Bergman y Antonioni: en la frontera del hombre, en la frontera de Dios

  27 Diciembre 2007

Escribe José Luis Barrera

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  Ingmar Bergman

Siempre recordaré mi primer encuentro con el cine de Ingmar Bergman. Una fría mañana de domingo, yo era casi un adolescente, me invitaron un grupo de inquietos laicos de la parroquia a asistir a una sesión de cinefórum que habían preparado: proyectaban El septimo sello, una película de un director sueco llamado Ingmar Bergman. Salí de la proyección, impactado, conmovido y confundido. Muchas cosas no las había llegado a entender, otras me habían llenado de emoción y algunas escenas me dejaron un recuerdo imborrable. Era un cine distinto del que  había visto hasta ahora.

Bergman y Antonioni forman parte de nuestra educación no sólo cultural sino también sentimental. Para las generaciones jóvenes pueden ser solo una referencia cultural o cinematográfica, para los que vivimos nuestra juventud e inicio de la edad adulta allá por los años sesenta y setenta estos dos cineastas son un ingrediente importante en nuestra cultura e incluso en la forma de vivir y entender nuestra propia fe. Viviendo como vivíamos, en el ambiente enrarecido de la dictadura y el nacional catolicismo, su cine nos abrió horizontes nuevos, planteamientos distintos culturales y religiosos a los que el régimen ominoso de Franco nos obligaba.

Ahora este verano, han fallecido ambos. Casualmente en el mismo día, casi a la misma hora, aunque los medios dieron la noticia en días sucesivos distintos. Morían no sólo dos absolutos maestros del cine, sino también otro modo de entender este llamado séptimo arte: el de la comunicación y la palabra, pese a que su obra nos hablara tantas veces de la incomunicación y el silencio.

El italiano Michelangelo Antonioni, tenía 94 años y había nacido en Ferrara y hasta última hora, restablecido de una serie trombosis cerebral, había seguido haciendo cine, ayudado por el alemán Wim Wenders. El sueco Ingmar Bergman se retiró ya hace tiempo de la dirección de películas, aunque siguió en este mundo creativo a través de la escritura de guiones y algunas realizaciones para televisión. Y siempre lo mismo: el alto valor creativo de sus obras, la altura de su discurso reflexivo no decayó.

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 Michelangelo Antonioni 

Ambos entraron con cierta dificultad en el mundo de la exhibición cinematográfica española en los tiempos de la férrea censura: Bergman se deja conocer en las primeras películas gracias a la entonces llamada Semana del Cine de Valores Religiosos y Humanos que se celebraba en Valladolid. Parece ser que un jesuita, el P. Stahelin, forzando a veces la lectura religiosa de sus filmes, introdujo el cine bergmaniano en este festival: todos los espectadores se encontraron con unos filmes que plasmaban en la pantalla las propias dudas existenciales, las mismas preguntas religiosas. Antonioni lo tuvo más fácil, heredero del prestigio de la línea neorrealista italiana que en España ya existía. El incentivo de su cine no era tan llamativo, por cuanto su temática –la descripción de la alta burguesía europea, su egoísmo radical, su incomunicación y hastío– andaba mucho más lejos de la sensibilidad de los espectadores españoles. Las salas de Arte y Ensayo, los cines de repertorio, se encargaron después de exhibir gran parte de su filmografía.

Ya, cuando tuvieron más éxito, algunas de sus películas se estrenaron en salas de exhibición más comerciales. Hoy eso sería imposible, porque la sensibilidad del espectador mayoritario de cine ha cambiado y también el estilo mercantil de los exhibidores.

Bergman tenía 89 años y ha fallecido plácidamente en su isla de Farö, lugar de rodaje en el verano de tantas de sus películas, que transpiraban la breve y gloriosa belleza del verano sueco. Su último filme, Saraband, lo había realizado para al televisión tres años atrás.

Roland Barthes decía de Michelangelo Antonioni que cada una de sus película era una experiencia histórica en el sentido del abandono de un antiguo problema y la formulación de una nueva pregunta. Su cine supo enfrentarse a los espectros de la subjetividad moderna que son la lasitud ideológica, la mala conciencia social, la atracción y la repulsión del arte fácil, el temblor de la responsabilidad, el incesante escrúpulo que divide al artista entre la soledad y el gregarismo. En esta dirección que decía Barthes, que iba el admirado cine de Antonioni, se llegaba a estos tiempos de la posmodernidad.

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Jean Luc Godard afirmaba del cine de Ingmar Bergman que era el cine del instante. Cada una de sus películas nacía de la reflexión de sus protagonistas en el momento presente. Un filme de Ingmar Bergman es una vigésima cuarta fracción de segundo que se metamorfosea y se dilata durante una hora y media. Es el mundo entre dos parpadeos, la tristeza entre dos latidos, el gozo de vivir entre dos aplausos.

Ahora se nos han muerto Bergman y Antonioni. Para muchos de nosotros una especie de padres sentimentales. Pero continúa por fortuna entre nosotros su obra: se deseo de belleza, sus ganas de interrogar, su invitación a la comunicación, a la capacidad de enfrentarnos cara a cara, al desnudo, con nosotros mismos. En tiempos de ruidos espantosos, de verborreas e imágenes virtuales, de charlatanería mediática, ya nos es muy difícil escuchar el silencio. El cine de estos dos grandes artistas nos ayuda a saber escuchar, con angustia y pasmo, el silencio. El silencio de los hombres, el silencio de Dios. 

Nuestro mejor homenaje sería, con la misma aquietada pasión, ver ahora editadas en DVD algunas de sus hermosas películas. Por ejemplo (y cito mis preferidas) Fresas salvajes, Un verano con Mónica y Los Comulgantes del director sueco. La noche, La aventura, del cineasta de Ferrara.