El Bosco: El jardín de los sueños (2016), de José Luis López Linares

  17 Marzo 2022

Una obra deliciosa y un gran documental

el-bosco-el-jardin-0Quiero recordar al inicio de mis comentarios sobre este magnífico documental El Bosco: El jardín de los sueños, que en el año de 2016 se cumplieron 500 años de la muerte de Jheronimus van Aken, familiarmente Joen, conocido como Jheronimus Bosch y en España El Bosco. Nacido en ‘s-Hertogenbosch, comúnmente llamada Den Bosch, hoy perteneciente a Holanda; de ahí tomó el nombre. Se sabe muy poco de este misterioso pintor, autor también de El jardín de las delicias, salvo el año de su nacimiento (aproximado) y el año de su muerte (1450-1516).

Este maravilloso y fascinante documental se inicia con unas palabras de Andrei Tarkovsky: «Cuando una obra de arte nos conmueve, escuchamos en nuestro interior la misma llamada de la verdad que impulsó al autor a crearla». Gran verdad, los que hemos visto la tabla del maestro El Bosco ya no la podemos olvidar más. A mí siempre me pareció la más misteriosa obra pictórica que he visto nunca, llena de sugerencias, interrogantes, insinuaciones y puertas abiertas a la imaginación y a la reflexión también.

A la vez, me parece una obra onírica, el producto de un sueño, tal como los sueños son concebidos por el psicoanálisis, como una forma de funcionamiento psíquico denominado Proceso Primario, una manera de funcionamiento psíquico primitivo en que las cargas pulsionales, en que las representaciones psíquicas de nuestros instintos más recónditos e inauditos cobran forma, lo hacen de una manera libre, azarosa, amoral.

No rige la relación causa-efecto ni el Principio de Realidad, que queda prácticamente anulado produciendo imágenes impensables en la vida de vigila: gentes que vuelan, escenas eróticas inverosímiles, humanos atravesados por las cuerdas de un arpa, objetos y animales bizarros, hombres-pájaro, peces voladores junto a bandadas de aves, rostros maliciosos, pavos reales inconcebibles, soldados de armadura devorados por verdes lobos, una pareja dentro de un mejillón, etc. No hay que confiar, pues, en la apariencia de las cosas, sino intentar mirar a través de ellas. El gran invento del Bosco es que cuando miramos en el interior de este cuadro, comenzamos a soñar.

Al igual que en los sueños, la obra me parece una manera alucinatoria de deseos y temores, de objetos, animales y personas que flotan sin ordenación, sin pregnancia, locamente, regidos por el Principio del Placer, ingrávidos, cargados de simbolismo, de elementos desplazados en el sentido de cómo la simbología principal de las imágenes más relevantes pasan a imágenes menores cualesquiera o insospechadas; también hay imágenes condensadas en una unidad, de forma que encierran muchos y variados significados, representando en un solo elemento significantes complejos.

También ocurre en los sueños que cuando los recordamos lo hacemos con una lógica interna (Proceso Secundario), como si de una obra teatral se tratara, con coherencia, fenómeno al que Freud denominó «dramatización», pues el sueño original es sin duda caótico, pero nuestra tendencia natural es darle una buena forma, convertirlo en algo conexo; de hecho, quien mira el cuadro lo ve según un orden dramático ordenado.

Y no puedo pasar por alto que en todo sueño hay una parte manifiesta (lo que se recuerda) y una dimensión latente que encierra el auténtico sentido del mismo, lo que Freud llamó la «verdadera realidad psíquica». Así en el cuadro. Queda aún por desvelar en toda su extensión esa parte latente.

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En este jardín del Bosco se dan todos estos componentes del sueño: primariedad, condensación, desplazamientos, dramatización y un contenido latente o ulterior a lo que se ve. Sin olvidar que los sueños son reales mientras dormimos: colores, olores, sonidos, personas, etc. Todo lo que soñamos deriva de nuestra experiencia y de nuestra vida, si bien aparecen en el soñar de manera anárquica. No en vano, en el mismo documental se dice que El jardín de las delicias es una pintura precartesiana, o sea, pintado antes de que la racionalidad se hubiera instalado definitivamente en la fórmula del pensar humano.

