'Espejos en la niebla', de Basilio Martín Patino

  05 Junio 2008

La creación ilimitada
Escribe Milagros López Morales

Los espejos, esos lugares misteriosos donde la vida invertida late dentro, son un espacio infinito y paralelo, el territorio invisible, donde tiempos pretéritos y presentes conviven agónicos, en la memoria fractal, nebulosa, inquieta y lúcida de Basilio Martín Patino.

Espejos en la Niebla es una instalación (ensayo, según su autor) audiovisual, cinematográfica y expositiva a la vez, que recrea -a través de la utilización de la imagen fija y en movimiento, música, objetos, documentos… y una determinada puesta en escena- el contraste dialéctico entre dos mundos antagónicos que compartieron protagonismo histórico en la Salamanca profunda del primer tercio del siglo XX. El de los humildes, encarnado por la familia Velasco Santos, fundadora de Centenares, un pueblo que, con trabajo, esfuerzo y resignación hicieron emerger de la nada, frente al de los ricos representado por la familia Luna Terrero, propietarios de la finca El Cuartón, reducto de exhuberancia, lujo y despilfarro.

Una propuesta estética y conceptual abierta, didáctica, transgresora y sin estridencias vacuas que apuesta por la deconstrucción radical del discurso audiovisual como vía de aproximación a la Historia, a las innovaciones que las tecnologías de la información y la comunicación posibilitan y al espectador crítico, reflexivo y participativo.

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La inauguración

Desde el pasado 18 de abril el Círculo de Bellas Artes de Madrid sirve de marco a esta inusual experiencia cinematográfica de uno de los realizadores españoles más personales, innovadores e iconoclastas de los últimos cuarenta años.

Después de la consabida y formal rueda de prensa, ofrecida en la propia exposición, a la que asistieron los medios de comunicación más prestigiosos del país; en un acto íntimo y multitudinario a la vez, se incorporaron a la inauguración los incondicionales de la obra patiniana, sus allegados, amigos, admiradores  y estudiosos declarados y secretos.

En una sala semioscura, Basilio, espontáneamente, micrófono en mano y con los asistentes en derredor presentaba su último trabajo con el entusiasmo y la pasión de un debutante, ajeno a los requerimientos que el protocolo le exigía. Y es que para éste creador incansable cada nueva obra es un apasionante despertar, un volver a comenzar, una aventura, un descubrimiento, un renacer creativo. Con su verbo fluido, ágil e incontenible, y un discurso lúcido, sencillo e inteligente seducía a los asistentes/espectadores, que contagiados por su entusiasmo le escuchaban con (profana) devoción en profundo silencio, arropados por el ambiente umbrío, casi espiritual que rezumaba la sala, sordos al trajín  apresurado de los periodistas y fotógrafos que impacientes circunvalaban el corro.

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El espacio fragmentado

Patino transmuta los espacios y los subvierte convirtiendo un recinto expositivo en sala de cine y viceversa, sin temor a que ninguno pierda su esencia en la transgresión. Toda sala de proyección, a oscuras, invita al espectador a emprender un viaje al espacio-tiempo de la representación, a establecer un contacto emocional con el autor a través de su obra. Este recinto le permite, además, interactuar con él, diseñar el  itinerario personal deseado y decidir el tiempo que invertirá en recorrerlo.

Al traspasar la puerta y sumergirse en la penumbra de este espacio silencioso y tibiamente musicado, siente el visitante un desamparo que a medida que deambula desconcertado por él, le va sumiendo en un ensimismamiento casi religioso que le invita e incita a cruzar ese umbral espacio-temporal figurado, sin desconectar completamente del presente.

El proyecto se expone con una estructura de puzzle en el que las piezas que hay que recomponer (o no) espacial, temporal, temática… y contextualmente, están esparcidas sin orden aparente. Sin embargo, bajo ese caos inicial subyace un orden invisible casi cartesiano, en el que dos estancias físicas comunicadas, definen tres espacios significativos. 

El primero es el espacio de la exhibición cinematográfica en el que ocho cabinas cúbicas, situadas ortogonalmente, (como grandes esculturas habitadas) proyectan simultáneamente, en cada uno de sus microespacios y de forma continuada, ocho películas de ocho minutos cada una (8 x 8) (1). No se trata de una cinta dividida en ocho partes o capítulos sino ocho fragmentos individuales, con entidad propia, que yuxtapuestos pueden formar una película, la que cada espectador descubra, construya o experimente, entre las cuarenta mil trescientas veinte posibilidades de ver una película diferente que, sólo matemáticamente (2), se pueden generar.  

