Lágrimas negras (1998), de Ricardo Franco y Fernando Bauluz

  09 Noviembre 2018

Entre el fulgor y la penumbra

lagrimas-negras-0A la revista Encadenados, con motivo
de su vigésimo aniversario

Una trayectoria singular

Ricardo Franco (1949-1998) amó el cine hasta el último día de su vida. Desde muy joven, le apasionó el celuloide. Le encantaban El cameraman (1928), de Buster Keaton; El apartamento (1960), de Billy Wilder; ¡Hatari! (1962), de Howard Hawks. Ricardo Franco logró convertirse en cineasta gracias a su valentía y su talento. A finales de los 60, trabajó como ayudante de dirección en varios filmes de su tío, Jesús Franco.

Luego, realizó cortometrajes y empezó a dirigir películas. Rodó algunos buenos filmes como Pascual Duarte (1976) o Los restos del naufragio (1978), y una obra maestra, La buena estrella (1997), que le consagró como el genial artista que siempre fue. Además, Ricardo Franco dirigió varios documentales, entre los que destaca el valiosísimo Después de tantos años (1994), y participó en algunas series televisivas. Como guionista, sobresalen sus trabajos en Adiós, pequeña (1986) y Tu nombre envenena mis sueños (1996), en los que pudo compartir el entusiasmo cinéfilo con dos grandes amigos: Imanol Uribe y Pilar Miró. Asimismo, fue actor, poeta y escritor de canciones.

Ricardo Franco, artista único y rebelde, se encontraba, a principios de 1998, en la cúspide de un éxito sorprendente, pero merecido. En los Goya de 1997 (la ceremonia se celebró el 31 de enero de 1998), La buena estrella se convirtió en la película más premiada, obteniendo los galardones de Mejor Película, Mejor Dirección, Mejor Actor Protagonista (Antonio Resines), Mejor Guion Original (Ricardo Franco y Ángeles González Sinde) y Mejor Música Original (Eva Gancedo). En el escenario del Palacio de Congresos de Madrid, Ricardo Franco pronunció esta dedicatoria: «A todas esas mujeres y todos esos hombres que, a diario, en los rodajes, son asediados por múltiples preguntas, de las que no saben contestar el 90%, pero tienen que responder algo».

El director de La buena estrella, con enorme generosidad, también citó a Adolfo Aristarain y Montxo Armendáriz (cuyos filmes, Martín Hache y Secretos del corazón, eran los otros candidatos a Mejor Película). En su discurso, Ricardo Franco planteaba una reflexión acerca de la filmografía de Armendáriz y Aristarain, incluso en torno a su propia manera de entender el cine: «Quiero dedicar este premio a Adolfo Aristarain y Montxo Armendáriz, directores con los que me siento muy identificado. Cineastas raros, valientes, que sólo ruedan películas cuando pueden. Tan valientes que han rodado hasta una obra sobre carboneros» (en clara alusión a la excelente Tasio, de 1984, la opera prima de Armendáriz).

La última película

Los problemas de salud amenazaban desde tiempo atrás a Ricardo Franco. Junto a la diabetes que padecía desde su adolescencia, la vista se le había deteriorado mucho en los años 90. Después de la gala de los Goya, tuvo que ser operado del corazón. Sin embargo, Ricardo Franco, que amaba el cine y la vida, quiso seguir rodando. No podía rendirse. Tenía un espíritu anarquista.

En 1991, con motivo de la serie documental Un mundo sin fronteras, había hablado con una psiquiatra estadounidense que le informó sobre los niños asesinos de cinco años. A partir de entonces, aspiró a realizar una película donde profundizase en el complejo universo de las personas con trastornos mentales. Ahora, en 1998, surgía la oportunidad de llevar a cabo aquel proyecto, titulado con un oxímoron de gran alcance poético y temático: Lágrimas negras.

Consciente de su delicado estado de salud, Ricardo pidió a su amigo y ayudante de dirección, Fernando Bauluz, que, en el caso de que él falleciera, continuase el filme, lograse terminarlo. En las noches primaverales de 1998, en Madrid, Ricardo Franco se mostraba muy activo en el rodaje. El sombrero, las gafas y la bufanda formaban la inconfundible indumentaria de un genio del cine español. Con afabilidad, daba consejos a Elvira Mínguez, Fele Martínez, Elena Anaya o Ariadna Gil.

