Perder la razón (À perdre la raison, 2012), de Joachim Lafosse

  30 Noviembre 2022

Un infierno de buenas intenciones, un drama seco y sinuoso

perder-la-razon-0Este largometraje del director belga Joachim Lafosse, tras su obra Propiedad privada (2006), está basado en un caso real de la crónica negra ocurrido en Nivelles, una ciudad belga del Brabante Valón, la Bélgica profunda, en febrero de 2007.

En su momento, el entorno familiar que rodeaba a la protagonista de esta trágica historia, se mostró en contra del filme por parecerle tendencioso. Y no hay duda de que Lafosse se introduce en un mundo oscuro, para encontrar una explicación dudosa a lo en principio inexplicable.

La historia cuenta cómo un médico de buena posición, el Dr. Pinget, vive en Bélgica con su hijo adoptivo, un joven marroquí de nombre Mounoir, a quien ha educado con todo esmero de padre. El joven se enamora de una bonita muchacha, Murielle, y deciden contraer matrimonio.

De manera que la historia tiene un inicio exultante de felicidad, más como se verá, la pendiente se va inclinando de manera uniforme y persistente hacia la tragedia. Lo que ocurre es que el Dr. Pinget, padre adoptivo, decide que vivan juntos el matrimonio, él y los sucesivos hijos que la pareja va teniendo. Sin embargo, la joven esposa se siente oprimida y confinada en un clima afectivo viciado que tendrá un desarrollo malévolo.

Con la llegada de los hijos, la pareja se hace cada vez más dependiente del Dr. Pinget y de su apoyo económico y a todo nivel, pero esa generosidad sin límite se va transmutando en auténtico ejercicio de poder. Murielle comenzará a sentirse atrapada entre su intento de integrarse en la cultura musulmana de su marido y el cuidado de sus cuatro hijos, acabará dejando su trabajo de profesora, cayendo en una fuerte depresión. La historia toma el derrotero de la fatalidad.

El director Joachim Lafosse hace una película muy inquietante y extremadamente dramática, ejecutando sin embargo el desenlace de una manera tan sutil y a la vez tan cruda que quien vea esta cinta no olvidará fácilmente lo que sus ojos ven.

Desde mi modo de ver, la obra podría interpretarse como tendenciosa o que extrae conclusiones sociales y antropológicas un tanto precipitadas: «una película controvertida que maneja material explosivo con genio» (Acosta).

El guión lo escriben Thomas Bidegain, Matthieu Reynaert y el propio Lafosse, basado en acontecimientos reales. El libreto está muy bien llevado y sabe trasladar de la pantalla al espectador el clima asfixiante que se vive en ese extraño hogar donde conviven diferentes edades, distintas culturas y diversidad de religiones.

Lo que ocurre es que tanto el director como el guion van insinuando indicios, pistas a partir del contexto de Murielle, hasta su explosión final. Sin embargo, la joven es toda silencio y sufrimiento y por lo tanto se echa en falta un mayor acercamiento al interior del personaje, así como también uno hubiera agradecido una mayor definición de los personajes que la rodean.

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La música de Adriano Giardina acompaña muy bien la trama y tiene una excelente fotografía de Jean-François Hensgens.

El cuadro actoral lo preside una excelente Émilie Dequenne, que está soberbia en el papel de esposa y madre que se irá desintegrando psíquicamente poco a poco; de hecho, su papel fue bien reconocido en Cannes y otros festivales.

Tahar Rahim cumple medianamente con el rol de marido musulmán, podría haberse esforzado más o haber sido mejor dirigido: poco creíble y le falta intensidad cuando su actuación lo requiere.

Niels Arestrup construye de manera excelente el rol de padre posesivo: gran actuación del veterano actor francés. Y acompaña un grupo de actores y actrices que pasan el corte como Stéphane Bissot, Mounia Raoui, Redouane Behache, Baya Belal, Nathalie Boutefeu y Yannick Renier.

Lafosse declaró que quiso recrear «temas como la feminidad, el poder, el dinero, la falta de autonomía y la tragedia que surge del altruismo cuando esconde una relación perversa, pues el infierno está empedrado de buenas intenciones». Y verdaderamente lo consigue, de manera que, sin estridencias ni lugares comunes, compone una sobrecogedora sinfonía sobre los infinitos recovecos del alma humana: «las ansias de dominio, las diferencias culturales, el papel de la mujer-madre. No hay ningún plano gratuito en esta película narrada con enorme talento» (Bonet).

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Lo que Aldarondo escribe diciendo que el filme es «un sólido y penetrante drama sobre las relaciones de poder en el entorno familiar, y la soledad en la que puede ir hundiéndose una mujer ante la presión del entorno masculino, que va más allá, y por caminos más sinuosos, del habitual dominio del marido».

Con gran delicadeza e ingenio, Lafosse va dejando ver los entresijos y la convivencia entre los personajes de forma que va dando respuesta a la misteriosa imagen inicial en la que se ven cuatro ataúdes entrando en un avión.

No quiero desvelar más de lo que ya he dicho, con independencia de que Lafosse ya muestre sus cartas desde el principio, a lo que hay que unir un final con gran suspense, pese a ser previsible. Pero me deja pensando esta cinta: al narrar sucesos reales con tintes dramáticos y ángulos insondables del espíritu humano, más allá de los valores del filme, creo conveniente decir que no se pueden sugerir e incluso apuntar causas meridianas para conductas patológicas, sobre todo cuando no hay más prueba que la especulación y cierto equívoco discurso psicológico o antropológico-cultural, o etc.

Película interesante con conclusiones veladas y probablemente desacertadas. Película seca y sobria, lo cual juega en su favor, pero de forma deliberada hurta información y presupone argumentos incomprobables. Con razón la familia implicada en el caso real se quejó con fuerza ante esta cinta. Yo habría hecho lo mismo.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Publicada parcialmente en Filmaffinity

  

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