En el centenario del nacimiento de Pier Paolo Pasolini

  05 Marzo 2022

 

La mirada del poeta

pasolini 0«Ma resta
nella memoria -e incanta
di sé la luce- il volo
del giovane ciclista
vòlto all’amico: un soffio
melodico: “Vai solo?».

Sandro Penna.

Cuando en 1961 Pier Paolo Pasolini (1922-1975) inició su carrera cinematográfica con Accattone, ya tenía una sólida trayectoria poética y narrativa. Era considerado uno de los mejores escritores italianos del momento y obras como la novela Chavales del arroyo (1955) o el poemario Las cenizas de Gramsci (1957) lo habían consolidado en el panorama cultural de la época.

Siendo ya un escritor reputado —Alberto Moravia prefería al Pasolini poeta, mientras que Attilio Bertolucci se decantaba por el Pasolini novelista—, ¿qué fue lo que impulsó a este creador, nacido en Bolonia hace cien años, a adentrarse en el mundo del cine? Básicamente, el deseo de comprender mejor la realidad de su tiempo, de profundizar en ella.

Esto conecta con el anhelo intrínseco del verdadero artista: intentar abrir claridades en un mundo lleno de confusión y misterio. Para este objetivo —sumergirse en la variopinta realidad, extraer de ella sus luces y sus sombras—, Pasolini, que también cultivó el artículo periodístico, el ensayo, el teatro, consideró que el cine era la herramienta cultural idónea.

Pasolini, como otros intelectuales italianos de mediados del siglo XX, admiraba las películas neorrealistas de Visconti, Rossellini, De Sica, obras maestras en la Europa de posguerra. Filmes como Roma, ciudad abierta (1945), La terra trema (1948) o Ladrón de bicicletas (1948) marcaron a la mayor parte de los creadores italianos, de diversas disciplinas, y Pasolini no fue una excepción.

Pasolini llegó a Roma con su madre, Sussana, a finales de los 40, procedente del norte de Italia. Ya había publicado varios libros de poemas en dialecto friulano. Los primeros años en la capital Sussana y Pier Paolo vivieron en el arrabal de Ponte Mammolo, donde Pasolini conoció de primera mano a los más humildes de la sociedad romana, jóvenes llenos de vida que vivían en los márgenes de la gran urbe. Este conocimiento del corazón popular de Roma sería la piedra angular de sus dos primeras novelas: Chavales del arroyo (1955) y Una vida violenta (1959), y de sus dos primeros largometrajes: Accattone (1961) y Mamma Roma (1962).

A comienzos de los 50, Pasolini entabla amistad con el poeta Attilio Bertolucci, y es conocida la anécdota en la que Pier Paolo se presenta un día en casa de los Bertolucci y uno de los hijos de Attilio, entonces un niño, Bernardo, le abre la puerta. Bernardo va a la habitación de su padre y le comenta que ya ha llegado el fontanero. Entonces, Attilio se dirige al salón con su pequeño, y cuando ve a Pier Paolo le dice a Bernardo: «Hijo, este señor es uno de los escritores más grandes de la actualidad».

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Attilio fue decisivo para que la editorial Garzanti, de Milán, publicara Chavales del arroyo (1955), y su hijo Bernardo trabajó como ayudante de dirección de Pasolini en Accattone (1961). El propio Pasolini escribiría el guion del primer filme que dirigió Bernardo Bertolucci: La commare secca (1962).

Personalmente, considero que la primera parte de Novecento (1976), esplendorosa, cuando Alfredo y Olmo son niños, muestra una gran influencia pasoliniana. El entusiasmo juvenil, el despertar sexual, la sencilla vida de los campesinos, el deslumbramiento por las maravillas del mundo, la conexión entre los individuos y la naturaleza poseen el aliento de Pasolini, el aliento de un poeta, el afán por captar la belleza de todos los instantes vitales. Porque Pasolini fue siempre un poeta, ya escribiendo versos o relatos, redactando textos periodísticos o rodando imágenes.

En quince años de trabajo fílmico, Pasolini realizó una labor impresionante en calidad y variedad. Del díptico realista romano de principios de los 60, Accattone y Mamma Roma hasta Saló (1975), donde la violencia y el sexo se entremezclan en una visión crítica de la ocupación nazi del norte de Italia, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

Entre medias, se acercó a la Biblia con El Evangelio según San Mateo (1964), acaso su obra cumbre; a las tragedias griegas con Edipo Rey (1967) o Medea (1969); al cine experimental, innovador, tan en boga en los 60, con Pajaritos y pajarracos (1966) y Teorema (1968; la película está basada en una prodigiosa novela de Pasolini, con título homónimo); a las colecciones de cuentos medievales que cantaban al placer como fuerza vital, con El Decamerón (1970), Los cuentos de Canterbury (1972) o Las mil y una noches (1974).