Ricardo Franco no creía mucho en los ensayos, y sí en la intuición de los directores e intérpretes para sacar en cada escena lo mejor de su arte. Ricardo Franco ponía por encima del estilo cinematográfico la capacidad del cineasta para transmitir emociones. Su cine está repleto de ellas, como la poesía de Vallejo, la música de Mozart, la pintura de Van Gogh.

En Lágrimas negras, hay una escena portentosa en El Retiro, donde la protagonista, Isabel (Ariadna Gil), de manera melancólica y sincera, le dice a Andrés (Fele Martínez): «Las personas no deberían morirse». Y nos emociona como espectadores porque esas palabras pertenecen a los sentimientos de todos los seres humanos.

En el Festival de Cannes de 1997, donde La buena estrella logró el Premio del Jurado Ecuménico, Ricardo Franco declaró que «todo lo que pasa se puede contar si se hace con las palabras adecuadas, y las palabras adecuadas siempre están junto a los sentimientos». Con lo bella que es la vida, resulta una faena abandonarla. Y más cuando el adiós no se produce en la vejez.

Ricardo Franco falleció el 21 de mayo de 1998, cuando aún no había cumplido los 49 años. Tan sólo llevaba tres semanas de rodaje de Lágrimas negras, aproximadamente la mitad del filme. Fernando Bauluz, en colaboración con el equipo técnico y artístico de la película, cumplió la promesa que le hiciera a Ricardo, y prosiguió con Lágrimas negras, logrando completar una buena obra cinematográfica.

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Un amor peligroso

Lágrimas negras cuenta una historia de amor, pero no transita por los convencionales caminos del romanticismo en el cine, sino que plantea un amor en los límites, una pasión entre la luz y la oscuridad. Un romance muy arriesgado que pone en juego la propia vida de los protagonistas.

Al igual que en La buena estrella, se plantea un triángulo sentimental: Andrés (Fele Martínez) es un joven fotógrafo que tiene un feliz noviazgo con Alicia (Elena Anaya), que prepara unas oposiciones jurídicas. Tal es su sintonía que pretenden comprar un piso y casarse pronto. De repente, aparece en la vida del muchacho Isabel (Ariadna Gil), una chica con dificultades mentales, y este se enamora de ella, dando al traste sus proyectos con Alicia.

Consideramos muy interesantes las conexiones entre este triángulo protagonista de Lágrimas negras con su homólogo de La buena estrella. En el personaje de Andrés, notamos la huella de Rafa en lo concerniente al carácter bondadoso, la serenidad, la entrega a los demás. También en la ausencia de los padres. Los trabajos en el estudio audiovisual o en la carnicería discurren por los cauces de la cotidianeidad.

Con respecto a Isabel, epicentro del filme, podemos señalar que convergen en ella algunos rasgos de Marina y de Dani. De Marina, toma esa mezcla auténtica de fragilidad y fortaleza, de belleza y tormento, de ternura e impulsividad. De Dani, las acciones delictivas, la personalidad rebelde, la espontaneidad.

Dani, Marina e Isabel viven en los márgenes de la sociedad, estando prácticamente excluidos de la misma. Al contrario que Rafa, Andrés y Alicia, que están integrados en la ciudadanía. ¿Cómo se pueden enamorar personajes pertenecientes a situaciones socioeconómicas y personales tan distintas? Ahí está la magia del cine y de la vida. El amor no entiende de barreras sociales, discriminaciones o estabilidades. Los sentimientos no están sujetos a normativas o códigos.

Las interpretaciones

lagrimas-negras-00El personaje de Alicia carece de profundidad y cae, a menudo, en el esquematismo: chica guapa, estudiosa, de familia acomodada. La actriz que le da vida, Elena Anaya, se halla muy lejos de la brillantez de posteriores interpretaciones en Lucía y el sexo (2001), de Julio Medem, o La piel que habito (2011), de Pedro Almodóvar.

Por su parte, el papel de Cinta (Ana Risueño, en una espléndida interpretación) posee una fuerza dramática indudable. Comparte la vida de la delincuencia con Isabel, pero, a diferencia de ella, está mucho más inmersa en el mundo de las drogas. De todos los personajes de Ricardo Franco, quizá sea Cinta el que más marginado está de la sociedad, lo que no le quita cierto carácter tierno, sobre todo en su afán de proteger a Isabel. Esta tiene columnas a las que agarrarse para no quedar olvidada de la civilización: la riqueza de su familia (que se revela hipócrita, al arrebatarla a su propia hija, Lucía) y, sobre todo, el amor incondicional de un joven bueno, Andrés.