La fragmentación narrativa en capítulos, secciones o bloques es una constante y una obsesión en la obra patiniana: Nueve cartas a Berta, lleva implícito en el propio título esa subdivisión epistolar, 57 canciones perfectamente diferenciables en Canciones para después de una guerra, 19 segmentos de Retablo de la Guerra Civil Española, 7 capítulos de Andalucía un siglo de fascinación, 6 partes de Octavia… sin embargo en esta ocasión da un paso más allá al presentarla desmembrada, pero compartiendo espacio.

El segundo, contenedor a su vez del primero, es el espacio de la demostración y está formado a su vez por otros dos subespacios: el que muestra los testimonios reales (documentación oficial y personal, objetos, enseres…) de los protagonistas, y el que contrasta sus vidas en un gran mural audiovisual dividido en dos pantallas.

Por último, el tercer espacio, físico y significativo, separado y paralelo a los dos anteriores, crea un ambiente contextual en el que mobiliario, iluminación, colección de carteles (La aldea maldita, Carmen la de Triana, El cura de aldea, Los chicos de la escuela, El camino del amor y La bejarana) y proyección de películas de la época, rodadas en la zona, componen un entorno más lúdico, irónico y distendido. 

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La alteración del tiempo

La fórmula expositiva aplicada al discurso cinematográfico produce también una alteración sustancial de los tiempos (real y perceptivo) de la obra. ¿Cuánto dura la contemplación de un cuadro, una escultura, un objeto…? ¿Cuál es el orden en que debe realizarse tal tarea? ¿lo hay? El autor, el analista… pueden dar pistas, pero en definitiva depende de cada espectador. No así en la fórmula cinematográfica habitual, donde la variable tiempo real se le escamotea al espectador que no tiene ninguna posibilidad de alterarlo para acoplarlo a su percepción. El espectador de cine no puede atajar el tiempo en ninguna de sus acepciones durante el período de la exhibición; siempre puede interrumpirlo abandonando la sala, pero tanto si vuelve como si no habrá perdido el hilo narrativo. En este laberinto de cabinas, vitrinas, pantallas, muebles… la madeja la devana el espectador y aunque enrede mucho la hebra siempre encontrará una salida.

Es una constante en todas sus películas que Patino proponga la intervención intelectual del espectador (y esta no es una excepción), para completar el entramado sígnico-simbólico que toda obra pone en funcionamiento al ser creada, pero sin posibilidad física de intervenir en el montaje externo de la misma, ni revisitar contenidos no percibidos. Este proyecto ofrece, por primera vez, ambas opciones.

El carácter rotativo de los fragmentos proyectados no permite alterar la duración, de los mismos, pero si intervenir en el tiempo real y perceptivo del conjunto, que se puede encoger o dilatar dependiendo de las características, habilidades y circunstancias personales (capacidad, interés, atención…) de cada lector, complejidad del mensaje, cantidad y cadencia de la información audiovisual ofrecida, etc., repitiendo el visionado consecutivamente, revisitándolo después, intercalándolo…

También por primera vez el carácter segmentado con que se presenta el conjunto permite al espectador la participación real en el montaje virtual/mental de la obra.

Patino nos ha fabricado las piezas y su duración. Sesenta y cuatro minutos reales  (cronométricos) en total, (como sesenta y cuatro casillas de un tablero de ajedrez, inmóviles, pero capaces de ofrecer infinitas posibilidades de juego), ocho piezas y un solo participante para jugar una insólita y original partida, de duración indeterminada.

Una nueva forma de dosificación cinematográfica en ampollas de ocho minutos que a través de intermitentes despertares, no sólo no rompe esa expedición virtual al pasado sino que la potencia, incidiendo sobre ella insistentemente, a la vez que alivia el discurso ininterrumpido con que muchas veces nos tortura algún realizador inmisericorde.

