Ninotchka (1939), de Ernst Lubitsch

  23 Marzo 2020

Comedia elegante y cómica a favor del amor y la libertad

ninotchka-0Ernst Lubitsch es uno de esos directores sobre cuya calidad no dudo un instante, pues su historial cinematográfico son sus señas de identidad. Filmes como Remordimiento, 1932; Una mujer para dos, 1933; Ángel, 1937; o la antológica Ser o no ser, 1942, califican a Lubitsch como uno de los más grandes genios del cine del siglo pasado.

Aunque ya esta película, Ninotchka, la había visto antes, no tuve empacho en volver a verla de nuevo hace unos días. La genialidad de Lubitsch es palmaria desde los primeros momentos del film, una obra producida y dirigida magistralmente por él. Tiene un guion superlativo de Charles Brackett, Billy Wilder (nada menos) y Walter Reisch, basado en una historia de Melchior Lengyel. Ninotchka a su vez ha inspirado el musical de Broadway titulado Silk Stockings.

La historia es así. Tres representantes del gobierno soviético (Sig Ruman, Félix Bressart y Alexander Granach) llegan a París para vender unas joyas que habían pertenecido a la antigua aristocracia rusa, la Gran Duquesa Swana (Ina Claire). La Gran Duquesa envía a su amante Leon Dolga, el conde d’Algou (Melvyn Douglas), un locuaz y bon vivant, para intentar mover hilos legales y recuperar las susodichas joyas. Para lograrlo, Leon atrapa al trío de comunistas bajo los encantos sexuales y festivos de la ciudad de la luz y los encantos del capitalismo en general.

Como quiera que los comisionados se retrasan, Moscú decide enviar un nuevo y férreo representante de su gobierno: Nina Ninotchka Ivanovna Yakushova (Greta Garbo). Ninotchka es una convencida comunista pragmática y analítica. Pero casualmente, una tarde conoce al conde, el cual se siente fascinado por ella, sin saber aún que es una agente soviética.

Con sus artes y encantos, Leon ablanda el corazón de Ninotchka, su frialdad comunista cede y ambos se enamoran. Cuando se entera la Gran Duquesa, celosa y con artimañas fuerza que Ninotchka vuelva apresuradamente a la URSS. Una vez allí, Ninotchka queda prácticamente aislada sin apenas recibir noticias de su amado Leon. Pero en un viaje que debe hacer a Constantinopla por otro asunto de trabajo, se encuentra de nuevo con su amado caballero.

En la historia el trío de agentes bolcheviques aporta uno de los motivos principales de humor, que se completa con la figura hierática de Ninotchka, sus justificaciones ideológicas y su inicial falta de sentido del humor.

Estamos en el año 1939, o sea, antes de la Segunda Gran Guerra, pero cuando ya el nazismo empieza a ser un movimiento pujante en Alemania. Digo esto para encuadrar esta obra y referirme ahora al director y guionista austriaco Billy Wilder, quien siempre fue un defensor a ultranza de las libertades (p.e. Uno, dos, tres, 1961). De esta guisa, cuando él presintió que su libertad peligraba por el ascenso del nazismo, no dudó un instante en el largarse a toda prisa para EE.UU., donde fue recibido con los brazos abiertos.

Pues bien, otro de los regímenes que atentaba contra las libertades era el comunismo y más concretamente el comunismo de Stalin. Fue de esta manera como adaptó junto a sus amigos y colaboradores Brackett y Reisch, una historia de Melchior Lengyel, que dio lugar a esta inolvidable sátira de la vida, hábitos y costumbres en la Unión Soviética, film que quedó en manos de su maestro Lubitsch y su habitual manera de mezclar cinismo, picardía y elegancia.

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Este film goza además de una excelente música de Werner R. Heymann que combina antiguas melodías vienesas de cuerda con modernos fragmentos de viento y percusión; y una «colorista» fotografía en blanco y negro, igualmente magnífica, de William Daniels. La cámara se mueve con agilidad y diligencia, haciendo uso de giros soberbios y travellings extraordinarios.

En cuanto al reparto es de lujo. Greta Garbo bellísima, virtuosa, brillante, elegante y cuyo rostro posee gran intensidad ante la cámara; Melvyn Douglas inspirado, genial, simpático: todo un dandy en blanco y negro; y acompañan de manera magistral otros artistas de reparto de primer orden, como Bela Lugosi, Ina Claire, Sig Ruman, Feliz Bressart, Alexander Granach, Rolfe Sedan, Gregory Gaye, Edwin Maxwell o Richard Carle: todos de diez.

Quiero subrayar la importancia que este film otorga a la libertad, aun con socarronería y sátira, pero con decisión. La libertad que en este mundo nuestro occidental tenemos mayormente garantizada y que a veces no la valoramos en su medida justa. Una libertad que hay que defender a diario con uñas y dientes, pues acechan los enemigos de la misma. Esos enemigos pueden ser fuerzas políticas, poderes económicos u organizaciones de fondo facineroso y dictatorial que lamentablemente están proliferando en estos tiempos que corren en Europa. Con este film, Lubitsch-Wilder nos previenen de todo esto, con gracia, sí, pero ojo que el mensaje es muy serio: amor y libertad, o también versus odio y dictadura.

Y no me puedo sustraer a evocar aquí la conocida visión del gran psicoanalista judío-alemán Erich Fromm en su obra El miedo a la libertad, donde refiere la importancia de una libertad positiva, libertad que no es meramente una emancipación de restricciones sociales de diversa índole, sino que la libertad positiva ha de venir acompañada de un elemento creativo que implica una conexión con los otros, que va más allá de los lazos superficiales de las interacciones sociales.

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Es importante, según Fromm, tener en cuenta que un Sistema Autoritario puede reemplazar el orden anterior con una apariencia exterior diferente, pero con la misma función: eliminar la incertidumbre prescribiendo qué pensar y cómo actuar. Entonces, la genuina manera de ser libre como persona, es ser espontáneo en la autoexpresión y el comportamiento. Fromm apunta que «sólo hay un significado para la vida: el acto de vivirla», pero a la vez señala muy acertadamente que para estar verdaderamente en contacto con la humanidad, es necesario estar vinculados (biofílicamente) con las personas con las que se comparte el mundo y buscar todas las oportunidades de amor y de solidaridad. La película habla también de eso y muy a las claras.

En resolución, desde mi modo de ver, este film hace un profundo y apasionado análisis del ser humano. Nos presenta a personajes que lejos de doblegarse a consignas, ideologías, amenazas o peligros constantes, se conducen por el contento, el humor, los afectos y la amistad, la propia iniciativa, la libertad de pensamiento, pero, sobre todo, por el amor que rompe reglas y convenciones: el amor que moviliza energías de manera incontenible.

Y además, si te gusta el difícil género de la comedia, encontrarás en este film una comedia cargada de sutileza, parodia, sarcasmo, gracia, sainete, todo ello realizado por Lubitsch en una narración fina, sutil y hecha con gusto.

Premios y nominaciones en 1939: 4 nominaciones al Oscar: Mejor película, actriz (Garbo), argumento y guion. Círculo de Críticos de Nueva York: Nominada a Mejor director.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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