Hay una escena logradísima en donde Ricardo Franco plasma con maestría la situación ambivalente de Isabel. Al salir de un portal, una vieja mendiga increpa a Isabel, que se queda muy impactada por los insultos de la indigente, que sale corriendo. De pronto, aparece Andrés y calma a Isabel. En el plano, distinguimos la incertidumbre en el rostro de la chica, que no sabe dónde mirar, dónde acudir. ¿Qué vida la espera?: ¿la dificilísima de la anciana pobre, correlación del personaje de Cinta, en los márgenes de la sociedad? ¿O el futuro romántico, tierno y generoso que le propone Andrés, dentro de la vida urbana? Esa disyuntiva atormentará a Isabel que, ante la imposibilidad de dejar de sufrir, verá en la muerte la única vía de escape.

Ariadna Gil está sublime como Isabel, en la que puede ser la mejor interpretación de su carrera (una trayectoria que se había impulsado merced a su participación a principios de los 90 en la oscarizada Belle Époque, de Fernando Trueba). Sabe aportar todos los matices de un personaje muy complicado de encarnar, por su dimensión poliédrica. La altura artística de la actuación de Ariadna Gil sólo es comparable, dentro del cine de Ricardo Franco, al magnífico Dani que nos ofreció Jordi Mollà en La buena estrella, y al inconmensurable José Luis Gómez en Pascual Duarte (1976; la labor interpretativa  Gómez como un violento campesino de Extremadura le hizo triunfar en el Festival de Cannes).

Por otro lado, Fele Martínez brinda una convincente interpretación como Andrés, alguien que vive en la burbuja del confort con su novia y su empleo, pero que, repentinamente, dará un giro brusco a su existencia debido al amor que siente por Isabel. Fele Martínez, gran actor que no ha tenido la suerte que se merecía en los últimos años, vivió su época dorada en la segunda mitad de los 90: además de en Lágrimas negras, intervino en Tesis (1996) y Abre los ojos (1997), de Alejandro Amenábar; El tiempo de la felicidad (1997), de Manuel Iborra; Los amantes del Círculo Polar (1998), de Julio Medem; Capitanes de abril (1999), de Maria de Medeiros.

En lo que se refiere al personaje de Marta, está interpretado por Elvira Mínguez, que ya había colaborado con Ricardo Franco en La buena estrella, haciendo el papel de Ana Mari. Ambos personajes, Marta y Ana Mari, tienen en común las advertencias que dirigen a dos hombres normales en situaciones enrevesadas: Andrés y Rafa. Elvira Mínguez dota de sobriedad a estos papeles secundarios, pero muy bien construidos.

Una historia muy humana

El guion de Lágrimas negras fue escrito por Ángeles González y Ricardo Franco (aunque el director tenía un borrador desde 1993), el tándem que ya había trabajado en este ámbito en La buena estrella, y con anterioridad en Tu nombre envenena mis sueños, junto a Pilar Miró.

El guion es un prodigio de sencillez y verosimilitud, con pinceladas poéticas. En una escena donde se aman Isabel y Andrés, antes de ver los cuerpos entrelazados, hay un plano con unos leños ardiendo en la chimenea. El fuego, desde la lírica petrarquista, simboliza la pasión, el placer. La imagen anticipa al lector el encuentro íntimo de los protagonistas.

Tras amarse, se produce un diálogo excelso entre ambos, cuando Andrés dice: «No se puede amar a dos personas de la misma manera» (esta temática ya se planteaba en La buena estrella, cuando el personaje de Marina aseguraba que no era imposible amar a dos individuos, aunque el propio filme mostraba que no era igual el amor que Marina siente por Rafa que el que siente por Dani). E Isabel comenta: «Lo difícil es amar a alguien como es». En estas palabras de Isabel se sintetiza la defensa de la dignidad y la individualidad de cada ser humano, en el marco de la visión ácrata que alentó el cine de Ricardo Franco.

