Kirk Douglas, in memoriam (1)

  08 Febrero 2020

Breve semblanza

kirk-douglas-0Issur Danielovitch Demsky, de nombre artístico Kirk Douglas (Ámsterdam, Nueva York, 9 de diciembre de 1916), cuya biografía tituló El hijo del trapero, se ha despedido de este mundo a la edad de 103 años.

Había nacido en el seno de una humilde familia. Kirk era el único hijo varón de Jacob y Channa, judíos analfabetos que emigraron de Mogilev, en Bielorrusia, a Nueva York. Resultó que su padre, un hombre hosco y bebedor, los abandonó cuando Douglas tenía cinco años. Entonces, fue él mismo quien se tuvo que hacer cargo de sus seis hermanas y de su madre, trabajando pero sin abandonar sus estudios, incluida la enseñanza superior que se costeó trabajando de jardinero en la Universidad St. Lawrence de Nueva York, donde alcanzaría el equivalente a nuestro Grado en Filosofía y Letras («Bachelor of Arts»).

En sus años universitarios, e incluso en el secundario, ya participaba en obras de teatro, declamando poemas e incluso como un importante luchador del tipo circense. Fue igualmente becado en la Academia Norteamericana de Arte Dramático de Nueva York, y durante su estancia ejerció dando clases de arte dramático a los niños del Centro.

Durante el verano actuaba en teatros de estación. En esas actuaciones ya profesionales, con 23 años, es cuando adoptó su nombre artístico. Dispuesto a triunfar en Brodway, debutó en 1941 en una obra de título Spring Again, protagonizada por Sir Charles Aubrey Smith, y en 1942 participó como regidor en la obra Las tres hermanas de Katharine Cornell.

Tampoco se libró de luchar en la Segunda Guerra Mundial en ese mismo año de 1942, incorporándose a la Armada de los EE.UU. donde se graduó como alférez. Licenciado con honores, volvió a Nueva York.

Los comienzos en su carrera cinematográfica

Justamente a la vuelta de la guerra, Douglas inicó netamente su carrera profesional y de primer orden en el teatro, llegando a sustituir a Richard Widmark en una obra titulada Kiss and Tell.

Tras sucesivos trabajos, entre otros en la radio, la bellísima y gran actriz Lauren Bacall, a quien había conocido tiempo atrás, lo recomendó a un cazatalentos de nombre Hal B. Wallis. De esta guisa, Douglas realizó una prueba en la que también participan los igualmente principiantes Montgomery Cliff y Richard Widmark, consiguiendo un papel en el film The Stange Love of Martha Ivers (El extraño amor de Martha Ivers), 1946, dirigida por Lewis Milestone, compartiendo trabajo junto a la inmensa Barbara Standwick, entre otros.

Su carrera fue en ascenso desde entonces. Llegado el año 1949, Douglas, con gran instinto rechazó otros papeles en apariencia más jugosos para interpretar a un boxeador en la cinta de Mark Robson El ídolo de barro, cuyo expresivo trabajo cargado de carácter le valió la nominación al Oscar de la Academia.

Fue ahí que sus ideas de izquierdas se hicieron conocidas en su ámbito, lo cual habría de jugar desde entonces en su contra, en líneas generales. Digo en líneas generales porque fruto de esto, como en todo en la vida, tuvo también sus beneficios secundarios. Eso sí, el Oscar le sería negado, no se lo dieron nunca, salvo como homenaje a su carrera, como luego comentaremos.

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En 1951 se divorció de su primera esposa, Diana Dill, y tras un recorrido de flor en flor con diferentes mujeres, contrajo matrimonio con Anne Mars Buydens, una agente de prensa con quien tuvo dos hijos, Peter y Eric, y con la que continuó su unión felizmente hasta el final. «La amo», dice al referirse a Anne, «ella me ha dado la estabilidad en un mundo de locos», explica Kirk, que no tiene más que palabras de afecto y agradecimiento hacia su esposa. «Tuve la suerte de encontrar a mi alma gemela y creo que nuestro matrimonio es maravilloso».

