El joven Karl Marx (2017), de Raoul Peck

  22 Marzo 2020

Marx incorporó el terror como parte integral de la revolución

el-joven-marx-0Esta película se rodó justo en el segundo centenario del nacimiento de Marx. Karl Marx es un joven brillante nacido en la antigua Prusia en 1818, hijo de un judío converso. A falta de recursos y por cuestiones ideológicas, Marx es deportado a París, viajando luego a Bélgica junto a su esposa e hijos, sin trabajo y pasando necesidades materiales acuciantes.

En la época de 1844 conoce a Friedrich Engels, pensador y revolucionario de rica ascendencia dedicado a analizar el nacimiento y la fuerza social de la clase obrera británica; con él llega a escribir Crítica de la crítica crítica: contra Bruno Bauer y compañía, en el que ambos pensadores atacaban los restos de los «jóvenes hegelianos» idealistas y oponían a estos, el materialismo que habían adoptado como bandera. Tiene también Marx por aquel entonces contactos con el filósofo político y revolucionario francés Pierre-Joseph Proudhom, uno de los padres del anarquismo, y con el célebre anarquista ruso Mijail Bakunin, así como con otros revolucionarios de la época.

Engels y Marx congenian, marchan a Manchester y juntos van pergeñando el entramado filosófico de la lucha de clases, los conceptos de plusvalía o propiedad privada y otros, que contribuyen a que Marx pueda avanzar en su primera obra relevante, un encargo de la Liga de los Justos: El Manifiesto del Partido Comunista, publicado el 21 de febrero de 1848 en Londres, un librito especie de panfleto de agitación y propaganda para incitar a los obreros del mundo a unirse, y a los filósofos a dejarse de trivialidades y poner sus voluntades al servicio de la causa para transformar la realidad de explotación existente. Sin embargo, la película da por sabido, no sin riesgo para el que lo ignore, el tiempo restante que concluiría en la obra cumbre marxiana, El Capital.

Marx y Engels, que colaboraron juntos durante cuarenta años, se ven envueltos en esta película en alguna inocente revuelta, un poquito de represión policial, la censura o algunos conflictos políticos que presidieron el movimiento obrero en sus inicios en una trama que se circunscribe a los primeros cinco años de amistad entre ambos pensadores.

Marx es dibujado como un miembro relevante dentro de la intelectualidad, cuyas ideas, más que sus acciones, van en aras a corregir la explotación de la clase obrera por parte de un capitalismo feroz, coincidiendo con la revolución industrial en Europa occidental y Reino Unido. Pero siempre, esta pretensión suya es mostrada más desde una posición de estudioso, que como hombre de acción, como ahora recalcaré.

El director Raoul Peck, que fuera ministro de cultura de Haití, no es marxista; en todo caso anti-imperialista como otros países caribeños tipo Cuba. Pero no quita para que Peck considere que Marx, más aún con el patrocinio y empuje de Engels, construyera un paradigma teórico y de ideas que revolucionaron el mundo en un momento de ebullición y vital de la Historia.

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Sin embargo, siendo un biopic lo que construye Peck, lo hace con un tratamiento tan convencional que, aplicado a tan egregio y revolucionario personaje, lo que resulta es que en ningún momento aparece como tal en la película, más bien lo que asoma es un Marx carente casi por completo de espíritu rebelde.

El guion de Pascal Bonitzer junto a Pierre Hodgson y Raoul Peck, colabora poco a que Peck pueda resumir y compendiar la extensa producción ideológica de los protagonistas, y aunque se mantiene en los cánones tradicionales y el contexto es descrito con precisión y verismo —y uniendo a ello que consigue mantener un devenir narrativo plausible— lo que ocurre es que el libreto «ha manufacturado un biopic de Karl Marx de lo más burgués, con todos los vicios y dramatismos de las coproducciones europeas de prestigio» (Partearroyo).

La trama busca al hombre tras sus ideas, lo cual deviene serial y nos arrebata la «plusvalía», dicho esto a modo de sarcasmo; o sea, la cosa es que ésta no es una película sobre sobre Marx y su obra tan Capital. La cinta se queda en una especie de novelita sobre el filósofo que puede tener un valor pedagógico para jóvenes de la ESO o de Bachillerato, que dibuja a sus personajes con rasgos limpios y libres y un punto de vista en el que cobra un peso especial la vitalidad juvenil, más que la filosofía y la economía.

Hay una aceptable música de Aleksey Aygi, junto a una fotografía amarillenta de Kolja Brandt que enmarca bien el relato.

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En el reparto, August Diehl hace una interpretación pasable de tan significado pensador materialista, pero apartándose del icono de profeta, más bien deslizándose hacia un rol que traslada naturalidad al espectador, lo que incluye un punto de escepticismo e ironía en el personaje; además, Diehl tiene la frente y el gesto impetuoso, noble y arrogante del pensador alemán Marx.