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Forma y contenido

Creado a partir de documentación real (mucha de la cual se muestra en las vitrinas), testimonios directos de familiares de los protagonistas, testigos, expertos…, y recreado audiovisualmente para que pueda transmitir de forma bastante fidedigna unos acontecimientos y un contexto socio-económico-cultural, Patino, esta vez, no se ha permitido fantasear, o lo ha hecho lo justo. La transgresión, el juego en esta ocasión está en la forma, no en el contenido. Y si no es así, como él ha dicho en alguna ocasión, lo importante es más “la reconstrucción vital de las emociones, que una supuesta recomposición histórica" (3). 

La apuesta formal escogida se aleja de los estereotipos al uso, no sólo es imaginativa, lúdica y sorprendente también es arriesgada y provocadora y como tal corre el riesgo de ser rechazada y no ser aprehendida por espectadores y críticos quisquillosos; pero seguro que Patino ya contaba con ello.

Como también es seguro que sus incondicionales y las jóvenes generaciones, que buscan nuevas formas de expresión y comunicación, que desafien la trivilialidad y monotonía de las fórmulas ortodoxas, le agradecen el esfuerzo. Incluso parece una fórmula ideal para captar la atención de esa masa informe de adolescentes desorientados a los que cierto discurso cinematográfico de larga duración impacienta.

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Temática dendrítica

Es difícil extraer un único tema de las obras de Patino, crecen unos de otros, para  entrecruzarse, intersectarse sin remedio. En Espejos en la nebla, el tronco común temático es Salamanca, esa tierra de contrastes reales y emocionales amada y detestada casi a partes iguales, a la que Patino retorna una y otra vez para ajustar cuentas con ella y con la Historia, aunque sea indirectamente, a través de las historias de sus protagonistas, porque como dice él mismo: “A mí eso de la Historia con mayúsculas se me da muy mal. En el fondo quiero contar sensaciones, quizás eso también sea hablar de historia, pero de otra forma, a través de vivencias humanas” (4).

De las ocho ramas por él etiquetadas pueden germinar tantas dendritas cuantas el espectador sienta: amor, vida, muerte, pobreza, lujo, voluntad, tesón, soledad, resignación, casticismo, marginación, resistencia, libertad, religión, hipocresía, olvido…son sólo algunas de ellas.

La anécdota argumental está inspirada en una historia acontecida en el campo charro a principios del siglo XX. Recoge el devenir paralelo de dos familias emparentadas por todas las diferencias posibles, excepto una, que parece ser la que al final las separó definitivamente: el amor apasionado y adolescente de Inés Luna Terrero, la hija rica y veleidosa de los patrones por el joven apuesto y pobre Froilán Velasco, hijo de sus renteros.

Las consecuencias de esta ruptura traumática son el origen-pretexto de la historia que se desgrana en la composición cinematográfica formada por ocho miradas transversales a la historia de unos acontecimientos que cambiaron la vida de muchas personas, ocho fragmentos independientes, significativos en sí mismos y subordinados a la vez al todo, que aunque el autor ordena y etiqueta de acuerdo a cierta cronología histórica y temática, para alivio de espectadores extraviados,  pueden contemplarse aleatoriamente, “al azar, que es la raíz de la libertad” (5), sin peligro de desvirtuar el conjunto.

(a) Lujo, ruinas, fantasmas.
(b) Paris 1900: Cantos de vida y esperanza.
(c) Casi dueños de sí mismos.
(d) El despertar de los resignados.
(e) El despilfarro como una de las Bellas Artes.
(f) Y sin embargo eran felices.
(g) El casticismo como identidad.
(h) Palimpsesto salmantino.

(a) Lujo, ruinas, fantasmas.

En este fragmento convive el pasado de esplendor y libertinaje con el presente ruinoso y olvidado de la finca El Cuartón. A través del testimonio de algunos vecinos, de la voz de Miguel Angel Solá en Octavia, y de Ricardo Robledo (historiador) se reconstruye su historia de armonías y contrastes. El Cuartón era la mansión de Inés Luna Terrero (1885-1953), conocida como la Bebé, hija única del matrimonio formado por Carlos Luna, abogado e industrial nacido en Cuba en 1852 y formado en los Estados Unidos e Inés Terrero, rica hacendada salmantina. Esta finca, situada en plena dehesa, cerca de Vitigudino, entre bosques de encinas estaba habilitada con todo tipo de comodidades (agua corriente, luz eléctrica…) y decorada con ostentosidad (ricas pinturas, esculturas, lámparas de Venecia, alfombras exóticas…), poseía biblioteca, piscina, sauna…

