Roman J. Israel, Esq. (2017), de Dan Gilroy

  21 Marzo 2020

Denzel Washington y su personaje se comen el film

roman-j-israel-0Estamos ante una película a la que es preciso, tras visionarla, darle una vuelta más de reflexión sobre lo que has pensado tras salir de la sala. O sea, dejar pasar uno o dos días antes de valorar el film. A eso me dispongo ahora, transcurrido ya un tiempo prudencial. De entrada, diré dos cosas: a) la película merece la pena por su mensaje rotundo; y, b) Denzel Washington se come él solito prácticamente la cinta: ¡todo un alarde!

El abogado Roman J. Israel (Denzel Washington) está justo en el lado oculto, es un letrado anónimo, de un súper-jefe que es quien da la cara ante el sistema penal de Los Angeles. Román estudia y prepara los casos con una capacidad y minuciosidad imponentes sobre códigos y jurisprudencias de cada caso, todo de memoria, y no se le pasa una: toda una computadora de los códigos y principios legales.

Pero a la vez es idealista, defensor de vocación por los derechos civiles, obsesionado con los tejemanejes de la Justicia; alguien que pertenece a la época de las grandes convicciones y que ahora ha de enfrentarse a un mundo poco o nada idílico. Pero justamente su padre y protector del bufete y de la cosa leguleya, que era también un icono de los derechos civiles, cae fatalmente enfermo y fallece inopinadamente. En ese punto Roman debe sobrevivir, él, que siempre malvivió entre los ideales y el anonimato y dirigido por su maestro que era la cara y la voz en cada caso.

La cosa es que George Pierce (Colin Farrell), una estrella de la abogacía productiva, hereda el filantrópico y ruinoso bufete en el que trabajaba Roman. De manera que como opción última y para subsistir, se ve obligado a trabajar con el osado y ambicioso abogado, alumno también del legendario hombre que fuera su jefe.

Paralelamente, comienza Roman una amistad con una bella joven luchadora por la igualdad de derechos (Carmen Ejogo), que ha quedado fascinada y algo más por el trasnochado ideólogo de una utópica revolución judicial. Él intentará colaborar con ella en alguna reunión, lo cual que no sale bien, las cosas han cambiado mucho, «malos tiempos para la lírica».

Así, tras su inesperada orfandad leguleya con tras la muerte de su protector (a quien no se ve en toda la película), el personaje se forzado a formar parte de una situación vulnerable que necesariamente le obliga a salir fuera, al exterior; esto lo mutará de hombre invisible, en sujeto actor de su propio drama, alguien que recién sale de su particular cápsula del tiempo de años, a un mundo que no entiende bien y que nada tiene que ver con su con su modo de ser solitario, asocial y directo.

En ese nuevo camino que emprende le aparecerá, a modo de tentación, una encrucijada para optar por un camino donde los ideales pueden quedar aparcados, para poner punto y final a una vida que es muy humillante para él, dada su escasa solvencia económica y el tono de burla que emplean con él sus colegas, que lo ven como un friki y un estrafalario de gafas pasadas de moda y todo el día escuchando con sus cascos música setentera, canciones de Funkadelic, Gil Scott-Heron y Marvin Gaye.

Una tumultuosa sucesión de acontecimientos desafía el activismo que siempre había definido la carrera de Roman, por una opción más fácil y rentable. Tras esto vendrá la culpa y la redención de nuestro personaje con un inesperado y sobrecogedor final.

roman-j-israel-1

El director Dan Gilroy aborda en su segundo trabajo el minucioso retrato de un tipo singular, de perfil bajo, que ha decidido situarse fuera del campo de acción efectivo de todo abogado, algo inaudito sobre todo en Norteamérica; Roman es alguien marginal, al otro lado del espejo. Es también un hombre anacrónico y extemporáneo en una sociedad que ha decidido arrumbar la integridad moral, la honestidad o la filantropía en lo más hondo del desván de los recuerdos. Roman cabe en ese conocido poema de Bertolt Brecht que decía: «Hay hombres que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles».

El guion, del mismo Dan Gilroy, retrata a un letrado de edad madura, negro, con andares estrambóticos, vestido fuera de moda, desaliñado y desligado de los mínimos contactos sociales; un abogado muy particular, pero a la vez muy preparado, «un soldado raso del Derecho, historiado activista de los derechos civiles que, durante buena parte de su carrera, ha podido desarrollar un minucioso trabajo de retaguardia mientras su socio ejercía de cara visible de la firma» (Costa).

Roman es un hombre de otra galaxia que, empero, es lúcido y certero en sus juicios, apreciaciones y aseveraciones ante los jueces. Pero ocurre que su conocimiento teórico choca con el frustrante entramado burocrático que atenaza el sistema judicial.

La fotografía claroscura de Robert Elswit se disuelve prodigiosamente en los colores vahídos que dan un toque un poco extraño al relato. Aceptable música de James Newton Howard.

En el reparto, Denzel Washington da vida al impoluto letrado Roman en una interpretación que no parece técnica o ensayada, o que el actor la haya compuesto a las órdenes del director, sino que directamente da la sensación de provenir de un don consustancial a Washington, algo somatizado y propio de él: genial. Claro que, en condición de coproductor del film, seguro que se ha facilitado cierta autocomplacencia histriónica en su manera de encarar a un protagonista omnipresente en la cinta.

roman-j-israel-2

Colin Farrell está excelente en el papel de materialista tiburón de pleitos espinosos. Muy bonita y eficiente el trabajo de Carmen Ejogo como muchacha romántica e idealista. Acompañando con gran nivel Shelley Henning, Nazneen Contractor, Amanda Warren, Andrew T. Lee, Cynthia Dallas o Niles Fitch, entre otros.

Es una película que se teje con los dos lenguajes de la abogacía y del sistema: la versión de Roman, que es íntegra, sin matices y honesta a carta cabal; y otra, la de George, que encarna a un abogado listo, eficaz y sin escrúpulos. El film alzaprima, por el virtuosismo de Denzel Washington y por el propio guión, los avatares del hombre bueno versus el avezado y aguerrido letrado que encarna un Colin Farrell que no puede evitar ser fagocitado por el imponente y rocoso Denzel.

En suma, este drama judicial se esfuerza en retratar a un idealista en conflicto consigo mismo y con sus traumáticas contradicciones, con sus debilidades como todo ser humano y viviendo una vida nueva que le resulta extraña y de difícil digestión.

Todo ello con alguna inconsistencia narrativa que dificulta la cabal comprensión de la historia y la posibilidad para sintonizar con el modelo de integridad que es el protagonista que, al fin y al cabo, importa él solo más que la trama. Y este es un aspecto crucial, pues el el director, en vez de ir en pos de un relato de lucha contra la corrupción moral del sistema a lo Capra, lo que hace es seguir permanentemente a su protagonista, lo cual produce cierto desconcierto. Creo que debería haber peleado por una cinta más enjundiosa y sólida. Como escribe Richard Lawson: «Es un film confuso. En parte me conmovió, en parte me aburrió, en parte me desconcertó». Veo aquí una sentencia-resumen acertada.

Premios y nominaciones en 2017: Premios Oscar: Nominada a mejor actor (Denzel Washington). Globos de Oro: Nominada a mejor actor drama (Denzel Washington). Sindicato de Actores (SAG): Nominada a mejor actor (Denzel Washington).

Escribe Enrique Fernández Lópiz

roman-j-israel-dan gilroy