para escribir lo propio. Y si no que se lo pregunten a Hitchcock. Algo que, por otra parte, también ha hecho en el cine americano Oliver Stone. Y con anterioridad a ellos muchos otras ahí o allá. Algo que, sobre todo y todos, viene haciendo Patino desde hace muchos, muchos años.

Salamanca y su vida están en el tríptico que nos expone, sin duda una referencia a las tablas de pintura antigua. En su cantar a Salamanca, Basilio habla de “ciertas” historias pertenecientes a  la Historia de esta ciudad. Se pasa de la República al duro franquismo, se descansa en un cansino socialismo para acabar, por el momento, en los brazos desesperados y amenazadores de una voraz derecha. Pero la Historia y las historias siguen abiertas, con sus cicatrices y su aroma, su sonrisa y su dolor.

En una Salamanca recién despertada, acudimos al encuentro del amigo Basilio. Hemos venido desde Valencia para estar junto a él en uno de los actos (y desagravios) más entrañables que la ciudad, bueno que su Universidad, ha podido regalarle. La Universidad tenía que pagar la deuda que había contraído con él hace años, cuando llevara el cine a las aulas del Saber.

adolfo-5.jpgEse día, a finales de noviembre, nos unimos a mucha gente conocida (y desconocida) para admirar y rendir tributo al maestro cinematográfico. Al Paraninfo acudo con mi mujer Elvira y con nuestra “encadenada” redactora Daniela (llegada ex profeso del festival de Gijón, quiso recabar unas horas, camino de la lejana ciudad que ahora la alberga). Antes he mostrado algo de “mi” Salamanca a Daniela. Al igual que Patino, amo y detesto la ciudad en la que nací y en la que viví prácticamente durante los primeros veintisiete años de mi vida.

Ya en el Paraninfo de la Universidad saludamos a varios conocidos de siempre. Allá está Nacho Francia, el gran amigo de Basilio, nacido como él en la población salmantina de Lumbrales. También están los hermanos de Patino, su mujer Pilar, resplandeciente de lógico orgullo, y, en fin, su ilusionada hija, Teresa, a la que dediqué el libro que escribí hace unos años sobre el cine de Basilio. En la dedicatoria decía “para que te asomes como a una ventana, desde tu paraíso nunca perdido, a la obra de un hombre que ama la libertad, tu padre, Basilio Martín Patino”. En fin, allí también están excelentes amigos de mi mujer y míos, como los entrañables compañeros de fatigas de universidad de nuestros años mozos, y hoy docentes en ella, Julio González Urones y Pilar Basabe. Todos estamos esa mañana en el Paraninfo para arropar, acompañar, oír y seguir nuestras vidas y nuestra ciudad dirigidos por la senda de la memoria de Basilio.

Sus palabras lo enuncian de forma clara: “probablemente fui uno de aquellos muchachos que desfilaron de uno o de otro lado, sin saber muy bien lo que hacía y por qué lo hacía”. Se refería a los niños que desfilan en la primera parte del Palimpsesto Salmantino. Algunas imágenes no han sido utilizadas hasta ahora, otras proceden de Caudillo. Niños de la República, Pelayos o Flechas que marchan uniformados, en ordenadas filas por algunas calles salmantinas. Son recuerdos de su niñez repleta de unas esperanzas que fueron cortadas de raíz por una guerra incivil.

adolfo-6.jpgComo no podía ser menos, las imágenes aparecen trastocadas, juguetonamente alteradas por colores y formas, elementos y objetos (un avión, una mariposa...) que salen y entran en las imágenes. Se presentan los fotogramas embadurnados de azules y de rojos: un niño enarbola una bandera coloreada, el féretro de Unamuno aparece enrojecido... Silencios y palabras, dolor y crueldad. Es la visión de una Salamanca vestida con un traje de Apocalipsis guerrera la que centra esta primera parte del manifiesto de Patino y que naturalmente abre y cierra su niñez. Documento de una época, de una historia, de unos edificios que poblaron una etapa de la vida, y que en parte han desaparecido (como el Gran Hotel) engullidos por el furor inmobiliario.

Nueve cartas a Berta, acunada en parte por la voz en off de Los paraísos perdidos, se resume en la segunda parte del documento audiovisual. Refiere breves e intensas partes de una juventud perdida, dolorida. Se presentan dudas, vacilaciones, renuncias en una lucha continua contra la desesperanza. Es la visión de una Salamanca parada en el tiempo por la que Lorenzo, el protagonista, deambula soñando con una Berta que será faro, referente, guía, y también, ¿por qué no?, amante y madre abierta a los tiempos y no encerrada en una casa donde la realidad se va encogiendo al igual que la abuela siempre presente y ausente. Basilio ha dotado, ahora, de un cierto color a las imágenes seleccionadas, primitivamente en blanco y negro, que ahora se remontan a mayor gloria de esa mítica Berta omnisciente, real e idealísticamente soñada.