Hay algo importante de este singular cuadro que quiero destacar y que tiene que ver con lo que he dicho anteriormente. Los efectos que produce en la gente, o sea, cómo cada cual interpreta a su manera las tablas. A mí me recuerda mucho a los llamados tests proyectivos como el de las relaciones objetales de Philipson, el de apercepción temática de Murray o el mismo test de Rorschach, conocido como el test de las manchas.

En todas estas pruebas diagnósticas, cada individuo proyecta, en las diferentes láminas que se le presentan, sus impresiones, sus anhelos, temores, defensas psicológicas o traumas. Cada sujeto singular ofrece respuestas diferentes a los mismos estímulos visuales, que son láminas sin un sentido definido. Igual ocurre con este cuadro, que cuando es escudriñado por ojos diversos: ojos de niños y niñas, ojos de hombres y mujeres de diferentes edades, etnias o culturas, algunos legos, otros especialistas, unos admirados, otros confundidos, cada cual hace su lectura singular de la obra.

Pero yendo directamente al documental diré que es una obra filmada sobre uno de los cuadros más llamativos y enigmáticos que se han pintado jamás y que más tinta ha hecho correr entre los especialistas en Historia del Arte, Filosofía o Literatura. Como dice Falkenburg, que es quien narra el documental y modera el debate con todos los participantes: «Al final de la novela, el escritor desvela el misterio. En este caso, el autor no quiere que resuelvas el misterio, quiere que permanezcas en él».

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Su director, José Luís López Linares realiza un trabajo muy meritorio y extremadamente interesante, donde a los impecables aspectos técnicos se une ese don del auténtico artista del celuloide que sabe encauzar la obra, con sus giros y sus imágenes, por el sendero de la excelencia. Muy bueno el guion de Cristina Otero Roth. No quiero olvidar la valentía y el amor a la cultura y al arte de la productora López Li Films, la coproducción del Museo del Prado y la Fundación BBVA como entidad patrocinadora, con la colaboración de Movistar+ y el apoyo de RTVE.

López Linares nos invita a participar de una fascinante conversación, armados con un nuevo bagaje de pistas de personajes diversos, con imágenes preciosistas y muy potentes rodadas en ultra alta definición. Un zoom que nos transporta a la gran pantalla y nos introduce en ella.

Todo ello subrayado por una cuidada selección musical, grandes artistas internacionales que parecen componer para el pintor holandés. Elvis Costello pone música a los tapices de Cluny, el tema de Lana del Rey, Gods and Monsters, como un clip musical inesperado y portentoso hilado con los detalles del cuadro, la paz de Ludovico Einaudi, junto con Max Richter, Olafur Arnalds y el emocionante Vater Unser de Arvo Part.

Es un documental sobre muchos misterios sin resolver en torno a una pintura única. De nuevo López Linares advierte: «Este es un cuadro emblemático, es uno de los más conocidos del Bosco, una especie de icono, que ejerce un extraño poder de fascinación. Es diferente a cualquier otro cuadro, por el color, por su construcción, la acción compleja». El proceso de creación de este documental, añade, «ha sido un aprendizaje fundamental para llegar a comprender el cuadro, sin acabar nunca de resolver todos sus misterios».

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Después de la inauguración de la exposición El Bosco: La exposición del V Centenario, llegó de manera fugaz a los cines este documental basado en una idea original de Reindert Falkenburg. «La película es una gran conversación sobre el cuadro. El espectador participa haciéndose las mismas preguntas que se hacen los demás; algunas tienen respuestas y otras no. El cuadro funciona como un espejo, refleja lo que estás mirando», explica López Linares.

Este documental se estrenó en más de setenta salas en España, además de en EE.UU., Inglaterra, Italia, Polonia, Hungría y la República Checa. También se pudo ver en la 2 de TVE.