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Y en secuencias en blanco y negro o en color, en espacios cerrados o abiertos, en momentos sentimentales o dramáticos, se apreciaba una inmensa sensibilidad poética en la captación de los planos, en el tratamiento de los diálogos, en la construcción de los personajes. Desde el lamento de María, la madre de Jesús —encarnada por la propia madre de Pasolini, Sussana— por la crucifixión de su hijo, en El Evangelio según San Mateo, hasta el magnetismo del deseo que irradia Terence Stamp en Teorema.

Con Pasolini trabajaron intérpretes que fueron grandes amigos suyos, como Franco Citti —el hermano de Franco, Sergio, colaboró con Pasolini en el guion de varios largometrajes—, Ninetto Davoli y Laura Betti. Se podía hablar de escuela de actores y actrices pasolinianos, al igual que Max von Sydow, Ingrid Thulin, Gunnar Björnstrand, Bibi Andersson pertenenen a la escuela de intérpretes de Bergman, o José Luis López Vázquez, Amparo Soler Leal, Luis Ciges y Chus Lampreave a la escuela berlanguiana.

Con Pasolini también laboraron leyendas del cine italiano como Anna Magnani —sublime su interpretación en Mamma Roma (1962), a la altura de su papel en Roma, ciudad abierta (1945), de Rossellini-, Totò —divertidísimo en Pajaritos y pajarracos (1966), una de sus últimas apariciones en la gran pantalla—, o Silvana Mangano —espléndida en su contención y sensualidad en Teorema (1968).

Asimismo, Pasolini impulsó la carrera del gran actor inglés, Terence Stamp, en Teorema —décadas más tarde, Stamp protagonizaría Beltenebros (1991), de Pilar Miró—, y consiguió que la genial cantante de ópera, María Callas, protagonizara Medea (1969), a la que antes ya había dado vida en la versión operística.

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Parar encarnar a Jesucristo en El Evangelio según San Mateo (1964), Pasolini eligió a un joven estudiante español, Enrique Irazoqui, que le entrevistó acerca de su novela Chavales del arroyo (1955). Si Pasolini solo hubiera rodado El Evangelio según San Mateo, ya merecería estar situado en la cima de la historia del cine. Afortunadamente, rodó bastantes películas. Algunas magníficas, otras notables, todas con su sello propio, el sello de la poesía.

En El Evangelio pasoliniano hay una síntesis mágica entre el cristianismo y el socialismo, tan afines en su propuesta humanística. Se trata de una película inmortal, que nos revela a un cineasta que se va haciendo a sí mismo —hay planos que se mueven, a veces la luz no es consistente—, construyendo su personalidad cinéfila al mismo tiempo que construye un largometraje precioso en su dureza y belleza.

Los primeros planos de María y José en el inicio del filme son de una hondura enorme. María, embarazada, la mirada baja. José, perplejo, aturdido, pues sabe que el niño que espera María no es de él. Y luego, qué secuencias tan hermosas las de Jesús acompañado por los niños, por esa alegría de la infancia que constituye la base del Evangelio y quizá de nuestra propia vida.

En una madrugada de octubre de 1962, Pasolini leyó en el convento de Asís el Evangelio de Mateo, mientras esperaba la visita del Papa Juan XXIII a este municipio italiano. Pier Paolo quedó tan impactado por la humanidad y la hermosura del relato bíblico, que decidió llevarlo a la gran pantalla. La excelsa música de Bach, que ya había empleado en Accattone (1961), constituye otro de los principales encantos de esta obra maestra del cine.

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El Papa Juan XXIII, impulsor del Concilio del Vaticano II, auténtica aproximación entre los planteamientos socialistas y cristianos, falleció cuando Pasolini rodaba el filme. Pier Paolo le dedicó su película: «A la querida, alegre y familiar memoria de Juan XXIII».

A lo largo de la década de los 60 y la primera mitad de los 70, Pasolini compaginó su trabajo cinematográfico con la escritura de poemas, novelas, artículos periodísticos y textos ensayísticos. A Pier Paolo le encantaba comer pasta y beber cerveza. Le gustaba mucho el fútbol, y llegó a afirmar que los momentos más felices de su vida los había pasado en su niñez, jugando al fútbol en los prados de Bolonia. Le fascinaba la poesía de Antonio Machado. De los poetas italianos de su tiempo, admiró profundamente a Sandro Penna.

Hoy sábado, 5 de marzo de 2022, se cumple el centenario de su nacimiento. A Pasolini lo asesinaron a principios de noviembre de 1975 en la playa de Ostia. Demasiado libre, demasiado rebelde, demasiado sabio para un mundo presidido por el odio, la intolerancia y la violencia. Sus películas, sus poemarios, sus novelas continúan alumbrándonos, obras imperecederas de un artista único.

En su entierro, el escritor Alberto Moravia dijo que «en cada siglo solo nacen dos o tres poetas verdaderos, solo dos o tres, y Pier Paolo era uno de esos poetas. Pasolini era un poeta».

«De toda la memoria, sólo vale
el don preclaro de evocar los sueños».

Antonio Machado.

Escribe Javier Herreros Martínez | Galería de fotos sobre Pasolini

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