Pero… ¿Quién mató a Harry? (1955), de Alfred Hitchcock

  03 Febrero 2020

Una maravillosa rara avis de Hitchcock

pero-quien-mato-harry-00Siempre me impresionó esta película del enorme Hitchcock cuyo título original es The Trouble With Harry?, nada que ver con la traducción española. Y es que hay un problema con Harry, esto es, que está muerto. Lo peor de todo es que alguna gente en realidad le conocía... y se cree culpable de su muerte. Es una película entre naif, surrealista, preciosista, de intriga, teatro del absurdo y sobre todo encantadora.

Ya el comienzo impresiona: esa fotografía que parecen pinturas, esos paisajes de campiña, esos colores y matices en el campo y el bosque y uno dice: ¡Dios mío! ¿Qué es esta preciosura? (Como ahora explicaré, yo he visto esta peli coloreada).

Y es que Hitchcock, al parecer, quería que el escenario fuera parte de la historia, de forma paralela a los personajes, y encontró el paisaje apropiado como contrapunto para los elementos macabros de la trama en las colinas de Vermont, cubiertas con hojas de roble y arce. Este paisaje haría un curioso contraste con la inmoralidad y la sordidez de la muerte.

La historia se desarrolla en un hermoso día de otoño, en un delicioso rincón bucólico (se cambiaron los paisajes británicos por exteriores de Vermont en Nueva Inglaterra, EE.UU.); entonces se escuchan tres disparos y aparece un cadáver; es el cadáver de Harry.

Por esos pagos anda cazando un viejo capitán (Edmund Gwenn) que se siente responsable de la muerte de Harry, por creer que ha sido un accidente de caza, o sea, un disparo perdido de su pobre escopeta de matar conejos, que le ha dado al tal señor Harry. Así, intenta enterrar el cadáver, pero justo que van apareciendo, y yendo y viniendo personas diversas, y el viejo capitán entierra, desentierra y transporta varias veces el cadáver sobre cuya identidad se interrogan con perplejidad todos los que por allí pasan: un niño, una solterona, un médico miope o un pintor abstracto.

La dirección no tiene vuelta de hoja en su maestría de parte de Alfred Hitchcock, y lo hace con un genial guion de John Michael Hayes —La ventana indiscreta, 1954; Atrapa a un ladrón, 1955—, basado en la novela de John Trevor Story: The Trouble With Harry (1949). La música ligera y pegadiza de Bernard Herrmann es maravillosa (esta banda sonora, de Bernard Herrmann marca el inicio del ciclo de las colaboraciones de éste con Hitchcock); y la fotografía en blanco y negro de Robert Burks es genial e incluso al parecer se insinuó de parte de los críticos que le dieran un Oscar. Repito que yo la he visto coloreada, lo que a mí me parece que no le resta un ápice de mérito.

En cuanto al reparto, es igualmente excelente: Edmund Gween que lo borda como el capitán jubilado Albert Wiles; John Forsythe estupendo como el pintor abstracto Sam Marlowe que no confía en los críticos de arte (hasta entonces un actor esencialmente teatral); la presentación de Shirley McLaine que está preciosa y muy acertada en su debut en el cine (En 1956 BAFTA: Nominada a mejor película y actriz extranjera); Mildred Natwick muy bien de solterona; Jerry Mathers sembrada; y así todo el reparto que conforma un equipo actoral de lujo.

Debo decir que no conocía esta joyita del período yanqui de Hitchcock, siendo una desconcertante pieza rara en la filmografía del insigne director británico. Y no se trata sólo de un enredo de a ver quién mató o quién es Harry, más bien es un encadenamiento de acontecimientos impensados, maravillosos y desternillantes; una especie comedia de misterio que combina humor negro con una intriga sutil y ligera.

La acción tiene lugar a lo largo de una sola jornada del otoño de 1954. Hay situaciones que recuerdan al director francés Jacques Tati, otras son buñuelianas, algunas parecen propias de los mismísimos esperpentos de Valle-Inclán, a veces Samuel Beckett, y siempre atravesadas por un humor inteligente y caustico, no dramático, que entorna toda la rocambolesca peripecia que narra; diálogos inteligentes y bien construidos, ocurrentes, personajes extravagantes y singulares, con momentos muy graciosos, y unos toques importantes de crítica a la sociedad rural norteamericana, el militarismo, el arte moderno, el conformismo social.

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Yo creo que Hitchcock se dijo: ¡me lo voy a pasar bien!, e hizo esta película a modo de trabajo divertido y sin tener en cuenta el margen de beneficios que la obra podría reportar.

En esta película hay un tema recurrente en la filmografía de Hitchcock: cómo deshacerse de un cuerpo que ya tiene el rigor mortis; recordemos esta misma situación en La soga, 1948; La ventana indiscreta, 1954; o Frenesí, 1972. No obstante, en este film Hitchcock desdramatiza la situación y los enterradores gastan más tiempo y energía enterrando y desenterrando el cadáver que en resolver el misterio de su muerte.

Pero hay un cambio, empero, en esta obra de Hitchcock. Nuestro gran director siempre había sido partidario de buscar algún villano o asesino culpable del crimen u horror que fuera, pero en esta película sugiere que todos los personajes involucrados son responsables colectivamente del destino de Harry. Sin embargo, nadie se siente culpable ni muestra signos de arrepentimiento o culpa: lo único que les interesa es que el sheriff no les fastidie sus amoríos o ponga en duda sus buenas reputaciones.

Además, paradójicamente, Harry es capaz de traer felicidad y parabienes a todos y el pueblo se une para pactar y acordar compartir el peso de la muerte y el entierro de Harry, incluso el cadáver sirve de promotor de romances en gentes que antes eran solitarias o solteras (Shirley MacLaine y John Forsythe; o entre Edmund Gween y Mildred Natwick).

O sea, todos contentos y felices como en un cuento de hadas. Al fin, y este es otro curioso detalle, a Harry sólo se le ven los pies, pies calzados, pies sin zapatos e incluso sin calcetines, pero todo pies, entonces ¿a qué preocuparse tanto si es sólo un objeto y para colmo fuera de lugar? En definitiva, en esta cinta creo que podemos ver uno de los logros más personales de Hitchcock, una historia en la que parece proclamar que no siempre se ha de ser espeluznante.

Obra atípica y digna de análisis dentro de la filmografía de su autor, que, no obstante, no deja de tener el sello de Hitchcock en cuanto a su humor, su maestría en la dirección, su capacidad de sorpresa o sus inteligentes tomas y puesta en escena.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

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