Timothée Chalamet

  24 Marzo 2020

El héroe sin atributos

thimotee-chalamet-0Cada época histórica ha generado sus modelos artísticos, los patrones estéticos que son imitados y emulados en toda representación.

El último decenio del siglo XXI ha asistido al estallido mediático de un neofeminismo que reclama, con uñas y dientes, su cuota de visibilidad (representabilidad), su derecho a cotizar en el mercado de la civilización.

En paralelo a este recrudecido empeño femenino, el modelo de partenaire masculino ha tenido que adoptarse a estos nuevos tiempos. Como icono del nuevo hombre feminista, se va imponiendo paulatinamente la figura del actor Timothée Chalamet.

Gracias, especialmente, a la directora Greta Gerwig, quien supo perfilar las características de un personaje en su película Lady Bird (2017) que ha cundido y se ha expandido en otros filmes (Call me by your name -2017- y Día de lluvia en Nueva York y Mujercitas, ambas de 2019). Chalamet ha usado su morfología (un ejemplo de nuevo ciudadano mundial, un híbrido franco-estadounidense) para convertirse en el arquetipo de nuevo amante masculino. Su retrato parte de una aparente fragilidad corporal en correspondencia con una timidez, una introspección misteriosa y atractiva.

En Lady Bird encarnaba a un liberal de manual, a un reverdecido y actualizado rico norteamericano con profundas convicciones políticas y sociales, tan profundas como su esnobismo y su vacuidad: pura apariencia.

Su pelo largo pero sin ser una melena, constantemente atusado su flequillo por una mano nerviosa; su palidez y su rostro imberbe, su extrema delgadez casi raquítica lo convierten en un hombre al que le han sido borrados todas las marcas externas de virilidad o masculinidad, convirtiéndolo en una especie de estereotipo hermafrodita, andrógino, casi efébico (de ahí su protagonismo absoluto y la delectación con que la cámara se recrea en su cuerpo en Call me by your name, que lo eleva al altar de la iconografía gay), una especie de némesis de aquellas actrices setenteras que llevaron a cabo una tarea parecida demoliendo los chichés femeninos hasta entonces dominantes en el cine: Jane Birkin, Dominique Sanda, Diane Keaton, Faye Dunaway…

Por supuesto, será Woody Allen quien le otorgue protagonismo absoluto como nuevo estereotipo de sus atribulados héroes. A la falta de musculatura corporal de los personajes masculinos allenianos, se la suple con su consistencia intelectual. Chalamet deviene en la mirada de Allen un nuevo Gatsby posmoderno caracterizado por su extensa cultura, por sus múltiples lecturas, por su carácter de extrañeza en un humus norteamericano en el que no tiene cabida por la profundidad de sus reflexiones, por su metaliteralidad.

Así pues, Chalamet ejerce de tímido narcisista, de pasivo seductor, de vanidoso neurótico, de sujeto-juguete al albur de los fuertes vientos que irradian las últimas mujeres, auténticas heroínas —aparentemente— dominantes en el proceloso mar de las nuevas relaciones sociales.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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