Un despliegue de lujos, a los que su dueña recurría para transgredir y soportar el aburrimiento. Entre fiestas, bailes y viajes la vida de la Bebé estuvo siempre ligada a este palacete, su “Liberty house”, como ella lo llamaba, y por cuyos alrededores se decía paseaba desnuda a caballo. Y aunque nadie se explica las razones de que nunca lo abandonara definitivamente, quizás la respuesta esté en las huellas imborrables de aquel apasionado primer amor, que sus padres cortaron de cuajo y por el que ella, dicen que prometió no casarse nunca. Fuera o no verdad, lo cierto es que nunca lo hizo.

Sumiéndonos en una deliciosa fantasmagoría, Patino, mediante yuxtaposiciones visuales, hace confluir, recrea, encadena dos mundos: aquel esplendoroso pasado (en B/N y sepia) de lujo y placeres y el ruinoso presente (en color) de esta finca majestuosa a punto de derrumbarse. Vemos desfilar por las estancias hoy derruidas los fantasmas de su propietaria, de sus padres, amigos, invitados… y reflejarse en los espejos aquel mundo mientras no dejamos de contemplar éste.

(b) París 1900. Cantos de vida y esperanza

La voz en off de un narrador heterodiegético (6), nos relata en este pasaje el enfrentamiento entre dos mundos simultáneos pero antagónicos, opuestos en sensibilidad, mentalidad/pensamiento, progreso e ideología.

A principios del siglo XX, París era el centro de la modernidad, de la cultura, la diversión, el arte; “Tiempo de euforia, lujos, libertades, prosperidades, utopías y radicalismos”, como se dice en la película. Escaparate del mundo concentraba prosperidad, avances tecnológicos y científicos, las vanguardias artísticas, el cine, la radio, la aviación… Crisol de personalidades e inteligencias: Einstein, Freud, Picasso, Stravinski, Paulov, Nietzsche…Se respiraba futuro.

Por oposición al refulgir parisino, la Salamanca de mil novecientos, era una ciudad medieval, sin agua corriente, ni alcantarillado, “una inmensa letrina”, como se apunta en la película, en la que la esperanza de vida al nacer era de 28 años. Acababa de llegar el ferrocarril y Carlos Luna se había encargado de traer la luz eléctrica a la ciudad, a la que abastecía a través de su empresa (La electricista salmantina), donde también tenía negocios de curtidos de pieles. Asentado como rico empresario y casado con Inés Terrero, su objetivo era trasladar los avances tecnológicos que había visto aplicar en el medio oeste americano a Salamanca; pero a esta gran señora todavía le olían los pies.

Mediante un montaje fiel a la narración, Patino elige como elemento detonante diferenciador el contraste rítmico, visual y sonoro, para retratar la desigualdad entre París y Salamanca, la vida y la esperanza.  Con un ritmo vertiginoso, el autor compone el ajetreo de la vida parisina con imágenes de archivo, en blanco y negro, fijas y en movimiento que recogen: carteles de la época, las calles, los bailes, personalidades del momento, actividad, movimiento, risas… y música festiva. La cadencia de las imágenes decrece, la música cambia y baja de intensidad para mostrar mediante fotos fijas, principalmente, viradas en sepia y azul, el aspecto de la demacrada Salamanca de principios de siglo XX: calles sin asfaltar, niños mugrientos, tristeza, miseria, oscuridad…

(c) Casi dueños de sí mismos

De nuevo una voz en off omnisciente nos aproxima a la dura realidad que vivían los campesinos salmantinos de finales del siglo XIX y principios del XX. La emigración masiva a América (caso del pueblo de Boada), la expropiación de las tierras que cultivaban por parte de sus dueños, la expulsión, a veces, violenta de sus casas… y como poco a poco debido a la abolición del régimen señorial (fiestas de San Felices de los Gallegos que conmemoran su triunfo sobre la casa de Alba) y el empobrecimiento creciente del suelo, la oligarquía terrateniente se decide a vender los terrenos que los campesinos compran a través de créditos, que pagan con mucho esfuerzo. De arrendatarios y peones pasan a ser propietarios y a dejar el vasallaje atrás.