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La visión ácrata

El anarquismo en las películas de Ricardo Franco no es tanto político (en Pascual Duarte sí hay referencias a la problemática sociopolítica de las primeras décadas siglo XX como la cuestión del reparto de las tierras, la amnistía de los presos; a su vez, en este filme aparecen pintadas de la CNT, la FAI y la UHP; y una portada de El Liberal con la ejecución del relevante pedagogo anarquista Ferrer Guardia, en 1909), como ético, humanista, en conexión con las relaciones personales (y aquí hay un evidente nexo con el cine de Billy Wilder y películas como El apartamento, de 1960; Irma la dulce, de 1963; Avanti!, de 1972; o Primera plana, de 1974).

La necesidad de respetar a los demás, cada uno con sus diversas características, en pro de una convivencia más armónica. Desde esta perspectiva, se puede comprender que un carnicero de existencia monótona se enamore de una prostituta, o que un fotógrafo con novia estable decida irse a vivir con una persona con dificultades psicológicas, que subsiste en la esfera de la delincuencia y la drogadicción. Respetar la libertad de los otros, su mundo personal.

En Lágrimas negras, la primera vez que quedan, Andrés le confiesa a Isabel que tiene novia. La joven le contesta: «Eso es cosa tuya». Isabel no pretende interferir en los asuntos privados de Andrés. La relación entre Andrés e Isabel es suya, no es de nadie más. Y cada relación es única. Por eso, en otro momento culminante de Lágrimas negras, en un espacio chabolista, Isabel frena la intromisión de Cinta: «¿Tú qué sabes qué es lo mejor para mí?».

El acercamiento de Ricardo Franco a los más desfavorecidos posee, a su vez, una base libertaria. No hay intención por su parte de vincularlos a determinadas corrientes partidistas o movimientos sociales. No existen proclamas ideológicas como en el cine de Bertolucci o Costa-Gavras.

Si Ricardo Franco se acercó en su cine a la inmigración, la pobreza, la locura, la delincuencia o las drogas fue porque sentía que allí podía entender de una forma más completa la variedad del ser humano, un anhelo que sólo tienen los grandes artistas. Lo dice la voz en off de Marta en el arranque de Lágrimas negras, mientras vemos las estremecedoras imágenes en blanco y negro de los centros psiquiátricos: «Para comprender mejor la luz, es necesario acudir a la oscuridad. A veces, tanta luz nos ciega, y no es plan de pasar por el mundo sin darnos cuenta de nada».

Andrés es fotógrafo, capta la realidad con su cámara, maneja la luz. Atrapa el mundo, pero lo hace de una manera superficial. Sólo se adentrará en las raíces de la naturaleza humana cuando se enamore de Isabel, una muchacha que vive en ámbitos muy distantes de los suyos, y que lucha internamente por sobrevivir, en una batalla donde combaten las fuerzas del amor (la luz) y de la oscuridad (la destrucción).

El acercamiento a los marginados de la sociedad ha posibilitado grandes películas en la historia del cine como Boudu salvado de las aguas (1932), de Jean Renoir; Umberto D., de Vittorio de Sica; o Accattone (1961) y Mamma Roma (1962), de Pier Paolo Pasolini. En la cinematografía hispana, son referentes imprescindibles Deprisa, deprisa (1981), de Carlos Saura, y Barrio (1998), de Fernando León, coetánea de Lágrimas negras.

El complejo mundo de la locura

lagrimas-negras-10-buena estrellaEl personaje de Isabel (Ariadna Gil) vive un permanente conflicto interior. Sufre un grave trastorno mental. En varias ocasiones del filme, su rostro desvalido y ensimismado transmite toda la problemática interior de la joven. Resulta muy meritoria la intensidad interpretativa de Ariadna Gil que, sin necesidad de amplios parlamentos, sabe reflejar con las mismas líneas de la cara todo el tormento de Isabel.

En Después de tantos años (1994), Ricardo Franco ya se había introducido en el mundo de la locura, sobre todo a través de los testimonios del poeta Leopoldo María Panero, recluido en el centro psiquiátrico de Mondragón. En este sentido, las imágenes de un impresionante Boris Karloff en Frankenstein (1931), de James Whale, que se intercalan en el documental de Ricardo Franco, dicen mucho de la preocupación del ser humano sobre los procesos esquizofrénicos y la conexión de estos con la vida y la muerte, el fulgor y la penumbra.

