Gigantes (Serie TV, 2018)

  17 Noviembre 2018

Entre lobos

gigantes-1En su ya consolidada filmografía Enrique Urbizu ha realizado un recorrido por diferentes géneros como la comedia, el drama o el thriller, siendo este último terreno donde parece sentirse más cómodo. Desde la ya lejana Todo por la pasta (1991), en aquel momento su segundo trabajo, ha sido una constante en su obra discurrir por un género negro poblado de delincuentes, policías corruptos y robos, con una mirada puesta en la tradición americana, pero enraizada con los acontecimientos de la realidad española.

La caja 207 (2002) ya era un filme más riguroso bajo el prisma del cine policiaco y mostraba una sociedad donde todo hombre tenía su precio para corromperse, a la vez que componía un gran personaje, el ex policía reconvertido en matón interpretado por José Coronado. En 2011 Urbizu se asentará definitivamente en el género con No habrá paz para los malvados, en el que veíamos en la pantalla otro gran papel para Coronado que en este caso encarnaba a un inspector de policía, fracasado y alcohólico.

Ahora en 2018, al amparo de la creación de contenidos de las nuevas plataformas y televisiones,  el director vasco nos trae una nueva aproximación al género policiaco con Gigantes, una serie para Movistar (aunque está rodada en formato panorámico 2:35), que en su primera temporada, compuesta de seis episodios, nos acerca a una familia mafiosa que se dedica al narcotráfico. La historia comienza mostrando al patriarca de la familia, Abraham Guerrero, y sigue con la continuidad del imperio criminal a través del relevo generacional encarnado en sus tres hijos.

Hablamos de una serie de Urbizu, pero en realidad la serie está también codirigida por Jorge Dorado que firma la dirección de tres episodios. Dorado es un realizador con experiencia en el entorno de la televisión, que ha participado como director en diversos capítulos de series como El ministerio del tiempo, La verdad o El embarcadero. Esta bicefalia no se trasluce en la factura técnica de la serie de tal forma que la realización, los planos y el ambiente remiten al universo de Urbizu, aportando continuidad a toda la producción.

En los últimos años, cuando se ha tratado el tema del narcotráfico, la referencia inevitable ha sido Narcos. Así ocurría por ejemplo con Fariña, una excelente reflexión sobre el contrabando y el narcotráfico en la Galicia de los 80 que tenía muchos puntos de contacto con el original de Netflix (ascensión y caída del narco, mitificación del personaje principal).

Sin embargo, Gigantes no mira hacia el modelo de Narcos sino que rebusca, por un lado, en el universo creativo que ya hemos visto en el cine de Urbizu para confeccionar el retrato de una familia encabezada por el violento Abraham, relacionándolo con acontecimientos cercanos a la realidad de nuestro país (mafias, corruptelas económicas y políticas); y por otro, recurre a una narrativa inspirada en el clasicismo de El padrino (la importancia de la familia, la disputa entre los hermanos o la aspiración a legalizar los negocios fraudulentos).

La serie comienza con un primer episodio marcado por el personaje de Abraham (José Coronado), un despótico e insensible mafioso que desde un barrio de Madrid ha ido extendiendo una red criminal asentada en el narcotráfico. Un hombre siniestro, que atemoriza a sus hijos desde que son prácticamente niños, y donde esa representación desmesurada de una figura paterna diabólica —que ocupa básicamente el episodio inicial— tiene como objetivo mostrar la influencia negativa que ejercerá durante sus vidas.

gigantes-4

Abraham, un hombre hecho a sí mismo, acostumbrado a pelear con todos para imponer su ley criminal, es el encargado de representar uno de los temas principales de esta serie: la familia como vínculo de sangre. La familia equiparable a una organización y alejada totalmente de valores como el cariño o el amor. La relación sanguínea es fundamental, todo aquello que no tiene esa conexión directa (padre e hijos) permanece fuera y puede eliminarse, aunque eso suponga la traición entre los miembros de esa familia.

Esa relación basada en la crueldad y el engaño es el que dejará el rastro en los tres hermanos cuando la figura del padre sea ya únicamente un recuerdo. En el momento en que se produce el relevo de la antigua generación, tomando las riendas de sus vidas, a pesar de que les ampara un mismo nombre, lo harán de una manera individual, cada uno por su lado porque la enseñanza que han recibido es la supervivencia de la familia por encima de sus propios miembros. Esta individualidad, que rompe precisamente con la idea de familia tradicional, hace que cada uno, por determinadas circunstancias, configure su propio universo particular.

