La tierra de la gran promesa (Ziemia obiecana, 1975), de Andrzej Wajda

  27 Octubre 2021

Imponente película, descarnada y aleccionadora

la-tierra-de-la-gran-promesa-0Vi esta película el día de su estreno, cuando era joven. Un año antes, había tenido ocasión de inscribirme en un ciclo completo sobre el cine del gran director polaco Andrzej Wajda (1926). Ese ciclo me cautivó, era una filmografía en blanco y negro; la mayoría de las películas, intimistas, profundas, películas de esas que te calan el alma y el corazón y que cuando las ves, ya no sales igual que entraste a la sala. Obras como Cenizas y diamantes, 1958; Los brujos inocentes, 1960; Sansón, 1961; o Paisaje después de la batalla, 1970. No ha sido el único ciclo de autor al que he asistido, pero esta cinta de Wajda me impactó especialmente.

La película se rodó en los cuando la URSS aún pisoteaba a los pobres polacos y había que arreglárselas como se podía para sortear la censura comunista. Wajda vivió los duros gobiernos pro rusos de Edward Gierek y Wojciech Jaruzelski, la represión sin coto, hasta el advenimiento de los años ochenta.

En esa época, con la influyente presencia anticomunista del también polaco Karol Wojtyla (papa Juan Pablo II), junto con el apoyo de los EE. UU. del pujante entonces Ronald Reagan, la influencia del reformista soviético Mijail Gorbachov y la presión interna del líder sindicalista polaco Lech Walesa, que sería presidente en 1990 (Wajda le dedicó su filme Walesa, la esperanza de un pueblo, de 2013), cayó finalmente el Muro de Berlín y con él la dictadura comunista en el llamado «telón de acero» y el advenimiento de la democracia.

Wajda es sin duda uno de los más grandes directores del cine europeo contemporáneo. La reputación de Wajda se debe sobre todo a haber sido un cronista sensible y comprometido de la evolución política y social de su país. En su momento fue todo un símbolo de la Polonia «ocupada» en el mundo, y es conocido por su capacidad para dibujar la historia de su país con sensibilidad trágica, realizando una obra artesanal que conmueve, al tiempo que informa.

Pero vayamos ahora a la película que interesa, La tierra de la gran promesa. Para mí, el visionado de este filme fue todo un acontecimiento, una revelación, y desde aquellos momentos y tras haberla visto tres o cuatro veces más a lo largo del tiempo, la tengo entre las diez mejores películas de mi preferencia y gusto.

En ella se narran los inicios del período industrial en la ciudad de Lodz (Polonia) a final del siglo XIX, con una crudeza inaudita. Lodz fue el epicentro de la industria textil, lo cual que requería mano de obra inmigrante.

En la historia, se unen para abrir una fábrica en la ciudad y hacer fortuna tres jóvenes estudiantes de Riga: uno polaco y católico, hijo de terratenientes provenientes de la nobleza; un judío avaro y codicioso; y un alemán de religión luterana. Estos personajes, genialmente retratados en la obra, sin consideraciones ni cautelas, se disponen a acumular dinero y poder.

Tan terrible es esta obra, que desde entonces y para siempre aborrezco hasta el extremo a los empresarios sin escrúpulos y a los ambiciosos sin límite, que anteponen sus propios beneficios materiales a la propia vida humana. Esto, tan común hoy, es lo que expone este magnífico filme de Wajda que aconsejo ver a todo el que quiera conocer históricamente aquellos tiempos de producción salvaje que no miraba en absoluto por los trabajadores.

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Es una cinta para quienes quieran entender lo que fueron los principios de la revolución industrial, cuando eclosionó la codicia y el interés desmedido, y esa parte de la naturaleza humana y social descarnada e impía, capaz de cualquier cosa con tal de ganar unas monedas.

Dirigida con la batuta maestra de Andrzej Wajda, quien también escribió un gran guion, adaptación de la novela Ziemia Obiecana (La tierra de la gran promesa), de W. S. Reymont (el alias literario del también polaco Władysław Rejment y Premio Nobel de Literatura en 1924). Excelente música de Wojciech Kilar y una soberbia fotografía de W. Sobocinski.

El reparto es auténticamente de calidad, donde hasta los muy secundarios están de auténtico lujo. Destacan Daniel Olbrychski (una interpretación brillante y magistral; parece mentira que actores como este hayan tenido tan poca proyección), Wojciech Pszoniak (perfecto), Andrzej Seweryn (muy bien) y Anna Nehrebecka (perfecta). Todos/as excelentes.

En este filme se puede casi palpar el sólido cine de Wajda, que desborda por supuesto el canon cuadriculado del realismo socialista. En él confluye su doble formación de pintor y cineasta, y esto le permite dotar a sus películas de una estética envolvente, a lo cual contribuye la calidad del encuadre y el refinado tratamiento de la imagen y el color, con una puesta en escena impresionante que incluye interiores elaborados, minucioso vestuario de época, paisajes maravillosos, así como una ambientación que es propiamente un fresco de las injusticias de la revolución industrial.

Wajda adapta novelas históricas polacas, buscando profundizar en las raíces nacionales. El relato del ambicioso emprendimiento de los tres jóvenes empresarios le permite analizar y describir —con gran intensidad— la lógica feroz y darwinista de la burguesía industrial polaca del siglo XIX, cuyo objetivo era ganar y acumular dinero y riquezas como fuera.

Esa lógica incluye el trato inhumano hacia los obreros fabriles. Hay una escena escalofriante en la que un patrón se encoleriza al descubrir los metros de tela estropeados por la sangre de un obrero al que una máquina acaba de triturar un brazo:

Escena de la sangre en la tela

  

Igualmente se pone de manifiesto la ostentación, la utilización del amor como modo de ascenso social, donde la mujer se valora por su fortuna prefiriéndose una rica heredera —aunque sea tonta— a la noble y leal prometida cuya fortuna ha menguado; y se subraya igual el sometimiento de una nobleza decadente, en aras al modelo burgués emergente.

Una película con un mensaje poderoso, que roza el expresionismo; a veces es delirante y con tintes de parodia, a veces es seca y dura, y las más pretende reflejar la deshumanización de las relaciones sociales y la pérdida de valores morales en la sociedad de las máquinas y de la producción masiva.

Igualmente nos pone delante de los ojos la triste y ofensiva oposición entre el lujo y la miseria. Hay escenas que son una cruel manifestación de la ignorancia de los grandes industriales de la época y un concluyente testimonio del cinismo, la mezquindad, la intriga, la explotación, las injusticias… que subyacen bajo el oropel y la apariencia.

Para mi modo de ver, es una de las películas que más me han impactado e influido en mi forma de ver la vida, la economía y esa canalla que ahora se encarna en forma de corruptos y especuladores sin fin, pero que tuvieron sus antecedentes no muy lejanos en los comienzos de la industrialización en Europa. Hay que recordar para no olvidar.

Conclusión: una de las mejores películas de la historia del cine.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

Como quiera que sea una película lamentablemente olvidada, si quieres verla gratuitamente lo puedes hacer aquí:

  

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