¿Qué trascendencia pueden poseer los problemas mentales en la cadena de asesinatos que comete Pascual Duarte, en la película homónima de 1976, basada en la novela de Cela? En el último trabajo cinematográfico de Ricardo Franco, junto con una permanente inestabilidad emocional, Isabel acostumbra a mentir: miente sobre su nombre (le dice a Andrés que se llama Ana), sobre su hija (llega a comentar que es su sobrina) y sobre el paradero de Cinta (comenta a Andrés que la ha matado por petición de su compañera de infortunios).

En Lágrimas negras, existe un acercamiento a la vida de los locos (representados de forma metonímica por Isabel) efectuado de una manera humana y auténtica, no de forma estereotipada. La complejidad de su existencia se sintetiza en la voz en off de Andrés, al inicio del filme, en una brillante interrogación quiasmática: «¿Son locos porque sufren o sufren porque están locos?».

Ricardo Franco construyó el personaje de Isabel a partir de una mujer real que fue uno de los grandes amores de su vida: Jean Seberg. A principios de los 70, el director madrileño vivió un intenso romance con esta actriz norteamericana, que había triunfado en la Nouvelle Vague francesa. Seberg sufría varias dificultades mentales, que la llevarían al suicidio en 1979. Entre la caracterización de Ariadna Gil y Jean Seberg hay similitudes evidentes: la belleza radiante, la delgadez, el pelo corto, los repentinos cambios de actitud debido a los trastornos psicológicos. Ricardo Franco confesó a Ariadna Gil que a Seberg «le pasaban muchas cosas».

En el refugio chabolista, donde Andrés e Isabel han pasado una noche de pasión, vemos, al amanecer, un cartel en la pared de Al final de la escapada (1960), de Jean-Luc Godard, película emblemática de la Nouvelle Vague, protagonizada por Jean Paul Belmondo y Jean Seberg (no será la única vez que en Lágrimas negras, se recojan carteles cinematográficos: en una escena de Alicia y Andrés, junto a los Cines Ideal de Madrid, aparece el de la película Pajarico, de Carlos Saura, que se estrenó en el otoño de 1997; y, en la misma chabola, también distinguimos un cartel de Después de tantos años, en lo que interpretamos como un homenaje explícito al propio Franco, que falleció cuando se rodaba esa secuencia en una zona marginal madrileña. Otro cartel de esta película de Godard se encuentra en la casa de Andrés).

Fernando Bauluz declaró que «Ricardo ha querido dejar en el personaje de Ariadna el homenaje a todas las mujeres que él ha querido en esta vida».

La noche y el mar

La preferencia por la ambientación nocturna correlaciona nuevamente Lágrimas negras con La buena estrella, potenciando el dramatismo de ambos filmes. En la noche, tendrá lugar el atraco a Andrés, y su posterior violación a cargo de Isabel. En la madrugada, concluirá la película, después del trágico desenlace en la orilla de una playa portuguesa. En La buena estrella, Rafa intercede en la agresión de Dani a Marina a medianoche, tras comprar la carne en el mercado. Asimismo, una noche Dani será golpeado por unos jóvenes, llegando ensangrentado al hogar de Rafa, donde este convive con Marina y la niña de tres años (hija biológica del propio Dani).

Otro elemento que comparten las dos películas es la simbología del mar: lugar añorado de felicidad, libertad, armonía, con reminiscencias infantiles (tan querido el mar por los escritores decimonónicos como Espronceda, Verne o Stevenson, muy apreciados por Ricardo Franco. En Los restos del naufragio, Pombal, el personaje que encarna Fernán Gómez recita algunos versos de La canción del pirata).

El mar supone la escapatoria del mundo urbano que, a menudo, oprime a los personajes. Isabel ve en el mar portugués una ligera esperanza de felicidad, de alivio al tormento que padece. Por eso, quiere escapar de Madrid, e irse a la costa atlántica lusa, para abandonar la ciudad, en busca de un sitio donde esté mejor.

Su fallecimiento junto a las aguas es simbólico con respecto a su existencia: un camino en la cuerda floja que separa la vida de la muerte. Poco antes de fallecer, contemplando el mar, Isabel se emociona: «¡Qué bonito el mar! Cuando era niña me podía pasar horas mirándolo. Quizá ya no lo vea más. Ni al mar, ni a Lucía, ni a ti (Andrés)». En Marina, el mar representa la nostalgia de los lejanos días felices.