Carlos Luna, “era uno de los pocos propietarios que llevaba directamente sus dehesas” (7) y como hombre de progreso, quiso introducir la maquinaria agrícola en la explotación de sus fincas, pero al final le quitaron la idea y continuó con el sistema tradicional. A su muerte en 1916, su hija Inés Luna Terrero heredará todas sus tierras pero no el interés por explotarlas.

Fotos, documentos, fragmentos de la película El noveno (1961) rodada en San Felices de los Gallegos,…componen el friso visual, que mediante transiciones, cambios de plano, divisiones de la pantalla y otras alteraciones visuales, ilustran este apartado.

(d) El despertar de los resignados

Sebastián Velasco y Juana Santos tuvieron diez hijos, de los que sobrevivieron ocho. Él era montero mayor de la finca El Cuartón de Traguntía, propiedad de los Luna Terrero… En noviembre de 1901 fueron desahuciados, súbitamente, por el patrón, aduciendo como causa legal retraso en el pago de la renta, pero alegando también “razones de alta moralidad”, como consta en el poder de desahucio otorgado por Carlos Luna que se adjunta en una de las vitrinas de la exposición. Razones de enamoramiento, se dice, de Bebé por el hijo de un rentero.

La voz narradora de Macu Vicente, (autora del libro Centenares (8) basado en la historia de sus antepasados), va desgranando las vicisitudes de su familia, después del desalojo de El Cuartón. Nos sigue contando como su tatarabuela Juana Santos, ya viuda por entonces, se instaló con toda su prole (hijos, nietos…), enseres y ganado en un páramo desierto que adquirieron a través de un préstamo de cien mil pesetas y como con trabajo y penurias consiguieron levantar un pueblo: Centenares.

Primero construyeron una ermita (1902) y después, en torno a la casa del montaraz, la única que había cuando llegaron, edificaron las suyas, cinco casas en dos hileras enfrentadas, con sus nombres sobre la puerta, corrales y cobertizos. En 1908, cien personas, pioneros en su propia tierra, y mil cabezas de ganado empezaban una nueva vida. En 1914 la tatarabuela Juana inauguraba el cementerio y más tarde algunos de sus hijos emigraban a América, en busca de fortuna y una vida mejor.

De nuevo el material de archivo, y las fotos de familia… conviven con grabaciones actuales de Centenares. Virados, sobreimpresiones… recrean aquella época siguiendo la voz narradora. 

(e) El despilfarro como una de las Bellas Artes

Este fragmento reconstruye la intensa vida social y amorosa de la Bebé. Mientras que para los hijos de los campesinos llevar zapatos era un lujo para los ricos despilfarrar era un arte. Los felices y alocados años veinte, tal y como se vivieron en Europa, fueron un reclamo, de excesos y frenesí, para quienes podían permitirse el lujo de disfrutarlos.

Inés Luna Terrero, todo un prototipo de mujer moderna belle epoque, definida por algunos viejos campesinos como “fea, pero estilosa, poco femenina  y un poco gitana”, fumaba, llevaba pantalones, conducía su propio automóvil…, extravagante y caprichosa dilapidaba la renta que cobraba de los campesinos en las mesas de juego de los casinos, en viajes por toda Europa (Berlín, Budapest, Paris, Bruselas, Mónaco…), menos Rusia, sola o acompañada de una amiga inglesa a la que llamaban la Miss.

Aunque no se casó nunca tuvo varios pretendientes (la correspondencia mostrada en las vitrinas lo confirma) de los cuales el más atrabiliario, como lo define Ricardo Robledo fue Gonzalo de Aguilera, conde de Alba de Yeltes, un personaje muy peculiar, racista, clasista, asesino y suicida. “He tenido un novio, pero me salió rana”, dice Inés refiriéndose a él.

El montaje de esta sección es especialmente rico y ameno audiovisualmente. El material grabado (los ancianos de Escuernavacas, Lumbrales, Villavieja de Yeltes y Traguntía opinan y disienten sobre la Bebé, su aspecto, carácter, viajes, amantes…), la información aportada por Ricardo Robledo y las epístolas de sus novios, fotos de viajes, etc. se mezclan con imágenes de la Belle époque, cabarets, bailarinas, acróbatas y criselefantinas art decó animadas por Patino para ilustrar el tipo de vida disipada que llevaba durante aquellos años, una determinada clase social.