En 1954 participó en la película Dysney, 20.000 leguas de viaje submarino, y en 1955 en Hombres temerarios de Henry Hathaway, sin olvidar La pradera sin Ley de King Vidor, lo cual no sólo lo consagró sino que por fin Douglas pudo fundar en 1955 su propia productora cinematográfica, a la que llamó Bryna en honor a su madre, realizando su primera película como productor: Pacto de honor, 1955, dirigida por André De Toth.

Finalmente, el unánime reconocimiento de la crítica vendría por su participación en El loco del pelo rojo (1956), que dirigiera Vincente Minnelli, quien por cierto siempre habló maravillas de Kirk.

Luego llegó el memorable Stanley Kubrick a quien ayudó y con el que trabajó en una película antológica por no decir una obra cumbre: Senderos de Gloria, 1957, film en el que Douglas, además de actor, colaboró dinerariamente con su productora.

A continuación, Bryna produjo Los vikingos, extraordinario film de 1958, obra a la justa medida para un actor dramático de fuerza como Douglas. Vendrían después El último tren de Gun Hill (1959) de John Sturges (con quien ya había trabajado en 1957 en Duelo de titanes); con Kubrick de nuevo, Espartaco (1960), film para el que Douglas recupera a Dalton Trumbo, un guionista represaliado por el macartismo, para adaptar la novela Howard Fast. Encomiable acción de Kirk.

En fin, Douglas sigue trabajando en la década de los 60, 70 y 80 y así hasta la última la producción de Bryna, El final de la cuenta atrás de 1980, bajo la batuta de Don Taylor; al poco vuelve al teatro.

En los noventa trabaja en TV y en reservados papeles. Kirk Douglas fue por tres veces candidato a los Oscar, sin conseguirlo por sus ideas «avanzadas» que algunos calificaban de comunistas, y que chocaban con el staff del mundo de Hollywood, como es bien sabido.

Fue sin embargo galardonado en 1996 con un Oscar honorífico por sus cincuenta años de dedicación a la industria del cine, tras más de ochenta películas en su haber. También posee dos globos de oro, entre otros muchos galardones: ¡la cosa no es para para menos!

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Un actor puente, un luchador, un valiente benefactor

Cien años es un lapso de tiempo importante en el cine, de manera que a Douglas bien se le puede considerar parte de una generación puente entre los inmensos clásicos de los años cincuenta, hasta los nuevos genios de Hollywood como Scorsese, Coppola o Spielberg. Douglas fue un Espartaco único, un productor avezado que recuperó a Dalton Trumbo y una fuerza libre que le hizo frente al Hollywood más conservador.

Fue homenajeado con la Medalla de la Libertad, el premio civil más alto en Estados Unidos. En 1995 sufrió un accidente cerebro vascular que le afectó al habla, cuyas secuelas le acompañarían el resto de su existencia. «El humor me salvó. Un derrame cerebral, especialmente para un actor, es una cosa terrible, porque si no puedes hablar, no puedes actuar. Al principio pensé que mi vida había terminado, pero cuando puse la pistola en mi boca chocó contra un diente y me dolió. Un dolor de muelas paró mi suicidio, ¿gracioso no?». Así y todo, con la ayuda de logopedas, Douglas aún habría de participar en cuatro películas más.

A pesar de sucesivas desgracias en su familia (falleció su hijo Eric consecuencia de sus adicciones a las drogas y al alcohol; su nieto Cameron ingresó en prisión por delito con sustancias tóxicas; y su hijo mayor Michael fue diagnosticado de un tumor en la garganta); a pesar de todo este cúmulo de desgracias, Erik aguantó el chaparrón con la misma fuerza que irradiaba en sus interpretaciones.

Como él mismo dijo: «Todo esto se acaba soportando. Es parte de la vida». Acuerdo plenamente con Navajas cuando escribe, a propósito de su poderío: «La misma intensidad y rocosidad que puso en su vida lo volcó en el cine. Sus interpretaciones están siempre dotadas de la fuerza de su mentón y de la gracia de su hoyuelo en la barbilla. Explosivas, atléticas, robustas… había que tener el carácter de John Wayne, Burt Lancaster o Anthony Quinn para estar a su altura».