Cuando se ve este tríptico uno queda magnetizado, estamos ante un hipnótico no barbitúrico, como dice un amigo mío psiquiatra. Cuando el tríptico se cierra, en su parte exterior se representa un globo terráqueo, dentro de una esfera límpida, transparente.

Es al abrir el tríptico cuando aparece como por arte de magia un genuino jardín de imágenes fantasmagóricas. El paraíso con Adán y Eva, a la izquierda; la lujuria y los placeres de la carne, en el centro; y el infierno, a la derecha. No hay más que pensar que cada día pasaron frente al cuadro más de 4.000 personas que quedaban de seguro absortas, embobadas. Los que nunca lo vieron antes, muchos, no pueden dejar de emitir algún tipo de exclamación: «¡Dios mío! ¿Qué es esto?». El cuadro actúa a modo de espejo ante los anonadados espectadores. Pero ¿qué ve la gente cuando mira el cuadro? ¿Qué es lo que realmente nos quería contar el pintor? ¿Hubo alguna razón para crear esta obra?

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Si antes aludía a las componentes oníricas de la obra y a su capacidad para atraer las proyecciones psíquicas del público, quiero ahora recordar la tesis del historiador Reindert Falkenburg, de que este tríptico fue concebido como un elemento de conversación para la corte de los duques de Nassau. Estas conversaciones e intercambios que se iniciaron hace 500 años en Bruselas, continúan ahora en esta cinta con las reflexiones del propio Falkenburg y otros protagonistas escritores, historiadores, músicos y artistas, restauradores, que van ofreciendo claves y pistas para ayudar al espectador a entender el cuadro y al pintor en su época.

La tesis de Falkenburg de que el tríptico fue desde sus orígenes un elemento de plática, se reproduce cinco siglos después. Uno de los grandes méritos de este documental es poder ver y escuchar, a unos más que a otros, la participación en este dialogo, pero en el momento actual, en la contemporaneidad. Figuras relevantes del pensamiento y el arte, individuos principales: todos están ahí haciendo su labor.

Participan Cees Nooteboom (escritor y ensayista neerlandés), Salman Rushdie (escritor y ensayista británico), Orhan Pamuk (escritor turco), Nélida Piñón (escritora brasileña), Laura Restrepo (escritora y periodista colombiana), Michel Onfray (filósofo francés), Miquel Barceló (pintor neoexpresionista español), Cia Guo Quiang (artista chino), Isabel Muñoz (artista), José Maria Ballester (fotógrafo), Ludovico Einaudi (compositor), William Christie (director de orquesta), Silvia Perez Cruz (cantante popular), Renée Fleming (soprano norteamericana), Carlos García Fraga (artista), Roberto Salcedo Gómez (artista), Pilar Silva (comisaria de la exposición), Jaime García-Márquez (gabinete técnico Museo del Prado), Philippe de Montebello (director del Metropolitan Museo de Arte de Nueva York), Karel Noordzy (Confraternity of the Histrion Ladys), John Elliott (historiador e hispanista británico), Carmen Iglesias (historiadora), Jan Sanders (Brabants Historich Informatie Centrum), Alejandro Vergara (conservador del Museo del Prado), Elisabeth Taburet-Delahaye (directora Museo de Cluny), Geertjan Van Rossem (rector de la Catedral de Hertogenbosch), Herlinda Cabrero (restauradora del Museo del Prado), Hanno Wijsman (historiador), Johanna Klein (historiadora del arte), Teresa Mezquita (conservadora Biblioteca Nacional de España), Sophie Schwartz (neurocientífica), Nils Büttner (historiador del arte), Albert Boadella (dramaturgo), Rodrigo Calveyra (músico), Leonardo García Alarcón (director de orquesta), Max (autor de cómics), Joaquín Díaz (musicólogo) y Xavier Salomon (historiador del Arte).

Artistas, escritores, filósofos, músicos y científicos conversan sobre los significados personales, históricos y artísticos del cuadro, trayendo a nuestros días la conversación o el coloquio inacabado desde hace cinco siglos, y que probablemente nunca se cierre de manera definitiva.

