Bergman ha muerto

  11 Enero 2008

Escribe Arantxa Bolaños de Miguel

ingmar_bergman-1.jpgAl poco de morir Ingmar Bergman (Upsala 1918–Färo 2007) recibí la mala noticia de su muerte en boca de mi novio, con un contundente: “Bergman ha muerto”, sabedor de que la información me iba a entristecer.

La información, paradójicamente, me hizo pensar en el principio de la maravillosa cinta Novecento (Bernardo Bertolucci, 1976) cuando Rigoletto (un jorobado que hacía las veces de trovador) va vociferando por las calles la proclama: “Verdi ha muerto”. Y es que Bertolucci destaca la muerte del compositor como el punto de inflexión en la historia de Italia, el fin de las ideas y el comienzo de las beligerancias del siglo XX.

No sé si julio del 2007 marcará un antes y un después en la historia del cine (por las trágicas muertes de dos de los exponentes del cine europeo de autor: Ingmar Bergman y Michelangelo Antonioni), eso lo sabremos con el tiempo. Lo que si es cierto es que perdemos a uno de los más interesantes, personales y más importantes realizadores del cine contemporáneo. Debo decir que soy una gran seguidora de su cine, que lo descubrí tardíamente a través de uno de sus discípulos más consagrados (Woody Allen) y que son los dos, sin duda alguna, de mis directores preferidos. De este último, digno deudor bergmaniano, voy a destacar por lo que al suceso se refiere, los homenajes consecutivos que le confesó a su padre cinematográfico: Septiembre (1987), Otra mujer (1988), Delitos y faltas (1989) y Maridos y mujeres (1992). Reconozco, además, que la necrológica que le dedicó el director judío y que publicó el periódico El País el día 22/08/07 es antológica (http://www.elpais.com). Este mismo diario publicó también una excelente entrevista que Bergman concedió al afortunado Juan Cruz en 1989  (http://www.elpais.com).

ingmar_bergman-3.jpgMi admiración a su extensa filmografía surgió sobre todo por Secretos de un matrimonio (1974), que es, para mí, la mejor obra que se ha hecho sobre el amor, el matrimonio, la convivencia y la incompatibilidad de estos términos. Aunque tiene grandes obras que resaltar, sobretodo en la década de los 50: El séptimo sello (1956), El rostro (1958), El manantial de la doncella (1959), Persona (1966), Fresas salvajes (1957), siempre recordaré a Bergman por la cinta emotiva y autobiográfica que iba a ser (en su momento) su despedida como director, Fanny y Alexander  (1982) (1).  

Si bien ya desde sus comienzos –Crisis (1945), Un verano con Mónica (1953)– demostró su interés por expresar las cuitas humanas: la soledad, la muerte, el amor y el desamor, Dios y las relaciones personales. Porque el director sueco ha sabido como nadie expresar el drama existencial (es, como dice Jordi Puigdomènech, “El último existencialista”, tras Kierkegaard, Heweidegger y Sartre: Jordi Puigdomènech, Ingmar Bergman. El último existencialista. Ed. JC. Madrid 2004). Le debemos, también, de los mejores planos que podemos ver en pantalla, ingmar_bergman-2.jpglos de su genial, fotogénica y expresiva compañera (profesional y personal) durante muchos años: Liv Ullman, también directora de varios guiones de Bergman: como  Infiel (2000).

Espero que su desaparición no signifique el vacío de un hueco sin cubrir y que nuevos directores experimenten, no sólo con las nuevas tecnologías, sino con un cine más cálido, personal, que hable de los grandes enigmas del ser humano, que se interrogue, como él, por lo que realmente nos interesa: las relaciones personales con los demás y nuestro papel en el mundo.

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(1) Escribí un artículo sobre esta película en la revista digital Miradas de Cine (www.miradas.net), nº 63. http://www.miradas.net/2007/n63/cinemascope.html.