En una secuencia mágica, que para Ricardo Franco constituía el momento clave de La buena estrella, donde los espectadores conectaban con el universo emocional de la protagonista para seguir en él durante todo el filme, Marina, mientras desayuna en la casa de Rafa (después de que este la haya salvado), dice sonriente: «A mí un verano vino a buscarme mi padre (a la inclusa)… joer. Estábamos todo el día en la playa, comíamos en restauranes, dormíamos en hoteles. No sé qué le haría yo para que me volviese a dejar». Ricardo Franco, cineasta de las emociones.

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Una predicción trágica

Ricardo sabía que unas pocas escenas buenas ya eran suficiente motivo de satisfacción. En Lágrimas negras, en la magnífica escena del Retiro, a la que ya hemos hecho referencia, Isabel enuncia a modo de prolepsis el destino de su relación con Andrés: «Yo sé lo que va pasar… y tú también. Nos vamos a ver unos días. Nos vamos a gustar y nos vamos a acostar. Y viviremos un tiempo entre nubes, diciéndonos cosas que si las pensáramos ahora nos moriríamos de vergüenza. Pero al final todo se estropeará y nos partiremos la crisma contra el suelo».

La clarividencia de Isabel, los momentos de lucidez que tiene, vienen a enriquecer la complejidad de un personaje fascinante, que se mueve frecuentemente entre la inspiración y la locura. Al inicio de su romance con Andrés, Isabel es consciente de que le puede hacer daño, como Marina sabía que podía provocar el sufrimiento de Rafa al estar cerca de Dani, por el que se siente bastante atraída.

En Los restos del naufragio (1978), en el ensayo de la obra dramática que ha escrito Pombal, Emilio (Alfredo Mayo) enuncia una expresión sentenciosa que se podría aplicar a toda la filmografía de Ricardo Franco: «Toda historia de amor es una triste historia». El cineasta madrileño pensaba que por mucho que se quisieran dos personas no está asegurado que la relación amorosa prospere.

El dramatismo reforzado por los fundidos

Magníficos son en Lágrimas negras los fundidos en negro, adecuados para reforzar la dureza del filme y la angustia existencial de los protagonistas, y en perfecta conexión con las ambientaciones nocturnas. Este recurso cinematográfico lo había ya empleado con brillantez Ricardo Franco en La buena estrella. No obstante, en La buena estrella hay escenas luminosas, sobre todo a partir de que Marina llegue a la casa de Rafa (entra la luz, entra el amor).

Los planos de Lágrimas negras son mucho más sombríos, porque la desesperación de los personajes (principalmente el de Isabel) es mayor que en La buena estrella. La mayoría de las secuencias de Lágrimas negras están rodadas por la noche, a excepción de algunas muy significativas que se ruedan durante el día y que, simbólicamente, son las que transmiten más ilusión y vitalidad: el reencuentro de Isabel y Andrés en la sala de exposiciones; el diálogo en un banco en el Retiro; las panorámicas de las playas portuguesas.

El dramatismo de Lágrimas negras se aprecia en las escasísimas notas humorísticas de la película: únicamente el guiño de Andrés a Sopa de ganso (1933), de Leo McCarey, con la esplendorosa actuación de los Hermanos Marx; y cuando Cinta ofrece a los dos amantes unos botellines de cerveza como desayuno. Por el contrario, en La buena estrella, Dani tenía intervenciones muy graciosas, dinamizando la conflictividad intrínseca del filme: el grito de «¡Atleti!» al salir de la cárcel; cómo da mejillones de aperitivo a la niña pequeña; la manera en la que cuenta a Rafa sus éxitos sentimentales; la forma en que corre tras el carnicero para tomarse una copa con él en las Navidades.

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Música y tiempo

La música de Lágrimas negras supone una de las más hermosas partituras que se han compuesto en el cine español. Su autora, Eva Gancedo, había creado la memorable música en La buena estrella, por la que ganó un Goya. La conflictividad que acecha a los personajes de Lágrimas negras, la incertidumbre que rodea sus vidas, se potencia con los melancólicos acordes de cuerda, clásicos, de una enorme hondura.

Desde Los restos del naufragio (1978), con el violonchelista Mateo, encontramos la predilección de Ricardo Franco por compases que llevan a la meditación y a sumergirse en los conflictos internos de los seres que pueblan sus películas. La música constituye un eje temático esencial en Berlin Blues (1988).