Familia, Iglesia, estamentos oficiales de un régimen cuyo fin no se sabe cuando llegará, se hacen visibles en la presencia de todos cuantos le rodean, acechantes inmisericordes del joven estudiante. Se exige a Lorenzo un compromiso con la vetusta ciudad de siempre, tan rota y temerosa, pero aún emergente. Algo que la tercera parte del audiovisual pondrá en entredicho. En  esa parte, correspondiente a Octavia,  Salamanca, como se muestra en uno de sus mejores momentos del filme, no es más que una ciudad sumergida, bajo el agua.

adolfo-7.jpgLorenzo ha vuelto a su Salamanca, aunque en realidad nunca se fue. Las palabras de Patino refuerzan el discurso que vamos a ver-escuchar. Dice: “De nuevo he regresado, si es que de verdad me he marchado alguna vez. Estoy aquí como siempre, con películas incluso propias, con aquella misma pasión de amor-odio que nos une con lo que más se quiere”. Y Lorenzo reviene a la ciudad convertido en Rodrigo Maldonado, un apellido que quiere decir mucho en el hacer de esta ciudad. Un ser ahora adulto, que retorna a la Salamanca de la que escapó hace años. Su vida está llena de misterio en un viaje por distintos oficios, venturas y desventuras. Rodrigo es Patino y también la ficción alargada de las películas de Patino, de sus seres vivos convertidos en imaginarios.

El último acto de su tesis doctoral sobre Salamanca se refleja en Octavia, que ahora ha lavado el color de las primitivas imágenes. El resumen de la última historia contada por Basilio, pero no definitivamente cerrada, opta por el blanco y negro. No puede haber color, como había en el original de la película, en una ciudad que se encuentra parada en el tiempo, que esconde tras su belleza la miseria humana, los ecos de un pasado no tan lejano, el respirar de una determinada clase que se niega a deponer su dominio. La Salamanca de Octavia es una Salamanca que se niega a vivir, que riza el rizo en busca de su identidad perdida. La catedral, a la que ahora se puede subir a sus torres y recorrer su “cintura” para “tocar” sus tejados, mientras se mira a lo lejos, sirve de refugio a unos drogadictos. Fue cansado, agotador, me contó mi hijo Adolfo, asistente de dirección en ese filme, la ascensión con la cámara al hombro por las estrechas escaleras de las torres catedralicias. Tan cansado como volver al silencio de Salamanca.

adolfo-8.jpgOctavia, en su cierre tríptico, es el espacio más largo de este montaje. Aquí, en forma de claves, a veces difíciles de captar, se nos pone delante de los ojos al cineasta adulto, perdido y encontrado en el fragor de tantas batallas ideológicas como ha sostenido. Basilio-Rodrigo se plantea quedarse en su ciudad o volver a la carretera de la vida en un vagabundeo constante, como un apátrida, sin sitio en el descansar. Sin tierra, sin ser de ningún sitio, busca reencontrarse mirando el futuro, que quizá sea mejor que aquel pasado que, desgraciadamente, no se puede borrar del pensamiento. En el tiempo del mañana existirán otras personas que quizá encuentren la salvación en el trono heredado. No es casual que las últimas imágenes de la lección salmanticense de Basilio, tengan como centro la figura de su hija, Teresa: esperanza sin duda en un futuro distinto, donde la libertad sea realmente algo más que una palabra hueca o soñada. Y es que el cine de Patino, al igual que él, trata de encontrar y asentarse en la libertad. Por algo, el libro que sobre él escribí lo titule Basilio Martín Patino, un soplo de libertad (Filmoteca de la Generalitat Valenciana, 1996).

Patino, con la serena ironía reflejada en su rostro, con el arrastrar de su hablar cansino y cálido con el que desgranó su discurso, redondeó la faena implícita a lo largo de más de hora y media. Nunca tal catarata de ideas sobre el propio ser y sobre la propia ciudad había alimentado las ansias de saber de tan sacrosanto recinto universitario.

Basilio mira como un niño travieso al público asistente; parece querer entrar en cada uno de nosotros para repensar nuestros pensamientos y así saber la verdad de lo que hemos sentido al acuno de sus palabras y de sus imágenes. Sonríe desde su interior, como ocultando la última trastada. Es el día de su triunfo en Salamanca. Ha vencido a sus opositores, a aquéllos que piensan que es un traidor a su ciudad por decir de ella verdades a espuertas. Patino no se esconde, no rehuye el combate. Desde la atalaya conquistada, otea el horizonte y deviene en cronista de una historia que es la Historia, de una ciudad, espejo de la de otras muchas ciudades españolas.