Además, Kirk tenía un abanico de posibilidades actorales tan amplio que todo lo hacía bien, ya fuera héroe (Espartaco, 1960) o villano (Los vikingos, 1958). Comedia (Herencia de familia, 2003) o drama (El loco del pelo rojo, 1956). Western (Duelo de titanes, 1957) o cine negro (Retorno al pasado, 1947). Fue un lujo para los amantes al Séptimo Arte, y Douglas es sin duda un hito del cine universal.

Otro de los grandes méritos de nuestro actor fue su generosidad, pues nunca olvidó sus humildes orígenes, unido a que en lo esencial fue un actor que se hizo a sí mismo, un auténtico self-made man en Hollywood, a quien le pusieron la proa enfrente por sus ideas sociales; pero él tenía un talento bien fundamentado en su sólida preparación, en sus convicciones y también en su energía vital.

No sólo levantó su propia productora sino que ayudó a cineastas de diferentes ámbitos, a los que empujó a una espectacular proyección. Ya referí antes cómo recuperó al represaliado y gran guionista Trumbo; impulsó la obra del universal y mítico Stanley Kubrick; hasta el final prácticamente, Kirk ha sido todo un filántropo dedicado, junto con su esposa, a participar en numerosas acciones benéficas. Como él mismo declaró en vida, su intención era donar la mayor parte de su fortuna a la caridad cuando muriera.

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El carisma de Douglas

No había más que verlo en pantalla para comprobar que Douglas era todo un carácter, alguien que de seguro concitaba la admiración y el respeto de quienes le rodeaban. Formaba parte de esos actores cuya presencia magnética llena pantalla, y no sólo eso, según cuentan y lo creo a pies juntillas, Kirk ejercía un efecto multiplicador sobre los que le rodeaban.

«A diferencia de otros actores que resultan empáticos y estimulan la solidaridad del espectador, Douglas era más bien carismático, postulando más un modelo para imitar que un patrón con el que identificarte» (Santiago Navajas). Es el caso, por tomar un ejemplo, de su papel de Einar y el descenso del personaje al infierno de la amargura en la película Los vikingos (1958) de Fleischer; o su trabajo en Tatum en El gran carnaval (1951), amarga película de Billy Wilder en la que Douglas interpreta a un periodista alcohólico, ejemplo del egoísmo humano y la crueldad.

Nuestro actor es una verdadera estrella, no una «estrella fugaz», sino un hombre capaz de trasladar al espectador un sentimiento de verdad, de humanidad, de maldad, y todas estas emociones juntas o por separado de una manera muy convincente, porque Douglas, además de sus cualidades, tenía una sólida formación, era un señor curtido en mil batallas: teatro, cine o televisión, y triunfador en todas.

Alguien que trabajó hasta la saturación para lograr un porvenir diferente al que veía ante sí cuando era un joven, que luchó por emerger del bajo estrato social en el que le tocó nacer, un ejemplo de amor por su profesión y mucha voluntad. Una «autoridad» en toda regla, y cuando alguien como Kirk es una genuina autoridad, no lo es meramente en el plató. Por eso he querido en esta semblanza una vez que se ha ido, hablar del carisma de Kirk Douglas.

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Un cierre curioso, singular y significativo

Douglas, que se libró de una muerte cierta en un accidente de helicóptero y que luego tuvo un infarto cerebral, retomó su religión judía materna. Él ha declarado: «Me salvé de un accidente de helicóptero y de un derrame para hacer más el bien en el mundo antes de irme. […] Siempre me piden consejos sobre cómo vivir una vida larga y saludable. No tengo ninguno, pero creo que tenemos un propósito aquí».

Y Michael Douglas, su también reconocido actor e hijo de su primer matrimonio ha declarado: «Para mí, su resistencia y tenacidad son las cualidades que más destacan. Me enseñó a dar lo mejor en cualquier cosa que haga. Él es el paquete completo». A lo cual se unen sus palabras en un evento del Motion Picture and Television Fund en el que lo calificó de icono, una leyenda y «un verdadero astro del cine de una era en la que las estrellas de las películas eran consideradas nuestra versión de la realeza».

Con estas líneas le quiero rendir un mi homenaje a este hombre que el 6 de febrero de 2020 ha decidido marchar al mundo algodonoso de los cielos. Se ha marchado uno de los muy grandes actores y productores en la historia del cine.

Todo un personaje, un actor cumbre y una persona cabal. Descanse en paz.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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