Stefan Konarse está bien como un Friedrich Engels, un entusiasta que no esconde en ningún momento su admiración por la superioridad intelectual de Marx. Acompañan meritoriamente Vicky Krieps (una bella versión de Jenny, la esposa de Marx), Olivier Gourmet, Hannah Steele, Eric Godon, Rolf Kanies, Stephen Hogan o Niels-Bruno Schmidt, entre otros.

Se me ocurre que del mismo modo que hay películas de acción física, persecuciones y cacharrería, si tomamos las ideas de la psicología contemporánea (Piaget o Wallon), podríamos afirmar acertadamente que el pensamiento es acción interiorizada, de modo que esta cinta sería algo más parecido a esa otra manera de acción que son los intercambios de pareceres y cierto combate dialéctico que a su forma, es también acción y quizá para alguno, una manera de imaginar futuros colectivos y de reivindicar lo privado como zona de experimentación de nuevas maneras de amar, de vivir e imaginar.

Mas, como bien advierte Marinero, la película «da por conocidas circunstancias, doctrinas y personajes que seguro ignora o ha olvidado parte considerable del público»; habría sido preciso aclarar mejor cómo, de esa labor de estudio esforzado, «salió el libro más influyente de su tiempo, el inacabado «El Capital» […] un clásico del pensamiento […] materia indispensable de lectura para los estudiosos del siglo en el que fue escrito» (Albiac Lópiz).

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El filósofo Gabriel Albiac Lópiz, experto entre otras en marxismo, ha escrito, en relación a una reciente biografía sobre el gigante alemán cuyo autor es Gareth Stedman Jones Karl Marx. Ilusión y grandeza (2018), que cuando muere, el 14 de marzo de 1883, Marx no es nada eso. «Ni siquiera es un nombre internacionalmente demasiado conocido. Lo es sólo en el círculo muy restringido de la Internacional Obrera, con la cual no siempre mantuvo las mejores relaciones. La boutade que en esos años lanza a amigos y enemigos, “yo lo único que sé es que yo no soy marxista”, no podría ser leída aún como rechazo de movimiento constituido alguno. Es sólo la cautela de un hombre inteligente, que sabe hasta qué punto el sujeto que se toma demasiado en serio su propia identidad está a un paso de la idiotez o del manicomio».

Y finalmente, quiero destacar una nota musical que tiene su punto de acierto y sus notas entrañables de otros tiempos no tan lejanos. Me refiero al Like a Rolling Stone de Bob Dylan, que acompaña en los créditos finales, mientras una especie de montaje parece indicar la imperecedera utilidad del pensamiento marxista. Bien es cierto que la lucha de clases es una realidad, a pesar de su fiasco político en el siglo XX; fracasó, como me dijo un viejo profesor marxista, debido al «factor humano»; es una evidencia que el marxismo ha resultado un fracaso en la praxis política de zonas como la ex URSS, Corea, China, y otros países que todos conocemos.

Así, creo que la razón de esta canción en el final de la obra tiene un propósito de insurrección. Algunos versículos de esta balada de Dylan dicen: «Hubo una época en la cual te vestías muy bien / arrojabas una moneda a los vagos, en tu plenitud. / ¿No es verdad? / La gente te advertía: ‘Ten cuidado, muñeca, puedes caer’ / pero tú pensabas que todos ellos estaban bromeando. […] Ahora ya no hablas tan alto / ahora no pareces tan orgullosa / de tener que mendigar tu siguiente comida. / ¿Cómo se siente? / ¿Cómo se siente? / Estar sin hogar como una completa desconocida / como una piedra que rueda».

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Siguiendo el tenor de estas estrofas, nadie va a negar que vivimos inmersos en un sistema social y económico que alimenta la opulencia de bancos, banqueros, multinacionales despiadadas, asociaciones financieras de grandes industrias a lomos de monopolios (trust) y una casta política corrupta, todo ello a base de arrojar a la miseria a millones de personas.

Pero hay que tener presente siempre lo que la Historia ha sido, sus gruesos errores criminales y genocidas de los socialismos del pasado siglo, para que los remedios que se lleven a la práctica a fin de equilibrar las injusticias, se hagan con inteligencia, ética y humanismo.

Como recientemente ha expuesto de forma brillante John Gray, en su libro Misa negra, el origen de la complacencia con Marx reside en que la relación entre Ilustración y terror sigue siendo un punto ciego en la autopercepción de Occidente. Parece evidente que Marx no fue el responsable del Gulag estaliniano, de las acciones asesinas de Mao o del exterminio de Pol-Pot en Camboya; pero no debemos olvidar que Marx incorporó el terror como parte integral de la revolución que debía llevar al fin de la Historia y de los padecimientos humanos.

Y con ello, más allá de la fraseología científica sobre la lucha de clases, vistió de ideología una religión política que llamaba a sacrificar todo ante el altar del comunismo. Ojito con no repetir el escenario. El marxismo tiene sus elementos aprovechables, pero no queremos repetir acontecimientos sangrientos del pasado.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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