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Ocurre además, que al igual que en la libre asociación de ideas del método psicoanalítico, esta libertad de expresión por parte de personajes varios constituye una deliberación coral sobre El jardín de las delicias y su creador, pero ahora con una más amplia perspectiva histórica de la época del Bosco, su tiempo y las claves de la historia del arte, lo que aporta matices muy enriquecedores en esta cinta; estas asociaciones vierten en el espectador contenidos sustanciales, para intentar reconstruir el sentido de esta obra mágica.

La mencionada narración comienza con la apertura de las puertas: «Un cuadro que invita a entrar y participar» (William Christie). Un primer acercamiento al cuadro que actúa como espejo en el que el espectador se proyecta, en el que «la mayoría de la gente se ve a sí misma. Si nos damos cuenta de que el cuadro es un reflejo de nosotros ante la pintura, en cuanto miramos en su interior comenzamos a soñar. Es una imagen en espejo de nosotros» (R. Falkenburg).

Claro, es un espectador que ha cambiado en estos cinco siglos: «Este cuadro ha estado ahí expuesto desde hace mucho tiempo, emanando su fuerza, su alma… Antes de la Revolución Francesa después de la Revolución Francesa; antes y después del marxismo, y antes y después de Auschwitz. […] Lo que significa que el cuadro, ha permanecido siempre igual. El mismo objeto material, hecho de madera y pintura […] Pero los ojos pertenecen a cabezas cuyas mentes han cambiado por completo» (Cees Nooteboom).

Y proseguimos con las claves biográficas del pintor, la cofradía a la que perteneció, su inspiración diaria en el mercado de su pueblo, Hertogenbosch.

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Como añade Nélida Piñón: «Nadie puede hacer esa obra sin sospechar de su capacidad, de engendrar un mundo. De competir con Dios». Capacidad que Pilar Silva (comisaria de la exposición) describe con la interesante idea de que «el Bosco dibuja como un pintor y pinta como un dibujante».

Y el Jardín como tema central, obra que hechiza por su grado de realismo a John Elliott, por su capacidad de «crear esta máquina capaz de encender la imaginación del espectador e incitar a la interpretación sin ni si quiera darnos una pista» (Reindert Falkenburg). Su visión como artista: «que es capaz de presentar un futuro mucho más cruel de lo que podían imaginar los coetáneos» (Carmen Iglesias).

El jardín como «un gran día de fiebre», dice Miquel Barceló; el asombro que provoca en Orhan Pamuk, «la paciencia y la alegría de los detalles». Difícil de describir para Nélida Piñon: «Para describir esto hay que inventar palabras».

Michel Onfray, desde su visión filosófica: «Lo importante en la vida, no es la cultura sino la vida. Es la gente, no matar, no hacer daño… No aumentar la miseria del mundo. Y esta obra es genial porque eso es lo que dice. Si fuera necesario destruir obras de arte habría que destruir muchas, pero salvar esta».

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Y el artista chino Cai Guo Quiang lo describe como: «Una obra en la que el espacio surge desde el interior del tiempo. Por eso El Jardín representa la historia de la humanidad».

Ludovico Einaudi lo ve «como una ópera fantástica». Y Philippe de Montebello concluye: «Yo lo miro desde el punto de vista pictórico y me pregunto ¿por qué es tan emocionante? Y concluyo, porque funciona».

Amigos, este documental, si tenéis la suerte de encontrarlo en alguna sala de cine o en TV no os lo perdáis. Es una auténtica joya que merece la pena visionarlo, escucharlo y saborearlo, porque enciende la imaginación y estimula a poner la máxima atención, a la vez que incita a la interpretación sin que nos demos cuenta y sin apenas darnos pistas.

El autor quiere que permanezcas en el misterio. Cualquier individuo con un ápice de sensibilidad, lo agradecerá y mucho. Su corazón se elevará como el águila.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity 

  

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