La muchacha de Moscú (Sancta Maria, 1941), de Edgar Neville

  26 Abril 2022

Rosario de géneros que no gustó en su momento

la-muchacha-de-moscu-0Esta película es una mezcla de géneros casi imposible, más bien es una sucesión de géneros. Efectivamente, empieza a modo de comedia frívola, en un crucero de recreo: fiestas, bailes, saraos, etc. Y de ahí pasa a ser una película dramática (naufragio), romántica, ideológica y también religiosa. En la historia, el barco en el cual comienza la trama se viene a pique, pero Nadia, una joven comunista que en él viaja, es salvada por quien luego será su amor, Paolo.

Cuando finalmente, y tras el rescate, Nadia llega a Nápoles donde vive su hermana, por una casualidad se tropieza de nuevo con Paolo, que pinta por los parajes de Pompeya. Paolo es un hombre muy religioso y tras mantener un idilio con la chica, ambos se enamoran. Pero en un momento dado él enferma nada menos que de lepra. Ella sufre desesperadamente y ansía la cura del amado, y descubre el poder de la oración cuando el hombre de sus amores se encuentra en tan grave situación. Una oración a Nuestra Señora la conduce a la conversión y al hombre amado a la curación.

Edgar Neville dirige con irregular fortuna esta película que, empero, es un filme digno de verse por dos motivos. El primero, porque su director es uno de los valores importantes de la cinematografía hispana y un creador polifacético que además de cineasta fue novelista, poeta, humorista y un personaje singular a tener en cuenta. La segunda razón es porque esta cinta ha estado desaparecida cerca de ochenta años, o sea, ha permanecido en la oscuridad: pertenece al período italiano de Neville, en el complejo de estudios de cine Cineccittà en Roma.

El guion fue escrito por Neville y Alessandro De Stefani, adaptación de la novela del escritor romano Guido Milanesi (1875-1956), Sancta María, de 1942; Milanesi fue un escritor conservador muy protegido por el fascismo en su momento. Está bien la música de Edgardo Carducci y excelente la fotografía de Carlo Montuori (en blanco y negro).

Si contemplamos la coyuntura del cine italiano de la época, por un lado, la producción de las películas corría a cargo del estado fascista (moralizantes, adoctrinadoras, etc.), pero en realidad lo que triunfaba en taquilla eran las comedias más bien frívolas. Esta cinta pretende ser una conjunción de ese tipo de comedia alegre, pero trufada de drama, política y conversión religiosa, lo cual queda bastante confuso a los ojos del espectador común, sin que pudiera alcanzar finalmente en la época un perfil de obra aceptable o apetecible.

Además, la cinta tiene contenido político, con un eslogan cuyo enunciado era «la primera película antibolchevique italiana», pues la protagonista es nada menos que una famosa propagandista bolchevique de Pravda en América, con un padre que había sido comisario asesino durante la revolución rusa y que para colmo había mandado matar al padre de Paolo, el protagonista.

Pero en realidad, lo más importante de la cinta es su carácter de folletín, un folletín en medio de una discrepancia política y religiosa, una mujer atea que valora altamente el régimen soviético y, por otro lado, un hombre ruso igualmente, pero creyente y devoto. De hecho, él le confiesa en el guion amarla «más que a nada en el mundo, pero que el pasado puede dividirlos, pues ella ha vivido en un ambiente envenenado, con otros principios y otra fe».

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Pero los momentos cumbre de la historia relatan el episodio en que él va a ser trasladado y aislado por haber adquirido la enfermedad de la lepra. Él, que ha pasado una temporada en África, imagina su mal, pero no se lo quiere comunicar a Nadia. Y ella no quiere abandonarlo bajo ningún concepto. Pero las autoridades están sobre aviso.

Tras visitar al sacerdote y aconsejarle éste que rece, ella, después de una noche en casa de Paolo esperando que amanezca en otra habitación antes que las autoridades sanitarias vayan a llevárselo, se encomienda vivamente a la Virgen María (Sancta María) y al llegar la inspección encuentra que Paolo no tiene rastro de lepra: ¡milagro!

Como se dice en los títulos de crédito: «¡Los milagros ocurren a diario! No es necesario recurrir a las crónicas antiguas para conocerlos ¡El ritmo acelerado de la vida moderna, hace que surjan milagros en abundancia! Esta es también la Historia de un milagro: de cómo una chica atea, casi ahogada en las olas turbulentas del infierno del escepticismo, abraza la religión».

En el reparto tenemos a Conchita Montes, la actriz fetiche de Neville, que interpreta aquí su segundo largometraje. Ella es una pieza principal de la película; además, Conchita había comenzado su carrera en Italia, rodando en versión italiana y castellana esta película, pues la Montes, con sus 27 añitos aprendió muy pronto el idioma italiano. Y en este título ya empieza a interpretar el arquetipo que luego reproduciría en el cine español de mujer refinada, frívola y sofisticada.

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A su lado, como galán absoluto en la Italia del fascio, tenemos a Amedeo Nazzari, un actor muy apoyado y promocionado por el Mussolini y compañía, pues encarnaba el prototipo del hombre masculino, viril, guapo y, en este caso, además íntegro. Aquí interpreta ese papel, pero sobre todo el papel de hombre devoto, sufriente y católico. Como señala Parés, cuando acabó la II Guerra Mundial, Nazzari se recicló a sí mismo y continuó siendo una estrella del cine italiano.

Acompañan también en el reparto con solvencia Armando Falconi, Germana Paolieri, Sandro Ruffini, Osvaldo Valenti, Marisa Chierizetti, Sandro Salvini, Aroldo Tieri, Franca Volpin, José González, Carmine Garibaldi, Gemma D´Alba, Vittoria Mongardi, Leila Guarni, Mario Sernicola, Carlo B. Todd, Pina Renzi y Rafael Calvo, entre otros.

Este olvidado título de Neville no funcionó en su momento, tanto en Madrid, cuando se estrenó en el Palacio de la Música, como en Italia, la película recibió malas críticas, lo cual afectó de forma importante a Neville. Esta mala prensa, este fracaso, es el motivo de que las copias españolas desaparecieran, increíblemente; digo esto, porque siempre hay que cuidar el patrimonio cinematográfico, todo, sin excepción. De manera que las escasas copias que existen son las italianas.

La película se balancea entre la comedia blanca y el melodrama, entre el cine de propaganda política (anti-comunista) y el cine religioso («la historia de una muchacha atea elevada a la cumbre de la fe gracias al amor», como reza en los créditos iniciales). Una obra extraña en la filmografía de Neville, pero que como todas sus películas, tiene destellos de calidad. Aconsejable, desde mi modo de ver. No entiendo cómo fue tan vilipendiada en su momento. No lo merece, pues de toda película se aprende si uno sabe mirar algo más allá de la ideología o los contenidos más naif-religiosos.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity 

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