Papillon (1973), de Franklin J. Schaffner

  01 Noviembre 2021

Excelente drama carcelario

papillon-0Central Cinema, emblemático cine de mi ciudad, eran los días de su estreno. Caminaba yo arriba abajo calle Ganado y al llegar a la puerta me paré, vi el título, la cartelera y sin dudarlo me metí en la sala. Iba solo, como tantas veces a ver esta película —me gustaba—. A la salida estaba encantado: ¡menudo peliculón!

Ocurría esto en mi juventud primera y ya había leído yo la obra homónima, novela autobiográfica de Henri Charrière, apodado Papillón por un tatuaje que lleva en su pecho en forma de mariposa. Charrière era, al parecer, un convicto que en realidad era inocente. La novela me entretuvo muchísimo y disfruté de ella. Estaba bien escrita y era un canto a la superación personal en pos de la legítima libertad, la de un hombre inocente que había pasado lo indecible y estaba al borde de lo tolerable, tras mucho presidio en cárceles inhabitables e inhumanas de las que se fugaba a cada tanto.

Entonces ya conocía al director Franklin J. Schaffner de otras meritorias películas suyas, como El planeta de los simios (1968), muy buena, con Charlton Heston; Patton (1970), con George C. Scott, sobre el famoso general norteamericano; o Nicolás y Alejandra (1971), una producción importante en torno al ocaso de los zares en Rusia, tras lo cual advino la revolución bolchevique; luego vino Los niños de Brasil (1978), cine denuncia sobre las maldades nazis, entre otras.

Papillón estuvo a la altura o más de estos precedentes. Excelente dirección, lo cual, unido a un genial y sutil guion nada menos que del perseguido y superlativo Dalton Trumbo, junto a Lorenzo Semple Jr., dio lugar a una cinta en la que se puede encontrar drama, emoción, aventura, canto a la amistad y a la manumisión (acto solemne en que el amo renuncia al derecho de propiedad del esclavo) y ritmo increscendo.

Banda sonora de las muy buenas de Jerry Goldsmith, la mejor banda sonora de todas sus colaboraciones con Schaffner. Brillante fotografía de Fred J. Koenekamp, el fotógrafo también de Patton (1970), que volvió a trabajar en esta película demostrando que sabe buscar los tonos más adecuados para cada momento, una brillante y espléndida fotografía que acompaña cada escena con brillantez.

A todo esto hay que unir unas interpretaciones de auténtico lujo, con actores de excelencia entre los cuales destaco al mismísimo Steve McQueen, que ya quedó en mi retina como la imagen del Papillón por antonomasia; McQueen trabaja duro y prácticamente consigue sobreponerse a su estatus de gran estrella hollywoodiense interpretando a un preso que no traiciona a un amigo (Dustin Hoffman), que sueña en encontrar la forma de evadirse, que lo realiza muchísimas veces y que al final tendrá éxito, costándole despedirse de su gran compañero Dega, quizás en una de las mejores escenas de la película (parece que Hoffman escogió la figura de Trumbo, para dar vida a su personaje).

En fin, tanto McQueen como Hoffman están soberbios personificando con gran acierto a los dos amigos convictos en busca de una libertad incierta, que pasan por momentos difíciles, pero resistiendo, en circunstancias de total desequilibrio mental, algo normal en personas que sufren métodos carcelarios largos e incalificables.

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El resto del reparto es de gran nivel. Destaco a Robert Deman, que está clamoroso, y Bill Mumy, estupendo. Anthony Zerbe, como líder compasivo de una colonia de leprosos, ofrece excelentes actuaciones de apoyo; Victor Jory, como jefe indio estoico; y George Coulouris, como médico de prisión venal. Incluso el guionista Trumbo, que se había convertido en una figura de culto en el momento de esta película, entra en escena y aparece como el comandante de la colonia penal al comienzo de la película.

Un melodrama valiente, arriesgado, por momentos épico, otras veces rayando en cierto absurdo, con un estilo visual atractivo que no se encuentra en las películas de hoy día.

La cinta es un canto a la amistad y a la superación de uno mismo por conseguir una meta digna que anhela la libertad. Justo Francia, el país de la igualdad, la libertad y la fraternidad, tuvo durante casi durante un siglo uno de los sistemas penitenciarios más inhumanos conocidos. Y solamente en 1938, cuando quedaba menos de un año para el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la cosa se enmendó.

Como curiosidades, la obra fue filmada en localizaciones en España y Jamaica y fue una producción costosa, pero acabó ganando 22 millones de dólares en su estreno en Estados Unidos.

Además, fue originalmente calificada por la MPAA (Motion Picture Assotiation of America) como R (Restricted) (Personas de menos de 17 años requieren acompañamiento de un adulto), por su extrema violencia. Sin embargo, la productora Allied Artists apeló y la calificación fue cambiada a PG (Parental Guidance Suggested) (Algunos contenidos pueden no ser apropiados para niños). Más llevadera la cosa, cara a la asistencia de público a las salas.

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La conclusión es que los 150 minutos de cinta se quedan cortos, pues es una obra trepidante, cargada de tensión, de emociones y de sentimientos elevados; diálogos estupendos, encuadres y exteriores de gran belleza, todo lo cual concluye en uno de los mejores dramas carcelarios de la historia del cine; con un final clamoroso, por cierto. Magnífico final y brillante epílogo.

El filme no fue valorado en su justa medida. Era como que a Schaffner ya se le había pasado su momento de gloria. Pero su película pasará, como otras suyas, a los anales del cine de calidad.

Un melodrama osado, épico, arriesgado, por momentos romántico, en ocasiones surrealista y absurdo, con un fuerte atractivo visual que no suele encontrarse en el actual cine y, sobre todo, una obra que engancha y mantiene al espectador sentado en la butaca de principio a fin.

Este filme, junto a Fuga de Alcatraz (1973), de Don Siegel, y El expreso de medianoche (1978), de Alan Parker, es sin duda alguna, uno de los más contundentes y estremecedores exponentes del género de penitenciarías y fugas.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

  

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