adolfo-9.jpgPatino se sabe hoy querido, es el rey del día, pero también se ve como un súbdito que se considera incapaz de ostentar el rango que se le impone. Desde su modestia, mira inmodestamente a unos y a otros. Su discurso ha terminado. Hemos asistido desde las primeras filas del Paraninfo a una inolvidable lección. Hemos ocupado las filas reservadas a los amigos y familiares del nuevo Doctor salmanticense. Al día siguiente, en los periódicos locales, aparecemos casi en primer plano en una de las numerosas fotografías tomadas por los periodistas in situ. El pie de foto explica que tal grupo es el de los familiares más cercanos del director. Y es verdad, porque cuando me siento con él, en el frescor veraniego del jardín de su casa salmantina (la misma que ocupan los familiares de Rodrigo en y en la que luego se instalará el propio Rodrigo con su mujer y su hija) o cuando cenamos en un restaurante madrileño, en mis viajes a la ciudad del Manzanares, al que al fin arribamos, escogido de entre la decena de los que pueblan las viejas calles por las que aún resuenan los pasos de los Austrias o los Borbones o, en definitiva, cuando como un neófito me enfrento a las imágenes magnetizantes de sus películas, me siento como uno de sus familiares más cercanos, aquél que parece conocer desde siempre al maestro de las imágenes pensantes, pero del que en realidad ignora casi todo.

Termina el acto. Salen los claustrales, se revuelven los doctores en sus galas, las autoridades civiles y militares, silenciosas, se enderezan o desperezan en sus asientos. Nosotros también salimos al esplendor del claustro. Un ligero gesto de reconocimiento lleva al saludo a algún conocido perdido entre la multitud como a Eva, Esther, Hipola, Casanova, Pérez Millán... Conocidos de ayer, entroncados en mis recuerdos de la cimbreante ciudad. Pero compruebo que ya desconozco muchas otras caras. Son personas de Salamanca que no forman parte de “mi” ciudad. Aquélla a la que, al igual que Patino, vuelvo de vez en cuando. A veces me siento, como le ocurre a él, un apátrida. Mi vida es un recorrido real y mental en la busca de mí mismo, por el que trato de llegar a un determinado lugar (mental) para encontrar algo tan simple y complejo como la razón de la existencia. La Salamanca heredada de Unamuno nos ha convertido a muchos en seres dubitativos, complejos, que nos movemos entre unos y otros amores, deambulando siempre por caminos poco transitados y nunca quietos, siempre en movimiento.

adolfo-1.jpgHemos esperado para dar un abrazo a Basilio. Mío y en recuerdo de otros que no han podido estar presentes y que desean lo haga extensivo en su nombre. Así me lo han dicho, entre otros, Hernández Marcos, Carlos Losada, José Luis Martínez Montalbán, Rafael Utrera... “¡Has venido!”, dice Basilio. “Cómo iba a faltar”, le contesto. Y nos fundimos en un nuevo abrazo. Elvira, que sonríe al vernos tan aparentemente iguales y en realidad tan distintos, nos hace fotos. Basilio, despertando de su eterno despiste, se percata de su presencia. “Si tú también has venido...”, le dice. Mi mujer, mientras asiente divertida, vuelve a sonreír. Y ambos se abrazan. Como testigos de este aparte nuestro se encuentran Pilar, Daniela, Julio...

Ahora, en la parta alta del claustro se ofrece mazapán y vino y alguna otra vianda a los desmayados seguidores del acto. Y es que es tarde: hace minutos que el reloj de la catedral ha descolgado sus dos campanadas de la tarde. Nos despedimos hasta pronto, en que volveremos a seguir nuestra charla quizá en Madrid o, más difícil, en Salamanca.

Después irá cayendo el día. Elvira, entusiasta amante de su Salamanca, que siente como por momentos se la roban ante tanta tropelía urbanística, quiere en la tarde-noche realizar una nueva vuelta por el querido barrio antiguo de la ciudad. Mañana saldremos rumbo a Madrid, donde descansaremos en casa de nuestros hijos, para volver al día siguiente a la que desde hace años es ahora nuestra ciudad, Valencia.

Recorremos, en las últimas horas salmantinas, la soledad de unas calles donde nuestros pasos retumban en las piedras de los edificios. Al lado del Palacio Episcopal nos encontramos con Daniela. Nos cuenta que ha paseado durante la tarde por la ciudad. Quizá ha intentando encontrar otra (su) Salamanca, desde su posición de forastera. Todos tenemos una Salamanca que llevamos en el corazón. Una Salamanca, Historia de nuestra historia que no se resigna a perder su vejez de siglos. Se mira, como siempre, en el espejo del Tormes y se encuentra ingenuamente bella al ver reflejada su esbelta, pero ajada, figura. Por eso decide dormirse, una vez más, en sus sueños de pasadas glorias.

A esta hora de la tarde probablemente Patino, exultante, sigue orgulloso repensado el pasado, oteando el futuro, tratando, en definitiva, de encontrar el hilo de sus próximas (y geniales) historias.