(f) Y sin embargo eran felices

De nuevo Macu Vicente adquiere protagonismo en este fragmento introduciéndonos en las casas de Centenares, donde ella vivió de niña, sin luz, sin agua, sin baños…  Con ella visitamos las estancias, nos enseña las camas con jergones de paja, las lámparas… y abrimos los viejos baúles donde se guardan revistas (El Campesino, Adelante), libros (Así es España, Nueva Raza) y otros recuerdos del pasado.

La guerra no pasó por allí pero sí se sintieron sus efectos, la posguerra, el estraperlo, el contrabando que traía el portugués “café y algún juguete”. Sus familiares reunidos para la ocasión en el que fue su hogar recuerdan como a pesar de todas las vicisitudes (el frío, el aislamiento, la pobreza), fueron felices allí: “Yo no he vuelto a reír como cuando estaba aquí”, “Aprendíamos a coser haciendo vestidos para las muñecas”, “Por la noche mi padre nos cantaba canciones a la luz de la lumbre”…

La grabación in situ y las opiniones de los protagonistas son el auténtico material con el que se recompone este sentido y nostálgico fragmento.

(g) El casticismo como identidad

Y mientras en Europa triunfaban los valores de la modernidad. El cine y los noticiarios españoles, de la época, se utilizaron para exaltar los valores más tradicionales, castizos y reaccionarios del espíritu nacional. Fiestas, toros, religión y folklore… se erigieron en la seña de identidad y la esencia de un pueblo estancado y engreído. Y ninguna tierra para reflejarlo con más autenticidad que la salmantina, donde se rodaron las películas más representativas de cierto carácter rancio, obtuso y perverso.

Imágenes caleidoscópicas, no-dos, fragmentos de películas de la época como El cura de aldea, rodadas en tierras salmantinas, entrevistas a los viejos del lugar…conforman esta pieza que mezcla colores, ideología, intransigencia…

(h) Palimpsesto salmantino

Tres personajes en un mismo escenario: Inés, Franco, Unamuno…

El más ilustre de los amantes de la Bebé fue Miguel Primo de Rivera, con el que mantuvo un romance que duró lo que el Directorio. No aceptada por la familia del general se dice que sólo su repentina muerte en 1930,  impidió que se casaran.  Sus herederos avergonzados de la relación destruyeron todas las pruebas que la vinculaban con la familia. 

Después del 18 de julio de 1936, Inés fue perseguida por sus excentricidades y excesos anteriores. Franco la convirtió en chivo expiatorio y expropió sus fincas. Fue asediada por el Jefe de Falange que la consideraba antirreligiosa, espía, viciosa y roja (aunque su ideología era monárquica).

Franco en la plaza de Salamanca, desfiles, condecoraciones en la Universidad, “Muera la inteligencia, viva la muerte”, proclama Millán Astray, voces, bullicio de gentes…; y Unamuno arrepentido de haberse adherido al movimiento se lamenta: “vencer no es convencer”, “salvajada anticristiana”, “destierro y envilecimiento es lo que les queda a los que emigren”,  “Pobre España, pobre España”.

Imágenes de archivo, voces de varios narradores, de personajes de películas, de actores, fotos, epístolas… Blanco y negro, virados, coloreados puntuales… conforman esta tablilla salmantina sobre la que la historia dejó sus huellas, pero sobre la que se ha podido reescribir.

Las vitrinas y el mural

Completando y ampliando el material proyectado, cuatro vitrinas muestran la documentación real de los protagonistas: papeles oficiales (poderes notariales, escrituras, hijuelas, estatutos, acta de nacimiento de Inés, además de su certificado de bautismo y el de su fallecimiento); fotografías sueltas (del matrimonio Velasco Santos, de Froilán Velasco, el amor juvenil de la Bebé, de la última generación que vivió en Centenares (1959), de la finca de los Luna…; libros (Centenares, el libro de Macu Vicente junto a algunas acuarelas de las que aparecen en él); revistas de la época (El Campesino, Adelante…; reliquias (cruces de caravaca, San Sebastián, corazón de Santa Teresa…); el álbum fotográfico familiar de los Luna Terrero; recuerdos de los Velasco (postales, cuadernos, cartas, relojes, cucharas de cuero, botonaduras de plata…); cartas amorosas dirigidas a Inés por sus pretendientes (Gonzalo de Aguilera, Alfonso Cordeira, Paco Villar), postales enviadas por Inés, sus notas del colegio, etc.

