Alguien voló sobre el nido del cuco (One flew over the cuckoo’s nest, 1975), de Milos Forman

  02 Noviembre 2021

Sobre el trato a los enfermos mentales

alguien-volo-nido-cuco-0000Gran Vía de Salamanca, tarde noche de enorme frío tras un día pesado de clases teóricas y prácticas, y en el camino de vuelta a casa, ya cerca de la Alamedilla y de mi calle Campoamor donde vivía como estudiante de Psicología. En ese camino vi anunciada en el cine Gran Vía esta película, de la que incluso ya habíamos hablado en clase. Compré la entrada sin pensar y me dispuse a visionarla.

El protagonista del filme es Randle Patrick McMurphy (Jack Nicholson), un hombre con algún leve delito a las espaldas, nada grave, que es recluido en un centro psiquiátrico. Randle es sobre todo una persona libre y alegre que vive la vida a su aire, un poco antisocial y bastante rebelde. Sus comportamientos traviesos y discordantes sintonizan con los pacientes a los cuales se mete en el bolsillo, y soliviantan al personal de la clínica, particularmente a la estirada enfermera Ratched (Louise Fletcher), a cuyo cargo corre la terapia de grupo de las mañanas.

El estupendo y poco prolífico director checo Milos Forman, con dos Oscar en su haber, acierta de manera sobresaliente en la dirección de este filme, adaptación de la novela de título homónimo de Ken Kesey (Oscar mejor guion adaptado).

Es una película buena con mensaje humano, de las que no se olvidan. Acierta Forman (y Kesey, claro) a dar en la diana con un certero disparo al centro de la Psiquiatría más reaccionaria y represora, esa que dispone de la vida de las personas, maniata su libertad, amordaza las ilusiones de los pacientes; y si la cosa se pone difícil, mutila su identidad y autonomía de la manera más expeditiva posible, recurriendo incluso a la cirugía o al electroshock. De hecho, McMurphy (Jack Nicholson), tras alterar de modo reiterado el severo orden del centro, es sometido a lobotomía.

Además de dirección y guion, un valor principal del filme es el magistral y perfecto trabajo de Jack Nicholson (también ganó el Oscar), toda una fuerza impulsora que encarna a al hombre sociopatilla, risueño y con dotes de liderazgo que alienta a vivir a sus compañeros de clínica, a romper las cadenas de la disciplina manicomial.

Algo equivalente a lo que antaño hiciera el celebérrimo médico francés Philippe Pinel (1745-1826), cuando cortó las cadenas de los enfermos mentales de su época y propuso un trato humanitario a estos pacientes y una forma de tratamiento que denominó «tratamiento moral». Como escribiera K. Carroll: «Nicholson explota en pantalla con una interpretación perfecta en ritmo y en entendimiento del personaje».

Junto a Nicholson, una interpretación gloriosa de Louise Fletcher en el papel de enfermera jefe intransigente y autoritaria que trata a los pacientes de forma alevosamente improcedente (Oscar para ella también). El resto del reparto, igualmente genial: Redfield, Small Lassick y otros. Interpretaciones de gran viveza que dibujan el rostro de tantos enfermos mentales que han sufrido a lo largo de los tiempos el yugo de la dictadura médica y el olvido de la sociedad.

En mi época se convirtió en una cinta icono para todo público amante de la libertad y particularmente para los estudiantes y estudiosos que tuvieran relación con la psicología, la psiquiatría, la enfermería o similares. Una película cargada de radicalidad ideológica gestada en un mundo conservador como Hollywood.

Pero, a decir verdad, siendo honestos, el filme soporta mal las conclusiones que extrae de su planteamiento. De un lado por ser en exceso esquemático, y ya se sabe, cuando se resume mucho, en este caso sobre la realidad psiquiátrica, se corre el riesgo resultar grotesco e incluso que la cosa devenga melodrama sin sustento.

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Por ejemplo, la cirugía psiquiátrica aplicada al personaje denominada lobotomía, consistente en la sección quirúrgica partes del lóbulo frontal (técnica inventada por el Dr. Egas Moniz en las primeras décadas del pasado siglo, que recibiría paradójicamente el Premio Nobel de medicina en 1949), pues bien, debido a los malos resultados y lo cruel y tremendo de tal agresión, fue prohibida sobre 1967 en los EE. UU., poco después del 1965, año en que se contextualiza el film, pero ya fuera de época en la fecha del estreno.

De otra parte y curiosamente, a pesar de lo que se refleja en el filme, el director de la clínica donde se rodó la cinta, el Oregon State Hospital, Dean Brooks, que aparece incidentalmente en la película, fue un psiquiatra innovador para el momento; incluso dejaba que los pacientes vistiesen su propia ropa en lugar de los uniformes propios de la época, y además los enfermos realizaban excursiones al campo.

De otra parte, la astucia y malevolencia de la dictatorial enfermera no suele ser habitual en las salas psiquiátricas.

En cualquier caso, el mensaje a favor del enfermo mental siempre estará vigente, más aún por cuanto estos tipos de patologías (pues son diversas), conciernen al enfermo que, como persona, es un ser social, un ser en el mundo digno del mayor respeto y consideración.

La película es más ideológica que filme de fuste. Sin embargo, debido al delicado tema que aborda y la actitud reivindicativa, los fallos pueden obviarse por ser una buena película en muchos aspectos, además de haber tenido un efecto reivindicativo e incluso pedagógico para algunos psiquiatras y psicólogos clínicos, de corte conductista, sobre todo.

Muy recomendable, sobre todo para quienes tienen algún familiar enfermo o para profesionales de la salud mental.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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