Otro aspecto que destacar de Lágrimas negras es el recurso cinematográfico de los calendarios, para fijar la acción narrativa del filme en un marco temporal y otorgarle un mayor realismo. En la casa de Andrés, se recoge un plano con el año de la enunciación discursiva de la película, que coincide con el de su realización: 1998. En La buena estrella, dentro de la carnicería de Rafa aparecen dos calendarios: el primero, al inicio del filme, de febrero de 1988, cuando Rafa encuentra y socorre a Marina; el segundo, en la parte central de la película, de septiembre de 1991, a partir de que Dani empieza a vivir en el hogar de Rafa, Marina y la niña. Existe una elipsis temporal de tres años: desde que Estrella nace hasta que Daniel sale de la prisión. Obsérvese que en La buena estrella el tiempo narrativo del filme es retrospectivo con respecto al presente de la creación cinematográfica: 1997.

Un título poético

La elección del magnífico título, Lágrimas negras, de proyección lorquiana, puede tener un precedente en la fenomenal escena de La buena estrella, en la que Rafa y Marina conversan desnudos en la bañera, donde la joven le confiesa cómo fue atendida por una psicóloga: «Me enseñaba láminas feísimas. Me preguntaba que qué veía yo. Yo veía lo que había y se lo dije: muchas mariposas distintas, pero todas negras y feas». Mariposas y lágrimas. Lágrimas y mariposas. Negras. Idéntica simbología de sufrimiento, angustia, preludio de la tragedia. Asimismo, el título remite al bolero-son Lágrimas negras, compuesto por el músico cubano Miguel Matamoros. La letra, muy emotiva, condensa buena parte de la temática del filme:

Sufro la inmensa pena de tu extravío,
siento el dolor profundo de tu partida,
y lloro sin que sepas que el llanto mío
tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras como mi vida…

Los dos primeros planos más logrados de la película recogen el rostro de Isabel. El primero, grabado por Marta, está filmado en un centro psiquiátrico. De las pestañas oscuras, surge una lágrima negra que surca la bella cara de la joven. Esta imagen se correlaciona con el último primer plano de Isabel, ya fallecida, dentro del coche de Andrés. En la palidez creciente hay una negra lágrima, quizá el símbolo de una vida con demasiado dolor.

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Una filmografía perdurable

Ricardo Franco pensaba que la mejor edad de un cineasta iba de los 55 a los 65 años, donde un creador podía demostrar toda su sapiencia fílmica y vital. En esa franja cronológica, John Ford rodó Centauros del desierto (1956); Luchino Visconti, Muerte en Venecia (1971); Ingmar Bergman, Gritos y susurros (1972); Sergio Leone, Érase una vez en América (1984); Luis García Berlanga, La vaquilla (1985).

Ricardo Franco no llegó a esos años que él soñaba dorados. ¿Habría compuesto otra película magistral, como La buena estrella? ¿Cómo hubiera sido su adaptación de Plenilunio, de Muñoz Molina? ¿O el filme que quería realizar sobre los enfermos de sida? No lo sabemos. Su corazón dejó de latir aquel 21 de mayo de 1998, aunque sus latidos siempre se escuchen en todas sus películas. Es ahí, en el cine, donde el corazón de Ricardo Franco, libre y valiente, es inmortal, como inmortales son los corazones de Buster Keaton, Howard Hawks o Billy Wilder.

Escribe Javier Herreros Martínez


Bibliografía consultada

Armiñán, Jaime de: “En su escondite”, ABC, 22-5-1998.

Díaz de Tuesta, MªJosé: “El equipo de Lágrimas negras expresa su fidelidad a Ricardo Franco”, El País, 20-2-1999.

Fernández-Santos, Ángel: “Ariadna Gil mantiene viva la pasión que puso Ricardo Franco en Lágrimas negras”, El País, 29-10-1998.

Pita, Elena, “Las lágrimas póstumas de Ricardo Franco”, en La Revista de El Mundo, nº175, 21-2-1999.

Rodríguez Marchante, E.: “Cuando Cannes siempre”, ABC, 22-5-1998.

Tolentino, Javier: Libreto-Guía del espectador de La buena estrella (DVD), Valladolid, Divisa Home Video, 2014.

Úbeda-Portugués, Alberto: Contra viento y marea. El cine de Ricardo Franco (1949-1998), Madrid, Fundación SGAE, 1998.

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