La mujer que sabía leer (Le semeur, 2017), de Marine Francen

  02 Marzo 2020

Un universo femenino a la espera de un hombre

la-mujer-que-sabia-leer-0Esta película, cuyo título original es Le semeur (El sembrador), en español, inexplicablemente la han titulado La mujer que sabía leer. Es un film histórico que se desarrolla en la represión armada del último monarca francés, Napoleón III.

Entre otras, este monarca acometió una terrible represión por la cual, un pequeño pueblo galo es despojado de todos sus hombres que pasan a ser presos del monarca, dejando a la pequeña localidad sin rastro de varones adultos, con todo lo que esto conlleva, y dejando a las féminas solas en una economía agraria y ganadera.

Es una situación difícil donde surgen los instintos sexuales, pero sobre todo la necesidad de un hombre que fecunde a las hembras del lugar y ayude también en las tareas agrícolas de recolección del cereal y el pastoreo. Un hombre que colme sus diversas aspiraciones románticas, sensuales y reproductivas.

En esa desesperación, las mujeres se hacen un juramento: si un varón viene al pueblo por azar o fortuna, será para todas, pues la vida tiene que perpetuarse en las entrañas de cada una de ellas, pues han quedado sin novio o marido. Las mujeres lo habían planeado todo, todo organizado menos la posibilidad de enamorarse.

Es notable la dirección de Marine Francen (madura por sus trabajos como ayudante para Assayas o Haneke), con un guión pergeñado por la misma Francen junto a Jacqueline Surchat y Jacques Fieschi. Es necesario precisar que el guión es adaptación de una novela de Violette Ailhoud escrita en 1919 a los 84 años de edad, de título original muy aclaratorio, El hombre semen (L’Homme semence), que es la obra autobiográfica de lo que le ocurrió a la autora cuando era una adolescente en su localidad, un desconocido pueblo de la Alta Provenza que por motivo de las guerras quedó sin hombres.

¿Qué le ocurre a los cuerpos y a las mentes ante semejante tesitura? Porque en definitiva, la obra habla de la supervivencia y la progenie de la propia autora de la novela, Violette Ailhoud, quien describió fielmente la atmósfera en que quedó sumido el pueblo, el vacío, la tristeza y el miedo a la extinción.

Paolo Primavera, responsable de la editorial italo-chilena Edicola, afirma del libro: «Es una historia tan universal y transversal que si no hubiera sido escrita en un momento de guerra como en el que se desarrolla, podría ser vista incluso como una historia machista. Pero también podría ser la historia de todos los deportados durante la Guerra Mundial y la historia de los que se quedaron».

Así pues, el libreto sucede cuando miles de hombres de la zona sufrieron la brutal violencia por oponerse al golpe de Estado de Louis-Napoleon Bonaparte contra la Segunda República Francesa, que concluyó con la instauración del II Imperio y la proclamación de Napoleón III.

Pero es que además, el film es sugerente pues habla de las dificultades y las diferencias de género en el pueblo donde se desarrolla trama. Francen consigue, además de otros méritos pictóricos, construir una bella historia de granjeros, campesinos y mujeres del pequeño lugar rural en mil ochocientos cincuenta y tantos en una Francia en guerra, haciendo «una compleja fusión entre delicadeza y vigor, entre armonía y desafío» (Ocaña). Sí, en efecto es una obra abierta, que por un lado aborda el pasado, para manifestarse en el presente y que incluso puede tener lecturas de futuro; y omnipresente, la siembra.

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La debutante directora francesa aporta reflexión y mesura, dejando abiertos posibles paralelismos con un presente donde el feminismo batallador parece haber llegado para quedarse. Por eso el film resulta, a la vez que sugerente, curioso, muy interesante en cuanto a posibles reflexiones. Pero inexcusablemente el dolor y el aislamiento de las mujeres que han quedado sin hombres, produce una realidad de féminas que están en edad de ser madres sin opción para ello.

O sea, el film habla, más ampliamente, de menesteres que en un orden jerárquico-humano serían: el amor, la procreación y la colaboración en las tareas del campo y el trabajo en general. Como apunta Bermejo: «una especie de distopía de época que reflexiona sin sombra de afectación o sensiblería sobre la condición femenina en relación al hombre, en un relato llamativamente despojado, confrontando a sus personajes con lo esencial, el trabajo, la naturaleza y sus propias pulsiones».

Hay sobriedad en el relato a la hora de exponer la autenticidad de los sentimientos y las razones emotivas de los personajes, a lo cual colabora una bonita música de Frédéric Vercheval y una gran fotografía de Alain Duplantier a modo de genial envoltorio estético de formato 4:3, y exquisitos colores de estilo naturalista, a medio camino entre Johannes Vermeer van Delft, Pierre-Auguste Renoir y Jean-François Millet. Sin olvidar un vestuario de excelencia diseñado por Pascaline Chavanne.

Esta película hermosa tiene un reparto muy eficaz y sólido con actrices muy creíbles, como las que vemos en la excelente composición interpretativa con Pauline Burlet como Violette (la mujer que sabía leer y primera enamorada), Geraldine Pailhas (estupenda como Marianne), muy bien Anamaria Vartolomei (Joséphine), Iliana Zabeth y Alban Lenoir, sin olvidar al rudo pero resultón Jean, el varón único encarnado por Françoise Lebrun, que se queda un poco corto frente a las interpretaciones femeninas.

En suma, obra cerrada sobre un universo femenino, una recreación de tensiones y cariños, unos contenidos y otros exacerbados, imprecisos o auténticos, flotantes o a ras de suelo. Una película teñida de estética rural, tanto en su colorido como en la composición del plano.

Film riguroso y bello pictóricamente que produce un impacto emocional discreto, que en el transcurso de la cinta va in crescendo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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