Bajo el paraguas de los Guerrero, un apellido ya indicativo en sí mismo, convive Daniel (Isak Férriz), el hermano mayor de perfil simple y brutal, que ha sido destronado por el hermano mediano, Tomás (Daniel Grao), convertido en el líder de la familia y partidario de blanquear y gestionar las actividades criminales de una manera discreta (aunque cruel también) y el hermano pequeño, Clemente (Nene), el más inocente, que intenta apartarse de las actividades mafiosas de la familia.

La guerra fratricida entre hermano mayor y mediano es la que hará avanzar el relato, alimentando el argumento del resto de capítulos, dejando patente que ambos hermanos forman parte de la misma moneda cruel. Uno lanzado y sin freno, otro más cuidadoso pero despiadado, son la reencarnación de todo aquello que odiaban de su padre.

gigantes-3

La traición y los engaños, que se extienden a todos los que están alrededor de los dos hermanos, hacen que el retrato familiar sea despiadado. No hay prácticamente personajes positivos y en el fondo cada uno lucha por sus propias necesidades.

Esta consideración pesimista de los personajes se extiende no sólo a los criminales sino también a los que están enfrente. Policías y agentes secretos corruptos, jueces al amparo del poder o prensa oportunista y manipuladora, hacen que el espectador tenga una consideración negativa del universo que desfila ante sus ojos. En el fondo resulta difícil distinguir los métodos de unos y otros pues la catadura moral es relativamente equivalente entre los que en teoría son buenos y malos.

Es una reflexión que ya se apuntaba en La caja 207 donde las grandes empresas, la corrupción política (asociada a la construcción municipal) y la mafia confluían para pintar un cuadro deprimente de la sociedad española de ese momento, aunque mientras en esa película se contaba con un personaje con el que identificarse (el interpretado por Antonio Resines), ahora en Gigantes no tenemos ningún referente positivo.

La apelación a los códigos del cine negro permite establecer una diferencia entre la primera capa superficial de la sociedad, lo que aparentemente es respetable, y una segunda, en la que se muestra lo que verdaderamente  se esconde en el interior, las cloacas del poder que ejercen el Estado y los criminales, casi equiparados al mismo nivel.

En un mundo de hombres, los Guerrero se crían sin madre, las mujeres son las grandes víctimas. Personajes secundarios que sufren las andaduras del entorno masculino que las rodean. La mujer de Tomás es humillada mientras vive Abraham, la hija de ambos sufrirá en el colegio por su condición de mestiza, las dos policías que serán ninguneadas por sus jefes, la novia de Clemente que ve condicionada su vida por relacionarse con él.

gigantes-4

Hemos comentado con anterioridad la mirada que Gigantes efectúa a la saga de El Padrino de Coppola y el personaje de Tomás y la relación con su mujer no deja de ser equivalente a la figura de Michael Corleone, un ser que quiere blanquear su pasado pero que no deja de ser un matón que arrastra a su familia a una vida turbulenta.

Todo este relato se estructura en tres bloques, los dos primeros episodios, en los que se plantea la influencia decisiva del padre, el peso de la sangre (la familia) y las diferencias entre los hermanos; tres episodios en los que se desarrollan las diferentes tramas (la lucha de cada hermano por hacerse con su parcela, la necesidad de Clemente de apartarse de la familia, la investigación policial, la eliminación de aquellos que estorban a la familia, etc.); y un episodio final, planteado como una cesura entre una temporada y otra, donde desaparecen unos personajes, otros adquieren más protagonismo, y queda planteado un final abierto para la segunda temporada.

En este planteamiento, el primer bloque es el que presenta una mayor conjunción, con las elipsis temporales necesarias (el paso de niños a adultos, el periodo que Daniel pasa en la cárcel), mientras que conforme avanza la acción la serie se vuelve más rutinaria, a pesar de que Gigantes mantiene un ritmo ágil que juega con la combinación de las elipsis, de tal forma que únicamente vemos las consecuencias de la violencia (el enfrentamiento en la carretera, la muerte del hijo de «El lobo», la muerte de los sicarios, etc.), y el alargamiento del tempo en otras escenas (la liberación de Clemente del clan gitano, la secuencia en el almacén del episodio final).

Gigantes es, en esta su primera temporada, una reflexión sobre la lucha por el poder. Una lucha que empieza en el entorno más cercano, el de la familia Guerrero, y que termina ampliándose hacia el dominio del narcotráfico, aplastando a todos aquellos que se oponen a él. Esta ambición de conquista, de imposición, también se vertebra en todos los frentes. Afecta a los criminales pero también a los propios instrumentos del Estado en todos sus ámbitos (políticos, judiciales, policiales), con métodos que termina pareciendo igual de miserables que los usados por los propios delincuentes.

Escribe Luis Tormo  

gigantes-2


Más artículos...