Un gran mural audiovisual fotográfico, formado por dos pantallas gigantes, reafirma el contraste dialéctico entre los mundos opuestos y antagónicos que las dos familias protagonistas representaban, pero simbólicamente también entre la vida y la muerte. La composición cálida, familiar, humana y en movimiento constante (superposiciones, encadenados, retratos que bajan, suben, se acercan, se alejan, desaparecen…) de la saga de los Velasco Santos, está formada por imágenes de familias completas: numerosas, vitales, evolutivas…Contrapuesto al montaje frío, de fotos fijas de El Cuartón y su propietaria, siempre sola, con su perro o alguna amiga.

Los papeles se intercambian simbólicamente en este friso humano, lo que antaño era seco, inmóvil y mísero hoy es vida, movimiento, recuerdo. Lo que ayer era opulencia, agitación y despilfarro hoy son ruinas, soledad y olvido. 

El espectador

El espectador refina la obra de arte que en estado bruto nos ofrece su creador. Las obras de Patino, distancian a la vez que interpelan a un espectador inteligente y reflexivo al que nada se le exige y todo se le ofrece. Un invitado a participar en el juego propuesto, con total libertad para activar y completar el entramado sígnico-simbólico que toda obra es y pone en movimiento al ser creada. La creencia duchampiana de “el espectador hace al cuadro”, es compartida por Patino que confía en él como un elemento imprescindible para completar el proceso creador y sin cuya participación activa el juego deja de ser lúdico para transformarse en indiferencia pura.

Espejos en la niebla, sigue confiando en ese espectador activo y cómplice, co-creador, sensible e inteligente, “espectador-colaborador”, como él lo llama, un receptor interactivo que reatroalimente el mensaje de ida del emisor-creador, comparta o no su discurso. La deconstrucción del espacio-tiempo y de los materiales expuestos busca establecer con el espectador una complicidad intelectual, sentimental y perceptiva sin la cual el mensaje se extravía.

Inconclusión

Es imposible cerrar cualquier reflexión sobre la obra patiniana sin sentir que los espejos nos traicionan a todos y que por las rendijas de la percepción se escapan evidencias invisibles, que para suerte nuestra siempre que volvamos la mirada (con sensibilidad e inteligencia) seguirán estando ahí.

Bienvenida esta nueva propuesta audiovisual que activa la mente, provoca la crítica, remueve conciencias, incita a la reflexión, invita a jugar, hace propuestas, interroga a la estética estática, construye posibilidades… y rompe la monotonía del discurso cinematográfico tradicional sin perder nada de su fascinación inherente.

*****

(1) 8 x 8: A chess sonata in 8 movements. (1957). El título de la película surrealista dirigida por Hans Ritcher, nos puede ofrecer una pista sobre cual es el terreno de juego en el que quiere Patino que entremos. Si bien él nos permite muchos más de ocho movimientos.  

(2) La combinación matemática de todos los factores hace posible obtener ese inquietante resultado: 8!

(3) J.A. Peréz Millán. La memoria de los sentimientos. Basilio Martín Patino y su obra audiovisual. 47 Semana internacional de cine. Valladolid, 2002, pág. 137.

(4) Adolfo Bellido López. Basilio Martín Patino. Un soplo de libertad. Filmoteca Generalitat Valenciana, 1996, pág.199.
(5) Miguel de Unamuno. La agonía del cristianismo. Editorial Losada, S.A. Buenos Aires, 1966., pág.14.

(6) Narrador heterodiegético según la tipología de Genette es aquel que relata, generalmente en tercera persona, una historia acabada en la que no participa. Es omnisciente, ubicuo y anónimo. En Jesús García Jiménez. Narrativa audiovisual. Ed. Cátedra. Madrid, 1993, pág. 117.

(7) Basilio Martín Patino. Catálogo de la exposición Espejos en la niebla. Artículo “A modo de divagación previa sobre nuestra identidad”. Círculo de Bellas Artes. Madrid, 2008. Págs. 20-21.

(8) Macu Vicente. Centenares. Caja Duero. Salamanca, 2006.